viernes, 30 de octubre de 2015

ORFANDAD DE LIDERAZGO DE FRENTE AL POSTCONFLICTO


Por Fernando Dorado, activista social

El resultado de las elecciones locales y regionales del pasado 25 de octubre muestra las tendencias del comportamiento electoral de los colombianos. Se desplegaron las fuerzas políticas de cara a la lucha por la presidencia en el año 2018.  

Vargas Lleras se posicionó como el candidato más opcionado. Santos sufrió el desgaste. Uribe y la izquierda salen golpeados. El triunfo de candidatos “outsiders” en Cali, Bucaramanga y Medellín es un fenómeno. Peñalosa supo explotar y combinar la imagen de tecnócrata y de anti-político con el apoyo clientelar de Cambio Radical y los conservadores.

Los “outsiders” surgen como rechazo a los políticos tradicionales tanto de derecha como de izquierda. Es una segunda versión de expresiones cívicas anti-corruptas, esta vez encabezadas por empresarios millonarios, cultos y con sentido de responsabilidad social. La enorme debilidad de los partidos políticos y la ausencia de liderazgos es su detonante.

Los posibles candidatos del campo democrático que jugaron sus cartas pensando en el 2018, quedaron en sus restos. Petro perdió. Robledo, que inició su campaña presidencial en esta coyuntura, no acumuló mayor fuerza. Sergio Fajardo, a pesar de contribuir con la derrota de Uribe en Medellín, no sale fortalecido.

Colombia hoy no tiene un gran líder que represente la lucha por la paz duradera y estable. El post-conflicto, que debe ser una etapa de transición y transacción democrática, requiere un dirigente que tenga fuerza espiritual y política. Que comprenda la dimensión del momento histórico. Que esté lejos de la politiquería, el clientelismo y la corrupción. Que represente en sí mismo la modernidad y tenga verdadera vocación democrática. Esa figura no existe. Hay que construirla.   

Bogotá, 30 de octubre de 2015


E-mail: ferdorado@gmail.com - @ferdorado

viernes, 23 de octubre de 2015

¿EL CICLO DE GOBIERNOS PROGRESISTAS Y DE IZQUIERDA LLEGA A SU FIN EN BOGOTÁ?


Bogotá, 23 de octubre de 2015

“Ningún poder tolera que dejes al aire su recursos, que desveles sus mecanismos, sus pudicias y miserias.”

Rafael Chirbes

Lo primero que debo decir es que el próximo domingo votaré con entusiasmo en Bogotá para alcaldía por Clara López y para Concejo Distrital por Yezid García Abello.

Sin embargo, considero casi una obligación presentar por adelantado mi punto de vista sobre lo que posiblemente ocurra. Tengo la convicción de que el analista debe hacer el esfuerzo de anticiparse a los acontecimientos, prever lo que puede ocurrir, identificar los antecedentes y las causas, y poder así, posteriormente y de acuerdo a los resultados, reafirmarse o corregir con base en lo que suceda. No me gusta llover sobre mojado ni llorar sobre leche derramada.

No deseo ser ave del mal agüero ni actuar como Casandra ante el desastre. Sé que un día antes de las elecciones una simple opinión no va a cambiar la decisión de la gente. Por eso espero que no vaya ocurrir como en el remoto pasado que ante una situación de fracaso, se elegía un chivo expiatorio que casi siempre era al mensajero o el pregonero, para calmar a la comunidad y conseguir que los causantes de la situación ocultaran su responsabilidad.

Todo parece indicar que el próximo 25 de octubre finaliza el período de 3 gobiernos de izquierda en Bogotá. Ese ejercicio político-administrativo es parte del ciclo de gobiernos progresistas que en Latinoamérica se inició con Chávez en Venezuela en 1999, seguido de lo ocurrido en Brasil, Argentina, Uruguay, Chile, Bolivia y Ecuador.

Los antecedentes de este acceso de fuerzas democráticas y de izquierda a los gobiernos de diversos países de Sudamérica y de algunas ciudades importantes, fueron las grandes y poderosas movilizaciones contra el Consenso de Washington y su modelo neoliberal que protagonizaron los trabajadores, indígenas y campesinos, y los habitantes de las barriadas populares de las ciudades de esta región. Sin ese antecedente ello no hubiera sido posible.

La pregunta es… ¿el descalabro de la izquierda en Bogotá será el inicio del fin del ciclo progresista en toda América Latina? Sabemos que Colombia casi siempre se ha adelantado en todo pero no ha logrado “coronar” y consolidar los procesos de cambio. Recordemos que la Constituyente de 1991 fue precursora de los procesos constituyentes de Venezuela, Ecuador y Bolivia. Ahora, por eso nos preguntamos… ¿nos estamos adelantando también en la derrota de los gobiernos progresistas?

Las elecciones locales en Bogotá

Sabemos, porque lo hemos comprobado desde la década de los años 90s del siglo pasado (XX), que un buen sector del pueblo bogotano es independiente. Esa independencia se expresó con la elección de Antanas Mockus en 1994 y 2000, y de Enrique Peñalosa en 1997. Luego, gran parte de ese electorado independiente giró hacia la izquierda en protesta contra las ejecuciones neoliberales y privatizadoras de esos gobiernos. Se eligió entonces, a Lucho Garzón en 2003, a Samuel Moreno en 2007 y en 2011, una parte de esa población se sostuvo en una posición de izquierda para elegir a Gustavo Petro, que ganó con un 32% de los votos ante la enorme división de la derecha.

Ese electorado premió a Petro por haber denunciado con valentía la corrupción del Cartel de la Contratación que con la complicidad de Samuel Moreno saqueó las arcas del Distrito Capital con el concurso de algunos concejales de los partidos de la U, el Polo, Cambio Radical y Liberal. Fue un triunfo minoritario que requería de una estrategia muy fina para poder revertir la mala imagen que había quedado de la administración polista de los hermanos Moreno.

Hoy la situación es similar a la de hace 4 años pero mucho más compleja. Las derechas se mantienen divididas pero no es tanta su dispersión como entonces. Los conservadores, Cambio Radical y un sector de los “verdes” se alinearon con Peñalosa. El liberalismo gavirista se alió con el partido de la “U” (santista) alrededor de Rafael Pardo, quien recibió a última hora el respaldo de otro sector de los “verdes”. El Centro Democrático de Uribe sostiene a Francisco Santos pero un sector de sus bases se ha ido desplazando hacia Peñalosa.

La izquierda finalmente terminó agrupándose alrededor de Clara López, la candidata del Polo Democrático Alternativo. Los Progresistas de Petro, la UP, Marcha Patriótica, otro sector de los “verdes”, MAIS y otros grupos pequeños, respaldan su propuesta. Sectores liberales de la “casa Samper”, la “casa López”, y algunas personalidades conservadoras también se han sumado a su candidatura.             

A pesar de las positivas cifras de gestión que presenta el gobierno de la Bogotá Humana en materias sociales, la matriz de opinión que han logrado imponer los grandes empresarios, los poderosos contratistas, los políticos privatizadores y los dueños de los monopolios comerciales, usando con parcialidad y descaro los medios de comunicación privados, consiste en afirmar que la ciudad ha retrocedido enormemente en construcción de vivienda, movilidad y seguridad. Ha hecho carrera la idea de que Bogotá vive en caos y que sufre de falta de autoridad. El “partido de la desinformación” logró su primer triunfo.

Todo lo anterior ha logrado confundir a buena parte de la población bogotana. La campaña contra el denominado “castro-chavismo” que se confeccionó alrededor del proceso de paz y de la confrontación fronteriza con el gobierno de Venezuela, también ha hecho mella. Esa población que tiene un marcado carácter independiente, que es la que ha inclinado la balanza y decidido en las últimas cinco elecciones, se encuentra desconcertada, dispersa, algunos escépticos, otros desilusionados. Muchos se han separado de la izquierda. Algunos de ellos votarán por Pardo, quien se ha convertido en un factor aparentemente neutral pero que en últimas favorece a Peñalosa.

A ello se suma que Clara no logró “despartidizar” su propuesta. El gran frente social y de izquierda no mutó hacia una propuesta realmente ciudadana que, como lo ha planteado acertadamente Yezid García Abello, “combine creativamente la acción política de las viejas y las nuevas ciudadanías” (http://bit.ly/1OWd6bi). Dicho frente priorizó los acuerdos entre partidos y grupos “por arriba” pero no consiguió trasmitir un espíritu de participación ciudadana y comunitaria, única fórmula para impedir la corrupción y el burocratismo, y un ingrediente necesario para ganar las elecciones en la recta final de la campaña.

En ese punto es donde se conecta la experiencia bogotana de la izquierda progresista con los procesos de cambio de los gobiernos bolivarianos y progresistas de América Latina.

Los procesos de cambio de América Latina

Es indudable que el momento de auge democrático en los países sudamericanos que han elegido gobiernos como el de Lula y Dilma en Brasil, los Kichner en Argentina, Pepe Mujica y Tabaré Vásquez en Uruguay, la Bachelet en Chile, Chávez y Maduro en Venezuela, Correa en Ecuador y Evo en Bolivia, está en declive. Ahora estamos empezando a vivir situaciones inéditas. Protestas manipuladas por las derechas pero con algunas razones evidentes. Corrupción incrustada en los “Estados Heredados” protagonizada por dirigentes de los partidos de gobierno.

En Brasil las protestas contra la realización del mundial de fútbol sorprendieron al mundo. Ahora se han hecho sentir grandes movilizaciones contra el gobierno de Dilma Rousseff por peculados en Petrobras. La imagen de Maduro en Venezuela no es la mejor y se corre el riesgo de perder las elecciones legislativas. En Bolivia el pueblo protagonizó una fuerte protesta contra el “gasolinazo” que el presidente Morales intentó aprobar y también, las comunidades indígenas amazónicas se movilizaron en defensa del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Secure (TIPNIS). Y en Ecuador los indígenas y trabajadores del Estado han protagonizado diversas protestas e intentaron en 2015 realizar un paro nacional.

Del auge democrático hemos pasado a una situación paradójica de protestas e inconformidad popular, que así no sea todavía muy fuerte y profunda, debe ser una alerta para quienes se autodenominan los gobiernos de las organizaciones sociales, los trabajadores o la ciudadanía. Mucho más cuando las arcas estatales sufren por la caída de los precios del petróleo y de algunas materias primas.   

La mayoría de los gobiernos le achacan esos brotes de protesta a la intervención imperial que utiliza ONGs y agencias gubernamentales de los EE.UU. como USAID u otras, a los complots oligárquicos que intentan desestabilizar a los gobiernos, y a la manipulación de los medios de comunicación privados. Sin embargo, es indudable que existen causas reales que justifican algunas de esas protestas.

Lo que nos interesa señalar es que existen problemas de fondo que afectan los proyectos políticos que dicen estar en camino del “socialismo del siglo XXI”. Dichos problemas deben ser identificados y resueltos para poder retomar el rumbo y el ritmo de las transformaciones estructurales que se requieren para poder satisfacer los anhelos de cambio de las grandes mayorías. Solo así se pueden profundizar los procesos democráticos para avanzar con certeza y coherencia hacia fases post-neoliberales y post-capitalistas.

Los problemas de fondo

Pareciera que la bonanza de los precios del petróleo y de las materias primas (commodities) hubiera hecho ilusionar a los gobernantes progresistas con la posibilidad de mejorar las condiciones de vida de la mayoría de su población sin necesidad de realizar cambios drásticos en las relaciones sociales y productivas, en la estructura del Estado y en la forma como estamos relacionados con las metrópolis capitalistas (relaciones de dependencia y subordinación).

Una alianza con la burguesía tradicional o con burguesías emergentes para impulsar una especie de capitalismo “andino” o “latinoamericano” se ha ido fraguando a la sombra del progresismo. La idea es impulsar una política “desarrollista” que se convierta en el soporte de la integración regional y sirva para construir una verdadera autonomía económica. Sin embargo, las necesidades inmediatas, las presiones electorales y las contingencias coyunturales están obligando a financiar la supuesta independencia del imperio estadounidense con empréstitos e inversiones provenientes de otras potencias económicas como Rusia, China, Irán, India o el mismo Brasil, que ya actúa como sub-imperio.

En esa dirección la integración sudamericana y latinoamericana avanzaba con cierta dinámica. La creación de organismos multilaterales como MERCOSUR, UNASUR, ALBA, CELAC y otros, mostraba signos alentadores de que el ideal de la Patria Grande Latinoamericana se convertiría en una realidad. Pero el grave problema es que al frente de ese intento se mantiene la “hegemonía ideológica colonial y capitalista” y no se ven signos de que se realicen serios esfuerzos por diseñar y construir una Hegemonía Social de los Pueblos y los Trabajadores.

Lo que preocupa es que el modelo de desarrollo no se cuestiona para nada. El paradigma del progreso basado en el crecimiento económico sigue intocable, e incluso, la integración latinoamericana se proyecta sólo alrededor de la construcción de infraestructura (carreteras, vías férreas, oleoductos, etc.) para mejorar el intercambio comercial, mientras que la integración de los pueblos y los trabajadores para compartir nuevas experiencias en la visión y apropiación colectiva del territorio, de lo productivo, educativo, cultural, ambiental, comunicativo, etc., no se estimuló ni concretó en verdaderos proyectos conjuntos.   

Lo que observamos es que una vez se evidencian las limitaciones económicas frente a la nueva ofensiva de los EE.UU. en el terreno económico, cada quien, cada gobierno o líder carismático, vuelve a su nación a resolver los problemas y a apagar los fuegos que empiezan a encenderse. Sabemos que el imperio estadounidense impulsa un nuevo tipo de guerra económica alrededor del control monetario. Los estrategas norteamericanos lograron diseñar una estrategia para conseguir un relativo auto-abastecimiento de combustibles fósiles utilizando la técnica salvaje del “fracking” y, con base en esa situación, han promovido la caída de los precios internacionales del petróleo y la revaluación del dólar. Ello incrementó exponencialmente la deuda pública de diferentes países, trayendo consigo crisis fiscales y económicas latentes en las naciones que dependen de la extracción de petróleo y de otras materias primas.

Hoy, los grandes proyectos de integración están aplazados. La política de “buenos vecinos” que diseñó Obama con Cuba, Venezuela y ahora, las FARC en Colombia, empieza a dar sus frutos. Ante la realidad de los hechos los gobiernos se ven obligados a realizar sus propios ajustes, muchos de ellos asumiendo la agenda de derecha. Sus economías absolutamente dependientes de los proyectos extractivistas, obligan a los gobiernos a ser más moderados en el tratamiento contractual e impositivo con las empresas transnacionales y –en ocasiones– a enfrentarse política y físicamente con comunidades que rechazan esos proyectos.

En esa dinámica los gobiernos progresistas y de izquierda realmente se han limitado a aplicar políticas asistencialistas principalmente en las áreas de la educación y la salud, replicando los planes y programas diseñados por el Banco Mundial basados en “subsidios condicionados en efectivo para poblaciones vulnerables”, se han reversado algunas privatizaciones, renegociado contratos con transnacionales, pero en lo fundamental, la esencia del neoliberalismo y del sistema capitalista no ha sido intervenido ni tocado.     

Se argumenta que no existe la suficiente correlación de fuerzas para intentarlo. Pero, conectado con esa situación, el problema principal es la evidente incapacidad de impulsar procesos de organización social y ciudadana que les permitan a los pueblos y a los proyectos políticos del cambio, construir nuevos tipos de democracia “desde abajo”, que sirvan para acumular y consolidar la potencia popular organizada para sustentar cambios sustanciales.

Ni siquiera se han hecho esfuerzos por desarrollar procesos organizativos que nos permitan contrarrestar los vicios propios de un Estado Heredado, que por esencia es colonial y capitalista, burocrático e ineficiente, promotor de la corrupción y el despilfarro, y que en la actual coyuntura, por el contrario, se ha convertido en herramienta para cooptar y corromper a los dirigentes de las organizaciones sociales y de los partidos políticos de izquierda.

En el caso de Bogotá durante estos 12 años en esta materia no se ha avanzado gran cosa. Muchos dirigentes sociales se transformaron en funcionarios directos de la administración o en “gestores” y “agentes” de ONGs. Las alcaldías locales han reproducido las perversiones administrativas que se han incrustado en la administración distrital. El ideal del dirigente es ser edil, concejal o simple candidato para poder negociar y acceder a los contratos. La acción ciudadana, el control social, las veedurías comunitarias se quedaron en el discurso.

Y, de acuerdo a lo que nos informan desde otros países donde los movimientos denominados bolivarianos, ciudadanos, progresistas o “socialistas” administran el Estado Heredado, la situación es igual o hasta peor.

Necesidad de replanteamientos y nuevos paradigmas         

Es indudable que se requiere un serio replanteamiento. Los gobiernos retroceden frente a las presiones del capital financiero y paralelamente, han desarmado y descuajado al movimiento social y popular que era su gran soporte.

En Colombia, en América Latina y en el mundo, se necesita repensar la estrategia. El sólo hecho de que las fuerzas de izquierda de la capital de Colombia estén enfrentando un debate electoral tan cerrado después de 12 años de gobierno, ya es una derrota.       

Nota: Como no todo puede ser negativo, en el sur de Colombia tenemos un ejemplo interesante de continuidad de gobiernos alternativos. En el departamento de Nariño está asegurado el triunfo del candidato “verde” Camilo Romero. Él representa la continuidad familiar de una serie de luchadores demócratas y de izquierda, y a la vez, es la feliz secuencia de gobiernos progresistas desde 2001 cuando ganó la gobernación Parmenio Cuéllar en representación del PDI.  Además en su programa de gobierno  impulsa y reivindica la visión del “buen vivir” y de la economía colaborativa. Hay que aprender de dicha experiencia.


E-mail: ferdorado@gmail.com / @ferdorado

lunes, 19 de octubre de 2015

EL ORNITORRINCO COLOMBIANO EN TRANCE DE MUTAR


Bogotá, 19 de octubre de 2015
La lucha por la Alcaldía de Bogotá muestra el comportamiento de las viejas "casas familiares" que han dominado la política colombiana.
La Casa Pastrana y la Casa Lleras se la juegan con Peñalosa.
La Casa Santos se plegó a la candidatura gavirista de Pardo.
La Casa López y la Casa Samper disputan parcialmente la dirección del frente de izquierda que se ha juntado en torno a Clara López.
Los debilitados herederos de la Casa Gómez juegan discretamente detrás de Pacho Santos.
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Ello refleja lo que es Colombia: una especie de ornitorrinco, que además de sufrir varias deformidades sufre de trastorno bipolar.
Colombia es latifundista, colonial, desindustrializada, atrasada, clerical y cortesana, pero sufre de delirios de cosmopolita, post-moderna, democrática, independiente y "de avanzada".
Un monopolio latifundista de la tierra sirve de base a una burguesía transnacionalizada que convive con una burguesía emergente nacida de mafias de diferente tipo. Así, explotan el trabajo de las mayorías asalariadas e informalizadas que -todavía y por ahora-, no logran identificar sus propios intereses.
Una burguesía agraria-industrial como la cañera-azucarera del Valle del Cauca que produce azúcar y etanol carburante en condiciones de monopolio es apoyada, paradójicamente, por sectores de una izquierda que siguen viviendo en el siglo XX y creen en la existencia de una "producción nacional".
Una oligarquía que en medio de su neurosis y crisis existencial vacila entre la colonialidad cortesana de origen castellano y andaluz que se apega a la antigua visión "atesoradora" de la tierra que coincide con la "nueva" práctica de acumulación por desposesión basada en el despojo territorial que impulsa un capitalismo senil y parasitario.
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Si se concreta la terminación consensuada del conflicto armado van a salir a flote con toda nitidez las múltiples contradicciones inter e intra-clasistas, los conflictos regionales, étnicos, culturales y familiares, en medio de un "post-conflicto" que será una verdadera olla a presión donde pueden ocurrir todo tipo de fenómenos, retrocesos y avances inimaginables.
Colombia "en paz" podrá - si lo quiere - encontrar y construir una personalidad e identidad rica en matices y problemáticas y a la vez inventar nuevos tipos de democracia en transición hacia algo nuevo.
De-construir lo constituido (proceso de-constituyente) llevará un buen tiempo pero paralelamente hay que re-cuperar lo perdido en los tiempos, re-visualizar lo oculto pero vivo, re-construir lo recientemente destruido e inventar con cabeza propia un camino autónomo al lado de los pueblos latinoamericanos (proceso constituyente).
Será difícil y complicado pero al menos viviremos en una relativa "paz"...
El ornitorrinco colombiano puede mutar y producir algo nuevo y bueno.
E-mail: ferdorado@gmail.com / Twitter: @ferdorado

jueves, 15 de octubre de 2015

TRANSFORMAR LA PRECARIA TREGUA EN PAZ DURADERA Y ESTABLE


Bogotá, 15 de octubre de 2015

“No hay camino para la paz, la paz es el camino”.

Mahatma Gandhi

Ahora que se ha entrado en la recta final del proceso consensuado de terminación del conflicto armado en Colombia, han aparecido las posiciones clásicas “propias” de la fase terminal de los llamados “procesos de paz”.

¿Los extremos se juntan?

La primera consiste en afirmar que las FARC se han sometido al Estado sin conseguir nada.

La segunda plantea que el gobierno entregó el Estado y el país a la insurgencia.

Ambas consideran entonces, que la guerra debe seguir.

Para los primeros, en La Habana deberían haberse conseguido las grandes “transformaciones estructurales”, o sea, la “revolución por decreto”.

Para los segundos, el gobierno no podía negociar nada con la guerrilla. Sólo someterlos.

Para los primeros, la oligarquía no cumplirá nada. Así se consigan algunos puntos, mientras no se desactiven los grupos paramilitares y no se encarcele a Uribe, los guerrilleros serán traicionados y asesinados.

Para los segundos, los acuerdos que se están pactando le van a dar la fuerza a la insurgencia para instaurar una “dictadura castro-chavista”. “Se pactó con ellos el encarcelamiento de Uribe” afirmó el Procurador con base en una aseveración similar del expresidente.

Para los primeros, la guerrilla no está derrotada ni militar ni políticamente.

Para los segundos la insurgencia está derrotada política y militarmente.

Para los primeros la guerrilla ha caído en un “ternurismo”, o sea, va camino al matadero (http://bit.ly/1OCELxK).

Para los segundos el gobierno sacrificó a la nación y concertó “una paz a la medida de las FARC”  (http://bit.ly/1MGkAP0).

Los primeros son muy escasos. Algunos, son anarquistas exiliados en el exterior o que nunca han vivido en Colombia. Otros, son “más papistas que el papa”.

Los segundos son más numerosos. Su caballo de batalla es que existe la posibilidad de “ver en prisión a los soldados que arriesgaron su vida para defendernos, mientras los narcoterroristas de la FARC despachan desde el Congreso” (http://bit.ly/1NdpQZo).

¿Algo de verdad?

Estas dos posiciones no son gratuitas. Así parezcan extremas, tienen algo de verdad.

Los primeros nos recuerdan que la oligarquía colombiana ha sido criminal, traicionera y perversa. Desde el atentado a Simón Bolívar pasando por el exilio del general José María Melo, los magnicidios de Rafael Uribe Uribe y de Jorge Eliécer Gaitán, la traición a los jefes guerrilleros liberales Guadalupe Salcedo y Dumar Aljure, y los asesinatos de Jaime Pardo Leal, Luis Carlos Galán Sarmiento, Bernardo Jaramillo Ossa, Carlos Pizarro León-Gómez y de miles de militantes de la UP, las clases dominantes colombianas han desaparecido impunemente a sus contradictores o enemigos, así sean civiles o se hayan desmovilizado. Siempre se han dado las mañas de tirar la piedra y esconder la mano. Son expertas en esa conducta.

Y el expresidente Andrés Pastrana Arango hace unos días confirmó que la estrategia de paz utilizada durante su gobierno con el apoyo del gobierno de los EE.UU. estaba dirigida en lo fundamental a ganar tiempo, derrotar políticamente a las FARC y fortalecer la capacidad militar de su Estado para poder vencer a la guerrilla. Dice sin ninguna duda ni ambage: “A Manuel Marulanda le advertí francamente, el mismo día que lo conocí siendo yo presidente electo, que iba a armar nuestras Fuerzas Armadas hasta los dientes ‘para la guerra o para la paz’.” (http://bit.ly/1jpcK1A). Así, él reclama para sí, parte de los “triunfos” de Uribe.   

Los segundos parten del concepto clásico de que los revolucionarios socialistas y/o comunistas siempre han utilizado la combinación de las formas de lucha para lograr sus objetivos. En el caso de las FARC, esa estrategia se hizo más clara bajo el mando de Jacobo Arenas a partir de 1983, se aplicó con Belisario Betancur y se mantuvo durante los diálogos del Caguán. Es decir, es evidente que la guerrilla usó la consigna de la paz para fortalecerse militarmente, estaban convencidos que podían derrotar a las fuerzas militares y que el pueblo los acompañaría en ese propósito revolucionario.

Una buena parte de colombianos creen que en el actual proceso de paz la guerrilla no ha cambiado de estrategia, desconfían de la voluntad de paz de las FARC y le temen a la posibilidad de que ellas lleguen a tomarse el poder, ya sea por la vía militar o por la electoral.

Es así como con dichos antecedentes hemos llegado al momento actual.

¿La paz por la paz?

Hemos venido planteando que ninguno de los actores de la vida económica, social y política del país que está comprometido con la terminación del conflicto armado lo hace por compasión, amor al prójimo o sentido humanitario. Cada clase social, sector económico y/o fuerza política necesita la “paz” para impulsar y defender sus intereses.

El imperio y la burguesía transnacionalizada lo hacen para poder implementar la segunda fase de neoliberalismo, que es otro tipo de violencia, más refinada y con envoltura de “progreso”. Nuevas zonas estratégicas ricas en recursos naturales, geopolíticamente claves como la Orinoquía y la Amazonía, están en su mira. El Chocó Biogeográfico, de cara al océano pacífico, abundante en recursos mineros, biológicos y sitios turísticos, también está en su inventario. El tercer mercado de América Latina y su mano de obra barata, completan el botín que aspiran a apropiarse plenamente y “en paz”.

Con ese propósito, una parte de las clases dominantes están dispuestas a aprobar algunas concesiones parciales en materia de tierra y política agraria para algunos sectores campesinos de zonas de colonización y regiones marginales que han sido escenario principal del conflicto y de la economía del narcotráfico. Así mismo, implementarán algunas reformas políticas y jurídicas para garantizar la acción política legal de la insurgencia tanto en esas regiones como en cualquier parte del territorio nacional.

Los trabajadores, los pequeños y medianos productores –empresariales, profesionales, artesanales o comunes–, algunos sectores de la burguesía emergente y los sectores más pobres y marginados, aspiran a mejorar sus condiciones de vida, luchar por ampliar y hacer respetar sus derechos, enfrentar a los grandes monopolios nacionales o extranjeros mediante la lucha política franca y abierta, civilista y pacífica, y rescatar la democracia para las amplias mayorías nacionales sin tener que enfrentar la estigmatización y la criminalización de su lucha por parte del Estado y el gobierno por supuestamente estar “infiltrada por fuerzas insurgentes”.

Las diversas fuerzas políticas, a excepción de las que están por mantener la guerra, se preparan para aprovechar al máximo ese nuevo ambiente de convivencia, reconciliación y paz. Las expresiones políticas de la gran burguesía no le temen a un supuesto triunfo del movimiento político que organicen las FARC reinsertadas. A los partidos políticos que representan los intereses de las clases medias y los trabajadores no les preocupa la participación política de la insurgencia, constatan a diario la resistencia que genera la guerrilla entre amplios sectores de la sociedad y se deslindarán del movimiento legal que ésta organice. Claro, con la excepción de algunas fuerzas políticas de izquierda que históricamente han sido aliados leales de los rebeldes alzados en armas.

Los terratenientes de vieja data, herederos históricos de encomenderos y esclavistas, genética e ideológicamente reaccionarios, racistas y obtusos políticos, aliados con mafias, militares y políticos derechistas y algunos sectores de la burguesía emergente que viven de la ilegalidad y de la guerra, se oponen tanto a la terminación del conflicto armado como a un verdadero proceso de paz, porque por un lado, viven del conflicto armado y, por el otro, saben que a mediano plazo sus crímenes –de no confesarlos ante la justicia transicional–, van a salir a la luz pública y, por tanto, les va a traer consecuencias jurídicas y políticas negativas e insospechadas.

De esta forma, las fuerzas que pretenden aprovechar la paz se han coaligado para aislar y derrotar a las fuerzas guerreristas, pero por los antecedentes mencionados, la desconfianza en una verdadera voluntad de paz de la oligarquía, el temor por una jugada estratégica de la insurgencia, y la existencia de grupos y estructuras armadas que son residuos del paramilitarismo pero fácilmente reciclables, hacen muy difícil que los pactos que se firmen para la terminación del conflicto armado se concreticen en un verdadero clima de paz y convivencia.

Sólo si todos los actores del conflicto, incluidos los paramilitares traicionados por Uribe, los paramilitares que no se sometieron a la ley de justicia y paz de 2005, el mismo Uribe, los militares y funcionarios que actuaron como agentes delictuosos del Estado, los parapolíticos y los empresarios y particulares que fueron financiadores y perpetradores de crímenes y masacres, encuentran en el proceso de paz una ruta “justa” para saldar su deuda con la sociedad que tenga un relativo equilibrio con la forma como los integrantes de la insurgencia cumplan con su responsabilidad, podría pensarse en una salida realmente duradera y estable.

¿Cómo lograrlo?

La sociedad en su conjunto está confundida y dividida. A corto plazo no va a reaccionar. No puede hacerlo. Las fuerzas democráticas civilistas (izquierda legal, progresistas, independientes, alternativos, liberales sociales) –a pesar de su buena voluntad– no tienen las herramientas ni las posibilidades para incidir. Al gobierno, a la burguesía transnacionalizada y al imperio, les interesa el ambiente de paz pero tampoco harán algo extraordinario por evitar una nueva masacre de los combatientes desmovilizados y del pueblo en general. Desarmar a la guerrilla es su objetivo inmediato. De allí en adelante, como siempre, no responderán por lo que pueda pasar. Se lavarán las manos olímpicamente. Tampoco tiene un control real de los grupos paramilitares devenidos en bandas criminales porque la delincuencia y la criminalidad tienen hoy una dinámica propia, que hoy también es transnacionalizada y es otro factor de acumulación de capital.

El único actor que puede –en verdad– derrotar plenamente a las fuerzas guerreristas con la herramienta de la Paz es la misma insurgencia. Pero para hacerlo la dirigencia de las FARC tiene que interpretar con absoluta claridad el momento político que vive la Nación. Si logra dilucidar la complejidad de la situación, podrá, indudablemente, avanzar por nuevos caminos provechosos para el pueblo y la sociedad colombiana, y de buena factura para las fuerzas democráticas y para ellos mismos.

¿Cuál es la particularidad de la situación?

Primero, que la insurgencia sufrió una parcial y relativa derrota política fruto de una errada lectura en El Caguán y de errores cometidos durante la guerra degradada.

Segundo, que la guerrilla no fue derrotada militarmente aunque sí diezmada y desgastada por las enormes fuerzas y recursos usados para tal fin por el Estado colombiano con el apoyo del imperio.

Tercero, que el latifundismo guerrerista fue quien canalizó principalmente ese triunfo relativo sobre la insurgencia y mantiene la fuerza acumulada con cierta autonomía frente a sus aliados históricos, la gran burguesía y el imperio.

Cuarto, que el imperio y la gran burguesía quieren la paz para implementar sus planes neoliberales expansionistas, extractivistas y de despojo, pero que tampoco van a sacrificar totalmente al latifundismo uribista.

Quinto, que la única forma de avanzar como país y como pueblo es en un clima de paz.

Sexto, que la terminación del conflicto armado sólo será –en la práctica y en lo inmediato– una precaria tregua.

Séptimo, que para poder retomar la bandera de la paz y entusiasmar al grueso del pueblo colombiano, la dirigencia insurgente tendrá que pensar y actuar con una visión de mediano plazo.

Octavo, que en un clima de paz, aún con la amenaza de las Bacrim, las reivindicaciones sociales se convertirán en la principal herramienta de lucha popular.

Noveno, que a pesar de todas las provocaciones y riesgos, las fuerzas insurgentes convertidas en fuerza política legal, comprometidas realmente con la lucha por la democracia, tendrán el camino despejado siempre y cuando, con hechos reales y formas simbólicas coherentes, se la jueguen por la paz. Sólo así, poco a poco, paso a paso, con paciencia y perseverancia, revertirán las mentiras, embustes y campañas mediáticas que se montaron contra ellos gracias a algunos errores cometidos que fueron motivados o causados por la degradación de la guerra. 

Décimo, que la acción política en Colombia y en el mundo necesitan un replanteamiento y una re-ingeniería urgente. La democracia representativa y el parlamentarismo tradicional no convocan a las mayorías de la población. Se requiere la acción “desde arriba” (gestión estatal) y “desde abajo” (gestión social de base) con visión transformadora y prácticas creativas para recuperar y desarrollar nuevas formas de democracia directa, representativa, deliberativa y participativa que le ofrezca espacios de acción decisoria y protagónica a amplios sectores de la sociedad.       

Si la insurgencia trabaja con humildad, grandeza, generosidad y gran visión estratégica durante el final de las negociaciones, sin aspirar a obtener ventajas de ningún tipo, y si mantiene ese espíritu durante el período de post-conflicto, cuidando a su dirigencia y a todas sus bases de una forma metódica y juiciosa, podrá convertir los acumulados políticos y los mitos históricos en fuerza política más allá de sus tradicionales bases campesinas y colonas.

Si no lo hace… ¡perderá su última oportunidad!


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jueves, 8 de octubre de 2015

SI URIBE NO HACE PARTE DE LOS ACUERDOS… ¡NO HABRÁ PAZ DURADERA!

SI URIBE NO HACE PARTE DE LOS ACUERDOS… ¡NO HABRÁ PAZ DURADERA!

Bogotá, 9 de octubre de 2015

En verdad, estamos muy cerca de la terminación del conflicto armado en Colombia. Deberíamos estar preparando una fiesta, pero no. Parece que fuéramos a un funeral. Y eso es grave. Ya ha pasado.

Cada quien se siente víctima y no victimario

Uno de los problemas consiste en que una buena cantidad de gente –con justas razones–, quiere ver a los comandantes de las FARC en La Picota (http://bit.ly/1VGKq6i).

Otras personas, también con mucha razón, hacen fuerza porque Uribe pague por sus crímenes. Lo ven juzgado por el Tribunal de Justicia Transicional o por la Corte Penal Internacional (http://bit.ly/1GhOk0a).

Por ahora, teniendo en cuenta lo anunciado en La Habana, y sobre todo, las  declaraciones y actuaciones del Fiscal General, parece que lo primero no va a suceder y lo segundo pudiera tener más posibilidades de ser realidad.

Eso tiene crispado a Uribe, al borde de un ataque de nervios al Procurador, muy preocupados y enojados a sus incondicionales seguidores, entusiasmadas a las víctimas del paramilitarismo y llenos de felicidad a los más apasionados opositores del expresidente.

El aspecto más sensible está contenido en el punto 4 del Comunicado conjunto N° 60 sobre el Acuerdo de            creación de una Jurisdicción Especial para la Paz que dice: “(…) el Estado colombiano otorgará la amnistía más amplia posible por delitos políticos y conexos.” (http://bit.ly/1NNj9yt).

El problema consiste en que la categoría de delitos políticos solo acoge a las conductas relacionadas con la rebelión protagonizada por la insurgencia mientras que los militares, funcionarios del Estado y particulares, no son cobijados por dicho concepto.   

Los negociadores del gobierno en La Habana y el mismo presidente Santos han sentido la presión. Han dicho que los acuerdos son parciales, que están en desarrollo (http://bit.ly/1PkhyRB).

Mientras tanto, los negociadores de las FARC saben que metieron un gol y se aferran a lo firmado (http://bit.ly/1MhhUaV).

El gobierno sabe que la percepción general entre la población va pasando de la indiferencia inicial a un cierto interés por la polémica que se ha armado.

La paz se hace entre personas y con el contradictor

Pero lo que debe preocupar es que no nos demos cuenta que el problema no es si se firman o no los acuerdos de La Habana. El problema real –que es muy grave–, consiste en que no se haga la paz entre los colombianos.

Si las fuerzas de la guerra, todas, incluyendo uno de los principales protagonistas como es el expresidente Uribe, no hacen parte del acuerdo, no habrá paz en nuestro país.

Si se aspira a que la terminación del conflicto armado entre la guerrilla y el Estado sea un paso efectivo hacia la construcción de la paz, tendremos que encontrar un punto de equilibrio. El gobierno –que representa al Estado– deberá encontrar formas de transar acuerdos con Uribe. Es indispensable.

De no conseguirse ese equilibrio, las mayorías colombianas pueden pasar de una esperanza escéptica a una especie de sorpresa mayúscula y de allí, muy fácilmente, a un rechazo general al acuerdo.

Ese sería el terreno ideal para que la guerra continuara. Así la guerrilla y el gobierno firmaran los acuerdos, la amenaza y la muerte estarían respirándonos en la nuca. Los grupos ilegales siguen armados, las estructuras están vivas y nuevas víctimas estarían a la vista.

Es importante recordar que la guerra en Colombia –como en todo el mundo– siempre es protagonizada por minorías organizadas y armadas, apoyadas en estados mentales y emocionales de un sector de la población, con consecuencias negativas para toda la sociedad.

Es muy preocupante. El triunfalismo es mal consejero. Tenemos seis meses para ajustar el “chico”. Nada sacaremos con una “paz” que se convierta en una precaria tregua mientras se afilan a la sombra los machetes.

Es duro decirlo pero, el entusiasmo por el apretón de manos entre Santos y Timochenko no ha pasado de ser un liviano aire de ilusión en medio de un torbellino de incertidumbres.

Paz más allá de los acuerdos… desarme de los espíritus

La Paz requiere de un verdadero espíritu de reconciliación. No se percibe ese espíritu en nuestros líderes y dirigentes.

Todavía nos amenazamos usando formas sutiles: "no autorizaré matarte"... (http://bit.ly/1jhDhgr) - (http://bit.ly/1OqkvPP).

Buscamos la forma de obtener ventajas en la Mesa: "lo firmado es inmodificable"... (http://bit.ly/1PkhyRB) - (http://bit.ly/1MhhUaV).

El contradictor sigue siendo el "enemigo a muerte" y se lo trata con displicencia y sobradez: "aproveche la oportunidad"... (http://bit.ly/1Ofeua7).

Para construir una verdadera paz, como la que conquistó Mandela, se requiere más que palabras. La forma, las maneras, los mensajes corporales, a veces son más importantes que las palabras. Hay que desarmar al contradictor con una actitud diferente.

Otros creen que la paz es cuestión de leyes y normas, “adecuaciones institucionales”, y todo tipo de componendas legalistas que no “amarran” nada si no existe una verdadera voluntad de paz y reconciliación.

El pueblo y la sociedad están esperando verdaderos mensajes de reconciliación y perdón. Pero se encuentra con todo tipo de manifestaciones contrarias: desacuerdos, rectificaciones, palabras altisonantes, amenazas, chantajes, oposiciones obtusas, etc.


Para construir la paz hay que vivirla. 

E-mail: ferdorado@gmail.com / Twitter: @ferdorado 

martes, 6 de octubre de 2015

LAS FARC REINSERTADAS ENTRE “LOS NUEVOS TRABAJADORES” Y LA BURGUESÍA MEDIA EMERGENTE DE ORIGEN INDO-AFRO-MESTIZO

LAS FARC REINSERTADAS ENTRE “LOS NUEVOS TRABAJADORES” Y LA BURGUESÍA MEDIA EMERGENTE DE ORIGEN INDO-AFRO-MESTIZO

Bogotá, 6 de octubre de 2015

Definitivamente las FARC han dado el paso decisivo hacia la terminación del conflicto armado. Su proceso de reinserción a la sociedad civil no va a ser fácil. Se encontrarán –sobre todo en las ciudades– con una nueva realidad.

En lo inmediato, seguramente seguirán atados a la problemática agraria, campesina y rural. Fue la que les dio vida. Allí tienen sus bases organizadas y con ellas tratarán de concretar algunos de los puntos negociados en La Habana.

Sin embargo, la dinámica de la lucha política, si efectivamente quieren convertir su potencia simbólica en fuerza transformadora (en parte “derrotada”, en parte “expectante”, pero latentemente real), deberá llevarlos en forma inmediata a enfrentar la realidad de las ciudades.

En esos grandes centros urbanos, que aglutinan a la mayoría de la población colombiana (75%), ya no encontrarán la situación que se vivía en el siglo pasado (XX). Allí las fuerzas sociales que pueden apoyar las transformaciones por las que luchaban las FARC con las armas en la mano, ya no son las mismas.

Los trabajadores han cambiado. El proletariado industrial ha sido reducido a un mínimo y ya no es la principal fuerza revolucionaria. Son ahora muy pocos. Por un lado, debido al proceso de desindustrialización del país. Por otro, por el impacto de los avances tecnológicos aplicados durante la fase de post-fordismo. Además, están más o menos cómodos, son los trabajadores mejor pagados, con algo de estabilidad laboral y condiciones de “trabajo decente” y formalizado.

La inmensa mayoría de los trabajadores pertenecen al sector de los servicios y el comercio. Algunos de ellos están al servicio del Estado y son también, relativamente privilegiados. El resto de trabajadores, sobreviven en medio de la más absoluta precariedad laboral, con contratos temporales, de prestación de servicios, contratados por medio de cooperativas de trabajo asociado, o tienen pequeños emprendimientos que están subordinados al gran capital que de infinidad de formas se le apropian de sus esfuerzos y ganancias.

A su lado sobreviven millones de personas en la más terrible informalidad. Es el desempleo disfrazado de “informal”, de “subempleo” y de “economía popular”. Multiplicidad de actividades se presentan como formas de empleo en las estadísticas oficiales para inflar las cifras que artificialmente nos indican que el índice de desempleo está por debajo del 10%. Pero en la práctica, son sólo formas de sobrevivencia que desnudan la pobreza y miseria en que viven millones de personas, entre las cuales sobresalen los desplazados de la violencia.     

Sin embargo, al lado de esta realidad, en medio de ella, han aparecido dos clases sociales que están por ser estudiadas con mayor detenimiento pero que se observan a simple vista. Una, la “Nueva Clase Trabajadora” o “profesionales precariados”. La otra, la “Burguesía Media Emergente de origen indo-afro-mestizo”[1].

Estas dos clases sociales son las que se muestran más dinámicas en todo sentido. Los profesionales precariados, la mayoría asalariados, son el sector más preparado intelectualmente de los trabajadores. Muchos de ellos tienen también emprendimientos y se pueden confundir con la “burguesía emergente” pero la diferencia es que su principal “activo” es el trabajo intelectual (cognitivo). No cuentan con capital y la gran mayoría de ellos combinan muchas formas de trabajo asalariado para sobrevivir como “empresarios”. Muchos, los más jóvenes y viejos, sufren el desempleo. Quieren incursionar en la política, lo intentaron con la “ola verde” pero, todavía no construyen su propio programa y estrategia.

La burguesía emergente de origen indo-afro-mestizo no es homogénea. Ha surgido en varias oleadas, canalizando recursos de economías legales e ilegales, y de diversas bonanzas (coquera, marimbera, cafetera, minera, etc.). Muchos también son desplazados por la violencia. Recursos monetarios provenientes del narcotráfico y de la minería ilegal, como los que canalizaban las “pirámides parafinancieras” (DMG y DRFE), son parte de la base económica de sus negocios. Incursiona en todo tipo de actividades. Se ha imbricado incluso en el sector financiero pero su nicho principal es el comercio y los servicios.

Esa burguesía emergente compite por la ganancia con la gran burguesía transnacionalizada pero no es revolucionaria ni nacionalista. Se acomoda, se camufla, participa y pelea por burocracia y contratación estatal, se alía con mafias y paramilitares reinsertados que han dinamizado las economías de barrios populares en donde aparecen las famosas “placitas campesinas”, cadenas de restaurantes, bares y cantidad de nuevos negocios. Claro, a su lado, la economía criminal, la extorsión, el “gota a gota”, el micro-tráfico de drogas ilícitas, la prostitución, hacen su agosto. Políticamente está más cercana al “uribismo” pero su origen, sus intereses y su corta vida, la hacen esencialmente oportunista y acomodaticia.

Estas nuevas realidades sociales son las que encontrarán las FARC. Un amigo dice: “Las FARC después de tanta muerte han sido ganadas para la vida y la alegría. Eso de por si significa –sin calcularlo a primera vista–, una gran revolución por la igualdad. Porque las armas profundizaron la inequidad y contribuyeron al imperio de la injusticia”[2].

Y remata haciendo un particular “análisis DOFA” aplicado a las FARC que sirve para toda la sociedad colombiana: “La debilidad más grande frente al humanismo es la guerra; la fortaleza será la paz; la amenaza será la venganza; y la oportunidad será el amor”[3].

Las FARC tienen una oportunidad de oro al pasar a la vida política legal, civilista y pacífica. Deberán revolucionar también a las fuerzas democráticas y a la izquierda, sacudirlas de una forma suave y elegante para involucrarse conjunta y colectivamente en una revolución ética y tranquila, que rescate y recree –de una forma nueva–, el famoso llamado de Jorge Eliécer Gaitán: “¡Por la restauración moral de la República!”.

E-mail: ferdorado@gmail.com / Twitter: @ferdorado


[1] Concepto elaborado por el Movimiento Voz Socialista del Perú.  

[2] Aporte de Amadeo Cerón Chicangana, diputado por ASI del Cauca.

[3] Ídem.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

NO ILUSIONARNOS PERO NO DEJARNOS PROVOCAR

Visiones diferentes que se aproximan…

NO ILUSIONARNOS PERO NO DEJARNOS PROVOCAR

Bogotá, 30 de septiembre de 2015

Cuatro artículos de referencia sirven para plantear este debate:

1. Proceso de paz, lucha de clases y las batallas del posconflicto - José Antonio Gutiérrez (http://bit.ly/1VmRvhL).

2. La verdadera lucha por la paz recién comienza… Paz… ¡a la vista! - Fernando Dorado (http://bit.ly/1N0KvCw)

3. El Tribunal de paz y los crímenes de Uribe Velez - Horacio Duque (http://goo.gl/d8uA3T)

4. La terminación del conflicto armado es un paso fundamental para la construcción de paz en Colombia – Yezid García Abello (http://goo.gl/Z2gzaS)

¿Cuál es la diferencia? ¿En qué se aproximan?

a) Para algunos, la terminación del conflicto armado entre el Estado y la insurgencia de las FARC, ya es la paz. Para otros, terminar el conflicto armado sólo crea las condiciones para empezar a derrotar políticamente a un sector de la oligarquía (el latifundismo mafioso y criminal que encabeza Uribe) y sólo es el inicio –bastante precario– de la verdadera lucha por la paz (que nunca acaba).

b) Para unos, toda la oligarquía debe y puede ser derrotada en la Mesa. Para otros, la gran burguesía transnacionalizada y el imperio obtendrán su “paz neoliberal”. El pueblo tendrá la posibilidad de fortalecer su lucha política por transformaciones democráticas. No es una situación que la puedan determinar unos u otros, no es un problema de voluntad, es un hecho real que es resultado de la correlación de fuerzas existentes. No va a ser superable en seis (6) meses. 

c) Para algunos, el Tribunal de Paz acordado debe juzgar y castigar a Uribe por sus crímenes. Para otros, lo más importante es la derrota política de Uribe que se logrará sólo con la concreción de un clima de reconciliación y convivencia que incluye el perdón. El principal castigo de Uribe será su derrota política, la cárcel para él y sus cómplices es algo totalmente secundario. A corto plazo, algunas condenas sólo serán aplicables para algunos militares, agentes del Estado y guerrilleros gravemente encauzados.  

d) Dice Gutiérrez que “No hay que caer en la ilusión burguesa de que con el fin del conflicto armado se le acabará a la oligarquía la “excusa” para criminalizar al movimiento popular y para reprimir”. Sin embargo, la verdad es que la “excusa” si se le acaba, lo que no significa que la oligarquía vaya a acabar con sus grupos criminales y vaya a dejar de reprimir. Así la burguesía firmara ese compromiso en la mesa, no lo va a llevar a la práctica. Ello obliga a las fuerzas insurgentes que se desmovilizan y entran en la “legalidad”, y también a los que ya estamos en ella, a diseñar estrategias civilistas muy cuidadosas para, por un lado, proteger sistemáticamente a nuestros dirigentes (como se protegió a Fidel y a Chávez), no “dar papaya”, no diluir todas las fuerzas en la lucha electoral, no caer en el cretinismo parlamentario, no creer en la voluntad pacifista de la oligarquía y del imperio, pero a la vez, aprovechar al máximo las condiciones de legalidad que se han conquistado para avanzar.

Debemos recordar que fue la oligarquía la que diseñó la forma de obligar al pueblo liberal-socialista en 1946-48 a insurrectarse y alzarse en armas. Lo hizo conscientemente para poder descabezar el movimiento que estaba con Gaitán a un paso de ser gobierno, y despojar violentamente a los campesinos de sus tierras. Es lo que se denomina como “instrumentalización del conflicto armado”. El viejo Manuel lo decía siempre: “Nos obligaron a enmontarnos”. Otros revolucionarios, más jóvenes e idealistas, confundieron esa resistencia armada y la convirtieron en una copia mal ejecutada de la revolución cubana. Lo real es que la oligarquía colombiana, en 1948, se adelantó más de una década a la historia y diseñó la forma de abortar esa revolución que se estaba incubando en Colombia. 

Las FARC saben que para avanzar hacia unas condiciones mínimas para poder hacer política legal y abierta, a Santos y al imperio les toca negociar con Uribe. Es más, Uribe patalea sólo para poder negociar su impunidad. Allí está el meollo del asunto. La derrota de Uribe tendrá que ser en las urnas. Él tratará de desestabilizar el proceso pero el gobierno de los EE.UU. y la gran burguesía colombiana ya están jugados. Es posible que en 2018 a la izquierda le toque obligatoriamente llamar a votar por “otro” Santos y que haya que pensar en participar con nuestro propio programa en ese gobierno que tendrá que implementar los “post-acuerdos”. Y ello no significa que el movimiento popular sea cooptado, es otra estrategia, es otra visión, muy diferente a la que hasta ahora ha desarrollado la izquierda en Colombia, que se ha caracterizado por su “infantilismo de izquierda” y algo de “anarquismo ilustrado”.

El debate recién empieza. La derrota política del “uribismo” será un avance enorme para el pueblo colombiano. La gran burguesía se ve obligada a contribuir con esa derrota pero va a querer canalizarla hacia sus intereses. Los Lleras, los Santos y los Echandías de los años 48 (o sea, los Lleras, los Santos y los Gaviria, de ahora) van a querer aliarse con los Laureanos Gómez (Uribes, de ahora), para volver a masacrar al pueblo si ven que las fuerzas democráticas se abren paso. Las provocaciones, los asesinatos, las masacres y las traiciones estarán allí, preparándose en la sombra. El arte ahora es no dejarnos empujar a la “ilegalidad”, no dejarnos “enmontar” nuevamente, no caer en las provocaciones, pero tampoco jugar todas nuestras fuerzas en esa tarea legal-electoral. El trabajo organizativo en las bases populares siempre será necesario y fundamental.

Una enorme capacidad estratégica se requiere para actuar con inteligencia, paciencia y sagacidad. Los puñales de la intolerancia penden sobre la cabeza de los revolucionarios mientras que las espadas de la paz en manos del pueblo pueden derrotar a los enemigos de la democracia. Todo depende de nosotros. Seguir quejándonos de la maldad de la oligarquía colombiana (dixit, William Ospina - http://goo.gl/iw5JrU), es como pedirle a esa misma oligarquía que deje de ser lo que es. Eso sí es una ilusión. Somos nosotros los que tenemos que conocer la esencia de esa oligarquía, su carácter ladino y criminal, que también tiene sus enormes debilidades y fisuras, para poder derrotarlos.

¡Esa es la tarea!... y el debate sirve para eso.


E-mail: ferdorado@gmail.com / Twitter: @ferdorado

viernes, 25 de septiembre de 2015

PAZ... ¡A LA VISTA!

La verdadera lucha por la paz recién comienza…
                                                       
                                                    PAZ… ¡A LA VISTA!                                                      

Bogotá, 25 de septiembre de 2015

Finalmente, en medio de vacilaciones y cálculos políticos, Juan Manuel Santos se la jugó por la terminación del conflicto armado. La forma vacilante como accedió a estrechar la mano del comandante principal de las FARC, es un reflejo de la manera como todo el país asume la inminente salida negociada a dicho conflicto. Entre dudas y escepticismos pero con esperanza e ilusión.

Más allá de los detalles de lo anunciado, de los acuerdos sobre justicia transicional, los plazos para la firma definitiva de los acuerdos y la fecha para la dejación de las armas por cuenta de los guerrilleros, lo más importante es determinar y tener muy en claro, qué fuerzas están detrás de lo pactado, para poder actuar en consecuencia.

Es evidente que la burguesía trans-nacionalizada y el imperio tienen la decisión de dar por terminado el conflicto armado. Es la fuerza económica que empuja a Santos. La instrumentalización de esa guerra a su favor ya cumplió sus objetivos. Ahora, aspiran a instrumentalizar también la paz. Pretenden una “paz neoliberal”.

A su lado, las fuerzas democráticas que representan a los trabajadores, pequeños y medianos empresarios y productores urbanos y rurales, y sectores maginados de la población, están convencidas que la terminación del conflicto armado es una condición indispensable para liberar las fuerzas creativas de la sociedad. Es la fuerza política que estimula y sostiene a Santos. Aspiran a una “paz plena y duradera” que garantice justicia y equidad social y económica para las mayorías nacionales.

Por otra parte, los grandes terratenientes herederos de los antiguos encomenderos y esclavistas que no han superado su visión colonial y feudal, aliados con algunos militares y mafias que viven de la guerra, se oponen a los acuerdos anunciados. Son la fuerza de la tradición oligárquica que frena a Santos. Representan la cultura de la muerte, la concepción clerical de la vida y la visión clasista y racista del poder. Quieren una “paz de los sepulcros”, aspiran al exterminio de sus enemigos. No renuncian al odio y a la venganza. Usan el miedo, la incertidumbre y la vacilación para eternizar la división y mantener su dominio.

Sin embargo, la decisión de los jefes de las FARC, del gobierno, de las principales fuerzas económicas y de los sectores políticos más avanzados del país, es irreversible. Los hechos son contundentes, la terminación del conflicto armado en Colombia es un hecho.

Lo que se empieza a jugar hacia el futuro inmediato es cómo esas fuerzas disímiles pero aliadas en torno a ese objetivo coyuntural pero primordial, se posicionan frente a las nuevas condiciones que ofrecerá ese nuevo ambiente político.

En lo inmediato los anuncios influirán de alguna forma en las elecciones locales y regionales del 25 de octubre. Las fuerzas guerreristas llamarán a derrotar lo que ellos denominan la “entrega de la nación al castro-chavismo” mientras las fuerzas democráticas se unirán en torno a la construcción de la paz.

Quienes presenten los acuerdos como un triunfo de la guerrilla, contribuirán –inconsciente e ingenuamente–, con el posicionamiento de la percepción que la derecha extrema quiere imponer entre las mayorías de la sociedad de que el Estado ha claudicado ante la guerrilla.

Quienes presentan los acuerdos como una derrota de la insurgencia, como una expresión de la claudicación y la “conciliación de clases”, no sólo muestran su total desconexión con la realidad nacional y mundial sino que alentarán a sectores exiguos de la sociedad a que mantengan reductos armados que inevitablemente se convertirán en excusas para que los guerreristas de derecha también mantengan sus grupos armados.

Pero así mismo, quienes presenten los acuerdos como la concreción de una supuesta voluntad de las clases dominantes de democratizar la sociedad y promover la equidad social, ayudan a posicionar un enorme y criminal engaño. La creencia candorosa que la terminación del conflicto armado traerá automáticamente la conquista de la paz, es mortal. Es una invención que juega a favor del gran capital que a la sombra de esa mentira pretende implementar la segunda fase de expropiación neoliberal de la riqueza colectiva, de amplios territorios estratégicos y de bienes públicos de todos los colombianos. Ese tipo de elaboraciones son dañinas y falsas, contribuyen a que la burguesía confeccione e implemente su “paz perrata” (http://bit.ly/18u7aWh).

Por el contrario, para ser coherentes, hay que presentar los acuerdos como un triunfo de la sociedad en su conjunto. Hay que hacer entender que la superación negociada del conflicto armado es una muestra de realismo político: el Estado no pudo derrotar militarmente a la guerrilla y ésta tampoco logró conquistar el poder político por esa vía. Hay que posicionar la idea de que un ambiente de paz es la condición ideal para que las fuerzas avanzadas de la sociedad logren concretar sus metas de transformación social, económica, política y cultural.

La puja inmediata será por ganar las elecciones del 25 de octubre. La lucha por la paz volverá a ser un componente en la lucha política inmediata. No basta apoyar los acuerdos, es la forma como se presente lo que juega a favor o en contra. La consigna de “no a la impunidad” en manos de Uribe y el “triunfalismo fariano”, jugarán en la misma dirección.

La sensibilidad a flor de piel que se quiere estimular por parte del uribismo frente a las supuestas ventajas que se otorgan a los guerrilleros, deberá ser contrarrestada con una fina pedagogía que coloque el perdón como principal arma para lograr la reconciliación.

Se viene un período trascendental para nuestro país. La campaña de desinformación ya se inició y la principal herramienta será la humildad, la serenidad, el debate fraterno, la búsqueda del interés colectivo, el no dejarse provocar, la comprensión del legítimo dolor y la identificación del odio vestido de aparente sufrimiento; el aislamiento de los guerreristas de profesión y el acompañamiento solidario a las auténticas víctimas del conflicto armado.

La lucha por la paz se traslada ahora al campo de la cultura y la simbología. El prepotente y amenazador –pertenezca al bando que sea–, quedará identificado con la violencia y deberá ser sancionado con el único instrumento eficaz: la sanción moral y su derrota política.

El respeto pleno de los derechos humanos y ciudadanos, tanto por parte del Estado como de todos los individuos y actores sociales, deberá ponerse al frente de la lucha por hacer efectivo un clima de resolución civilizada de nuestros conflictos.

Lograr el posicionamiento de prácticas democráticas, que combinen la tolerancia con el espíritu crítico, tanto al interior de la sociedad como de las instituciones estatales, las organizaciones sociales y los partidos políticos, tendrá que ser una meta de quienes quieran construir seriamente la paz. No de aquella “paz” que niega los conflictos sino de la que estimula la contradicción sana y el debate creador.

Podemos y debemos dar un salto cualitativo como pueblo, sociedad y nación. Superar más de 60 años de violencia continua y desgastante es parte de ese avance cualificado. Todo está dado para vencer la desesperanza y el escepticismo.

Pero a su vez, no podemos idealizar los actos en sí. La fotografía de Santos y Timochenko estrechándose las manos con la aquiescencia  y colaboración de Raúl Castro, debe ser convertida en acción consciente para concretar la terminación del conflicto con el apoyo de las mayorías de nuestro país. La verdadera lucha por la paz recién comienza.

Y… ¡es posible ganarla!                                 


E-mail: ferdorado@gmail.com – Twitter: @ferdorado