viernes, 30 de agosto de 2019

De la “revolución” a la inmolación



De la “revolución” a la inmolación

Popayán, 30 de agosto de 2019

“Cuando algo va mal,
podemos dar fe de nuestra devoción a la causa,
asumiendo con prontitud la responsabilidad por el fracaso,
salvando con ello la pureza del propio proyecto revolucionario.”
S. Zizek

Ayer, 29 de agosto de 2019, Iván Márquez, Jesús Santrich y otros comandantes de las FARC, relanzaron la lucha armada en Colombia mediante un video donde anuncian esa decisión. Su manifiesto es creíble si se tiene en cuenta la historia de lucha de los principales comandantes que participaron de ese acto.

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Cuando algo va mal… (es porque la oligarquía y el imperio no cumplieron pero, se olvida que el pueblo tampoco se movilizó en apoyo a su proyecto);

… podemos dar fe de nuestra devoción a la causa… (causa que es hacerle la revolución al desvalido e ignorante pueblo);

… asumiendo con prontitud la responsabilidad por el fracaso… (Iván Márquez había dicho que no debían haber entregado las armas y se hizo “responsable” de ello);

… salvando con ello la pureza del propio proyecto revolucionario (ahora se entra en la fase del sacrificio, de la inmolación, que ya había anunciado Santrich desde la cárcel).

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Sabíamos que la oligarquía y el imperio no iban a cumplir, el problema es que existió entre la dirigencia fariana la ilusión de que si lo harían (esa ingenuidad es muy difícil de reconocer y explicar).

Sabíamos que la mayoría del pueblo los rechazaba, no solo por el trabajo ideológico de sus enemigos, sino por los graves crímenes cometidos en la fase de la degradación de la guerra (es muy difícil reconocer con seriedad la causa de esa degradación, porque implica –allí sí– asumir una responsabilidad concreta, no tanto por los crímenes en sí mismos, sino por los errores de tipo estratégico cometidos en ese proceso que son la causa de la “instrumentalización” imperial y oligárquica).

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Es una experiencia de la cual debemos aprender todos. Hay una especie de “devoción” en toda esta historia. Sigue la lógica del “pecado original”: es mejor que yo sea completamente culpable antes de que la “causa revolucionaria” (la entrega total, el sacrificio, la inmolación, el suicidio) sea puesta en entredicho. “Prefiero morir a reconocer que estaba equivocado, no tanto en la meta (la justicia social) sino en la forma en que luché por ella”.  

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Por ello, se oculta la verdadera causa de la derrota. No es otra que asumir la “revolución” como si fuera la tarea de unos pocos “héroes” (salvadores supremos), o sea, con la concepción “cristiana” y religiosa que es la que predomina en el ELN desde su fundación y en casi toda la “izquierda revolucionaria” de América Latina.

El problema tampoco es resuelto por los otros dirigentes de las FARC, que se suman a la lucha electoral y legal sin la más mínima crítica a su comportamiento anterior, que fue impulsar la lucha armada de unos pocos, sin construir base social permanente. Esa lucha armada fue “instrumentalizada” por el imperio y la oligarquía y, hasta ahora, no se conoce un balance crítico  de ese proceso por parte de sus protagonistas.

Y la misma actitud de “liberadores supremos”, predomina en casi todos los dirigentes de izquierda, progresistas y demócratas, que creen que con “hacerse elegir” y llegar a la administración del Estado, van a resolverle los problemas al pueblo.

Y por allí seguimos… cambiando de camiseta y de rótulo, pero en las mismas de siempre.


miércoles, 28 de agosto de 2019

¿Podremos derrotar a corruptos y guerreristas en las elecciones de octubre de 2019?


¿Podremos derrotar a corruptos y guerreristas en las elecciones de octubre de 2019?

Popayán, 28 de agosto de 2019

No acostumbro a analizar la política electoral de nuestro país o del mundo citando con nombre propio a los protagonistas individuales. Creo que esas figuras o personas son un resultado de la acción de las fuerzas sociales profundas, que expresan diferentes y antagónicos intereses de clases y/o identidades históricas de tipo político, nacional, étnico, de género, edad y cultura.  

No obstante, dadas las circunstancias previas a las elecciones para elegir autoridades regionales y locales, especialmente, las que se viven en torno a la elección para la Alcaldía de Bogotá, es necesario mencionar los nombres propios de los actores políticos más relevantes, por cuanto se han convertido en un factor importante a resaltar. La actitud individual, a veces, es definitiva.

Por la forma como se dieron las elecciones presidenciales de 2018 y por la manera como ha “gobernado” o desgobernado Duque, pensé –con cierta ingenuidad– que las fuerzas que siempre he identificado en el campo de la democracia, se iban a unificar para derrotar contundentemente al “uribismo” y neutralizar las tendencias autoritarias que juegan dentro del gobierno.  

Identifico como fuerzas de la democracia a aquellas que luchan por construir un ambiente institucional que nos permita resolver los grandes y graves conflictos acumulados por siglos, apelando a la confrontación pacífica de las ideas y sin recurrir al ventajismo (corrupción). Es decir, sin armas y sin trampas. Y, ello no implica negar los antagonismos históricos que debemos resolver por vías democráticas, uniendo a las mayorías y sin necesidad de exterminar al contrario.

Dentro de esas fuerzas ubico a quienes hacen parte del Polo Democrático Alternativo, Alianza Verde, Colombia Humana, Compromiso Ciudadano, MAIS, UP, sectores liberales independientes y otros grupos que participan en lo electoral. En el caso de FARC, a pesar de los esfuerzos hechos por sus principales dirigentes, hay muchos “grises” en su entorno.

El principal factor que identifico como obstáculo para conseguir ese avance democrático es el comportamiento “infantil” de Gustavo Petro, líder de la llamada Colombia Humana, que se cree dueño de los votos de las personas que lo apoyaron en la importante (y que, parecía “histórica”) jornada electoral de junio de 2018. El triunfalismo se le subió a la cabeza y no lo deja pensar.

Además, y en relación con ese factor, no ha existido un esfuerzo sostenido durante este año por construir un proyecto democrático y progresista, que fuera garantía para construir convergencias o alianzas políticas en los departamentos y municipios, basadas en programas construidos colectivamente y en formas transparentes y requisitos éticos para escoger a los candidatos (as).

Ese proceso democrático- progresista contaba con óptimas circunstancias para aglutinar a fuerzas de “izquierda” y democráticas populares. Los objetivos planteados por Petro en la campaña electoral, que se pueden sintetizar en la lucha por democracia, paz, cambio del modelo de desarrollo, defensa del medio ambiente, educación y salud públicas, eran un gran punto de apoyo.

No se trataba, de crear un nuevo partido o de acabar con los existentes, pero sí de construir un proceso político, juntar a las fuerzas que se convirtieron en la base organizada de la campaña de Petro, que provenían de diversas tendencias y grupos que eran proclives y factibles de acercarse y “articularse”. Unir a lo más cercano para actuar con seriedad frente a los posibles aliados.

Ese espacio democrático-progresista, más o menos unificado, habría sido un buen referente en las elecciones regionales, para “unir a lo más progresista” de este país. Claro, sin renunciar a alianzas con “verdes”, “polistas”, “fajardistas”, “izquierdistas”, y hasta con liberales independientes, aislando al uribismo, al “gavirismo-charista”, al “vargas-llerismo”, al “santismo-corrupto”, etc.

Y de paso, combatir el personalismo, el caudillismo y todos los vicios de la política tradicional que han empezado a treparse de frente al interior de las fuerzas progresistas y de izquierda. 

Claro, todavía hay tiempo para reflexionar y rectificar. Aunque... ¡no mucho!     

jueves, 8 de agosto de 2019

COLOMBIA: NI NACIÓN, NI REPÚBLICA, SOLO UNA SIMPLE COLONIA

COLOMBIA: NI NACIÓN, NI REPÚBLICA, SOLO UNA SIMPLE COLONIA

Popayán, 8 de agosto de 2019

Se celebran en Colombia 200 años de la independencia y la “fundación” de la república. Se hizo la independencia formal de España pero no se constituyó una Nación. Son cosas diferentes que muchos confunden, por ignorancia o conveniencia. Tiempo después, la oligarquía criolla nos entregó al imperio inglés y, después, al norteamericano (1903).

Es cierto que funcionamos como un país, tenemos una economía construida por nuestra gente (así sea subordinada a las potencias) y portamos una particular y compleja identidad (que nos hace “seres especiales”), pero no somos una verdadera Nación. Somos una colonia y el “Caín de América”. Con siete bases militares gringas y gobiernos títeres, no podemos creernos “independientes”. Las derechas oligárquicas, patriarcales, racistas y clericales, nos usan como cabeza de playa en la región. Y la resistencia interna es exterminada a sangre y fuego, a pesar que la oligarquía afirma que tenemos “la democracia más antigua del continente”.    

Para entender por qué hemos llegado a la actual situación, es interesante comprender lo que en verdad ocurrió en el pasado. A principios del siglo XIX, el grueso del pueblo mestizo, de origen indígena, afro y “blanco pobre”, no tenía la más mínima oportunidad de decidir con autonomía sobre la llamada “revolución” de independencia. Estaban sometidos al poder omnipotente de los grandes terratenientes y esclavistas mineros, sin posibilidad de hablar y menos de decidir.

Sólo en muy pocas regiones de la Nueva Granada existían núcleos de pueblos rebeldes que podían decidir su “propio hacer” frente a la guerra que enfrentaba a los llamados “patriotas” con los “realistas”. Eran pueblos indios y negros que no habían sido completamente derrotados y mantenían una relativa autonomía para poder decidir qué partido tomar.

En el suroccidente colombiano, el pueblo Nasa, que era el único que mantenía una relativa autonomía, se dividió. Unos apoyaron a los “patriotas”, otros a los “realistas”. En el Patía, la gran mayoría de negros rebeldes, que tenían una alianza de vieja data con pueblos sindaguas (awas), y en Nariño, la mayoría de los indígenas pastos y quillacingas, se pusieron del lado de los realistas. Conocían a los encomenderos criollos y sabían que eran peores que los administradores del rey. Era natural que desconfiaran de la “independencia”.

Para los actuales “ciudadanos” colombianos y muchos políticos y académicos, influidos por el falso nacionalismo que ha sido utilizado en Colombia para engañar, la actitud “progresista” tenía que ser la “patriótica”. Apoyar el rey de España es considerado una “traición” y es inconcebible que pueblos negros o indígenas pudieran ser “realistas”.

No obstante, si nos colocamos en el “cuero” de esos pueblos, los 200 años de independencia no les ha significado gran cosa. No han podido ampliar o fortalecer su autonomía, y siguen en peligro de ser exterminados o “extintos”. Las leyes que se aprueban en “su favor”, como las que se aprobaron en tiempos de la “república”, se convierten en trampas y retrocesos.

La particularidad y complejidad colombiana (historia muy resumida)

En el territorio que los españoles denominaron la Nueva Granada (actual Colombia), durante la conquista y colonización, se encontraron con la existencia de un pequeño “imperio” muisca, en la altiplanicie cundi-boyacense en el centro de esa región, rodeado de cientos de pueblos indígenas indómitos y rebeldes, en medio de una geografía y naturaleza exuberante y agreste.

Se enfrentaban a tres cordilleras gigantescas; dos océanos (atlántico y pacífico) que nos conectan con Centroamérica, las Antillas y Sudamérica y nos hacen ser un cruce de caminos y migraciones amerindias (y actuales), y a bosques y selvas impenetrables donde los indígenas se refugiaban (y después lo hicieron los “negros cimarrones”).

Poco a poco fueron colonizando el territorio y esclavizando a la población. Esas oligarquías coloniales vivían aisladas en sus ciudades, rodeadas de la resistencia de los indios. En Popayán, se protegieron con sus aliados “yanaconas” traídos de Perú y Ecuador; en Bogotá tenían acuerdos con los indios muiscas mientras los aculturizaban; en Cartagena se hacían proteger por mestizos-negros domesticados, y en Antioquia, los hijos de hombres blancos e indias (mestizos) les servían de protección y mano de obra de haciendas y minas.

En el caso de Antioquia, cuando los mestizos crecieron, fueron expulsados de las haciendas por medio de la “colonización paisa” hacia Caldas, Risaralda, Quindío, y norte del Valle, y de allí hacia más abajo, Tolima, Huila, Caquetá, Putumayo, zonas del Cauca, y los Llanos. No obstante, esos mestizos de origen paisa, se volvieron liberales en su contacto cotidiano con los pueblos pijaos, cuyabros, calimas, nasas y demás, rebeldes por naturaleza. (Es la avanzada más subversiva de nuestro pueblo pero deben controlar el “resentimiento” para conectarse al resto).  

Así continuó la colonización en Colombia, proceso que no ha terminado. Nunca hubo reforma agraria sino que empujaron con la violencia a campesinos y colonos hacia tierras baldías. De tal manera que en Colombia siempre existió una élite de origen español, una gran base de mestizos domesticados (de origen yanacona, muisca y blanco), y una gran cantidad de pueblos indios rebeldes pero desunidos y dispersos, que siempre se enfrentaban con los “capataces”, o sea, con el “colchón de amortiguamiento” que habían construido los criollos para defenderse de los “malos cristianos”, los “bandidos, vagabundos e insurgentes”.

Así, los criollos herederos de los españoles no estaban en capacidad de construir una Nación y menos una república democrática. Para ellos era mejor mantener el control en las diversas regiones e impedir la unión de los pueblos rebeldes que podían influir en sus aliados domesticados, los “indios buenos”, y poner en peligro su hegemonía. Por ello, necesitaban un aliado imperial en caso de una rebelión generalizada como ocurrió con Jorge Eliécer Gaitán. Alguien de antaño decía que “la oligarquía colombiana le teme más al pueblo que al imperio”.  

Conclusión

Seguir haciéndole creer a nuestra gente que en verdad hubo una efectiva independencia y que se fundó una República, es caer en la trampa de los poderosos. Hay que sintonizarse con nuestro pueblo que instintivamente sabe que siempre fue una mentira. Por ello la gente aclama con más exaltación el triunfo de un deportista salido y surgido de sus entrañas, que la supuesta independencia que muy pocos sienten de verdad y que pocos celebran con entusiasmo.

La tarea que tenemos por delante es fundar en serio la Nación y construir la República. No será nada fácil. Para hacerlo no podemos seguir luchando solo contra los “capataces” (Uribes, Santos, etc.), apoyándonos solo en un sector de los pueblos más rebeldes (Nariño, Guajira, alrededores del Volcán del Huila, y Bogotá). Nos toca diseñar una estrategia envolvente, paciente, inteligente, sin “vivezas” y sin “saltos al vacío” (supuestas “constituyentes”, etc.), que solo conducen a más guerras fratricidas y a desgastes innecesarios.

Hay que romper con la repetición compulsiva que nos conduce a una constante trágica: a) alzamiento rebelde; b) acuerdo de paz; c) falsa constitución; y d) nueva guerra.

Es lo que ocurrió con algunas guerrillas, que se dedicaron a acosar a campesinos ricos y medios en muchas regiones, sin apuntarle a los lacayos mayores y al imperio, generando la base social de lo que hoy es el “uribismo”. Eso no podemos repetirlo. Hoy está apareciendo una juventud que marca la pauta, que quiere cambios concretos en la vida real y no solo en las leyes (que siempre se quedan en el papel). 

Esa juventud no quiere más de lo mismo, así se vista de “nuevo” y "progresista".
   
E-mail: ferdorado@gmail.com

martes, 30 de julio de 2019

“POLÍTICOS DE CARRERA” Y “POLÍTICOS DE CHEQUERA”

“POLÍTICOS DE CARRERA” Y “POLÍTICOS DE CHEQUERA”

Popayán, 30 de julio de 2019

En Colombia como en América Latina y el mundo entero, los “políticos de carrera”, sean de izquierda, derecha o “centro”, están fracasando en toda la línea. De luchar por “lo público” pasaron a solo batallar por su imagen y poder personal. Algunos, en el fragor de los debates, discursos, reuniones y tuits, todavía  no se han percatado de ese hecho.

Lo ocurrido en Puerto Rico es una buena lección para los “políticos de carrera”. Tanto el renunciado gobernador Roselló como sus rivales políticos se vieron obligados a hacerse a un lado frente al pueblo borincano que, liderado por cantantes y artistas, se movilizó por verdad y dignidad. Y se logró un triunfo que va desencadenar grandes cambios en ese país.

Los políticos boricuas de oposición tuvieron que ayudar con “bajo perfil”, obligados por la avalancha popular que no iba a permitir que esa lucha fuera apropiada por un sector político en particular. La exigencia era no “partidizar” esa lucha colectiva para poder ganarla.

En Colombia, a pesar que tenemos problemas mucho más graves, no hemos podido construir verdaderos movimientos ciudadanos que movilicen a las mayorías. El afán de figurar, la supuesta “polarización” y los apetitos personales de nuestros políticos (del color que sean), han “privatizado la política” y obstaculizado la acción colectiva.  

Ad portas de las elecciones locales y regionales en Colombia, son muchos los ejemplos de esa “privatización” de las causas sociales y ciudadanas. El metro subterráneo de Bogotá ya tiene “dueño político” como lo tiene la lucha contra la corrupción, la lucha por la paz, la defensa del medio ambiente o la defensa de la vida de los líderes sociales.

Al actuar de esa manera, los “políticos de carrera” debilitan la lucha social y política. La causa de oponerse a un metro elevado en la capital de la república, que es desde todo punto de vista una causa justa, termina siendo debilitada por ese tipo de actitudes personalistas que desgastan la verdadera lucha por lo público y ahuyentan de la acción política a la gente.

Hay que aprender de lo ocurrido en América Latina con los gobiernos progresistas, en Grecia con Siryza, y en España con Podemos, que lideraron importantes y exitosos procesos electorales y de gobierno. Ellos se montaron sobre olas de indignación y de movilización popular, pero, para nuestra desgracia, en poco tiempo se “cerraron”, le pusieron nombre propio a la causa social, y le hicieron –tal vez sin querer– un favor a los poderosos capitalistas que, después, derrotaron a los “políticos de carrera”, y lo más grave, aplastaron el espíritu de lucha de millones de personas que fueron su aliento y fuerza.

Claro, el debilitamiento de la verdadera lucha social y política se convierte en una ventaja para los “políticos de chequera”, que no necesitan de ideas ni programas, sino solo de acuerdos por debajo de la mesa y una buena “inversión monetaria”, para hacerse con los gobiernos, y seguir robando y estafando a la gente. ¿Podremos aprender?

Volver sobre las causas transformadoras parece ser la senda para rescatar la acción política de la mediocridad en que ha caído por efecto de tanta exposición mediática y de la falta de debate y construcción colectiva de los movimientos y agrupaciones políticas. 

E-mail: ferdorado@gmail.com

miércoles, 24 de julio de 2019

DE CÓMO PETRO Y URIBE DEBILITAN SU FUERZA POLÍTICA

El arribismo político se toma la gobernanza regional…

De cómo Petro y Uribe debilitan su fuerza política

Popayán, 24 de julio de 2019

Dos hechos marcaron el final de la escogencia e inscripción de candidatos a elecciones locales y regionales en Colombia. Ambos ocurrieron en torno a la disputa por la alcaldía de Bogotá. Por un lado, se rompió la convergencia que apoyaba a Claudia López y, por el otro, se  vigorizó la alianza en torno a Miguel Uribe; continuador de Peñalosa, actual alcalde.

Esas circunstancias muestran que las fuerzas políticas que estaban detrás de los candidatos, Duque y Petro, o sea, el Centro Democrático y la Colombia Humana, que disputaron la presidencia de la república en 2018, no lograron fortalecerse durante este año y muestran enormes flaquezas de cara a las elecciones presidenciales de 2022.

Ni Petro ni Uribe lograron posicionar una candidatura fuerte para la alcaldía de la ciudad capital. Mientras el primero se distanció de la candidata verde, el segundo apoyó al candidato avalado por liberales y conservadores. Ambos muestran su debilidad de diferente forma: el uno, resta a las fuerzas democráticas; el otro, suma a las fuerzas antidemocráticas.

Son las paradojas de la política colombiana. Ni el partido de gobierno, ni el principal dirigente de la oposición, han logrado en el último año fortalecer su organización política. Al interior del uribismo se notan las fisuras que genera la acción débil y vacilante del presidente Duque, y la Colombia Humana no arranca como proyecto político colectivo.

Además, en municipios y departamentos proliferan candidatos por firmas o unipersonales. Hacen parte de la tendencia a conformar alianzas por conveniencia particular. Son fruto de la banalización extrema de la política, del papel dominante del dinero en las campañas electorales, de la precariedad de los partidos políticos y de la acción de mafias e intereses económicos que manipulan a los gobiernos locales y regionales en beneficio propio.  

Todo lo anterior, en un ambiente de polarización política que no toca ni le interesa a las mayorías. Los “agarrones” en el Congreso no pasan de ser motivo de “tendencias virales” en las redes sociales. Las propuestas posicionadas por Petro, como la defensa del medio ambiente, la superación de la economía dependiente del petróleo y la minería, la industrialización de nuestras materias primas, etc., parecieran  no ser parte del debate político local o regional. Hay una desconexión evidente que debilita la acción política.

Mientras tanto, el presidente Duque utiliza, algunas de esas propuestas para mostrarse como un gobernante visionario y moderno, pero no mueve un dedo para concretarlas. Por el contrario, todas sus acciones van en contravía de lo que el país requiere; crecen los focos de violencia y conflicto, se prepara la aspersión aérea con glifosato de los cultivos de coca, el desempleo se dispara y la economía se estanca. Y las mafias corruptas ni se inmutan.

Definitivamente, hay que fortalecer otras formas de acción política, ser conscientes de las enormes limitaciones de la acción institucional y hacer más pedagogía política sin pretender resultados inmediatos. Tendrán que surgir nuevos liderazgos y nuevas prácticas políticas.   

E-mail: ferdorado@gmail.com

miércoles, 17 de julio de 2019

EL ESTADO COLOMBIANO NUNCA PROTEGERÁ A LOS LÍDERES SOCIALES

El Estado colombiano nunca protegerá a los líderes sociales
Popayán, 17 de julio de 2019
Ha hecho carrera entre los dirigentes de “izquierda” y de las organizaciones sociales de Colombia, incluso entre los integrantes de las guerrillas desmovilizadas y reincorporadas a la vida civil, la creencia de que el Estado les va a brindar seguridad, frente a la acción criminal de los grupos armados ilegales que están en crecimiento en la actualidad, llámense paramilitares, guerrillas, bacrim, disidencias o grupos delincuenciales.
Es indudable que hay que exigir esa seguridad porque se supone que el Estado debe ofrecer ese servicio público a toda la población. Pero creer que el gobierno les va a garantizar plena protección a los líderes sociales o a los dirigentes políticos que enfrentan las políticas del gran capital transnacional o de las mafias empotradas en todas las áreas de las economías ilegales y criminales existentes, es ser demasiado ingenuo. Mucho más, con lo vivido en Colombia.
Para los teóricos del liberalismo clásico o de las teorías políticas en boga (Kelsen, Rawls, Habermas, Mouffe, etc.), el Estado es garante de derechos para todos los ciudadanos. No obstante, la realidad del mundo, de Latinoamérica y de Colombia, nos indica que no es cierto y que nunca lo será. Pueda que en los países más “desarrollados” en donde las castas dominantes “subsidian sus democracias” con los recursos extraídos y robados a las colonias (viejas y nuevas), esa apariencia “garantista” engañe a muchos “creyentes”. Pero la realidad es muy diferente.
Lo visible es que los “Estados democráticos” muestran hoy su verdadera naturaleza despótica. La crisis acumulada por el capitalismo, que se manifiesta con el actual derrumbe de la globalización neoliberal, que, a su vez, provoca la aparición y el fortalecimiento de “nacionalismos populistas” (algunos de ellos con tintes claramente fascistas), es una demostración de lo que siempre hemos sabido: El Estado es una máquina de opresión al servicio de los poderosos (Marx).  
En Europa los “Estados democráticos” son garantes de derechos para “sus” ciudadanos, especialmente, “contribuyentes”. Pero para los trabajadores precariados, para los granjeros empobrecidos, para la población invisibilizada de áreas rurales, para los migrantes pobres e ilegales, para la juventud desempleada, esos Estados son verdaderas máquinas de opresión y de guerra. Y lo mismo ocurre en EE.UU. y en todo el mundo. No debe haber la menor duda.
“Quien paga impuestos tiene derecho, los demás que se vayan” repiten a coro Trump, Orbán, Salvini, y otros. Ellos saquean y destruyen nuestros pueblos y países y cuando los migrantes pobres expulsados de África, Asia o América Latina, llegan a sus territorios en busca de trabajo, los discriminan y les ponen muros, los persiguen, encierran y expulsan, y en algunos casos, los matan sin ningún pudor. Sus falsas democracias ya no engañan a nadie. Han perdido la vergüenza. 
Por ello, frente a una realidad que no se puede ocultar, seguir creyendo que esos Estados van a proteger a nuestros líderes, además de ingenuidad es un crimen (inconsciente). Lo que ocurre en Colombia es un exterminio sistemático. Las comunidades organizadas deben rediseñar su estrategia de resistencia. Las “guardias indígenas” deben servir de ejemplo y referencia, sirven para hacer inteligencia, vigilancia y alerta, pero, ahora toca “poner el cuerpo” –como dice Raúl Zibechi–, pero también hay que hacerlo bien. No podemos dejarnos matar pero tampoco caer en la trampa y la provocación que busca producir masacres y desplazamientos masivos.  
Hay que identificar a los sicarios, aislarlos y golpearlos. Si en verdad, hay trabajo organizado, no podemos pedirle a nuestra gente más sacrificios. El derecho a la defensa está garantizado en todo el mundo. No se trata de dejarnos llevar a una guerra abierta, que ya mostró sus grandes limitaciones en Colombia, pero la protección de nuestras comunidades y líderes ahora debe correr por cuenta nuestra. ¡No se puede seguir llamando al ratón a cuidar el queso!             
E-mail: ferdorado@gmail.com

jueves, 4 de julio de 2019

SANTRICH Y LA TRAMPA DE LA “LEGALIDAD”


SANTRICH Y LA TRAMPA DE LA “LEGALIDAD”

Popayán, 4 de julio de 2019

En Colombia un ejercicio de rebeldía armada “itinerante” o “errante” (o sea, de unas guerrillas sin bases sociales arraigadas y organizadas en un territorio), que se hizo a lo largo de 55 años, terminó sin pena ni gloria. Su intento de transformar la rebelión en un proyecto político como lo hizo el M19 con el proceso de paz, entró en la dinámica del desastre. Lo ocurrido esta semana con el comandante Jesús Santrich es una muestra de esa realidad.

Santrich se convirtió en una figura paradigmática y contradictoria de la Justicia Transicional de Paz (JEP). Para los defensores y los enemigos del “proceso” tenía que aceptar un juicio montado con falsas pruebas de la DEA para demostrar, no tanto su inocencia –que poco les importa–, sino su lealtad con las decisiones tomadas recientemente por las FARC.

Pero el problema no es de ahora. Desde mucho tiempo atrás gran parte de nuestro pueblo desconfiaba de todo. Una parte de la gente, incluso que simpatizaban con la guerrilla, pensaba que solo era una estrategia para ganar tiempo y volver a fortalecerse. Y la otra parte, no confiaba en el Estado (y menos en este “gobierno”) y pensaba que les darían algunas gabelas a los jefes que se entregaran, pero exterminarían a los militantes más consecuentes.

Desde el punto de vista de la guerrilla, creían que los acuerdos con el gobierno se podrían sostener por el gran apoyo popular que consideraban iban a encontrar en las mayorías del pueblo. Pero confundían el apoyo a su desmovilización y entrega de armas con el apoyo a su “proyecto”. Y creyeron en las promesas de la oligarquía sin calcular la perfidia y la traición, y menos que el uribismo ganara el “referendo” y recuperara el gobierno.

Las experiencias de Centroamérica mostraban otra realidad. Nos decían que a la oligarquía y al gobierno de los EE.UU., les importa muy poco si nuevos grupos armados ilegales se propagan a lo largo y ancho del país, o se arman disidencias de las Farc o se fortalece el Eln. Todos sabemos que mientras la economía del narcotráfico tenga un fabuloso mercado global, la violencia tendrá suficiente combustible en Colombia. Las inversiones para compañías extranjeras requerirán más seguridad y más gabelas tributarias, pero no será mayor problema.

El gobierno colombiano seguirá diciendo que tiene voluntad de paz y que es la democracia más estable de Latinoamérica, mientras los grupos paramilitares asesinan a diestra y siniestra a líderes sociales y a militantes revolucionarios (sean o no cercanos a las guerrillas) que consideren un estorbo para sus planes de despojo de territorios y apropiación de nuestras riquezas. Y Uribe y Santos seguirán jugando al policía malo y bueno; siempre fue el plan.  

Si Santrich se fugó para esquivar el juicio montado que la DEA orquestó en alianza con el ex-fiscal Martínez Neira, es entendible. Tanto su extradición a los EE.UU. o su asesinato, muy previsible, tendría el mismo efecto dinamitador para el llamado “proceso de paz”. Y si no lo extraditaba la Corte Suprema de Justicia con ese “conjunto de pruebas” que, desde la Fiscalía, Procuraduría y medios de comunicación se posicionaron como “evidencias contundentes de su culpabilidad”, sería la JEP y las Cortes las que pagarían los platos rotos.

Definitivamente las Farc tenían que haber declarado la paz unilateral al pueblo colombiano, sin pedirle permiso a la oligarquía y sin acuerdos de ninguna naturaleza. Hubieran tenido que renunciar a unas prácticas no éticas que los separaron del ideario revolucionario y de la histórica resistencia campesina. Y no hacerse ninguna ilusión más allá de reincorporarse modesta y calladamente a las luchas populares que nuestro pueblo siempre ha desarrollado.

Al final, ese ejercicio demagógico con Santos en torno a la “falsa paz” terminó dividiéndolos entre los reincorporados legalizados, los disidentes no armados y los disidentes armados. Mientras tanto, la “guerrillerada” tendrá que sobrevivir apoyándose en pequeños proyectos económicos y enfrentar la tentación de “enmontarse” para continuar una guerra sin pueblo y contra el pueblo, que no tiene más futuro que seguir siendo la “policía rural de los narcos”.

Es una lección para el Eln. Toda guerra sin pueblo se vuelve contra el pueblo.


sábado, 29 de junio de 2019

Lo real, lo complejo y lo concreto


Lo real, lo complejo y lo concreto


Popayán, 29 de junio de 2019

Toda realidad es concreta y singular

Las teorías son sólo aproximaciones

Puntos de apoyo o bastones

Para aproximarnos y no tropezar torpemente con ella



Sin embargo...para introducirse en su concretud

Para sorprenderse con su complejidad y belleza

Tenemos que transformarla

Enfrentarnos con ella y sufrir...



Y no es fácil... es muy difícil

La realidad es monstruosa y agresiva

Especialmente porque siempre la provocamos

Con nuestra ignorancia y estupidez



Sólo cuando aceptamos la complejidad

Cuando nos arriesgamos a enfrentar la realidad

Sin prejuicios y verdades absolutas

Ella nos trata bien y nos premia con amor.


lunes, 24 de junio de 2019

El autismo y el desatino controlado

Ritual del pueblo Yoeeme o Yaqui

El autismo y el desatino controlado

Popayán, 24 de junio de 2019

Hay que ser un autista para tratar de ser cuerdo en el mundo actual. Es tal la cantidad de información que nos bombardea a diario y la velocidad en la que aparentemente se mueve la gente, que si no colocamos una barrera consciente que nos facilite regular el contacto con ese alocado mundo, terminamos actuando como verdaderos idiotas.

El autista parece un idiota, pero no lo es. El autista tiene un filtro mental que le impide desarrollar relaciones “normales” con los demás. Es una ventaja. Ellos piensan fija y obsesivamente un problema hasta encontrar una solución o realizan una actividad hasta terminarla. El idiota actual (la mayoría de nosotros), vive pendiente de todo y se relaciona con todo, pero ni piensa ni actúa con cabeza propia. Es un verdadero autómata.  

Un antropólogo irreverente no reconocido por la academia tradicional, de nombre Carlos Castaneda, apoyándose en la forma de pensar del pueblo Yaqui (norte de México y sur de los EE.UU.) recomienda perfeccionar el uso del “desatino controlado” para poder soportar los retos de la vida. Es el arte de entender que todo es valioso, pero nada es importante.

¿Cómo hacerlo? Primero, entender que la vida en sociedad es una estafa permanente. Todos mentimos y dejamos que nos mientan para poder sobrevivir. Es el mundo de la hipocresía legalizada por normas sociales. Desde niños nos adiestran para aceptar lo que los adultos nos imponen. Los padres aparentan ser felices para no traumatizar al niño, y por ese camino, todos terminamos aceptando como regla general unas relaciones esquizofrénicas.

Hay que comprender lo que es el éxito, palabra peligrosa que viene de “exit” que, en inglés, significa “salida”. El éxito es la ilusoria fuga del mundo de la gente “media” o “mediocre”, por no decir, fracasada. Para lograrlo hay que aceptar las reglas, saber representar el papel para que otros se sientan reflejados en el actor (o actriz) y atenúen sus frustraciones con el triunfo del otro, que lo asimilan como propio. Y de paso, se organizan enormes negocios, la gran mayoría verdaderas estafas, con base en necesidades creadas y manipuladas.  

Ese mundo, basado en la necesidad de enriquecimiento individual (crematística) no va a cambiar fácilmente y tiende a la autodestrucción. Mucha gente vive de él, vive contenta con esa farsa y lo defiende a muerte. Por ello, se requiere el segundo paso del desatino controlado. Implica aceptar esa realidad que nos impone cantidad de situaciones que no son importantes pero que debemos aceptar para poder actuar con sentido de “lo valioso”.

El tercer paso es actuar, sin juzgar, sin desechar a ninguna persona, sin creernos por encima de nadie, y desarrollar los máximos esfuerzos por hacer lo correcto, lo indispensable, lo necesario, lo realmente importante. Y para poder soportarlo, genuinamente, hay que asumir en serio la vida, pero no tan en serio al ser humano. Y para lograrlo, debemos ser “guerreros”.

No es fácil. Hay que empezar por dejar de mentirnos a nosotros mismos. Si superamos la prueba, avanzaremos. Si no lo logramos es porque queremos tener “éxito” en un mundo donde el triunfo se basa en la corrupción y la compra de consciencias. El único triunfo verdadero sería una efectiva revolución de “los de abajo”, pero no para querer ingresar en el mundo de “los de arriba” sino para destruirlo.

Por ello se requiere el arte del desatino controlado. Para que la “salida” signifique un verdadero cambio y el triunfo sea social y colectivo. El solo proponerse esa meta, es el primer paso para combinar con creatividad lo que es aceptar el mundo existente y, a la vez, actuar para cambiarlo, sin pretender que es algo que se pueda hacer en forma individual.

La mayoría de quienes lo intentan, renuncian muy fácilmente y se entregan (acomodan al sistema imperante) o se encierran en un mundo de fantasía (involución individual, suicidio, locura, droga, religión o política obsesiva). Solo los “guerreros” siguen e insisten, y descubren su camino.   

sábado, 22 de junio de 2019

XI JINPING A LA CABEZA DE LA BURGUESÍA GLOBAL CONTRA TRUMP


XI JINPING A LA CABEZA DE LA BURGUESÍA GLOBAL CONTRA TRUMP

Popayán, 22 de junio de 2019


XI JINPING A LA CABEZA DE LA BURGUESÍA GLOBAL

Popayán, 22 de junio de 2019

En 1989 se derrumbó la URSS y se oficializó la caída del “socialismo de Estado”. La globalización neoliberal parecía alzar vuelo a todo vapor; no obstante, 18 años después, la crisis económica y financiera (2007-8) introdujo al mundo del capital en una fase de grave recesión permanente. En ese entorno, el “capitalismo asiático” de China ha entrado en escena con relativa fuerza y ha puesto en jaque la hegemonía estadounidense y de occidente.

La reacción de algunos sectores capitalistas de EE.UU. y de países europeos (Brexit) ha sido renegar de la globalización neoliberal y promover –precipitada e impulsivamente– una política proteccionista que intenta revertir los efectos negativos que trajo la globalización para determinados sectores de la industria y la manufactura de sus países. Los trabajadores de vieja generación (fordistas) apoyan esa política que adquiere forma “nacional-populista”.

La mayor parte de la “izquierda socialista” –sin el referente de los trabajadores o de otros sectores sojuzgados– se puso detrás de la burguesía global. Para no quedar bajo la dirección de los Obama, Clinton o Merkel, colocan a los líderes de las potencias orientales (Xi, Putin) al frente de los intereses “progresistas” de la humanidad. Según ellos, son los únicos que pueden derrotar al “nuevo fascismo” que encabeza Trump, Bannon, Salvini, Bolsonaro, etc.

En esa línea se pronuncia el creador del sello del “Socialismo del siglo XXI”, Heinz Dieterich Stefan, en su último artículo titulado “Trump pierde Guerra imperialista contra China”, en la que presenta una interesante información que, sin embargo, nos lleva a una interpretación muy diferente a la del sociólogo alemán, no reducida a los análisis geopolíticos.

¿En realidad que es lo que está ocurriendo?

La burguesía china, que durante este período aprovechó una serie de ventajas comparativas (inversión extranjera, protección y subsidios estatales, mano de obra súper-barata, permisividad en temas ambientales y otras), ha construido una línea globalista “hacia afuera” y un relato nacionalista “hacia adentro”, para contrarrestar la agresiva política de Trump. En ese sentido, Xi Jinping encabeza actualmente a toda la burguesía financiera globalizadora tanto de EE.UU. como de Europa y del mundo (en Colombia es Santos y casi toda la “izquierda”, la que se identifica con dicha política).

Pero no seamos ingenuos, esa alianza no se hace en favor de los intereses de la humanidad y menos de los intereses de los trabajadores u otros sectores oprimidos. Es, simplemente, lo que tiene que hacer la burguesía china para avanzar hacia un mundo multipolar en donde sus inversiones tienen que abrirse más espacio global. Pero tratar de presentar ese comportamiento como beneficioso para los trabajadores no solo es cándido, sino que puede ser provocador.

Hay quienes ante la dispersión y debilidad organizativa de los trabajadores (que algunos ya enterraron o desconocen su existencia), aspiran ilusamente que sean las burguesías las que resuelvan los problemas entre ellas. Por ello, colocan a Putin y a Xi, como la cabeza del supuesto frente anti-imperialista que hay que organizar contra Trump, ya no para avanzar hacia modelos de sociedad que –por lo menos– enfrenten los graves problemas estructurales que vive la humanidad sino solo para salvar y proteger las reglas “racionales” que le sirven a la burguesía financiera para mantener su estabilidad global.

En vez de denunciar que el uso de la fuerza, la imposición unilateral de aranceles, el chantaje comercial y tecnológico, y la amenaza de confrontación bélica, así como el uso criminal de los medios de comunicación para atacar y derrotar a los enemigos del nuevo poder que se tomó la dirección política del imperio estadounidense, los teóricos de “izquierda” al servicio de la burguesía globalista, llaman –ahora– a defender las reglas de las instituciones financieras que dominan el mundo (ONU, OMC, FMI, etc.). Ahora sus aliados son Obama, Clinton, Merkel o Lagarde. Además, hasta los citan en sus escritos.

En América Latina ocurrió otro tanto. Las burguesías emergentes de la región aprovecharon las luchas populares, especialmente de sectores sociales relegados y excluidos del mundo del capital (indígenas, campesinos, trabajadores informales, etc.), para acceder a los gobiernos y establecer lo que ellos llaman “socialismo”. En realidad, ese socialismo no tiene nada que ver con la “apropiación social y colectiva de la riqueza creada por la sociedad”, sino se reduce al viejo Estado de Bienestar que la burguesía creó después de la 2ª guerra mundial para contrarrestar el “socialismo de Estado” de la URSS y demás países.

A ello se han reducido las pretensiones de los “socialistas” actuales. Consiste solo en un capitalismo que ofrece servicios mínimos de “salud”, “educación”, agua potable, electricidad y vivienda a la población pero que no cuestiona para nada el modelo de civilización y de “desarrollo” que destruye la vida a todos los niveles (pueblos, comunidades, naturalezas, pensamientos, sentimientos). Es el modelo de la inequidad (monopolios), desigualdad (pobreza camuflada con cifras en medio de inmensas fortunas de millonarios y mega-millonarios), injusticia (ley solo para los pobres), sobre-explotación (a todo nivel), etc. No obstante, la crisis sistémica de reproducción del capital es tan profunda que ni siquiera les permitió a los “progresistas latinoamericanos” sacar adelante ese intento de reforma. AMLO ya es el nuevo ejemplo.    

La derrota histórica de los trabajadores durante el siglo XX y principios del XXI, no ha sido aún asimilada por cuanto seguimos pensando con las herramientas epistemológicas del pasado. Pero las ciencias de la complejidad en desarrollo, las nuevas miradas filosóficas no reduccionistas ni dualistas, y las luchas de “los de abajo” (mujeres, jóvenes, ecologistas, hackers libres, nuevos trabajadores, etc.) vienen en nuestro auxilio.

Además, las soluciones que propone Trump y sus supuestos opositores (que en realidad solo son rivales), son solo flor de un día. La crisis económica y política se va a seguir agudizando. La mínima tasa de ganancia del capital obliga a las burguesías a violar sus propias normas y legalidades. Por ello, se requiere no arriar las banderas “anti-sistémicas” sino levantar nuevas consignas de carácter civilizatorio[1], que solo pueden alzar los trabajadores y pueblos oprimidos para responder a los nuevos retos de la lucha que está en pleno desarrollo.


[1] Un ideario civilizatorio a trabajar debería tener en cuenta: miradas complejas, no lineales; planetarias, no nacionalistas; colaborativas y comunitarias, no colectivistas; humanistas, no “multi-culturalistas”; ecologistas, no anti-tecnológicas; post-generistas, no feministas; espirituales pero científicas; postcapitalistas, no anti-capitalistas; post-extractivistas, no anti-extractivistas; utilitaristas y prevenidas frente al Estado, no estatistas ni anti-estatistas; y, en general, miradas críticas, que rechacen las teorías generalizantes y valoren lo concreto.