viernes, 12 de abril de 2019

Duque: entre el autoritarismo guerrerista y la demagogia pacifista


Duque: entre el autoritarismo guerrerista y la demagogia pacifista

Popayán, 12 de abril de 2019

El débil arranque del gobierno

El pasado 7 de abril se cumplieron 8 meses de la administración Duque. En las últimas 6 décadas no se había visto un arranque tan débil de un gobierno en Colombia. Los presidentes del Frente Nacional no tuvieron problemas porque se apoyaban en un pacto bipartidista. Alfonso López Michelsen y Belisario Betancur fueron quienes vivieron momentos delicados; el primero, con el paro cívico de 1977 y, el segundo, con la toma del Palacio de Justicia por el M19 en 1985. Pero su inicio no fue tan frágil como el presente.  

La situación política del presidente Duque no es dramática ni está al borde del caos. No obstante, si no realiza oportunamente los ajustes que le permitan construir una gobernabilidad aceptable, el país podría verse sometido a una coyuntura en la que la ciudadanía perciba a un gobierno sin identidad y sin norte. Así, se corre el peligro de que un hecho no previsto o un “cisne negro”, como lo denomina Nassim Taleb en su famoso libro[1], desencadene una situación de inestabilidad que ponga en riesgo la continuidad del gobierno.

¿El pasado no perdona?

Algo no le funciona al presidente Duque. No se ha podido acomodar. Pareciera que el legado de autoritarismo guerrerista de los ocho años de Uribe y de demagogia pacifista de los dos períodos de Santos, pesaran tanto que no puede mirar hacia adelante y vacila ante el futuro. Y esa inseguridad en un gobernante no es la mejor condición para un país que empieza a sentir presiones externas que han sido creadas por la impericia del novel presidente.  

Ahora bien, es normal que un país que intenta consolidar el proceso de terminación de un conflicto armado de 70 años –contando desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán– tenga dificultades para pasar la página y construir un ambiente de paz y reconciliación entre sus ciudadanos; pero todo indica que se necesita un gobernante que represente la unidad de la Nación y trasmita autoridad y confianza en cada acto de gobierno que ejecute.

El caso del presidente Duque es preocupante. Durante la primera etapa, entre agosto y diciembre de 2018, no obtuvo ningún logro tangible, no cumplió con el pacto anticorrupción y sus iniciativas legislativas no fueron aprobadas. La reforma tributaria terminó siendo una “ley de financiamiento” que poco recauda y escasamente financia. No construyó una coalición de gobierno y creó malestar entre los partidos que lo apoyaron en su elección.

Un poco de aire que no duró mucho

El atentado terrorista del 17 de enero le dio un respiro al gobierno. Ese hecho se produjo cuando la presión contra el Fiscal General estaba en su mayor furor. El presidente Duque aprovechó la situación para romper los diálogos con el ELN y desconocer los protocolos con gobiernos de países garantes y, alentado por ese pequeño empuje, se puso al frente del Grupo de Lima e impulsó el “cerco diplomático” para derrocar al presidente Maduro. Luego, presentó las objeciones a la Ley Estatutaria de la Justicia Especial de Paz JEP, que fue interpretado como un ataque a los acuerdos de paz por la opinión pública.

Ese aire el presidente Duque lo dilapidó rápidamente. Todas las acciones realizadas para acorralar a Maduro, incluyendo un viaje a Washington, no obtuvieron el resultado previsto. Además, después que consiguió apoyo para el trámite inicial del Plan Nacional de Desarrollo mediante presiones non sanctas sobre algunos parlamentarios, hecho que fue rechazado y denunciado en una publicitada columna por Germán Vargas Lleras en El Tiempo, la mayor parte de los partidos políticos se unieron en contra de las objeciones a la JEP.    

La Minga Indígena y las vacilaciones del gobierno

Después viene el tire y afloje con la Minga Indígena. Durante 26 días estuvo bloqueada la única carretera que facilita el comercio internacional con el sur del continente causando grandes traumatismos y graves pérdidas económicas a la población del suroccidente colombiano. El gobierno dilató las negociaciones, usó la misma táctica de desgaste que utilizó con el paro universitario, pero ante lo extendido del bloqueo quedó en la retina del público una sensación de desgobierno.

Duque no se atrevió a despejar la vía por la fuerza como se lo exigía el expresidente Uribe y su partido. El argumento uribista era que la protesta estaba infiltrada por terroristas. Después de casi un mes el gobierno logró desactivar el conflicto mediante un acuerdo razonable, sin exponer recursos o promesas que no pudiera cumplir, lo que presentó como una actitud responsable que lo diferenciaba de anteriores gobiernos. Además, se comprometió a ratificar ese acuerdo en un diálogo público con los “mingueros” en el municipio de Caldono (Cauca).

No obstante, la forma como se remató esa faena no fue la mejor. Todo estaba preparado para que el presidente se encontrara y escuchara a los líderes sociales, hiciera un ejercicio de autoridad dialogante de frente a la comunidad indígena y al país, lo que hubiera sido un acto de independencia frente a las presiones de su mentor.  Pero no fue capaz. Permitió que de nuevo se atravesara el Fiscal General, quién anunció con bombos y platillos un supuesto plan terrorista para atentar contra la vida del presidente, que frustró el encuentro con La Minga.

Las banderillas de Trump

A los acumulados negativos se sumó la actitud del presidente Trump. El mandatario estadounidense primero regañó a Duque por no haber hecho nada por los EE.UU. en la lucha contra el narcotráfico, y ahora, acusa a Colombia de estar enviando pandilleros y criminales a ese país, colocándonos al lado de países centroamericanos como Honduras y Guatemala. Tal actitud se parece a la de un patrón que ante la ineficacia de su trabajador lo amonesta públicamente por no lograr los resultados programados.

El gobierno ha reaccionado usando el espejo retrovisor acusando al gobierno anterior del crecimiento de los cultivos de uso ilícito, pero lo hace pensando más en el auditorio interno que como respuesta al furibundo presidente estadounidense que utiliza ese tema para apalancar su campaña por la reelección.   

Contradicciones evidentes

Cuando la guerrilla más poderosa de América Latina, acusada de ser el cartel del narcotráfico más grande del mundo, se ha desarmado y desmovilizado, es inconcebible que unas disidencias armadas se muestren con la capacidad de fuego para impedir que el primer mandatario intervenga ante miles de personas en la plaza pública de cualquier pueblo.

Cuando los presidentes Duque y Piñera, el secretario general de la OEA y miembros del Centro Democrático, se conciertan en Cúcuta para alentar a centenares de “guarimberos” para atacar la fuerza pública del vecino país, no se entiende cómo ante la protesta de las comunidades caucanas se plantee que ante las “vías de hecho” no se puede ceder ni dialogar.

Cuando el país está esperando que el presidente que prometió superar la polarización se empeña en desprestigiar una institución (JEP) creada por los acuerdos de paz y el Congreso y respaldada por la Corte Constitucional, no se comprende que el gobierno siga mirando hacia atrás y se obsesione con un tema que ya fue superado por el grueso de la población colombiana.

¿Qué hay detrás de la actitud del gobierno Duque?

Todo indica que detrás de las objeciones a la JEP existen intereses que superan al mismo presidente Duque. Las presiones del embajador Kevin Whitaker sobre parlamentarios y magistrados dejan ver hasta qué punto el gobierno de los EE.UU. está interesado en el asunto. Así mismo, el expresidente Uribe teme que ese órgano de justicia se fortalezca y opere con diligencia y eficacia. Los crímenes cometidos por empresas nacionales y extranjeras y por agentes del Estado durante el auge del paramilitarismo (2002-2010) parecieran querer ser ocultados sin importar que empresarios, militares y funcionarios comprometidos obtengan (o no) los beneficios por revelar la verdad ante la Justicia.

Por ello, no es casual que el Fiscal General haya terminado siendo la ficha más importante en el entramado institucional que rodea al presidente. Fue pieza central en la forma como se comprometió a Jesús Santrich con el supuesto delito de narcotráfico que lo tiene al borde de la extradición; fue clave para desentrañar en pocas horas el atentado terrorista de enero; fue el principal teórico jurídico de las objeciones a la JEP y, ahora, su denuncia pública sobre el pretendido atentado contra el primer mandatario impidió el diálogo con La Minga.

A estas alturas el gobierno tiene un panorama incierto que tiene como principal causa no haber podido diseñar una agenda y una dinámica independiente de su partido CD y de su mentor Uribe. Los pataleos para impedir el rechazo en la Cámara y en el Senado a las objeciones a la JEP van a dejar heridas que no van a ser fáciles de restañar en el futuro.

Preguntas necesarias


¿Vamos hacia un estado de tensión que ponga en peligro la estabilidad del gobierno y de las mismas instituciones? ¿Detrás de bastidores habrá intereses oscuros manejando los hilos para conducirnos a escenarios de mayor desestabilización? ¿Quiénes le temen a la verdad y a la paz estarán utilizando a Duque como lo hacen con Guaidó en Venezuela?

¡Pronto lo sabremos! 


E-mail: ferdorado@gmail.com / Blog:



[1] Taleb, Nassim Nicholas (2014). “El Cisne Negro – El impacto de lo altamente improbable”. Paidós.

domingo, 7 de abril de 2019

Los logros de La Minga


Los logros de La Minga

Popayán, 8 de abril de 2019

Después de 26 días de protesta, las comunidades indígenas, campesinas y afros del Cauca y de resguardos del Huila, Valle del Cauca, Caldas y Risaralda (Colombia), lograron un acuerdo con el gobierno para despejar la carretera panamericana, única vía de comercio internacional con el sur del continente.   

La Minga no ha terminado. El plato fuerte será el debate público con el presidente Duque que han exigido las comunidades desde los inicios de la protesta. Posiblemente se realice este martes 9 de abril. Debe ser el escenario para que la opinión pública conozca las reivindicaciones de los pueblos indígenas y campesinos del Cauca en temas de paz, medio ambiente y modelo de desarrollo.

Aunque falta ese sustancial remate, se puede elaborar desde ahora un balance de esta gesta popular. Los dirigentes de La Minga han dicho que esa lucha no se detiene, que continuará “caminando la palabra” y propiciando encuentros y acciones para profundizar las luchas sociales que durante tanto tiempo estuvieron represadas por efecto del conflicto armado.

Es bueno precisar el tipo de balance. Hay quienes valoran los resultados de la lucha con base en los logros tangibles, especialmente los recursos obtenidos para inversión social. Es la visión del gobierno y de aquellos sectores que todo lo miden con dinero. También están los que tasan los logros en hectáreas de tierra comprometidas para ser entregadas a las comunidades que, aunque es un tema importante, es secundario frente a la necesidad de una verdadera política de democratización de la propiedad de la tierra.

En ese sentido se podría decir que el balance es satisfactorio, aunque no suficiente. La mayoría de esos recursos estaban asignados, pero no asegurados. Ahora viene la tarea de impedir que se queden enredados en los trámites burocráticos que tienen la función de impedir que los recursos lleguen a las comunidades.

La clave está en el balance político. La reacción del expresidente Uribe por medio de “trinos” (twitter) mostrando su inconformidad con la firma de los acuerdos y la disposición del presidente Duque a encontrarse y dialogar con La Minga, dejan ver quién salió derrotado. Uribe se atreve a exigir masacres y las justifica como ejercicio de autoridad frente a “protestas terroristas” (https://bit.ly/2UCGvC2).

Que se haya logrado distanciar a Duque de las posiciones del expresidente Uribe que lo llevaron a comprometerse con una posible guerra con Venezuela, podría considerarse el gran logro político de La Minga. Ese avance debe ser profundizado por el conjunto del movimiento social –sin bajar la presión– y hacerle entender al gobierno y a la sociedad colombiana, que la protesta es una herramienta democrática, que nadie está interesado en desestabilizar al país, y que debemos continuar por el camino de la paz.

Quienes acusaron a los dirigentes de permitir la infiltración terrorista de La Minga, fueron derrotados. Quienes quisieron deslegitimar la lucha de las comunidades acusando al CRIC de presentar solicitudes desmesuradas, fueron vencidos. Quienes pretendieron desconocer los reiterados incumplimientos del Estado, fueron desenmascarados. La Minga fue legitimada y nuevas “mingas” surgen por todas partes.

Otro gran logro, quizá el principal para quien esto escribe, tiene carácter social-organizativo. Por primera vez las comunidades indígenas, campesinas y afros del Norte del Cauca realizan un ejercicio de este tipo en forma unificada y organizada. Fortalecer esa unión pensando en construir procesos autónomos de desarrollo en lo político, económico y cultural, será el siguiente paso para avanzar por nuevos caminos que se constituyan en la superación de las experiencias que han fracasado en América Latina.

La Minga se mostró como una experiencia autónoma de las comunidades. Recibió el apoyo y solidaridad de organizaciones y dirigentes políticos, pero se negó a ser instrumentalizada por la dinámica electoral. Eso es magnífico y muy alentador. La fuerza social debe mantenerse autónoma y no delegar su fuerza a partidos o representantes políticos que, después, así ellos no lo quieran, en el ejercicio de gobierno diluyen y derrotan la fuerza popular, como ha ocurrido en Brasil, Venezuela, Ecuador o Bolivia.  


Algunos dirán que el ejercicio de La Minga debilitó la realización del llamado “paro nacional” programado para el 25 de abril. Pero habría que decir que, si en verdad existiera la fuerza para hacerlo con contundencia, las organizaciones que lo convocan se habrían sumado a La Minga con toda la decisión y determinación. Con el simple parroquiano decimos: “Más vale pájaro en mano que cien volando”. 

E-mail: ferdorado@gmail.com / Blog: https://bit.ly/2G0U9FN                       

viernes, 5 de abril de 2019

BREVE HISTORIA DE LOS BLOQUEOS DE LA CARRETERA PANAMERICANA EN EL CAUCA (COLOMBIA)


Breve historia de los bloqueos de la carretera panamericana en el Cauca (Colombia)
Popayán, 5 de abril de 2019
Con ocasión de la polémica y ataques violentos que sufre La Minga por el bloqueo de la carretera panamericana presento este brevísimo recuento que está más ampliamente relatado en mi libro “El Cauca en su momento de cambio – Sociedad abigarrada, pueblos rebeldes, futuros posibles”.
Es indudable que el “bloqueo” o “tranca” de esa importante carretera tiene grandes efectos tanto para los protagonistas de esa lucha como para el Estado, los grandes empresarios capitalistas, los transportistas y viajeros, los cientos de miles de personas que en la región sur-occidental se ven afectados en su economía, trabajo y vida cotidiana, y por ello es interesante recordar la historia de esa forma de lucha.
La carretera pan-americana fue construida como un plan estadounidense para conectar a todo el continente americano. No fue un plan autónomo de Colombia. Fue concebida en la V Conferencia Internacional de los Estados Americanos en 1923, ​celebrándose el Primer Congreso Panamericano de Carreteras en Buenos Aires en 1925, al que siguieron los de 1929 y 1939 (Wikipedia).
Es preciso aclarar que el bloqueo de la carretera panamericana en Colombia no es un invento indígena, como muchos creen. En la década de los años 80s del siglo XX ya se utilizaban los “tranques” en Argentina y Bolivia, pero en el caso del Cauca son los campesinos mestizos y negros movilizados en 1984 afectados por la construcción de la represa y el embalse de La Salvajina (Morales-Suárez), los que descubren ese método de protesta, que perfeccionan más en 1986, durante la Gran Marcha de La Salvajina, de Santander de Quilichao a Popayán.
Lo interesante es que como todo lo bueno, ocurrió casi sin querer, sin un propósito previo. Sucede que en cada sitio donde las comunidades paraban a comer y a descansar, la acumulación de personas y de vehículos generaba el trancón, y de inmediato surgía el conflicto con la policía (todavía no había ESMAD). Así, los campesinos caucanos fueron descubriendo esa herramienta y forma de lucha, la eficacia de bloquear la vía y la enorme presión para el gobierno que ello significaba.
Los obreros de fábricas no necesitan trancar vías. Con solo “bajar los brazos” y no trabajar, paralizan la producción y logran presionar a empleadores y gobiernos para obligarlos a negociar y reconocer sus derechos. Los campesinos no pueden hacer eso, se morirían de hambre en sus fincas y parcelas sin llamar la atención de nadie. Los trabajadores de la salud y la educación a veces han utilizado los bloqueos de carretera porque a los gobiernos no les importan los servicios y se requiere forzar situaciones para hacer visible el conflicto.
Los campesinos del Macizo Colombiano fueron los que de inmediato aprendieron esa lección. Activistas que estuvieron en la lucha de La Salvajina llevaron a sus luchas esa nueva experiencia.  Entre 1987 y 1988 realizan varios bloqueos entre La Vega y Almaguer, y entre Bolívar y El Bordo. Después realizan el Gran Paro de Rosas en agosto de 1991, que fue una enorme y bien organizada movilización que por primera vez bloqueaba la carretera panamericana a lo largo de dos semanas. Allí surgió el Comité de Integración del Macizo Colombiano CIMA.
En julio de 1992, el pueblo Misak (guambianos) realiza una alianza con los campesinos de El Tambo (Cauca) y realizan un primer bloqueo que repiten en 1995. Es la primera vez que los indígenas caucanos utilizan el bloqueo de la carretera panamericana para obligar al gobierno a entregarles tierras para ampliar sus resguardos y sumar otras reivindicaciones de tipo político, social, económico y cultural.
Los pueblos indígenas no utilizaban esa forma de lucha. Ellos recuperaban en forma directa las tierras. Para ellos era “recuperar” mientras que para los terratenientes y gobiernos era “invadir”. Irrumpían en forma masiva y organizada con mujeres y niños en las haciendas de grandes latifundistas, procedían a “picar” y “sembrar matas” en esos predios, y de esa forma presionaban al propietario y al Instituto Colombiano de la Reforma Agraria INCORA para que esas tierras fueras ofertadas, compradas y entregadas a las comunidades indígenas, a veces como ampliación de sus resguardos, y en otras ocasiones como tierra de “empresas comunitarias”.
En 1992 los pueblos originarios del Cauca inician el bloqueo de carreteras en forma sistemática. Lo hacen porque desde 1986 no habían podido recuperar más tierras de la forma tradicional debido a que los terratenientes vendieron una parte de sus tierras a narcotraficantes y, así, conformaron una especie de “cordón” de protección violenta frente a lo que llamaban “invasión nativa”. En 1991, en la hacienda de El Nilo, en Caloto, los indígenas nasas sufrieron la Masacre de El Nilo que fue un ataque perpetrado en el municipio de Caloto, el 16 de diciembre de 1991, por miembros de la Policía Nacional y civiles armados o paramilitares. Fueron asesinados 21 comuneros indígenas.
De allí en adelante la carretera panamericana ha sido bloqueada en decenas de ocasiones. El primer gran bloqueo que organiza el Consejo Regional Indígena del Cauca CRIC fue para conmemorar los 500 años de la invasión europea (o “Descubrimiento de América”), en octubre de 1992. De allí en adelante, el mes de octubre se convierte en un mes emblemático para las protestas y movilizaciones indígenas y populares del Cauca.
Otro bloqueo histórico se realizó en 1999, donde participaron casi todas las organizaciones campesinas mestizas, afros e indígenas del departamento del Cauca, con más de 35.000 manifestantes fuertemente organizados. Se trancó la carretera en el sur de Popayán, en Galíndez (Patía) y en el norte, en El Cairo (Cajibío). Esa magnífica jornada de lucha popular fue la antesala de la elección del dirigente Misak, Floro Alberto Tunubalá, como Gobernador del Departamento, con la conformación del Bloque Social Alternativo.
En 2008, los pueblos indígenas y otros sectores campesinos bloquearon la carretera en La María (Piendamó) en el mes de octubre, y actuaron aliados con los corteros de caña de los ingenios azucareros del Norte del Cauca y sur del Valle, que estaban en paro desde el 15 de septiembre. El ejército asesinó a un comunero indígena que fue filmado en directo y divulgado a nivel internacional. Ha sido una de las gestas de mayor trascendencia porque se actuó con mucha flexibilidad, combinó el bloqueo con una masiva Marcha a Cali y se obligó al presidente de entonces, Álvaro Uribe Vélez, a acudir –casi derrotado y humillado– al Resguardo de La María (Piendamó).   
Entre 1992 y 2019 se ha bloqueado la carretera panamericana en infinidad de ocasiones por campesinos, afros e indígenas, destacándose últimamente, el Paro Nacional Agrario de agosto de 2013, en donde pequeños y medianos productores de café de todo el departamento, bloquearon la carretera en forma contundente sin que ocurrieran mayores actos de violencia, dado que la vecindad de esos productores agrarios con la carretera hizo que ese bloqueo fuera muy efectivo por lo masivo, beligerante y pacífico.
Las comunidades afros también bloquearon la carretera entre Santander de Quilichao y Villarrica, en 2016, en protesta contra la gran minería. Fue su primer ejercicio autónomo. 
En todas esas jornadas las comunidades han sufrido la represión, persecución y violencia del Estado y de sectores reaccionarios liderados por los grandes terratenientes. Esas luchas han dejado decenas de protestantes muertos y heridos, cientos de luchadores encarcelados y perseguidos, pero también, han sido grandes experiencias que se convierten en el legado y principal capital para garantizar la continuidad de una lucha de los pueblos originarios, mestizos y afros del Cauca y de Colombia, de campesinos y pequeños productores agrícolas que siguen buscando no solo la reivindicación de sus derechos sino la construcción de un mundo mejor para las nuevas generaciones.  
Y ahora, tenemos en marzo y abril de 2019, la Minga por la Defensa de la Vida, el Territorio, la Democracia, la Justicia y la Paz. Hoy los enemigos utilizan una política de guerra para derrotar a los pueblos en lucha. Todas las fuerzas de la reacción se han unido para aplastar esta Minga. Desde acusarlos de estar infiltrados por grupos armados, de ser instrumentos de partidos políticos, de hacer parte de un complot del gobierno de Venezuela, hasta acusarlos de ser “los nuevos terratenientes” y de tener “más poder” que los que siempre han dominado este país, han recurrido a todo tipo de ataque y mentira para vencer la resistencia de unos pueblos que enfrentan el asesinato sistemático de sus dirigentes y el exterminio como pueblos.
Toda clase de racismos y perjuicios han surgido desde lo profundo del inconsciente de las clases dominantes de la región y del país. Piden a grito herido, “mano fuerte” y represión abierta. Pero no podrán derrotar La Minga, no lo lograrán.
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Ahora, que en próximos días se realiza en Popayán la famosa “Semana Santa”, traigo a relación estas 100 palabras con las que intento mostrar el desconocimiento que siempre ha existido entre los diversos pueblos que habitan ese complejo y “abigarrado” departamento del Cauca. Fueron publicadas en un periódico de la región:
Oscuro y mágico. ¿Cómo percibirían los indígenas nativos las procesiones de Semana Santa en Popayán? ¿Qué significaba ese ritual? Les parecía raro, oscuro y mágico, porque no coincidía con los equinoccios y porque lo hacían de noche y en secreto. Y aunque alumbraban con pequeñas teas (velas), nada quemaban. Desfilaban por las calles cargando sus dioses durante los días más lluviosos del año. Murmuraban cantos sórdidos, que podrían ser conjuros contra ellos. No imaginaban que los españoles atenuaban su miedo ante la insondable e inescrutable América, con un rito que los compenetraba con su madre España y su historia. Si lo hubieran sospechado, habrían sonreído.”

viernes, 29 de marzo de 2019

Duque quería ser Uribe III, pero no funcionó


Duque quería ser Uribe III, pero no funcionó

Popayán, 29 de marzo de 2019

Duque intentó convencerse en los primeros meses de su gobierno que podía jugar a ser demócrata, moderado y anti-corrupto, o sea, a creerse la mentira que había fabricado para poder ganar las elecciones. Se sentía como una especie de Fajardo II.

Fueron cinco meses en donde casi todo le fracasó e iba en barrena, con un pacto anticorrupción incumplido, una recortada reforma tributaria que convirtió de afán en “ley de financiamiento”, reformas legislativas aplazadas y paro universitario desgastante.

Además, el escándalo de Odebrecht y los entuertos del Fiscal General, lo afectaban negativamente.

Eso duró hasta el atentado del 17 de enero, que provocado o no, lo obligó a convertirse en Uribe III, entendiendo que Uribe I y II fue el Uribe original; el I en sus 8 años y el II en los 8 años de Santos.

A partir de esa fecha, Duque se embarca a hacer trizas el proceso de Paz, suspende el diálogo con el ELN, desconoce el protocolo con Cuba y países garantes, intenta derrocar a Maduro y, con ese escaso aire en la camiseta, presenta sus objeciones a la JEP (forzado por el Fiscal y Uribe).

Sin embargo, su Uribe III no se parece al I y II, porque las condiciones han cambiado, y porque a Duque no le sienta bien el talante autoritario. Más parece un niño con berrinche que un presidente “emberracado”.

Duque es consciente de que Uribe lo empuja a ser Uribe III, no porque quiera que su gobierno salga adelante sino porque no tiene otra manera de garantizar su impunidad. El expresidente-senador sabe que una JEP fuerte y legitimada lo pondría en serios aprietos frente a la verdad y la justicia.

La estrategia de Uribe, que Duque aplica sin mucho entusiasmo, significa enfrentar y fragmentar a todos los partidos aliados del gobierno (Cambio Radical, la U, conservadores y liberales).

Ello, porque el plan de Uribe es revitalizar desde el gobierno al Centro Democrático y convertirlo en la única alternativa de la derecha populista.

Los dirigentes más experimentados de los partidos de derecha vivieron ese proceso en el pasado con Uribe I y han entendido que tienen que girar hacia el “centro”.  

Cambio Radical, la U y liberales, jugaron con Uribe-Duque para derrotar a Petro, pero no están dispuestos a mantener esa dinámica, mucho más cuando observan que Petro se ha debilitado.

Saben que tienen que disputar el “centro” con Alianza Verde y otras tendencias que están apareciendo al interior de sus propios partidos y en el amplio espectro político que Sergio Fajardo no ha logrado encauzar ni organizar.  

Por todo lo anterior, no le aprobarán a Duque las objeciones a la JEP. No quieren fortalecer a Uribe, saben que es un caso juzgado por la Corte Constitucional, y van a dejar que sea el gobierno el que pague los platos rotos.  

Duque vive un momento de extrema debilidad: el gobierno no arranca, la violencia se dispara en regiones y ciudades, Guaidó no cuajó y Maduro no cayó, la coalición de gobierno se diluyó y el querer ser Uribe III no le funcionó.

Y la Minga indígena sigue ahí…

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miércoles, 27 de marzo de 2019

URIBE EMPIEZA A GOBERNAR DE HECHO



Nuevos liderazgos sociales y políticos para derrotar la falsa polarización

URIBE EMPIEZA A GOBERNAR DE HECHO

Popayán, 27 de marzo de 2019

Que un gobierno que pretendía derrocar al presidente de Venezuela se vea obligado a soportar el bloqueo de la principal carretera que conecta con Ecuador, es algo que sorprende al observador desprevenido. Veinte mil indígenas y campesinos del suroccidente colombiano movilizados en Minga, desnudan las contradicciones de un gobierno que prometió “despolarizar” al país y pasar la página.    

¿Qué ocurre realmente?  

Para entender lo que ocurre es necesario recordar que Duque consiguió ser elegido sumando todas las fuerzas políticas del viejo establecimiento político utilizando el miedo a Petro, que fue posicionado como representante del “castro-chavismo”.

Pero las acciones erráticas del primer mandatario y de su partido frente a Venezuela y a la JEP, y la forma como ha impulsado la aprobación del Plan Nacional de Desarrollo, han generado “ruido” (interno y externo) en los partidos aliados y cercanos al gobierno.

Duque, empujado por las presiones de Uribe, parece haber dinamitado la convergencia de fuerzas políticas que lo ayudaron a elegir.

El novel presidente hace esfuerzos por emular la mano fuerte de su mentor Uribe, pero el “presidente eterno” no está conforme y, por ello, empieza a asumir la presidencia de hecho.

El espectáculo de darle órdenes públicas a la directora de la Agencia Nacional de Tierras demuestra que al expresidente-senador no le importa guardar las apariencias y está dispuesto a darle órdenes a Duque por interpuestas personas.

Así, las tensiones entre el gobierno de Duque y los sectores ultra-conservadores del Centro Democrático, se hacen cada día más agudas y conflictivas.

Por ello, a un mes del fracaso del 23 de febrero en Cúcuta, cuando usaron el chantaje de la “ayuda humanitaria” para quebrar la resistencia a la injerencia estadounidense en Venezuela, el gobierno de Duque trata con desespero de retomar la iniciativa política.

Para completar, la protesta indígena se le ha atravesado en sus planes y le complica más la situación. 
  
De agresor a víctima: un libreto conocido

Después de mostrarse arrogante y triunfalista, el gobierno colombiano empieza a hacerse la víctima frente a la movilización indígena y ante el gobierno del vecino país.

Acusan a la Minga de estar infiltrada por grupos armados y al gobierno de Maduro de amenazar la seguridad interna.

Dicen haber detenido a un militar venezolano y a uno cubano haciendo contrainteligencia en Colombia, pero ni los judicializan ni muestran las pruebas de tal actuación.

Ahora la presencia de 99 técnicos militares rusos es presentada como una amenaza para Colombia cuando en nuestro país –desde hace décadas– funcionan siete bases militares con miles de soldados estadounidenses que actúan a sus anchas sin que nadie diga nada.

La estrategia está pintada. Han permitido el fortalecimiento de grupos armados ilegales que aprovechan el vacío dejado por las Farc en muchas regiones, incluyendo al Eln y a las supuestas “disidencias”, para justificar su ofensiva contra el proceso de Paz.

Pero el trasfondo sigue siendo el chantaje “castro-chavista”. Es lo que siempre ha utilizado Uribe y le ha funcionado.

Ahora tratan de mostrar a La Minga como una amenaza para Colombia y no demoran en aparecer falsos positivos que relacionen a políticos de oposición con planes desestabilizadores impulsados por el gobierno de Venezuela. Es el libreto conocido.

Desenmascarar la falsa polarización

Hasta ahora los partidos de oposición no han logrado diseñar una estrategia para aprovechar los errores de Duque, que son causados por la presión de Uribe.

Petro no ha podido (igual que Duque) unificar los apoyos que obtuvo en la segunda vuelta y atraer a los partidos del centro político que votaron en blanco.

Parece que el líder de Colombia Humana cree que un clima de tensión permanente con el “uribismo”, le permite ponerse a la cabeza de la oposición.

Pero es un juego desgastante porque se apoya en una falsa polarización que usa temas casi superados o ajenos, como el fin del conflicto (“irreversible”, como dice el expresidente Santos) y la campaña de Trump para derrocar a Maduro.  

Por ello, ante los intentos de revivir falsos distractores, están apareciendo nuevos liderazgos democráticos que entienden que ese escenario de tensión política, muy similar a lo que ocurre en Venezuela, no le conviene a Colombia.

Desde ahora se perfilan nuevos dirigentes políticos que muestran características diferentes a los que han protagonizado la política de “centro” e izquierda en los últimos años. Son más tranquilos, menos ególatras, más dispuestos a escuchar y tranzar acuerdos.

Dirigentes jóvenes como Juanita Goubertus (verde), Luis Ernesto Gómez (liberal-“activista”), José David Racero (Colombia Humana), Camilo Romero (actual gobernador de Nariño), y otros (as), son las nuevas figuras que constituyen las reservas democráticas en Colombia.

Y el movimiento social también parece reaccionar. La Minga es un ejemplo. Desarrolla alianzas más amplias, rechaza la instrumentalización electorera, fortalece su autonomía socio-política y actúa con visión de conjunto y de largo plazo.

Adenda. En toda América Latina se necesita esa combinación sistémica y creativa: por un lado, gobiernos efectivamente democráticos que se tracen planes de transformación de largo plazo sin querer “hacer la revolución por arriba”, y por el otro, movimientos sociales que construyan fuertes bases autónomas (“auto-gobiernos”) que sean el soporte de cambios estructurales, especialmente de carácter cultural y educativo, que se materialicen en nuevas economías colaborativas y ecológicas. Y, además, “por arriba” y “desde abajo” se deberán impulsar movimientos sociales y políticos de carácter regional, continental y global, para coordinar acciones de mayor calado territorial y, así, enfrentar y derrotar los cercos diplomáticos, los saboteos mediáticos, los bloqueos económicos y las guerras reales.


viernes, 22 de marzo de 2019

¡EN VENEZUELA NO HAY TIEMPO QUÉ PERDER!


¡EN VENEZUELA NO HAY TIEMPO QUÉ PERDER!

Popayán, 22 de marzo de 2019

El gobierno del presidente Maduro ha logrado ganar tiempo y eso es magnífico para el pueblo venezolano y latinoamericano.

Al estilo de un boxeador desesperado, el imperio estadounidense y sus títeres internos y externos (Duque, Piñera, Guaidó y compañía), lanzó golpes a diestra y siniestra sin conseguir mayores logros.

No lograron sus objetivos desestabilizadores y Maduro salió ileso y fortalecido de esta batalla. Igual que los sectores más conscientes del heroico pueblo venezolano.

Pero los enemigos no van a cejar en su intento golpista y el cerco diplomático mutó y desnudó el verdadero bloqueo financiero y la abierta guerra económica que venía de atrás.

La agresión armada –regular e irregular–  está en pleno desarrollo y la van a acelerar.

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El gobierno ha podido resistir debido a la confluencia de 3 condiciones que se han entrelazado en esta coyuntura:

1. Lo más avanzado del pueblo venezolano apoya al gobierno para derrotar la intromisión gringa;

2. Las torpezas de la oposición golpista (interna y externa) espantan a los demócratas y patriotas; y,

3. Las grandes mayorías aguantan con paciencia, pero están a la espera de que se resuelvan problemas básicos para la existencia diaria.

Sin embargo, por lo que se observa, desde la distancia, el gobierno no ha podido –todavía– estabilizar la situación y pasar a la ofensiva en forma contundente.

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En diciembre de 2015 la oposición (en su conjunto, golpista y no golpista) obtuvo el respaldo de una buena parte de la población. Obtuvieron mayorías en la Asamblea Nacional.

Así, el gobierno perdió la iniciativa que había “heredado” de 14 años de gobierno de Chávez y fue puesto en modo de defensiva estratégica (in crescendo).

Pero, los dirigentes de la oposición no fueron capaces de leer con mirada democrática y civilista ese mandato y se impuso el afán golpista en sus filas. Los “neocons” se imponen con dólares.

Luego el gobierno obtuvo una pausa de algunos meses durante el pequeño interregno con la elección de la ANC, en donde pudo disfrutar de una corta y temporal ofensiva. No duró mucho.

Ahora ha logrado otro respiro. Por ello, se hace urgente reactivar la producción interna en las áreas estratégicas (petróleo, energía, comida, medicamentos, etc.). No se puede perder tiempo.

Ello sólo se puede hacer apoyándose en la gente para lo cual hay que derrotar la visión burocrática y el extremado “estatismo” (asistencialismo, paternalismo) que impide que surjan “desde abajo” un nuevo tipo de iniciativas populares que sirvan para derrotar al imperio y a las derechas golpistas. 

El cerco político internacional y el bloqueo económico (que es la guerra declarada) solo puede ser superada con más democracia (popular) y una nueva política económica.


jueves, 21 de marzo de 2019

LA MINGA PONE A PRUEBA LA GOBERNABILIDAD DE DUQUE

La Minga pone a prueba la gobernabilidad de Duque

Popayán, 21 de marzo de 2019

Este artículo analiza la situación y perspectivas de la protesta social denominada la “Minga Indígena”, que tiene semi-paralizado al Suroccidente colombiano.

Tesis inicial

En este conflicto se enfrentan las fuerzas y concepciones políticas que se disputan la hegemonía global, cuales son: a) los globalizadores neoliberales que reconocen formalmente los derechos de los pueblos y comunidades, pero confían que al final se impondrán las fuerzas del mercado y el capital (Santos-Obama); b) los nacionalismos conservadores que tratan de atenuar los efectos negativos (crisis) del proceso de globalización, apoyándose en gobiernos autoritarios y sectores sociales tradicionalistas, clericales y patriarcales (Uribe-Trump); y c) los pueblos que luchan por ampliar la democracia, por debilitar a los grandes monopolios financieros y construir un mundo más equitativo y justo, respetuoso de los derechos de los pueblos y de la naturaleza. Los indígenas, en este caso, los representan. 

La coyuntura social y política

La movilización indígena que protagonizan comunidades de diversas etnias y sectores campesinos del Cauca, Huila, Sur del Valle y Eje Cafetero, que tiene bloqueada la carretera panamericana entre Popayán y Cali y, parcialmente incomunicada la vía que conecta a Neiva con Caquetá, ocurre en medio de una coyuntura política en donde el presidente Duque enfrenta serios aprietos luego de jugarse a fondo con el tema de Venezuela.

El Consejo Regional Indígena del Cauca CRIC, que es una de las organizaciones indígenas con mayor experiencia en Latinoamérica, tomó la decisión de realizar una gran movilización social después de evaluar la actitud del gobierno durante los últimos 6 meses. Constataron que mientras los delegados gubernamentales dilataban las conversaciones y se negaban a llegar a acuerdos en las mesas de concertación, paralelamente impulsaban leyes y un Plan de Desarrollo con contenidos totalmente contrarios a los intereses de las comunidades indígenas.

Además, observaban preocupados lo que ocurría en el ámbito nacional e internacional. Vieron cómo luego del atentado terrorista a la Escuela de Cadetes de la Policía, el presidente Duque suspendió las negociaciones con el ELN, fortaleció su alianza con el Fiscal para desprestigiar y acabar con la Justicia Especial de Paz JEP (eje central de los acuerdos con las Farc), y se puso al servicio de Trump en su campaña contra Maduro. O sea, mostró la cara que mantuvo oculta durante los primeros cinco meses de gobierno. Tal actitud afianzó la desconfianza entre los dirigentes y los movió a organizar y realizar la protesta.

Los actores sociales y sus exigencias
El pueblo Nasa (o “paeces”) es la fuerza principal de la Minga. Habita municipios del nororiente del Cauca y suroriente del Valle, pero tiene “avanzadas” en la cordillera occidental, Huila, Caquetá y Putumayo, fruto de desplazamientos ocurridos durante la Guerra de los Mil Días (1899-1902), años posteriores a la aprobación de la Ley 200 de 1936 y la avalancha del río Páez de 1994. En total son cerca de 200 mil nativos, de los cuales se han movilizado unos 15 mil, especialmente jóvenes.

El resto son los pueblos Misak (“guambianos”), Kokonucos, Totoróes, Polindaras, Yanaconas y otros pueblos más pequeños del Cauca, y comunidades Embera Chamí de Risaralda y Caldas. Además, cuentan con el apoyo de otras organizaciones sociales, afrodescendientes y campesinas del Cauca como el Comité de Integración del Macizo Colombiano CIMA. En total, estos sectores agrupan unas 5 mil personas movilizadas, pero tienen el respaldo de cientos de organizaciones sociales de todo el país (https://goo.gl/jaoB1h).  

Las exigencias se pueden agrupar así:

-       Inclusión de las comunidades étnicas en el Plan Nacional de Desarrollo;

-       Reconocimiento del campesinado como sujeto de derechos;

-       Protección a los líderes sociales que están siendo asesinados;

-       Respeto a la consulta previa para realizar proyectos en sus territorios (Convenio 169 OIT);

-       Cumplimiento de los acuerdos firmados con las Farc, que les impacta en varios aspectos;

-       Fortalecimiento de las políticas de protección del medio ambiente;

-       Cumplimiento de los numerosos acuerdos firmados con otros gobiernos.

Giovanni Yule, veterano dirigente indígena afirma que “El Gobierno tiene radicados en el Congreso unos proyectos que son totalmente agresivos con las poblaciones indígenas”. De acuerdo con su visión, el gobierno pretende reformar la Ley 160 de 1994, que le quitaría la función ecológica y ambiental al uso de la tierra en el país. Las comunidades consideran que se quiere instrumentalizar la tierra y convertirla en mercancía para las multinacionales. También tienen inquietudes sobre la reforma a la tutela, leyes para limitar la protesta social, control de los medios de comunicación, el uso del glifosato y el fracking.  (https://goo.gl/ekuyYo).

Torpe manejo del gobierno
En el primer contacto que tuvo el gobierno con la Minga, la Ministra del Interior Nancy Patricia Gutiérrez se negó a tratar con los indígenas temas que ella considera son exclusivos del Congreso. Ha dicho que “aquí el tema no son las inversiones; el fondo es que ellos son sectores de oposición al Gobierno” y en tono burlón dijo que las comunidades quieren hablar “del fracking, el control a grupos paramilitares, las objeciones a la JEP y la mortandad de peces en Hidroituango”. Para el Gobierno las peticiones de los indígenas tienen un tinte político. (Ídem, Semana).

El actual gobierno desconoce que estos pueblos enfrentaron con relativo éxito al expresidente Uribe en 2008. En esa ocasión lo obligaron a ir al Resguardo La María (Piendamó) después de un frustrado encuentro en Cali. El presidente salió con megáfono en mano a un puente elevado de la calle 5ª a llamar al diálogo a las comunidades que le dieron la espalda y lo dejaron hablando solo. A los pocos días tuvo que ir a su territorio para arreglar ese desencuentro que fue un duro golpe para quien en ese momento se creía imbatible.

Pero, además, el gobierno genera más desconfianza al destruir “cambuches” y comida a integrantes de la protesta en El Cairo, sobre la panamericana; intentaron desalojarlos a mansalva y a la fuerza de los lugares de bloqueo; el Ministro de Defensa los acusa de utilizar niños en la protesta, de usar explosivos contra la fuerza pública y de estar “infiltrados” por grupos armados ilegales. Son acusaciones que no corresponden con la realidad.

El mayor problema que tiene el gobierno consiste en que mientras descalifica las “vías de hecho”, en Cúcuta el presidente Duque con el autoproclamado Guaidó, el secretario de la OEA y varios miembros del Centro Democrático, alentaban a cientos de “guarimberos” venezolanos para atacar con piedras y “cocteles molotov” a las fuerzas de seguridad del Estado venezolano. Los indígenas caucanos y muchos colombianos notan esa incoherencia. Tal parece que están decididos a cobrar con creces esa inconsistencia de Duque.

Breve recorderis histórico
Los pueblos indígenas caucanos, especialmente los Nasa, han desarrollado una lucha de resistencia por más de 480 años. Derrotaron en su tiempo a los conquistadores españoles en Tierradentro encabezados por “La Gaitana”. En 1700, liderados por el cacique Juan Tama, aprovecharon la confrontación entre los encomenderos de Popayán y la Corona Española para lograr el “Título de los 5 pueblos”, que les permitió sobrevivir y disfrutar de ciertos niveles de gobierno propio. En la época de la independencia se aliaron con los patriotas sin ceder un ápice de su autonomía. Y en el siglo XX, primero con Manuel Quintín Lame entre 1910-19, y luego, a partir de 1970 con el CRIC, derrotaron a los grandes terratenientes caucanos y vallecaucanos recuperando buena parte del territorio despojado (1).

Ellos hacen parte de los pueblos que conservan una mirada de largo aliento y una infinita paciencia. Con los mapuches de Chile y los tzotziles-tzeltales de Chiapas (México) se los considera los únicos pueblos no vencidos de América.

Análisis y perspectivas

El presidente Duque, alentado por la “lucha contra la dictadura” que considera un éxito porque subió algunos puntos de aceptación entre la opinión pública y basado en la creencia de que es imparable la oleada de gobiernos “populistas de derecha”, se ha embarcado en una ofensiva interna que tiene como objetivo derrotar a las fuerzas de la oposición de cara a las elecciones locales y regionales.

La Minga se atravesó y puede convertirse en un escenario donde se concentren temas sensibles como la paz, medio ambiente, cultura, memoria histórica y modelo de desarrollo. Pero también puede ser un detonante para una rebelión popular de mayor calado contra las pretensiones autoritarias de un gobierno que hasta ahora no ha construido mayorías ni en el Congreso ni en la opinión pública.

El vídeo viral elaborado por creativos indígenas de la Minga con el título de “Dile a Duque que venga al Cauca” (https://goo.gl/aEs1xy) es una muestra de un sentir generalizado que ha surgido entre amplios sectores de la ciudadanía. Si Duque no calibra bien la respuesta y el tratamiento a esta lucha indígena, puede crear una situación parecida a la de Santos cuando dijo su más famosa frase: “El tal paro nacional agrario no existe”.

Pero, del otro lado, si la dirigencia indígena no logra ganar más aliados para una causa que de por sí es general, pero que mucha gente desconoce, y si no se sensibiliza frente a los graves inconvenientes y pérdidas que sufre la población de las ciudades afectadas por el bloqueo de la principal carretera de la región, puede también crear condiciones para que el gobierno justifique la represión abierta.

La Minga le mide el aceite a Duque, pero el desenlace es incierto.

[1] Dorado, Fernando (2017). “El Cauca en su momento de cambio – Sociedad abigarrada, pueblos rebeldes, futuros posibles”, Editorial Raizal, Bogotá, Colombia. 


E-mail: ferdorado@gmail.com