viernes, 18 de octubre de 2013

MOVIMIENTO POPULAR: ¿DEBILIDAD O FORTALEZA?

MOVIMIENTO POPULAR: ¿DEBILIDAD O FORTALEZA?

Popayán, octubre 18 de 2013

En Colombia las movilizaciones sociales y populares continúan. Ahora le toca el turno a la Minga Social Indígena y Popular y al movimiento estudiantil. ¿Ello significa fortaleza o debilidad del movimiento popular colombiano?

En febrero-marzo/2013 el paro cafetero. En agosto-septiembre el paro nacional agrario con dinámicas sectoriales y regionales. Ahora el movimiento indígena y el paro estudiantil.

Si lo miramos desde la dinámica de las bases sociales es – indudablemente – expresión de gran inconformidad y fuertes luchas de resistencia. Si lo analizamos desde la dirección, es señal de incapacidad para unificar las luchas.

El gobierno pudo desactivar el paro agrario que fue el que demostró mayor capacidad de movilización. Lo hizo aprovechando los intereses sectoriales y regionales.

Todos sabemos que la unidad es la garantía de triunfo. La unión hace la fuerza. ¿A qué se debe esta proliferación de luchas sin coordinación y sin la potencia de la unidad?

Es evidente que ello responde a la diversidad de fuerzas políticas que están detrás del movimiento popular. Múltiples intereses jalan para un lado y otro.

Se entrecruzan intereses políticos electorales con otros intereses sectoriales e influencias externas que enredan con la división. En vez de priorizar una plataforma de lucha conjunta, las diversas expresiones del movimiento popular juegan a una especie de carrera de relevos.

¿Cuál puede ser el resultado? El gobierno firma convenios y acuerdos con cada sector y región por separado, pero finalmente incumple y mantiene su política neoliberal. Es posible que algunas migajas caigan de la mesa de la plutocracia capitalista que se convierten en botín de las ONGs que merodean alrededor de las organizaciones sociales.

Todo esto no es más que el reflejo de la debilidad política de la Izquierda y del mismo movimiento popular. De cada lucha se fortalecen mínima, temporal y sectorialmente algunas organizaciones sociales y sus expresiones políticas. Sin embargo, la oligarquía asimila esas manifestaciones y se da mañas para seguir dividiendo.

Esta dispersión y división del movimiento popular se va a manifestar en las elecciones para parlamento. El Polo y la Alianza Verde jugarán con su propio aval. El Partido Comunista seguramente recurrirá al de la Unión Patriótica. Marcha Patriótica y Congreso de los Pueblos dejarán en libertad a sus bases para apoyar a candidatos de diversos partidos. El movimiento indígena se dividirá entre la ASI tradicional y el nuevo movimiento nacido en el Cauca llamado MAIS (Movimiento Alternativo Indígena y Social). Gran dispersión, modestos resultados.

Hoy, que la oligarquía tiene múltiples problemas para unificarse en torno de una candidatura única a la Presidencia de la República, la Izquierda y el movimiento popular debieran estar cimentando – en medio de la lucha – los puntos programáticos de encuentro y construyendo los procedimientos para unificar la acción política.

No obstante, a pesar de la dispersión y división existente, si surge – con tiempo –, un Frente de fuerzas de izquierda y alternativas que presenten una opción de gobierno que recoja muchas de las reivindicaciones sociales y políticas que el movimiento popular ha levantado en todas estas jornadas de lucha, estamos seguros que una “ola multicolor” puede desarrollarse en las elecciones presidenciales de 2014.


La inconformidad popular expresada en las múltiples y variadas movilizaciones sociales puede convertirse en acción política electoral que enfrente a quienes ostentan el poder a nombre de la oligarquía colombiana y los intereses imperiales. Es un deber de los demócratas y de la Izquierda hacer lo posible por concretarlo. 

sábado, 12 de octubre de 2013

ALIANZA VERDE: LOS MISMOS NÚMEROS, NUEVAS ECUACIONES

Alianza Verde: Los mismos números, nuevas ecuaciones

Popayán, 12 de octubre de 2013

Las recientes palabras de Sergio Fajardo referentes a su historia con el Partido Verde, dirigidas a la vez para descalificar la unión con los antiguos Progresistas, dejan mucho qué pensar. [1]

Es evidente que en el Congreso del Partido Verde hubo una especie de revolución. No sólo rebelión contra los fundadores (Mockus, Peñalosa, Garzón y Fajardo) sino revolución contra las formas de hacer política tradicional – bien tirada a la derecha – que representaba hasta entonces Alfonso Prada y cía.

Tal parece que Fajardo no ha medido bien lo que ha venido ocurriendo en el país. No ha entendido la evolución de las personas – especialmente jóvenes – que protagonizaron la “ola verde”. Ha seguido mirando los mismos números y variables que jugaron en la vida política del país hace 4 años. Sin embargo, como él lo sabe, la vida está en permanente movimiento, los números parecen ser los mismos pero las variables construyen una nueva ecuación.

Hace 4 años los jóvenes de la “ola verde” tenían un pié en el “uribismo anti-FARC” y otro en el “no todo vale”. Esa correlación de fuerza estaba bien representada en los “verdes” de entonces. Peñalosa, como lo ha demostrado siempre ha sido “uribista”, al igual que la finada Gilma Jiménez. Lucho Garzón aparentaba tirar un poco a la izquierda pero su pasado en el Polo lo tiraba a la derecha. Sergio Fajardo había descubierto el “ni-ni” y no pesaba.

Antanas Mockus era el que tenía que compensar el “derechismo” que se apoderó de los “verdes” para poder jalonar la “ola verde” no hacia la izquierda pero si hacia el auténtico “centro” que en ese momento buscaban los jóvenes. Pero no lo hizo bien. En un acto dramático – que era una especie de “cañazo” – se fue donde Uribe a ofrecerse como cuidador de sus “tres huevitos” y acabó de quitarle la magia al asunto.

Santos fue más hábil y se mostró desde la campaña electoral más independiente de Uribe que el mismo Mockus. Después, ya en la presidencia recogió – más retóricamente que realmente – las banderas verdes contra la corrupción y las propuestas petristas en favor de las víctimas y desplazados. Con ese cuento se ha mantenido con precariedad. Después lanzó su propuesta de Paz que es lo único concreto de su administración.

Al calor de estos hechos los integrantes y simpatizantes de la “ola verde” quedaron a la deriva. La derechización del Partido Verde se hizo realidad, Peñalosa lo ratificó en las elecciones para Alcaldía de Bogotá, los intereses personales se hicieron evidentes y terminaron en las entrañas de la “Unidad Nacional”.
Era natural que como reacción a esa tendencia de derecha los cuadros medios del Partido Verde terminaran dando un leve giro a la izquierda y se encontraran con los Progresistas. Esos dirigente – que están en contacto con la gente en las regiones –, tienen que haber sentido el impacto del movimiento estudiantil de octubre de 2011, las movilizaciones en defensa del Páramo de Santurbán en Santander y otras luchas ambientalistas, o los recientes paros cafeteros (febrero-marzo/20132) y el paro nacional agrario de agosto-septiembre de 2013. 

Ahora todo depende de las nuevas directivas de la “Alianza Verde”. ¿Se mantendrán las mismas dinámicas tradicionales que ha denunciado Sergio Fajardo frustrado y con muy mala leche, o como ha llamado Claudia López, se hace un esfuerzo de mediano plazo para construir una alternativa democrática que canalice las energías de amplios sectores del pueblo colombiano y responda a sus sueños y esperanzas?

En una primera instancia se observa que el encuentro entre “verdes” y “progresistas” todavía no se asimila en las regiones. Consolidar ese encuentro no va a ser fácil en medio de una campaña electoral. Toda clase de oportunismos se van a trepar en ese proyecto y los sectores más consecuentes con el programa aprobado podrán ser desbordados en sus esfuerzos.

Las señales que envía la simiente del nuevo partido es que no va a alcanzar a convertirse en algún tipo de ola. Eso puede ser positivo para que se tomen las cosas con calma y se actúe en consecuencia.

Sin embargo, de lograr construirse un Amplio Frente de Izquierda para competir por la Presidencia de la República, más de una sorpresa puede aparecer. Las cartas políticas del establecimiento están divididas y podría haber una posibilidad real de disputar ese cargo. 

Nota: El ofrecimiento que hicieron los antiguos “Progresistas” a Ingrid Betancourt para que sea candidata al senado por Alianza Verde es riesgoso. Ella perdió casi todo su capital político por las incoherencias mostradas después del “rescate perfecto”. Puede restar en vez de sumar. Además, hoy se expresa más “santista” que otra cosa.  


[1] Ver: “No tenemos principios ni sueños compartidos”: Fajardo. Semana: http://www.semana.com/nacion/articulo/partido-verde-la-gran-frustracion-de-sergio-fajardo/360182-3

viernes, 4 de octubre de 2013

EL PARO AGRARIO Y EL MOVIMIENTO INDÍGENA DEL CAUCA

Lecciones del paro nacional agrario… (4)

EL PARO AGRARIO Y EL MOVIMIENTO INDÍGENA DEL CAUCA

Popayán,  de septiembre de 2013

Las inconsistencias observadas en el comportamiento de la dirigencia indígena del Cauca (CRIC) frente al Paro Nacional Agrario de 2013, sólo pueden explicarse a la luz de la reconstrucción histórica del desarrollo económico-social y de la evolución de sus luchas de resistencia.

¿En qué consisten esas incoherencias? Todos sabemos que en el año 2004 el movimiento indígena caucano colocó como primer punto de su agenda política la lucha contra los TLCs. En marzo de 2005 a través de una Consulta Popular los pueblos nativos le dieron una rotunda negativa a ese tratado. La Minga de Resistencia Social y Comunitaria lo confirmó en 2008 por medio de una fenomenal demostración de fuerza y movilización organizada. 

Sin embargo, en esa gesta indígena y popular de 2008 se notaron los intentos de quienes querían utilizar la “agenda de los pueblos”[1] (de tipo político-estructural) para negociar con el gobierno reivindicaciones exclusivas de los pueblos indios. Es cierto que toda comunidad tiene derecho a obtener satisfacción a sus necesidades inmediatas pero en la dinámica de las luchas debe haber claridad frente a los objetivos políticos de un movimiento. No se puede aparentar una cosa para conseguir otra. Es inconsecuente. 

Es importante señalar que en la preparación del paro agrario del 19 de agosto de 2013 se presentaron varios hechos que fortalecieron la posición de las fuerzas conciliadoras al interior del movimiento indígena y debilitaron a quienes impulsaban la participación en el paro. Una fue el tratamiento sectario que los dirigentes de Dignidad Cafetera les dieron a los indígenas nasas que participaron en el paro cafetero de febrero-marzo/2013, no permitiéndoles intervenir ni en la coordinación de la lucha ni en la mesa de negociación, cuando ellos habían demostrado en la práctica su compromiso y capacidad de lucha. 

El segundo problema que generaba reservas entre la dirigencia indígena era la participación en el paro agrario de fuerzas organizadas de los campesinos y colonos que impulsan las zonas de reserva campesina, que tienen fuertes contradicciones con ellos en territorios autóctonos y en zonas colindantes con sus resguardos. El tercer inconveniente eran los rumores de que el ex-presidente Uribe tenía cierta injerencia en el movimiento.  

En la práctica estos problemas se convirtieron en excusas que fueron aprovechadas por el gobierno. Éste programó dos reuniones en Popayán (la primera el 12 de agosto y la segunda el 16 de agosto, tres días antes del inicio del paro) para convencer a los dirigentes indígenas de privilegiar sus intereses inmediatos y particulares, con la promesa de instalar la Comisión Mixta para revisar el tema relacionado con tierras y territorio. Esta Comisión creada por  el Decreto 982 de 1999 para el desarrollo integral de la política indígena, cuenta con la participación de los ministerios de Interior, Agricultura, Hacienda,  Departamento Nacional de Planeación, Incoder, Defensoría del Pueblo y la Gobernación del Cauca.

"Yo quiero hacer un compromiso en el tema de tierras. Tenemos la disponibilidad de conseguir recursos para este objetivo que es esencial y que corresponde al saneamiento y a la titulación”, señaló el ministro del Interior Fernando Carrillo Flórez en esas reuniones.[2]

No se puede desconocer que después, al ver cómo se desenvolvió el paro, al observar la represión que estaban sufriendo los campesinos y sus hermanos indígenas pastos y quillacingas de Nariño, y la política de dilación y desgaste que desarrollaba el gobierno frente a la protesta, los indígenas impulsaron unas importantes y multitudinarias marchas de solidaridad en Popayán – una realizada por el pueblo Misak el 28 de agosto y otra por el pueblo nasa el 3 de septiembre –, pero de todas maneras quedó el sabor de que el gobierno había conseguido desmovilizar al movimiento indígena caucano. Y, lo logró, no hay duda.

Algo de historia

El movimiento indígena del Cauca, encabezado por pueblos Nasas y Misak (guambianos) se ha destacado por su organización y combatividad en la historia de las luchas populares en Colombia. Desde la época de la colonización española los pueblos indígenas de ésta región han resistido con la frente en alto. En la época republicana derrotaron los intentos de la oligarquía “criolla” de apoderarse de sus tierras y esclavizarlos totalmente. Muchos comuneros fueron convertidos en “terrajeros” pero en Tierradentro y otras zonas, los resguardos se mantuvieron relativamente autónomos hasta principios del siglo XX. 

En la primera mitad del siglo XX las gestas encabezadas por Manuel Quintín Lame y por José Gonzalo Sánchez le dieron continuidad a la lucha indígena por recuperación y defensa de su territorio, autoridad, lengua y cultura originaria. Dicha tradición libertaria renació con fuerza en los años 60 del siglo XX y se cristalizó con la fundación del Consejo Regional Indígena del Cauca CRIC en 1971, después de organizarse en el seno de la ANUC.

A partir de allí el CRIC se convirtió en una organización de referencia para las luchas populares en Colombia. Posteriormente aparecen las Autoridades Indígenas de Colombia AICO (1983) como una organización representativa del pueblo Misak, separándose del CRIC por diferencias en la concepción de autonomía y autoridad indígena. Sin embargo prosiguen la lucha por recuperación de territorio y por la reconstrucción social, económica, política y cultural de los pueblos originarios.

Estas organizaciones indígenas participan en la Asamblea Nacional Constituyente (1991) con un dirigente guambiano elegido por votación popular Lorenzo Muelas y otro por circunscripción especial obtenida por la desmovilización del Movimiento Armado Quintín Lame, que le correspondió al dirigente Alfonso Peña Chepe. Se logró así el reconocimiento formal de sus derechos instituyendo que Colombia es un país pluricultural y multiétnico.

A partir de ese momento se crean las Entidades Territoriales Indígenas (ETIS) que son una figura constitucional que reglamenta la organización de los territorios habitados por comunidades indígenas, las cuales se benefician de las transferencias nacionales. En las ETIS, se establecen gobiernos locales autónomos (Cabildos), con funciones específicas y recursos propios. La ETI puede manejarse de forma autónoma frente al municipio y al departamento, y su estructura está determinada por la identidad cultural de cada comunidad.

Los cambios a partir de 1991

Con la creación de las Entidades Territoriales Indígenas se presentó al interior del movimiento indígena un cambio cualitativo en las direcciones de los cabildos y de las organizaciones más representativas. Es importante aquí destacar que la lucha contra el “terraje”, por la recuperación y ampliación de los resguardos y por el rescate de la autonomía, fue protagonizada por campesinos indígenas pobres. Muchos de sus líderes se formaron en el seno de organizaciones populares y partidos políticos de izquierda (ANUC, Partido Comunista, Movimiento Revolucionario Liberal).

Sin embargo a partir de 1991 la situación cambia drásticamente. Las organizaciones indígenas, influidas y presionadas por la reglamentación oficial y asesoradas por toda clase de Organizaciones No Gubernamentales ONGs, entran en la dinámica de los proyectos, la cooperación internacional, la elaboración de planes de desarrollo (llamados “planes de vida”), la administración de las ETIS y de las alcaldías municipales en donde el movimiento indígena había elegido sus candidatos. En ese proceso los líderes tradicionales son reemplazados paulatinamente por jóvenes estudiados pero sin experiencia comunitaria.

Ahora, en la dirección del movimiento indígena ya no están los “mayores” con experiencia y tradición de lucha campesina e indígena. A partir de la década de los años 90s acceden al poder dentro del movimiento indígena “cuadros” capacitados en universidades o en ONGs, expertos en planificación territorial, en manejos contables, en interpretación de las normas de la administración pública, hijos de familias indígenas más acomodadas y ricas, algunas de las cuales incluso habían estado en contra de la lucha por la recuperación de tierras.

El último dirigente tradicional del movimiento indígena caucano que estuvo cercano del CRIC fue Juan Gregorio Palechor. Él era mirado por encima del hombro y despreciado por los nuevos dirigentes que con título universitario en la mano llegaron a mandar en las organizaciones indígenas. A su lado pelecharon y progresaron toda clase de burócratas y funcionarios “blancos” que le cambiaron la orientación política al movimiento indígena, haciendo predominar en ellos el supuesto “derecho mayor” y toda una visión “indigenista”.

Se olvidó la estrategia de alianzas que habían trazado los fundadores del CRIC que estaba resumida en la siguiente consigna: “Somos colombianos, somos campesinos y somos indios”. Esta frase es una extraordinaria síntesis de la política de alianzas: con el pueblo colombiano por la independencia nacional, con los campesinos pobres por una reforma agraria democrática, y con los indios por la defensa, recuperación y reconstrucción de su territorio, cosmovisión, identidad, cultura, lenguas, costumbres y autonomía.[3]

Las contradicciones de clase al interior del mundo indígena

Pero ese cambio en las cúpulas de poder de los pueblos indígenas caucanos era un reflejo o consecuencia de lo que ocurría al interior de los resguardos. La recuperación de tierras y la ampliación de los resguardos indígenas conseguida por una sacrificada lucha en donde se derrotó a los grandes terratenientes caucanos, no se correspondió con una distribución equitativa de la tierra y de las conquistas económicas (“proyectos”) entre los comuneros. Las familias más acomodadas no redistribuyeron sus adjudicaciones y poco a poco han monopolizado los beneficios obtenidos en las luchas.  

Fue así como se promovió la recuperación de tierras principalmente hacia afuera de los resguardos como una forma de atenuar la presión interna, aunque es cierto que la población ha crecido en las últimas décadas y que la cantidad de tierra fértil y cultivable es limitada. Esa es una de las razones de que hoy existan numerosos asentamientos indígenas en otras regiones del Cauca, Tolima, Huila, Caquetá y Putumayo. Son pueblos en expansión.

Este es un problema que se ha agudizado con el tiempo. Algunos han planteado la necesidad de hacer una reforma agraria interna. Sin embargo la posición que ha predominado es la lucha por buscar la ampliación de los resguardos o la migración hacia nuevos territorios. Es evidente que los campesinos indígenas más pobres que quieren mantenerse en su territorio ancestral tienen que jornalear o buscar alternativas diferentes para subsistir, como por ejemplo, los cultivos llamados “de uso ilícito” (coca o amapola). Tal situación ha traído graves problemas y contradicciones con quienes desde la autoridad de los cabildos y dirección del movimiento indígena no comprenden ni sienten su situación.

Además, históricamente también ha influido en la generación de contradicciones internas en el mundo indígena, la presencia de los campesinos colonos propietarios que entran en relación con los indígenas pobres y jornaleros, e influyen – muchas veces sin quererlo – en que el indígena empiece a cuestionarse su permanencia dentro de los resguardos y cabildos, al no encontrar soluciones a sus problemas vitales.

Es así como desde hace algunos años han surgido organizaciones indígenas que cuestionan la falta de democracia al interior de los cabildos. Algunas de estas organizaciones se plantean reconstruir la visión con que se fundó el CRIC y reivindican el nombre de Manuel Quintín Lame. Otras asociaciones – influidas por puntos de vista que no comprenden la problemática étnica – impulsan visiones “campesinistas”, generando graves problemas en la vida indígena en general, dado que entran a desconocer la autoridad, a cuestionarse muchas normas que ellos perciben que benefician sólo a las familias indígenas más pudientes y que no contribuyen con el desarrollo colectivo y comunitario.

La penetración del capitalismo en diferentes formas es otro factor que contribuye a la descomposición de los pueblos indios. La existencia de ese tipo de contradicciones sociales y su no resolución por una vía democrática que fortalezca el espíritu colectivo, le facilita a ese capitalismo el debilitamiento de los lazos comunitarios.

Lo ideal es que los indígenas pobres (“los de abajo”) recuperen la fuerza y la hegemonía dentro del movimiento indígena. Lo necesario es que se logre combinar el sentimiento nacional con la naturaleza de clase social (campesina) y la esencia étnico-cultural indígena (sea Nasa, Misak, Kokonuco, Yanacona, etc.). Sólo así se podrá avanzar en la construcción de poder popular que sea un fortín para la reconstrucción de sus pueblos y el relacionamiento creativo y “entre iguales” con los campesinos vecinos, pobres y medios.

El desarrollo de la lucha de clases al interior de los pueblos indígenas puede tener dos desarrollos: uno, si los campesinos indígenas pobres construyen una línea política transformadora pueden recuperar los cabildos con visión “propia” y aportar mucho a la revolución colombiana, fortaleciendo la lucha por una verdadera autonomía. Si esos campesinos indígenas pobres no desarrollan una lucha interna – por influencia externa o por otras circunstancias – contribuirán con la descomposición de esos pueblos y se convertirán en campesinos propietarios "libres". Es lo que viene ocurriendo en muchos resguardos tanto nasas como guambianos, totoróes, polindaras y otros. Esos “indígenas campesinizados” también contribuirán con la lucha del pueblo colombiano por su liberación pero lo harán desde una perspectiva no étnica (nacionalidad indígena).

Estas mismas contradicciones se están viviendo entre los pueblos indios de Ecuador, Perú y Bolivia, y hacen parte de los problemas que enfrentan a ciertos sectores de los pueblos originarios con los gobiernos nacionalistas de Evo Morales y Rafael Correa.

Conclusión

El paro nacional agrario ha sacado a relucir las contradicciones que el desarrollo del capitalismo y la lucha de clases genera en la vida indígena, en general, y en la dinámica del movimiento organizado originario, en particular.

La lucha entre la conciliación y la revolución sale a flote. Algunos dirigentes pretenden impulsar el “desarrollo” de los pueblos a través de proyectos económicos y sociales antes agenciados por la cooperación internacional y ahora financiados por el Estado colombiano, sin tocar para nada el régimen económico y político dominante. Otros dirigentes no renuncian a la lucha por cambios estructurales en la sociedad colombiana, y denuncian cómo la política del Estado es entregar pequeñas concesiones pero paralelamente destruir la unidad y la fuerza de esas comunidades. Su fin es penetrar en el seno de la comunidad con el gran capital, apropiarse de los territorios y recursos naturales y demoler la resistencia ancestral que es un “mal ejemplo” para el resto del pueblo colombiano.

Un ejemplo de cómo el gran capital ha utilizado la debilidad organizativa de los pueblos y el empoderamiento de “nuevos caciques” es lo ocurrido con el pueblo wayuu en la Guajira. Allí el conglomerado empresarial de la BHP Billiton, heredero de la Exxon, aprovechó los intereses de la cúpula dominante entre los indígenas wayuu para apropiarse de las riquezas carboníferas e impactar todo su territorio con la explotación del Cerrejón.

Esa tensión interna en el movimiento indígena caucano se reflejó en ésta ocasión. La burocracia indígena – que ha ganado mucha fuerza en los últimos años al interior de las organizaciones originarias – privilegia la lucha por “resultados concretos”, por la obtención de la financiación de los “proyectos” de los cuales dependen sus ONGs, y por centrarse únicamente en el problema de la tierra, ya que la presión interna por ella le genera graves problemas a quienes al interior de los resguardos tienen mayor control político y territorial.

Es por ello que aunque se cuestiona en el discurso la política neoliberal, en la práctica se convive y utiliza la política de privatización de los sistemas de educación y de la salud. El discurso se usa hacia afuera, pero en la vida interna las cosas son a otro precio.

Las comunidades indígenas tienen derecho a luchar por mayor autodeterminación y autonomía, pero deben entender que en el marco del sistema capitalista y anti-democrático vigente, esa meta no es conquistable. Para conseguirlo y constituir verdaderas Naciones Originarias – como aspiran legítimamente – deben contribuir con la construcción de un gran movimiento de los trabajadores y del pueblo colombiano para derrotar tanto al imperio como a sus cómplices y mandaderos “nacionales” y, construir democracia participativa y una verdadera plurinacionalidad.   

En esa misma dinámica “burocrática” y “oenegista” están otras organizaciones campesinas que como el Comité de Integración del Macizo Colombiano se ha convertido en una verdadera ONG, que utiliza las luchas para obtener recursos puntuales para determinados proyectos pero renuncia a la verdadera lucha contra el régimen de despojo y de entrega de nuestras riquezas naturales a las grandes transnacionales.

Se necesita aprender de ésta lección para crear un movimiento agrario amplio que unifique a campesinos mestizos, indígenas y afrodescendientes, a productores agrícolas pequeños y medianos para diseñar una política pública que contemple los problemas particulares de cada sector, enfrente integralmente la política neoliberal y anti-nacional del Estado y transforme el modelo económico, político y cultural.

Si derrotamos la burocracia y los intereses de grupo, podremos potenciar nuestras luchas y avanzar a pasos agigantados hacia triunfos populares de grandes dimensiones. El paro nacional agrario, a pesar de la falta de unidad de las cúpulas dirigentes, muestra la fuerza de las bases sociales que es reflejo de la grave situación económica que se vive en los campos y las contradicciones de clase al interior del movimiento popular.

Nota: El movimiento indígena caucano – dirigido por burocracias apoderadas de su dirección – a nivel regional concreta su política de alianza con élites caucanas herederas de los antiguos terratenientes, que como en el caso del actual gobernador Temístocles Ortega (“santista” de tiempo completo), aparenta estar del lado de las comunidades pero le ha dado todo el poder a Aurelio Iragorri Hormaza al interior de su administración



[1] Esa Agenda se puede resumir así: 1.Rechazo a los Tratados de Libre Comercio. 2. No más terror y guerra. 3.  Derogatoria de la legislación del despojo. 4. Cumplimiento de los acuerdos y convenios anteriores. 5. Creación de mecanismos de soberanía, paz y convivencia.  Ver: www.nasaacin.org

[2] Ver Página Web del Ministerio del Interior: “Mininterior ante indígenas del CRIC destaca la importancia del diálogo en las protestas sociales.”

[3] No todos los indígenas colombianos son campesinos.  La mayoría de los indígenas del Cauca si lo son. Viven en el campo y subsisten de la agricultura. Formalmente la propiedad de la tierra es colectiva pero en la práctica la apropiación y aprovechamiento de la tierra es individual. Son campesinos y a la vez indígenas.

sábado, 28 de septiembre de 2013

INTERVENCIÓN DE CLAUDIA LÓPEZ EN EL CONGRESO DE LOS VERDES

Bogotá, Septiembre 26 de 2013

Queridos delegados e invitados al Congreso del Partido Verde.

Les agradecemos la invitación a compartir con ustedes algunas reflexiones sobre nuestro país. Lo hacemos en nuestra calidad de ciudadanos, que sin pertenecer a ninguna de las  vertientes partidistas presentes, hemos seguido con entusiasmo y expectativa el proceso de convergencia y alianza que aquí nos convoca.  

Por qué la expectativa alrededor de éste Congreso? Cuál es la oportunidad que tienen los delegados aquí presentes? La baja popularidad del Presidente, la disputa política entre otroraprimos y alegres compadres, el vaivén de las encuestas hace que crezcan aquellos que responden con insistencia que la gran oportunidad que tenemos consiste en armar una tercería para ganar las elecciones de 2014.Tenemos otra visión. La circunstancia crítica y fundamental que puede cambiar el panorama político colombiano sustancialmente, no es una tercería para las próximas elecciones sino unas mayorías ciudadanas para construir la paz en los próximos 10 años. Nuestra gran oportunidad es que podemos quitarnos al fin el yugo de la violencia y el dominio inmerecido de todos sus protagonistas. Nuestra gran oportunidad es que podemos quitarnos de encima a la guerra y sus protagonistas como la excusa que acalla y aplasta las legítimas demandas ciudadanas y regionales de inclusión, equidad, dignidad y desarrollo para las mayorías. Nuestra gran oportunidad es que podemos transformar las mayorías ciudadanas que protestan en mayorías políticas que transforman.

Nuestra gran oportunidad es la paz. Y no aportaremos a la construcción sólida de la paz con una convergencia fabricada para que pase el umbral en los próximos meses, sino con unas mayorías ciudadanas sólidas y sostenidas que transformen a Colombia en los próximos 10 años. En ese marco, y con todo respeto, el gran desafío de las  vertientes y delegados de este Congreso es demostrar que no son un mero y apresurado matrimonio por conveniencia electoral sino una plataforma solida y duradera de  transformación política y social. Eso está por verse.

Sólo se llega a lo que se quiere si se parte con realismo de lo que se tiene. Esas mayorías ciudadanas son diversas, son regionales, son campesinas y citadinas, son fundamentalmente nuestras clases medias y populares, son de centro izquierda y también son de centro derecha. Quienes aspiran a representarlas tienen que hacer un esfuerzo genuino por ser como ellas. Deben tener una oferta unida en principios éticosy propósitos fundamentales, pero una diversidad real en perspectivas ideológicas, en cómos y en quiénes. No por amabilidad aparente entre posibles contrincantes sino por comprensión real de la diversidad ciudadana que aspiran a representar. Quienes desde aquí aspiran a representar las actuales mayorías ciudadanas deben aceptar el desafío de sustituir a los intermediarios de viejos bandos, no pueden insistir en alianzas impresentables conquienes han cogobernado con mafias y degradado la política.Los colombianos reclamamos cambio político real no alianzas vergonzantes ni maquillajes aparentes.

Pese a los valiosos esfuerzos que como ciudadanos, servidores públicos o representantes electos han hecho los acá presentes, las mayorías ciudadanas a las que me he referido ni están en el seno de esta colectividad política ni están en el seno de ningún otro partido. La realidad palpable es que todas las colectividades políticas están desconectadas de las mayorías ciudadanas. La tarea emocionante que tenemos para los próximos 10 años es reconstruir esa conexión entre política y ciudadanía, entre gobierno y mayorías, entre demandas y soluciones. Ese es el gran desafío del pos conflicto. Ofrecer, al fin!, inclusión, ingreso y desarrollo digno a la Colombia campesina; construir seguridad con justicia, no sólo con fuerza; ofrecer seguridad con justicia pública para todos, no sólo para unos pocos en las zonas urbanas. Nuestro desafío es que el Estado llegue, al fin!, con carreteras, con inversión, con  inclusión real. Que las regiones dejen de ser un adorno retórico y sean realmente los ejes de nuestra integración nacional. Que la educación y la salud sean derechos universales para desarrollarnos y convivir no sólo para tratar de sobrevivir. Nuestro desafío es que la apertura comercial sea una oportunidad para desarrollar nuestro potencial no para destruir nuestra naturaleza y producción. En fin, nuestro gran desafío es integrar a la Colombia urbana y la rural, para que dejemos de ser dos Colombias que se miran con recelo y desprecio, y pasemos a ser una sola que se construye con dignidad y respeto.

Esa es la magnitud y belleza de nuestro desafío colectivo. Esa es la perspectiva que nos convoca a hacer convergencia. En nuestra calidad de ciudadanos independientes hemos prestado nuestro concurso para ser bisagras de integración política y regional de ésta convergencia verde, y así lo seguiremos haciendo. Más que tomar partido, queremos seguir facilitando encuentros y acuerdos. Vamos a continuar recorriendo las regiones, invitando a muchos a sumarse a una convergencia como la que visionamos.

No perdamos la perspectiva. Nuestra gran oportunidad es la paz. Sólo si se acalla el escandalo de la violencia se escucharán y atendrán las demandas ciudadanas. Sólo si la ciudadanía se organiza hará valer sus mayorías. Sólo si esas mayorías crecen elección tras elección en los próximos 10 años lograremos la transformación. No nos hacemos vanas ilusiones, el único aporte real de los armados a la paz es dejar sus armas y renunciar a la violencia. La paz la haremos nosotros, sólo pedimos su desarme. Tampoco nos hagamos falsas expectativas. Sin la desmovilización de las armas y la violencia, nuestra vida y nuestra voz seguirán relegadas.

Que nadie se levante de la mesa de la Habana. Que no frustren otra vez la necesidad inaplazable de la paz. Los colombianos no apoyamos la paz por cálculo electoral sino por necesidad vital. Que nuestro compromiso absoluto con la paz no se preste a mal interpretaciones; estamos jugados por la paz no por la mermelada de la Unidad Nacional.

Qué bueno que el Partido Verde haya abierto sus puertas a ser espacio de construcción de convergencia. Qué bueno que Progresistas haya aceptado esa invitación y sea parte de  esa construcción. Pero el país que aspiramos a representar necesita mucho más que dos. Necesita miles, ciento de miles de compromisos ciudadanos, de expresiones regionales y de voluntades individuales.  Qué bueno que ya somos más de dos, sólo hace falta el resto del país. Con ese país vamos a seguir adelante.

Muchas gracias!

Claudia López
Álvaro Jiménez
Eugenio Marulanda
Armando Novoa
Francisco  Leal
Jorge Iván Ospina
Alberto Navarro
Jorge Eduardo Arbeláez
Jorge Iván Gómez
Juan de Dios Graciano
Juan Felipe Palau
Moritz Akerman


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viernes, 27 de septiembre de 2013

EL GIRO A LA IZQUIERDA DE LOS "VERDES"

EL GIRO A LA IZQUIERDA DE LOS “VERDES”

Popayán, septiembre 27 de 2013

El Congreso del Partido Verde realizado entre el 25 y 26 de septiembre de 2013 aprobó tres aspectos básicos: retirarse de la Unidad Nacional y del gobierno de Santos; apoyar la gestión de “defensa de lo público” de Petro al frente de la Alcaldía de Bogotá; y la lucha por la revisión de los TLCs, recogiendo la iniciativa de las organizaciones que realizaron el Paro Nacional Agrario.

Los temas aprobados constituyen un “leve giro a la Izquierda” del Partido Verde. Además aprobó el nombre de “Alianza Verde” para significar el ingreso de las fuerzas “Progresistas”.

Es un “leve giro” por cuanto en ningún momento deciden enfrentar el sistema capitalista y el modelo neoliberal que se ha impuesto en Colombia. Tampoco se plantean la lucha por soberanía nacional y por la construcción de una nueva sociedad en donde el valor del trabajo sea el referente principal. Sin embargo, es un paso significativo.

Tal parece que la dirigencia “verde” asimiló el espíritu de la movilización agraria que acaba de ocurrir en Colombia, y por sobre todo, captó el sentido de solidaridad que se manifestó en las ciudades con los campesinos, lo que es un síntoma de que el movimiento social va a fortalecerse y a dar un salto cualitativo en los centros urbanos.  

Ahora le corresponde al movimiento popular seguir apretando con propuestas de mayor calado. Hay que exigir la coalición entre el Polo Democrático Alternativo, Alianza Verde, Partido Comunista, País Común, Unión Patriótica, Congreso de los Pueblos, ASI y Marcha Patriótica, además de otros grupos menores. Con esa unión existen las posibilidades ciertas de acceder a la Presidencia de la República. Es algo factible, viable y cercano.

Frente al desgaste de Santos y al poco entusiasmo que generan los candidatos uribistas, es muy posible que la oligarquía se unifique alrededor de personajes como Germán Vargas Lleras, lo cual polarizaría la lucha por la presidencia entre la derecha y la izquierda.   

En la eventualidad de un gobierno de Izquierda tiene que plantearse el tema central del Estado: ¿De dónde se va a echar mano para financiar programas de impacto en beneficio de la población? ¿Acaso no es cierto que el actual gobierno no ha podido cumplir sus promesas en gran parte debido a las limitaciones presupuestales?

Necesariamente tendremos que seguir por el camino que ya nos han trazado los gobiernos progresistas, nacionalistas y democráticos de América Latina. La nacionalización de los recursos naturales, principalmente los minero-energéticos y la renegociación de la Deuda Pública (interna y externa) tendrán que ser tareas que estarán en primer lugar de la agenda.

La nacionalización de los recursos naturales no implica la expropiación de las transnacionales, ni es una medida socialista. De hecho la Constitución Política establece que esos recursos son propiedad de la Nación[1]. La “nacionalización” es un acto formal para obligar a las empresas que disfrutan de la concesión de explotarlos (principalmente transnacionales extranjeras), a renegociar la participación del Estado en sus ganancias. Esa decisión puede significar la triplicación de los ingresos que recibe el gobierno por regalías e impuestos.[2]

La renegociación de la Deuda Pública[3] es una decisión de mayor peso. En el caso colombiano – que ha sido un excelente y cumplido acreedor de los bancos multilaterales – representa aproximadamente el 34% del PIB, y el servicio de la deuda (pagos de capital y amortización de intereses) corresponde al 25% del presupuesto nacional. Un gobierno “progresista” apuntalado en el apoyo popular puede presionar a la banca internacional y conseguir un buen acuerdo. Sólo es cuestión de voluntad política.

En fin, el movimiento popular debe unificarse alrededor de una plataforma de lucha para presionar al espectro político con sus propuestas. Hemos presentado algunas ideas en ese sentido que es necesario recordar:

1.    Nacionalización de los recursos naturales, especialmente los minero-energéticos;
2.    Renegociación inmediata de los Tratados de Libre Comercio;
3.    Moratoria y renegociación de la deuda pública (interna y externa);
4.    Política agraria democrática centrada en apoyo a la economía campesina;
5.    Reforma estructural de la Ley 100 de salud; por un servicio de salud universal y financiado por el Estado.
6.    Educación primaria, secundaria, y universitaria gratuita, de calidad y pagada por el Estado.
7.    Intervención e inversión estatal para industrializar nuestras materias primas y generar empleo digno.

Como podemos observar el “leve giro de los verdes” es una señal de que la “leve y lenta evolución hacia la Izquierda”[4] no sólo es un hecho sino que tiende a acelerarse. Es la hora de la audacia revolucionaria, es el momento de aspirar a lo imposible.



[1] Constitución Política de Colombia. Artículo 332. “El Estado es propietario del subsuelo y de los recursos naturales no renovables.”

[2] Mientras países como Bolivia, Brasil, Chile y Perú aumentaron impuestos para incrementar la renta minera a favor del Estado, en la última década el país se limitó a ampliar los beneficios para las grandes compañías. Ver: http://www.elespectador.com/noticias/economia/articulo-391134-colombia-paraiso-fiscal-mineria

[3] La deuda externa de Colombia (privada y pública) llega a US$83.961 millones. La deuda contratada por el Gobierno en abril de 2013 fue de US$46.829 millones. La deuda externa creció este año en un 9%.

[4] Ver: “Leve y lenta evolución hacia la Izquierda”: http://www.viva.org.co/cajavirtual/svc0362/articulo04.html

domingo, 22 de septiembre de 2013

DE 1991 A 2013... ¿NUEVO PACTO DE CLASES?

de 1991 a 2013… ¿UN NUEVO PACTO DE CLASES?

Popayán, 22 de septiembre de 2013

En 1991 la oligarquía en su conjunto logró convertir el acuerdo de Paz con el M-19 en un pacto de clases. La Asamblea Nacional Constituyente y la posterior aprobación de la Constitución Política de 1991 fue la oficialización de ese “contrato social”.

Los tres presidentes de la Constituyente representaban a cada uno de los sectores de clase comprometidos en ese pacto. La gran burguesía-terrateniente, la burguesía burocrática y la pequeña burguesía. La clase obrera y los campesinos pobres tuvieron una mínima representación que nos les alcanzó para hacer valer sus intereses.

Álvaro Gómez Hurtado encarnaba la política de la gran burguesía y los grandes terratenientes unificados en su programa neoliberal. Paradójicamente ese programa vino ser concretado por Cesar Gaviria Trujillo, heredero del legado de Luis Carlos Galán, último representante de la débil burguesía “progresista” que no profesaba el credo neoliberal.

Horacio Serpa Uribe representaba a la burguesía burocrática, heredera de la burocracia colonial que se consolidó durante el Frente Nacional. Ésta fracción de la burguesía recogió las ideas de Jorge Eliécer Gaitán – quitándole su contenido revolucionario – y construyó un supuesto ideario “socialdemócrata” que fue el sustento ideológico para ganar el apoyo de la cúpula burocratizada de los trabajadores, especialmente los estatales.

Antonio Navarro Wolf personificaba a las llamadas “clases medias” (pequeña-burguesía, sobre todo urbana) y a los pueblos indígenas y afrodescendientes. Su ideario vacilaba entre los intereses de la burguesía y los del proletariado. Querían construir “nacionalidad” con base en la fusión de intereses entre los capitalistas y los trabajadores. Vano espejismo.

Aprovechando las ilusiones “democráticas” del M-19, la burguesía aprobó una Constitución supuestamente “garantista”, con un amplio compendio de “derechos fundamentales”, sociales, económicos y culturales, pero con una esencia neoliberal. Tal base jurídica le permitió – dado que mantenía el poder –, aplicar el paquete privatizador, la apertura económica y profundizar la entrega de nuestras riquezas al capital imperialista.

Los desarrollos políticos y económicos sucedidos durante los 22 años que hay entre 1991 y 2013 ratifican los resultados negativos que dejó ese pacto para el conjunto del pueblo colombiano. Sus inspiradores todavía lo defienden sin reflexionar en los hechos concretos. Ni siquiera los conceptos de multi-etnicidad y pluri-culturalidad han sido desarrollados. Menos, el ordenamiento territorial que lo ha realizado de facto el gran capital, “ordenando” mediante el despojo amplios territorios a su amaño, desplazando poblaciones y adecuando el espacio a sus intereses capitalistas.

Ahora tenemos una nueva coyuntura. Estamos en medio de una negociación entre la guerrilla de las FARC y el gobierno. Un nuevo pacto de clases está en desarrollo. La diferencia esencial es que mientras el M-19 logró convertir una derrota militar en un relativo triunfo político, las FARC desde 1998 ha venido convirtiendo un relativo triunfo militar en una derrota política.

Es por ello que este nuevo proceso es contradictorio y hasta paradójico. El paro nacional agrario de 2013 desbordó los acuerdos que se han firmado en materia agraria. Mientras en La Habana se negocia sobre la condición impuesta por la gran burguesía de que “no se negocia el modelo económico y político vigente”, la realidad del movimiento social y popular colocó el tema de los TLCs y la esencia neoliberal de la política agraria en el primer lugar de la política nacional.

El gobierno – hábilmente – ya  está utilizando esos acuerdos (rebasados por la dinámica social) para imponer a la sociedad colombiana unos límites que fueron concertados con una guerrilla políticamente derrotada. Ella no representa plenamente los intereses del conjunto del pueblo colombiano. En ese sentido la “paz negativa” de La Habana se convierte en “paz positiva” pero a favor de los intereses de las clases dominantes.[1]

Las FARC deberían reflexionar sobre ese tema. Si no tiene la fuerza política para conseguir verdaderas conquistas para el pueblo colombiano es mejor que no justifique esos límites. Debería concentrarse en los temas que son necesarios para su integración a la vida civil y permitir que sea la sociedad la que confronte al Estado en temas económicos y sociales. Si no puede ofrecer verdaderos avances, es mejor que no le permita a la oligarquía la autentificación de una política anti-popular a la sombra de los acuerdos de Paz.

Pareciera que la guerrilla es consciente de esas contradicciones. Por ello exige la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente. Pero allí se vuelve a equivocar.

La oligarquía colombiana convocó la Asamblea Constituyente de 1991 porque sabía de antemano que – por un lado –, iban a imponer sus mayorías y – por el otro – las propuestas que agenciaba el M-19 no eran un peligro para el ejercicio de su poder. Eran, por el contrario, aprovechables para adornar de democracia su verdadera dictadura neoliberal.

En la actualidad la situación es todavía más favorable a la oligarquía. Las fuerzas de los trabajadores y el pueblo recién empiezan a respirar y a recuperarse. Después dos décadas de de represión, terror, asesinatos y masacres, de destrucción de organizaciones populares, amedrentamiento y cooptación de dirigentes, en medio de la degradación del conflicto armado, los movimientos sociales han reiniciado un proceso de acumulación de fuerzas que ha mostrado – con este paro agrario – que las potencialidades son inmensas.

La insurgencia no tiene que afanarse a firmar un pacto de clases. El que les ofrece la oligarquía es una verdadera trampa para ellos y para el pueblo. Deben integrarse a la lucha política sin armas pero confiar en que los trabajadores, los campesinos pobres y las “clases medias” en proceso de proletarización y empobrecimiento, van a imponer su propia fuerza en el próximo futuro. ¡Un pacto de los marginados y oprimidos está en construcción!

Ya vemos como el “pacto agrario” que ofrece la oligarquía es un engaño. La gran burguesía transnacionalizada no renuncia a su modelo agro-exportador. La burguesía burocrática a lo máximo que aspira es a revivir una especie de Fondo DRI, para las zonas o regiones de colonización que se concierten con las FARC, con escasos recursos económicos y sin una verdadera institucionalidad estatal. Las ONGs y los grandes contratistas están ya a la expectativa de quedarse con esos dineros, estafando una vez más a los campesinos colonos.

La experiencia de países como Venezuela, Ecuador y Bolivia nos enseña que las Asambleas Constituyentes sólo son beneficiosas para los trabajadores y los pueblos cuando son convocadas por gobiernos progresistas y democráticos. Ellas son herramientas adecuadas cuando son convocadas en medio del ascenso revolucionario del pueblo. Deben ser citadas y realizadas después de haber derrotado políticamente a la oligarquía.

Hacerlo ahora es facilitarle a la oligarquía un nuevo “pacto de clases” en donde ellos tienen la hegemonía. Pacto de “tigre suelto con burro amarrado”.   


[1] Vélez, Humberto. “Atisbos Analíticos”: http://fundacionecopais.blogspot.com/

miércoles, 18 de septiembre de 2013

EL PARO AGRARIO Y LA UNIDAD DEL PUEBLO

EL PARO AGRARIO Y LA UNIDAD DEL PUEBLO

Popayán, 18 de septiembre de 2013

La rebelión agraria que acaba de ocurrir – por ahora –, se concentra en las mesas de negociación. Sabemos de antemano cuáles serán los límites que colocará el gobierno al movimiento agrario. Es la misma “línea roja” que impuso en la mesa de negociaciones de La Habana: “No negociaremos el modelo económico y político vigente”.[1]

Mirado desde ese punto de vista diríamos que el paro agrario fue derrotado. La fuerza del movimiento – así hubiera sido enorme y aumentada por los errores del gobierno – no consiguió quebrar el eje central de la política burguesa, su régimen económico y político, que favorece los intereses de los grandes monopolios “nacionales” y extranjeros. 

Si lo hubiera conseguido habría sido una revolución. Pero no, fue un alzamiento campesino y popular en el marco de la institucionalidad dominante. Aunque los pliegos de exigencias abordaban dos puntos de carácter revolucionario – la derogación o renegociación de los Tratados de Libre Comercio planteado por las “Dignidades” y el diseño de una política agraria alrededor del pequeño productor campesino expuesto por la Mesa de Interlocución y Acuerdo MIA –, la fuerza acumulada por el movimiento no logró alcanzar dichos objetivos.

Sin embargo ambos planteamientos quedaron consignados en la mente del pueblo. Ese es su principal y gran logro. Es por ello que el gobierno se apresuró a lanzar el supuesto “pacto agrario” que no pasó de ser otro anuncio del gobierno, aunque allí el alcalde de Bogotá Gustavo Petro le “midió el aceite” al gobierno, lo puso contra la pared con fundamentadas preguntas y creativas propuestas, que los medios de comunicación silenciaron. Ver: http://www.youtube.com/watch?v=lPOc5H2xNmw&sns=tw  

Tenemos claro que la principal falencia de las fuerzas comprometidas en el paro fue su falta de centralización y coordinación unificada. La estrategia represiva y la dilación del gobierno también fue otro factor, pero era de esperarse. Sin embargo, la falta de unidad es un problema real, propio del desarrollo político y organizativo de nuestro pueblo. Estamos seguros que con una evaluación seria de estas experiencias vamos a derrotar los factores y fuerzas que impiden esa urgente unificación.

Lo importante es ser conscientes de esas falencias. Debemos tener una mente abierta y una alta capacidad de autocrítica para poder avanzar. Desgraciadamente en los balances que se hacían en medio del paro desde cada organización comprometida (las “Dignidades” y la MIA), cada sector sólo se refería a sus fuerzas comprometidas mientras desconocía olímpicamente la lucha de los otros sectores. No había una mirada de conjunto y no existió el más mínimo esfuerzo para concertar una acción coordinada.

Es evidente que la principal tarea es explicarnos el por qué de las diferencias. No es un asunto sólo de voluntad. Existe una larga historia que ha separado a las dos sociedades agrarias que se expresaron en el paro agrícola de 2013. Entender esa historia es fundamental para superar la división.

Herencias históricas

Las dos expresiones de la lucha agraria que se jugaron en las jornadas de agosto y septiembre de 2013 son herederas de dos colonizaciones separadas por un siglo de tiempo. Son casi cuatro generaciones. El eje cafetero de origen antioqueño y las regiones de Cundinamarca, Boyacá y los Santanderes (legatarias de la colonización española con todas sus particularidades), con tendencias conservadoras-clericales en el campo rural, consiguieron consolidar una capa de productores agrícolas de cultivos permanentes y transitorios como café, cacao, papa, arroz, ganadería de doble propósito (carne y leche), hortalizas y legumbres, arveja, tomate, frutas, panela y otros. Esas capas labriegas agricultoras fueron el resultado de una política corporativa diseñada por terratenientes e incipientes capitalistas para controlar a los campesinos sin que se pusiera en peligro la gran propiedad latifundista.[2]

Por otro lado se fueron desarrollando las nuevas colonizaciones, surgidas de la expulsión de los hijos “bastardos” de los campesinos ricos paisas, que poblaron el sur del Tolima, Huila, norte y occidente del Cauca, Meta, Caquetá, Putumayo, y después otras regiones en la Amazonía y Orinoquía. Esta colonización fue a la fuerza, fue resultado de la expulsión continua del territorio y la expansión de la frontera agrícola, y se ha hecho en medio del conflicto armado.

La primera expulsión fue después de la “Guerra de los Mil Días”. La segunda se realizó con ocasión de la aprobación de la Ley 200 de 1936 durante el gobierno de Alfonso López Pumarejo. La tercera ocurrió después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, durante la “Violencia de los años cincuenta”. La cuarta se oficializó con la aprobación del Pacto de Chicoral en donde la débil burguesía concertó el tratamiento de guerra al alzamiento protagonizado por los campesinos de la ANUC. Y ha continuado hasta nuestros días.

Su influencia en el campo político popular

No es casual que al interior de los dos bloques agrarios tengan influencia política dos organizaciones revolucionarias con diferente programa y discurso. El Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario MOIR – principal fuerza dentro del Polo –, en las “Dignidades”,  y  la Marcha Patriótica en la MIA, con la clara influencia de sectores liberal-comunistas.

En la década de los años 60s aparecen ambas tendencias. Las encabezan, por un lado, Francisco Mosquera (Piedecuesta, Santander, 1941), heredero de tradiciones nacionalistas santandereanas y antioqueñas, alimenta su formación política con la influencia del proletariado organizado de Medellín y alrededores, y las ideas de la revolución socialista, especialmente de China.

La otra vertiente surge de la unión entre Pedro Antonio Marín (Génova, Quindío, 1930), alias “Manuel Marulanda Vélez” y Jacobo Arenas (Bucaramanga, Santander, 1924), quienes recogen las ideas de Jorge Eliecer Gaitán, la experiencia rebelde de los campesinos de Sumapaz y Viotá (Cundinamarca), la visión del Partido Comunista, y los avances de la revolución cubana.

La primera se traza un trabajo de acumulación paciente de fuerzas, rechaza la lucha armada “guerrillerista guevarista”, y se traza una estrategia en donde la alianza con la “burguesía nacional” es fundamental para el triunfo de la “revolución de nueva democracia”.

La segunda, inicialmente se plantea una estrategia de “autodefensa campesina” pero a partir de 1963 se delinea “la vía revolucionaria armada para la toma del poder”, y más adelante en 1984, se propone la táctica de la “combinación de todas las formas de lucha”. Su ideario plantea la lucha contra la oligarquía pero en la práctica se han mostrado proclives a llegar a acuerdos con “sectores progresistas y democráticos de la burguesía”.  

El MOIR es legatario de una especie de "nacionalismo terrateniente" que desconoce el "nacionalismo popular" de los campesinos pobres que se concreta en la lucha por la tierra. Marcha Patriótica es heredera de las tradiciones liberal-comunistas de la resistencia campesina, especialmente fuertes en zonas de colonización.

Ambas organizaciones aportan desde su particularidad a las tareas democráticas, nacionalistas y populares, pero se requiere la unidad para conquistar soberanía nacional, plena democracia y justicia social. Todo hace pensar que se requiere una fuerza social y política que les ayude a superar sus limitaciones históricas de clase.

Otro sector en escena

En los años 70s aparece en Colombia otro sector social y político que aportó avances al proceso revolucionario. Recoge las herencias del sector progresista de la Alianza Nacional Popular ANAPO[3] representadas por Antonio García Nossa (Villapinzón, Cundinamarca, 1912), continuadas por Carlos Toledo Plata (Zapatoca, Santander, 1932) y concretadas en acción revolucionaria por Jaime Bateman Cayón (Santa Marta, Magdalena, 1940) al frente del Movimiento 19 de Abril M-19.

Su característica principal fue su “no alineamiento internacional” y la construcción de nacionalidad con base en la recreación de la democracia a partir de un “diálogo nacional”. Su influencia fue básicamente en las ciudades, principalmente entre las clases medias y populares. Su trabajo revolucionario se vio concretado en la Constitución de 1991 que fue un pacto entre la oligarquía y las “clases medias” que éste movimiento representaba.

Después de la desmovilización del M-19 y su participación en la Asamblea Constituyente, sus fuerzas políticas se empiezan a diluir dentro del establecimiento, planteándose una estrategia reformista que hoy sobrevive en cabeza de Antonio Navarro Wolf y Gustavo Petro Urrego, quién representa una tendencia de izquierda dentro de lo que queda de ésta formación política (“Progresistas).  

La compleja actualidad

Estas tres corrientes políticas son el resultado del desarrollo desigual y combinado del capitalismo en Colombia, y de la diversidad regional de la Nación que ha sido el fruto de un proceso histórico complejo y variado. Existen dentro de nuestro país claramente diferenciadas una serie de regiones: la nación antioqueña y su bloque histórico; el eje cundi-boyacense; el Caribe colombiano; el Cauca señorial y cortesano; los Santanderes artesanos y libertarios; el Tolima grande que incluye al Huila y norte del Caquetá; el Chocó Bio-geográfico habitado principalmente por afrocolombianos; las naciones originarias indígenas en proceso de reconstrucción; los Llanos Orientales y las zonas de nueva colonización. Toda esa variedad cruzada por población de origen “blanco español”, indígena amerindio y negro afrodescendiente, ha producido un mestizaje variopinto que es la mayoría del pueblo colombiano.

El paro agrario mostró en movimiento a esa sociedad nacional. Boyacá y Cundinamarca unida con Nariño por la producción de papa y leche (indígenas muiscas, pastos y quillacingas). Los caficultores tradicionales del eje cafetero tradicional articulados con los productores de café del Huila y Cauca. Los campesinos colonos y jornaleros cocaleros movilizados en todas las regiones de Colombia, provenientes de lo profundo de esa “Otra Colombia” que existe en la frontera agrícola. Los pobladores de las ciudades, congregados alrededor de la solidaridad con ese nuestro país campesino. Esa es la Colombia popular, esa es nuestra identidad, en construcción y en lucha.

Esta es una mirada panorámica de nuestra realidad y de los orígenes diferenciados de las fuerzas populares que hoy están en movimiento. Nos falta reconstruir la otra vertiente de la lucha popular que se embolató en la década de los años 30 del siglo XX por efecto de la política de colaboración de clases. Es la corriente proletaria que tuvo su materialización en Tomás Uribe Márquez (Medellín, Antioquia, 1886) e Ignacio Torres Giraldo (Filandia, Quindío, 1893), y su aporte filosófico con Estanislao Zuleta (Medellín, Antioquia, 1935). Es la tendencia socialista revolucionaria que hasta ahora ha sido la gran ausente de las actuales luchas populares.

Esa vertiente proletaria tiene la tarea histórica de ayudar a unificar creativamente los diversos sectores sociales, políticos y culturales de nuestro pueblo. Tiene el deber de  aportar un pensamiento más universal y unas metas realmente revolucionarias. Necesitamos superar el “nacionalismo estrecho” del MOIR, el “campesinismo” de Marcha Patriótica, y el “democratismo” del M-19, recogiendo lo mejor de sus avances para potenciar tanto sus ideas como su fuerza material. Sólo así conquistaremos – juntos – la verdadera independencia, construiremos democracia participativa y garantizaremos la justicia social que pide a gritos nuestro pueblo.

El Paro Agrario Nacional de 2013 mostró las grandes potencialidades revolucionarias del pueblo colombiano pero también desnudó nuestras limitaciones políticas y organizativas. Es un deber luchar por la unidad, no es cuestión de simple voluntarismo, es una tarea que se hace en medio del fragor de la lucha y al calor de la lucha ideológica.

Las fracciones burguesas están a la expectativa para profundizar la división al interior del pueblo. La burguesía nacional aparentando la lucha contra la política neoliberal y los TLCs., la burguesía burocrática diseñando políticas “estatistas” y demagógicas para el post-conflicto, y la gran burguesía transnacionalizada aparentando un viraje democrático para prevenir un cambio verdaderamente revolucionario. Los grandes terratenientes no aparentan, van de frente contra el pueblo.

El paro agrario ha evidenciado la falsedad de esas conductas. Todas esas fracciones burguesas tiemblan frente al amo gringo y apoyan la política antinacional; juntas apuntalan el falso “pacto agrario”;  inseparables hacen parte de la “unidad nacional” de Santos;  al unísono se asustaron con la fuerza de la movilización agraria y popular. Todas se unieron alrededor de la defensa de la institucionalidad capitalista. Ninguna merece nuestra confianza.[4]

Que el nuevo auge revolucionario de las masas populares que se avizora en el próximo futuro nos encuentre unidos y preparados para derrotar a las fuerzas reaccionarias que impiden el progreso y el bienestar del pueblo. Esa debe ser nuestra consigna y nuestra preocupación permanente.

[1] El Espectador, Humberto de La Calle Lombana. “No habrá Paz a la brava”: http://www.elespectador.com/noticias/paz/articulo-417975-no-habra-paz-brava-de-calle
[2]Saether, Steiner. “Café, conflicto y corporativismo”. Universidad de Oslo. Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, 1999.  http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/revanuario/ancolh26/articul/art6.pdf
[3] ANAPO: acrónimo de Alianza Nacional Popular. Fue un partido político colombiano fundado como movimiento en 1961 por el dictador Gustavo Rojas Pinilla y desaparecido en 1998.  Su esencia política era conservadora pero al enfrentarse al Frente Nacional (alianza de los partidos tradicionales liberal y conservador) atrajo a militantes revolucionarios.  
[4] Ver posición de Horacio Serpa, representante por excelencia de la burguesía burocrática: “Quien apaga la licuadora”: http://www.olapolitica.com/?q=content/%C2%BFqui%C3%A9n-apaga-la-licuadora