sábado, 10 de julio de 2010

¿QUÉ INDEPENDENCIA VAMOS A CONMEMORAR?



¿QUÉ INDEPENDENCIA VAMOS A CONMEMORAR?

Popayán, julio 9 de 2010

Nunca como ahora Colombia estuvo tan sojuzgada por fuerzas imperiales. A la sombra de la lucha contra el “terrorismo” y el narcotráfico, los EE.UU. debilitaron la resistencia social y política de nuestro pueblo, y se aprovecharon de la fragilidad de la oligarquía colombiana penetrada por la mafia, para someterla a sus anchas.

En el año del Bicentenario de la Independencia, Washington hará sentir su absoluto dominio. Van a aprobar un TLC a su medida. Ya se apropiaron de la mayoría de las empresas “nacionales”[1], y arranca una nueva ofensiva en el campo de la minería, los hidrocarburos y agro-combustibles. “Vienen por todo”, dijo Francisco Mosquera hace 25 años.[2]

Además, van a seguir utilizando a nuestro país como plataforma de operación y herramienta de contención de las revoluciones nacionalistas que han enfrentado su hegemonía continental. La gran reserva petrolera de la Cuenca del Orinoco y del golfo de Venezuela, la biodiversidad y riquezas de la Selva Amazónica, y el potencial hídrico de la cuenca de los ríos Paraná-La Plata, son – entre otros - sus grandes objetivos.

Con el golpe de Estado en Honduras, la utilización de la economía del narcotráfico para desestabilizar la región, y con los Tratados de Libre Comercio, los EE.UU. han conseguido neutralizar el avance de las luchas de liberación nacional en el corredor que va desde México hasta el Perú, pasando por Centroamérica, República Dominicana, Panamá y Colombia. Tienen contra las cuerdas a los gobiernos de Nicaragua y de El Salvador, e intentan con desespero desequilibrar a Cuba.[3]

De igual manera, el Pentágono y sus agencias de inteligencia estratégica, hacen todo lo posible por coordinar a las oligarquías de Colombia, Perú, Chile, Paraguay, Zulia y Táchira en Venezuela, Guayaquil en Ecuador, las provincias de la Media Luna en Bolivia, y la burguesía agraria de Argentina, para desestabilizar los gobiernos progresistas de la región e impedir la consolidación de los bloques que encabezan Brasil y Venezuela en Sudamérica.

Lo habíamos previsto. Uribe empezaba a ser un estorbo para la estrategia estadounidense[4]. Necesitaban renovar su elite política en Colombia, cambiarle la fachada a la alianza criminal, re-legitimar un Estado al que la sangre de sus víctimas le brota por todas las rendijas. Ahora el turno es para un “oligarca ilustrado”, cosmopolita, globalizado, de “buenas maneras”, que hará cambios de maquillaje, para que todo siga igual.

Las recientes elecciones y el tema nacional

En la pasada campaña electoral el tema de la Paz, el conflicto social y armado que vive el país, y la economía del narcotráfico, fueron temas vedados para los candidatos. Tampoco fue tratada en su real dimensión la apropiación feroz de nuestras riquezas naturales por parte del gran capital imperialista. En verdad, el modelo de desarrollo que se nos ha impuesto no fue abordado en lo más mínimo en los debates.

Durante la campaña electoral asomó la cabeza una tímida reacción ciudadana a la ilegalidad criminal que encabezaba Uribe (“verdes). La oposición de izquierda legal (Polo) se hizo visible con la bandera de la equidad social. Los partidos tradicionales (liberal y conservador) se alinearon al lado del candidato ganador, buscando prebendas burocráticas para disputarse los poderes regionales y locales en las elecciones de octubre de 2011. El continuismo se mantuvo casi intacto.

El falso nacionalismo “anti-chavista” que la oligarquía orquestó, aprovechando la tensión diplomática con Ecuador y Venezuela, sumado a los triunfos militares sobre la insurgencia, se convirtió en una fuerte barrera ideológica-mediática, que obstaculizó el franco debate. El grado de polarización contra todo lo que se asimilara al discurso “bolivariano”, borró de la agenda el tema fundamental de nuestra existencia: la dominación imperialista y la traición oligárquica a los intereses nacionales.

Es claro que el enfoque de todas las campañas políticas – con la excepción parcial de la que presentó Gustavo Petro en los últimos 2 meses de campaña – le facilitó al establecimiento la ocultación del grado de subordinación de la Nación colombiana al imperio y a las transnacionales extranjeras.

Sin embargo, se pudo percibir que amplios sectores del pueblo empezaron a manifestarse en contra de esa política. La corrupción, el desempleo, la inseguridad en las ciudades, fueron temas que movieron a diversos sectores de la población. El chantaje de la amenaza terrorista empezó a mostrar sus limitaciones.

“Unidad Nacional santista” y “Diálogo Nacional petrista”

La convocatoria a la “unidad nacional”, el perfil de los nuevos ministros designados, la apertura a dialogar con la oposición y a adoptar algunos de sus planteamientos (tierra expropiada a los narcotraficantes para entregar a desplazados y campesinos pobres), la disposición a restablecer las relaciones con los gobiernos vecinos y a manejar con criterios profesionales los asuntos internacionales, las buenas maneras frente al poder judicial, la labor mediadora del vice-presidente Angelino Garzón con la iglesia para el tema de derechos humanos y con las cúpulas sindicales para asuntos laborales, todo ello y otros gestos y llamados, como el de “superar los odios y la polarización”, han creado la idea de un distanciamiento entre Santos y Uribe. Hay quienes aseguran que es inminente el rompimiento entre sucesor y patrocinador.

Es posible que Uribe - quien está preocupado por defender sus espaldas y las de sus cómplices -, no haya entendido que su ciclo al servicio del imperio y de la oligarquía colombiana, llegó a su fin. Su “endiosamiento interesado” por parte de los medios de comunicación oligárquicos, lo pueden tener todavía obnubilado. De no reaccionar rápido, Uribe puede terminar enfrentado con sus patronos. Corre el riesgo de convertirse en un apetitoso “chivo expiatorio”. Todo depende de su capacidad de negociación. También, que el poder judicial mantenga su dinámica punitiva frente a los graves crímenes cometidos durante los ocho años de su gobierno. No hay que olvidar que los gringos y los oligarcas muchas veces pagan mal, como lo ratifica el caso del general Noriega en Panamá.

También juega la presión que mantengan las fuerzas democráticas colombianas, las organizaciones de las víctimas y las organizaciones sociales. El nuevo gobierno tiene como función principal la de profundizar la política imperial en Colombia y Latinoamérica, y para ello tienen que ocultar los crímenes que cometieron en alianza con la mafia. Necesitan montar un nuevo ambiente de “apariencia democrática”; de sensibilidad social con los desplazados, las víctimas y los pobres; de preocupación por los temas medio-ambientales; y de concertación con los sectores sindicales y los trabajadores estatales.

Allí es donde las fuerzas democráticas no nos podemos equivocar. Si corremos a ayudarles a montar ese escenario, sin poner condiciones, sin hacer un esfuerzo serio y consistente por unificar a TODOS los sectores populares y fuerzas interesadas en impedir la impunidad y el engaño, entonces la oligarquía y el imperio podrán – aprovechando nuestras debilidades evidentes – salirse con la suya.

Es necesario hacer una profunda reflexión. Cometimos grandes errores durante la pasada campaña electoral y, por tanto, es necesario reencontrarnos. Los amigos del Partido Verde estaban dispuestos a impulsar desde el gobierno una “legalidad democrática”. Es hora de llamarlos a ponerle dientes a ese postulado, y a que sean consecuentes con sus principios “ético-morales”.

El Polo a través de su candidato Petro posicionó unas propuestas sobre tierras, agua, víctimas y equidad social, y audazmente las ha mantenido vigentes con su iniciativa de “Diálogo Nacional”. Es hora de concertar su visión personal con el conjunto del movimiento social. Hay que diseñar una estrategia colectiva y ponerle verdadera sustancia popular a la tarea. Es la única manera de impedir que el nuevo gobierno perfile e implemente fórmulas cosméticas y programas demagógicos, que además de ser una estafa se conviertan en una nueva frustración para nuestro pueblo.

Sólo la más férrea Unidad, de todas las fuerzas políticas democráticas, del movimiento social y de amplios sectores del pueblo colombiano que no participaron de la pasada jornada electoral, podrá efectivamente “cogerle la caña” al nuevo gobierno santista-uribista, salirle al paso a la impunidad y empezar a construir un nuevo camino hacia la conquista de la Segunda (2ª) y verdadera Independencia.

Por ello, este 20 de julio debemos levantar la consigna de luchar por la verdadera independencia de Colombia y por la construcción de la Patria Grande Latinoamericana.

Nota histórica: Es evidente que la Primera (1ª) Independencia, proclamada hace 200 años, fue traicionada por la oligarquía. Una apariencia de república, una “institucionalidad democrática de papel”, ha sido el instrumento legal que les ha servido para promover su falso patriotismo. Por ello, no se entiende que el MOIR (integrante del PDA) avale artículos como “Santander, constructor de la República” de José Fernando Ocampo T., en donde se afirma que “Santander lo que hacía era estructurar la nación y poner a marchar las estructuras políticas y económicas del futuro. Fue un constructor estratégico. Gloria a Francisco de Paula Santander”.[5]



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[1]Las principales empresas colombianas han pasado a manos extranjeras y hay nuevos compradores en fila. Ver: http://www.cambio.com.co/714/index.html

[2]Ver: Hernán Pérez R. “Sin maíz no hay país”. http://alainet.org/active/17986&lang=es. Francisco Mosquera, fundador del MOIR dijo: “Vienen por todo: por la plata de los ricos y el sudor y la sangre de los pobres”.

[3]Heinz Dieterich. “El plan para destruir a Cuba”. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=108386

[4]Ver: http://selvasorg.blogspot.com/2010/03/colombia-bloque-hegemonico-y-juego.html

[5]Ocampo T., José Fernando. “Santander, constructor de la República”. http://www.moir.org.co/Significado-del-Bicentenario-VIII.html

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