miércoles, 6 de mayo de 2015

EL AGUA "ENDIABLADA"


Cuentan que un trabajador social europeo llegó a una aldea árabe muy antigua y apartada de la civilización. Los aldeanos sufrían graves problemas de salubridad. Las enfermedades de origen hídrico tenían alta incidencia entre la población infantil. Él iba con la misión de ayudarles a construir un acueducto. Hasta ese momento la población se abastecía de agua tomándola de una pila que quedaba en el centro del pueblo.
Después de discutir el problema la gente se organizó, diseñaron la forma de construir un acueducto por gravedad, trayendo el agua desde varios kilómetros de distancia. Así se hizo. En poco tiempo se construyó un moderno acueducto y se inauguró con tremenda fiesta. Satisfecho el cooperador internacional regresó a su casa.
Se acordó de ese pueblo en unas vacaciones. Después de 20 años regresó a ver qué había pasado con la obra y a saludar a los amigos que había dejado. Cual no sería su sorpresa cuando encontró el acueducto abandonado. ¿Qué había sucedido? Se imaginó lo peor. La indolencia, la pereza, o la ignorancia no les permitieron hacerle mantenimiento, supuso. Y, claro – se dijo a sí mismo -, lo dejaron acabar. Una rabia inmensa le fue creciendo en el alma que se le iba convirtiendo en furia sin control.
Cuando finalmente habló con la gente se sorprendió mucho más. Un hombre anciano le contó lo que había sucedido. Al principio todo era normal, la gente estaba feliz. Después de un tiempo atacó a la aldea una epidemia de mal genio, nadie se soportaba, cada cual andaba por su lado, las peleas eran a diario y los conflictos hicieron que mucha gente empezara a irse. Trajeron a un experto en psicología social que de poco sirvió. Se hicieron rituales, le rezaron a Alá, y emplearon toda clase de exorcismos. Alguien pensó que de pronto el agua estaba contaminada, y aunque le hicieron los exámenes de toxicología y no encontraron nada, decidieron suspender el servicio a ver qué ocurría.
La gente volvió a la pila de agua y en pocas semanas la comunidad estaba tranquila. Hoy se hierve el agua, algunos tienen unos filtros, y se han controlado las enfermedades gastrointestinales. “La gente se acuerda de usted”, le dijo el viejo al extranjero, “pero todos lo excusan diciendo… ¿cómo iba a saber que el agua estaba ‘endiablada’?”
Un poco acongojado el atónito y estupefacto hombre se integró con la gente. Participó en diferentes actividades sociales pero siguió pensando en el problema. ¿Qué había sucedido realmente? Después de reflexionar sobre el asunto llegó a la siguiente conclusión: Al eliminar la necesidad de acudir a la pila, se había prescindido del espacio donde realizaban sus vínculos esenciales. Allí intercambiaban en forma natural, compartían desde chismes hasta cosas materiales. Era en ese sitio donde resolvían sus disputas, se enamoraban, socializaban. Era normal que se desequilibrara la vida de esa comunidad al producirse ese vacío. El recoger el agua de la misma forma durante siglos hacia parte fundamental de sus vidas.
Él nunca tuvo en cuenta algo tan sencillo, pero tan básico. “Ellos” creían que el agua estaba “endiablada”, pensó. Estuvo tentado a presentarles su explicación del fenómeno dado que su “racionalidad positivista” lo impulsaba a combatir la superchería. Pero se detuvo. ¡No seas tan bruto!, se dijo reprendiéndose. No iba a cometer el mismo error dos veces.
Aunque sabía que estaban equivocados se consoló a sí mismo diciéndose que en el fondo, más equivocado estaba él. Llegó a la conclusión que lo principal fue que los pobladores encontraron una “solución propia”. Fue un gran aprendizaje.

martes, 5 de mayo de 2015

URIBE SE TREPA AL CARRO DE LA PAZ

El imperio ordena la política en Colombia…

URIBE SE TREPA AL CARRO DE LA PAZ

Bogotá, 5 de mayo de 2015

“No ver la vida en movimiento nos lleva a estar retrasados frente a lo que ocurre. Esa es la base del pesimismo y la eterna queja”.

Introducción

Es un hecho: Santos y Uribe caminan hacia la unidad estratégica. El acuerdo entre las dos fracciones de la oligarquía (grandes latifundistas-burgueses agrarios y gran burguesía trans-nacionalizada) va en el sentido de reforzar la “Paz” que ellos necesitan. Pero además, le harán frente unidos a la situación económica y política, no sólo en lo nacional sino también en lo regional e internacional. Uribe pondrá unas condiciones, Santos otras, pero el acuerdo está cercano. Así lo ordenó el imperio del Norte. Ante ese mandato “no hay tutía que valga”: La burguesía cortesana y el latifundismo obsecuente tienen que hacer caso. “Donde manda capitán no manda marinero”.

Tres elementos entraron en  juego durante los últimos 15 días que contribuyeron con la concreción de esa voluntad norteamericana: los 21 militares muertos en el Cauca (usados por Uribe para arrinconar a Santos); los altos funcionarios de Uribe condenados por la Corte Suprema de Justicia (usados desde la sombra por Santos para arrinconar a Uribe); la enorme caída de la imagen de Santos y del respaldo al proceso de Paz. Resultado: saldo a favor de Uribe.

¿Cómo compensar las fuerzas? Santos rehabilita a Uribe diciendo – a través de Néstor H. Martínez – que “Uribe es un patriota” y “que no es enemigo de la paz” (http://bit.ly/1DLntX6). Todo apunta a que el gobierno de Santos va a aceptar los inamovibles de Uribe: 1. Cese de actividades bélicas por parte de las FARC (que ya es un hecho); 2. Concentración de tropas con verificación; y 3. Aceptación de mínimos de justicia, es decir, cárcel para los comandantes de la guerrilla.

Así, el proceso de Paz entrará en una nueva crisis que será aprovechada por Uribe para arrinconar más a Santos y subirse elegantemente al carro de la Paz. Santos acaba de mostrar – una vez más – el cobre. Su pasado uribista es un ancla oscura y pesada que le impidió avanzar con decisión hacia una paz plena y digna.  La presión democrática en favor de la Paz debe mantenerse pero ahora el énfasis debe recaer en denunciar los nexos de Uribe y Santos, en sus intereses comunes y en la necesidad de la movilización contra sus políticas neoliberales y antipopulares.

Lo determinante: La política estadounidense

En Panamá se oficializó la política estadounidense de “distensión forzada” con el bloque de países latinoamericanos encabezados por la ALAC, UNASUR, el ALBA y un conjunto de naciones que han asumido una política propia frente al debilitamiento económico y político de los EE.UU. Estos gobiernos, pueblos y países latinoamericanos intentan construir soberanía política y autonomía económica apoyándose en las inversiones rusas, chinas, iraníes, etc., y en el poder “sub-imperial” de Brasil. Aprovechan la agudización de las contradicciones geo-estratégicas entre los bloques económicos globales para consolidar su independencia e integración.

El gobierno de los EE.UU. encabezado por Obama llegó a la conclusión – después de grandes aventuras y reveses en Afganistán, Irak, Siria, Libia y Ucrania –, que en América Latina no existen condiciones para realizar a corto plazo una intervención militar directa. Es por ello que oficializaron un proceso de distensión con Cuba, acercamientos con Venezuela, y acuerdos diplomáticos con Brasil para tratar de recuperar o estabilizar relaciones económicas y políticas con la región, tomar aire y ganar espacio, abriéndole campos y dinámicas a la Alianza del Pacífico. Así, rediseñan su estrategia. 

Obama tuvo que enfrentar a los republicanos y convencerlos de que se trata de una pausa táctica pero es evidente que no van a renunciar a desarrollar paralelamente sus prácticas subversivas para desestabilizar las economías de aquellos países donde sus gobiernos no se amolden a sus “sugerencias” (reales imposiciones). Tampoco desisten de la infiltración, el saboteo político y mediático, la financiación de fuerzas “democráticas” (derechas camufladas y vestidas de “ciudadanías neutrales”, etc.), y tratarán de aprovechar las contradicciones entre intereses regionales (Ej. Táchira y Zulia en Venezuela; Guayaquil en Ecuador; Santacruz de la Sierra en Bolivia, etc.), intereses étnicos (indígenas, afros, mestizos), generacionales u otro tipo de diferencias sociales para promover enfrentamientos y disturbios. Ha sido su conducta reiterada.

De hecho ya lo hacen con suficientes recursos tecnológicos y monetarios en Venezuela, Brasil, Argentina, Bolivia y otros países, y están logrando importantes avances aprovechando las vacilaciones y errores de los partidos y frentes políticos democráticos que presionados por las burguesías locales y permeados por fenómenos de corrupción, han permitido que las derechas retomen la iniciativa política mientras los pueblos y los trabajadores entran en ciertas conductas cercanas al escepticismo y la desmoralización política.

Esa nueva política imperial es una de las causas de que en Colombia esté en pleno desarrollo un realineamiento de las fuerzas políticas oligárquicas. Uribe y Santos están en trance de acercamiento y unidad (http://bit.ly/1GVyl8n).

El caso colombiano     

Colombia – así sea en medio de la guerra – se ha convertido en un país de gran importancia económica y política para la región. No sólo compite con Argentina por ser la tercera economía de América Latina, después de Brasil y México, sino que desde el punto de vista político lidera la Alianza del Pacífico, ocupa la secretaría de UNASUR, y hace cola ante la OCDE para ser recibida dentro del club de las 34 naciones “con mejores prácticas económicas”. Es decir, juega a dos bandas con la asesoría y la dirección estadounidense.

La burguesía trans-nacionalizada – encabezada por el actual presidente Juan Manuel Santos – se la jugó por la negociación política con las FARC para lograr la terminación del conflicto. Son inmensos los intereses de los inversionistas internacionales para apoderarse (“en Paz”) de grandes territorios y enormes riquezas naturales, así como para explotar el turismo, los mercados locales y la mano de obra. Necesitan una “paz a su medida” para impulsar un “proceso democrático” que sirva para asimilar a su legalidad y a la economía formal a la población de zonas marginales que es controlada por la insurgencia y lograr un clima óptimo para la inversión capitalista.

Ese “proceso de Paz” no pudo ser concertado inicialmente con Uribe. El expresidente era presionado por los grandes latifundistas, burgueses agrarios, poderosos mineros ilegales, mafias narcotraficantes y militares corruptos que viven de la guerra. Por eso se opuso a los diálogos desde un principio. Su temor consistía en que las fuerzas democráticas pudieran romper los diques de ese “proceso democrático controlado” y desarrollaran un fuerte movimiento que pudiera llevar al esclarecimiento de la verdad histórica del conflicto armado. El peligro para Uribe era que dicho movimiento terminara juzgándolo – a él y a sus cómplices – por los graves crímenes cometidos durante el auge de la guerra paramilitar contra la guerrilla.

Sin embargo son los intereses transnacionales los que se imponen. El gobierno de Santos diseñó una estrategia para distanciarse hábilmente de las cúpulas mafiosas y paramilitares y ha utilizado el aparato judicial – desde la sombra –, para arrinconar a Uribe, juzgando y llevando a la cárcel a casi toda la plana mayor de funcionarios de la entraña uribista, lo que ha sido su carta para neutralizar al expresidente y obligarlo a buscar acuerdos. Por eso, a medida que el lazo de la justicia se acerca a su cuello, Uribe ha tenido que cambiar su comportamiento.

Por un lado, ha confeccionado ataques a los diálogos de La Habana mediante saboteos y provocaciones orquestadas desde el interior de las filas militares, y ha utilizado los graves errores de las FARC para desprestigiar al gobierno y al proceso de Paz, lo que le ha permitido mantener y aumentar su capital político. Pero al mismo tiempo, ha presentado propuestas en favor de la salida negociada al conflicto, las cuales se hicieron públicas al final de la campaña presidencial de su candidato Zuluaga. De ser un absoluto opositor a los diálogos pasó – paulatinamente – a plantear unos puntos inamovibles que son sus cartas de negociación para subirse al carro de la Paz por la puerta delantera, con la posibilidad de convertirse en copiloto.

El resultado de ese juego de ajedrez no va a ser otro que la impunidad para Uribe, la rebaja de penas para sus cómplices ya condenados, el tratamiento suave para los que van a regresar del exilio y la impunidad para los altos mandos militares comprometidos con el paramilitarismo y los crímenes de guerra. La ley de “punto final” con base en un diseño especial de “justicia transicional” que incluya a los jefes insurgentes, es lo que al final terminará por aprobarse en nombre del patriotismo y de la democracia.

Pero en el fondo estos son los elementos secundarios. Estos aspectos – aunque parezcan determinantes – son los menos importantes para el gran capital. Esta recomposición entre “comadres” como los calificó un analista (http://bit.ly/1FLYwiR), es lo que tienen para despistar a la opinión pública. Lo más importante y fundamental es impedir que las fuerzas democráticas colombianas – que en la anterior campaña electoral crecieron al calor de la lucha por la Paz y reivindicando la justicia social – no tengan ninguna posibilidad de crecimiento y de triunfo político. No era posible para la oligarquía ofrecerle a los demócratas y a la izquierda la cabeza de Uribe como premio a su insistencia por la Paz y la Reconciliación.

Y a la par con esa preocupación está la situación económica en declive, con un desplome del 40% de las exportaciones, la caída de los precios del petróleo, el bajón en la inversión extranjera y la crisis fiscal del Estado. Todo ello al juntarse, no le permitirá al gobierno cumplir en lo más mínimo con sus promesas de inversión social durante la etapa de los post-acuerdos (post-conflicto). Eso ya lo estamos comprobando con la respuesta del gobierno al actual paro magisterial. El tratamiento a los conflictos sociales que están represados va a ser la dilación, la mentira, el engaño, y finalmente, la represión. Y para enfrentar esa situación es indispensable que se unan las dos fracciones de la oligarquía. ¡El palo no está para hacer cucharas!

Consecuencias para la izquierda

Al interior de la izquierda surgió un debate – aún no resuelto – sobre naturaleza de las diferencias entre Uribe y Santos. Para el MOIR (Robledo) “Santos es igual a Uribe”. Fue la razón para llamar a votar en blanco en la 2ª vuelta presidencial de 2014. Según el senador polista, no había diferencias entre ellos. Para Clara López y los sectores llamados “progresistas” sí existían contradicciones. Santos es – según ellos – respetuoso de la legalidad democrática se había distanciado de la mafia paramilitar. Por ello creían que la contradicción entre Uribe y Santos era irreconciliable y se hacían ilusiones con Santos sobre su voluntad de Paz y su compromiso con la democracia formal (burguesa). Ambos sectores – según mi opinión – tienen un enfoque unilateral.

Nuestra posición es diferente. Uribe representa al latifundismo y a la gran burguesía agraria, profundamente reaccionaria, anti-democrática y anti-comunista a morir. Por ello, no estaban dispuestos a ceder en lo más mínimo frente a reivindicaciones sectoriales de los campesinos y colonos de las zonas marginales del país. Además, están obsesionados con las revoluciones democráticas de América Latina y sienten que el “castro-chavismo” es el “comunismo del siglo XXI”. Para ellos la única vía es el exterminio y la tierra arrasada. Son los “neo-conservadores” colombianos. Están apoyados por los sectores más retrógrados de los republicanos estadounidenses y por la ultra-derecha latinoamericana y española.  

Santos – en cambio – representa a la burguesía trans-nacionalizada, moderna, globalizada, que en otros países usa la democracia formal (restringida en Colombia) para mantener la estabilidad y la “paz” para poder explotar eficazmente a los trabajadores y someter a los pueblos. En el caso colombiano esa gran burguesía siempre se sometió a los mandatos de sus “mayores” latifundistas y grandes terratenientes y sólo hasta ahora, intenta una nueva vía para superar una guerra que le estorba y que les impide explotar con mayor eficiencia las riquezas de nuestro país y la mano de obra trabajadora. Santos es taimado, no es frentero, posa de decente y legalista, aparenta ser reformista y progresista, pero en verdad es frío, calculador y no vacila – al igual que Uribe – en utilizar el crimen y la trampa para lograr sus intereses de clase.

Finalmente la burguesía trans-nacionalizada ha impuesto su punto de vista y sus intereses. No sin los pataleos y forcejeos del latifundismo uribista. Obama intervino y el conflicto intra-oligárquico va a ser superado.      

La realidad va a obligar a los dos sectores de la izquierda a replantear sus posiciones. El hecho es que quienes apoyaron a “Santos contra Uribe” (entre los que me incluyo) se posicionaron ante la opinión pública como verdaderos estadistas que antepusieron sus intereses particulares en favor de la Nación y la Paz. Al empujar a Santos hacia la firma de los acuerdos – además de ayudar a desenmascarar al mismo Santos – también presionaron a Uribe. Las condenas a los ministros y ex-funcionarios de Uribe, y demás verdades que se están conociendo, son en gran parte fruto de esa actitud.

Para los sectores que votaron en blanco – que no apoyaron a Santos – va a ser una especie de “teníamos la razón”. Sin embargo, si no captan la vida “en movimiento”, tampoco podrán responder correctamente a la nueva situación. Algunos de estos sectores colocarán el énfasis en que es más importante condenar a Uribe que salir del conflicto armado y así, podrán convertirse en aliados de los sectores guerreristas que prefieren “seguir la guerra otros 100 años” a permitir que la sociedad perdone a TODOS los que cometieron crímenes. De lado y lado.

Los primeros deben desechar sus ilusiones en Santos. Los segundos, aprender a que las más mínimas fisuras son aprovechables. Ambos tendrán que unificarse para presionar a las FARC y a Santos-Uribe para firmar la terminación del conflicto armado y para profundizar la lucha contra el modelo neoliberal. A la vez, para impedir que una falsa “apertura democrática” – cocinada al calor del proceso de Paz – se convierta en una trampa para engatusar al pueblo con veleidades oportunistas. Si ello se logra, se aclara el camino.       

Conclusiones y propuestas

La oligarquía y el imperio han redefinido su estrategia. La “Paz” va, pero a su medida. Los acuerdos en las cúpulas de las clases dominantes podrán acelerar la dinámica de los diálogos – en medio de la guerra – y todo dependerá de la guerrilla. La mayoría de la sociedad – derechizada por los últimos acontecimientos – apoyará al “nuevo dúo dinámico” de la Paz y la insurgencia tendrá que evaluar entre asegurar lo ya firmado o mantenerse en la vía armada.

Lo que ocurre entre Santos y Uribe no es una vuelta a atrás. A pesar de que Uribe retomó la iniciativa parcial por efecto de los errores de las FARC y las vacilaciones de Santos (dejarse provocar en el terreno de operaciones y no depurar las fuerzas militares de mandos uribistas), finalmente – debido a la presión que tiene Uribe de la justicia – éste se va a trepar al carro de la Paz.

¿Qué le conviene al movimiento democrático? Que se firme la Paz. Así sea limitada y programada en favor del gran capital. Así se aprueben perdones y reconciliaciones de apariencia. Pero lo que es bien cierto, y así no lo quieran reconocer las clases dominantes, ese paso hacia la terminación del conflicto armado será un triunfo de los demócratas y le abrirá un espacio inmenso a la organización y a la movilización popular, que ya no tendrá encima el “sambenito” de ser acusada de estar infiltrada por la guerrilla. No será un camino de rosas pero al menos nos quitamos ese “karma” de encima.

Lo importante es también entender que el principal escenario de la lucha cambió. El eje ha ido pasando de lo rural a lo urbano, y de lo armado a la protesta civil y a la acción política electoral. La protesta de los maestros – casi todos “profesionales precariados” – es una muestra de las verdaderas movilizaciones populares del siglo XXI en Colombia. Como lo fue la movilización estudiantil de 2011 y como lo fueron los “cacerolazos” de solidaridad con el paro agrario en 2013. Desgraciadamente la dirigencia de izquierda todavía los dirige y maneja con enfoques y criterios del siglo XX, o sea, con una visión “estatista”, sectorial, reivindicativa y estrecha[1].

Lo inmediato es desarrollar una estrategia política que combine la participación electoral (la defensa de los avances sociales en el caso de Bogotá) con la construcción de procesos ciudadanos y comunitarios que vayan más allá de lo electoral. Conformar espacios participativos en los barrios y localidades, con espíritu unitario, en donde las fuerzas democráticas (independientes, alternativas, progresistas y de izquierda) tanto de carácter social como político profundicen en el esfuerzo de crear nuevas formas de democracia – “desde abajo” – directa, deliberativa, social, ciudadana, comunitaria y popular.

Es claro que en esa dinámica tienen cabida los revolucionarios socialistas, comunistas, libertarios y aún, anarquistas, que quieran integrarse al “movimiento democrático” para contribuir desde las bases a construir esas nuevas formas de democracia. Para ello tenemos que trabajar con los dos pies, uno puesto en lo institucional y el otro, en la organización popular. En un espacio con visión de gobierno, en el otro con concepción de Poder.

Muchas personas y sectores políticos no ven los acercamientos y niegan la posibilidad de la unidad táctica y estratégica entre Uribe y Santos. He allí el detalle de no entender la dinámica de la vida en permanente movimiento. Realmente… ¡Nunca hay vuelta a atrás!

[1] La lucha de los “profesionales de la educación”, en la que deberían estar involucrados todos  los profesores, del sector estatal y privado, universitarios y de educación primaria y secundaria, hace parte de las luchas del “nuevo proletariado”, de los “profesionales precariados”, y deben contar con una orientación más política, que involucre al conjunto de la sociedad, que plantee por encima de todo el debate sobre  la naturaleza y la calidad de la educación. Como lo intentaron hacer los estudiantes universitarios en 2011, aunque esa lucha también quedó a mitad de camino.   

jueves, 30 de abril de 2015

URIBE Y SANTOS EN TRANCE DE UNIDAD

URIBE Y SANTOS EN TRANCE DE UNIDAD
Bogotá, 30 de abril de 2015
Que el expresidente Uribe se reúna intempestivamente con el principal ministro de la Presidencia, Néstor Humberto Martínez, después del encuentro que habían tenido la “Tutina” y Lina, esposas de las cabezas del santismo y el uribismo, es un síntoma de cómo las fuerzas del establecimiento oligárquico han empezado a medir y a calcular – no sin cierto temor – el crecimiento de las fuerzas democráticas en el país. La alerta está cantada y los intereses estructurales que ambos representan – latifundismo y burguesía trans-nacionalizada – se empiezan a juntar de nuevo. Esa ha sido la historia de siempre en Colombia.
¿Qué ocurre con Uribe y Santos? Nada más y nada menos que al primero se le acerca el lazo de la justicia al cuello. Sus cómplices deben estar presionando con mucha fuerza desde el exilio y la cárcel. Eso atemoriza a Uribe y pone nervioso a Santos. Son grandes los secretos y crímenes de Estado que ambos ocultan. Muchas cosas oscuras pasaron por sus manos. Son demasiados los riesgos que tienen si tensionan al máximo la cuerda. Todo apunta a que sus patrones mayores del Norte les dieron la orden de aflojar y llegar a acuerdos. Como hacen entre demócratas y republicanos en los EE.UU.
Pero eso no es lo más grave. El proceso de Paz necesita a un Uribe para que el establecimiento en su conjunto sea el ganador. Las clases dominantes no pueden darse el lujo de permitir que las fuerzas democráticas o las de la insurgencia aparezcan como triunfantes ante un sector de la oligarquía (Uribe). Los EE.UU. ratificaron en Panamá su apoyo a la negociación con las FARC en el marco de la distensión estadounidense con Cuba y es por ello que la orden perentoria a Uribe y a Santos es la de asumir una férrea disciplina oligárquica. El latifundismo y la gran burguesía trans-nacionalizada necesitan priorizar sus intereses vitales y el imperio marca la pauta estratégica e  impone el orden.
Pero además, lo que más les preocupa es la situación económica. Vientos fuertes de crisis se avizoran en el panorama. Ya se presentan fuertes marejadas en el terreno de las finanzas estatales. Se está desinflando la burbuja inmobiliaria (vivienda) en la que se pretendía soportar el plan de desarrollo del segundo gobierno de Santos. Otras burbujas que se apoyaban en el mercado de automóviles y productos tecnológicos ya muestran su agotamiento. Las tarjetas de crédito ya no soportan la artificial bonanza de un mercado en proceso de cierre. Las ventas han empezado a derrumbarse. A ello se suma el fuerte déficit de la balanza de pagos que refleja la crisis del sector productivo colombiano que depende en grado sumo de los ingresos del petróleo y el sector minero. La caída de los precios del petróleo han golpeado con fuerza los ingresos del Estado y el futuro en ese campo no es promisorio.
Además, la política se torna compleja para las clases dominantes. Los sorpresivos resultados de las elecciones internas del Polo Democrático Alternativo – con más de 400.000 votos – los ha alarmado al máximo. Ellos contaban con que ese partido estaba en agonía. Ahora se encontraron con la candidatura de Clara López para la Alcaldía de Bogotá. Ella cabalga sobre una “ola mediana” que se formó fruto de la unidad de la izquierda en la 1ª vuelta presidencial del año pasado. Esa ola posteriormente se potenció en la 2ª vuelta con la consigna de la lucha por la Paz. Esa situación les ha hecho entender que hay que arremeter unidos contra los avances de los sectores democráticos y populares. Saben que las jornadas de los estudiantes en el 2011, el rechazo a la reforma de la justicia, los paros agrarios en 2013 y la actual protesta de los maestros, si encuentran respaldo y posibilidades de desarrollo en una Convergencia Democrática, van a desencadenar fenómenos políticos que no sólo serán el soporte para mantener el control de la administración capitalina sino que se pueden convertir en un posible antecedente de triunfo para el 2018.
Y es que ellos sí son absolutamente conscientes que el futuro de Colombia se define en gran parte en Bogotá. Todo apuntaba hasta hace unos pocos días que en las elecciones de octubre de 2015 se enfrentarían 3 bloques, dos de derecha y uno de izquierda. Pero es evidente que el uribismo y el santismo por separado le otorgan una enorme ventaja a una convergencia democrática encabezada por Clara López. Es por eso que los acercamientos entre Peñalosa y Pardo se han acrecentado, pero es indudable que un acuerdo de mayor tamaño se cocina entre bastidores. No es casual la gestión de Roy Barreras ante Uribe: los mandaderos no actúan por sí mismos. Santos y el gobierno de los EE.UU. son los verdaderos mandantes de esas gestiones.
Es por ello que… ¡ha llegado la hora y el momento de las definiciones...!!
El verdadero “centro político” que construyeron hace 8 años Antanas Mockus, Lucho Garzón, Sergio Fajardo y Enrique Peñalosa ha desaparecido del escenario político. Garzón y Peñalosa fueron cooptados por la casta política tradicional. Mockus a regañadientes se resiste después de su contrato con el gobierno de Santos y trata – al igual que Fajardo – de mantenerse en el campo independiente refugiándose en un pequeño partido, la Alianza Social Independiente, que es una amalgama informal e inorgánica de toda clase de expertos negociantes de la política “alternativa”, muy al estilo de los que sobreviven todavía en la cúpula burocrática de la Alianza Verde (dueños de Opción Verde).  
La izquierda, progresistas, "verdes-sociales", alternativos, independientes, liberales sociales, tendrán que unificarse, y no tienen otro candidato/a más viable para la alcaldía de Bogotá que Clara López, con todos los defectos que ella pueda tener o que le achacan sus críticos de oficio. Para triunfar deberán disputarle a los otros dos bloques (santismo y uribismo en proceso de fusión) un gran sector de la clase media que está indecisa. Ese bloque democrático liderado por la izquierda tendrá que hacer un trabajo pedagógico para convencer a esas clases medias que la “inversión social sí paga” y que sus dirigentes tienen la decisión de rectificar su desempeño administrativo mejorando su capacidad gerencial y atendiendo problemas urgentes que requieren medidas de choque (movilidad, seguridad, ambiente).
El paro de los educadores es otro elemento que está ayudando a clarificar la política. Santos, ahora en la dinámica de unidad de acción con Uribe, con la intención de “hacerse pasito”, es decir, para buscar la mejor forma de perdonar los crímenes al expresidente y atenuar las penas a sus cómplices – entre ellos –, los militares, tiene que ser EMPUJADO y FORZADO a hacer la PAZ por las fuerzas democráticas. Dicha presión debe incluir la más amplia movilización contra sus políticas neoliberales y anti-populares. Esa dinámica social y política va a obligar a Petro y a algunos sectores que se hacían ilusiones con Santos, a integrarse – ojalá más temprano que tarde – al bloque democrático que lidera la izquierda en Bogotá.
En el resto del país seguro que habrá que barajar de nuevo. La alianza del santismo y el uribismo – en ciernes – clarificará la política de los sectores democráticos y populares. La lucha por la Paz sigue siendo una bandera viable. El voto táctico y consciente por Santos, potenció a las fuerzas democráticas pero también sirvió para agudizar las contradicciones entre Uribe y Santos. Hasta donde era posible y táctico lograrlo. Dicha estrategia sirvió para fortalecer la imagen de estadista de Clara López, y la convirtió en un gran capital político que es fundamental en las elecciones locales y regionales de octubre de 2015, y que son determinantes de cara al 2018.
Robledo va a salir a decir… ¡Se los dije, “Santos es igual a Uribe”! Pero no. No es así. Santos y Uribe son diferentes. El uno representa al latifundismo, el otro al gran capital trans-nacionalizado. Pero ambos, cuando surgen amenazas de los sectores populares y democráticos, se unifican alrededor de sus intereses oligárquicos y pro-imperiales.
Lo principal en el campo democrático es que no se crea que esta situación es resultado de la acción de la guerrilla, como ya lo pregonan ciertos sectores triunfalistas cercanos a ella. Las fuerzas amigas de la insurgencia pueden ser muy buenas para organizar marchas y concentraciones masivas (no tan grandes como se pregonan), con base en una militancia bien financiada y disciplinada, pero están muy lejos de poder obtener el respaldo electoral de amplios sectores de la población que tienen muchas reservas frente a su comportamiento degradado durante el conflicto y a su insondable y desconocida visión de gobierno.
El bloque democrático debe construir un amplio movimiento ciudadano de carácter social, poli-clasista y plural, que – como ya lo hace Clara López – convoque a todas las fuerzas de la civilidad y de las nuevas ciudadanías emergentes (ambientalistas, mujeres, jóvenes, LGTBI, ciclistas ecológicos, animalistas, practicantes del hip hop y el rap, movimientos culturales, profesionales precariados, etc.) que están ansiosas por participar y construir el cambio en nuestro país y ayudar a sacarlo de su sempiterno y eterno atraso.

La fusión entre el uribismo y el santismo (en desarrollo) debe interpretarse como el último esfuerzo por impedir la Paz que necesita Colombia. Esa Paz con justicia social  ya empezó a ser construida desde la Bogotá Humana y va a tener continuidad con un gobierno democrático liderado por una izquierda moderna y ciudadana como la que representa Clara López. ¡Así debe ser!

viernes, 27 de marzo de 2015

DERROTAR A LA BURGUESÍA CORTESANA

Unificar al movimiento democrático...
DERROTAR A LA BURGUESÍA CORTESANA
Bogotá, marzo 25 de 2015
Los demócratas y los revolucionarios colombianos hemos fallado en el conocimiento de nuestra realidad. Hemos copiado teorías producidas para otras naciones o pueblos. Se ha tratado de encuadrar la realidad haciéndola coincidir artificialmente con teorías preconcebidas. Se han idealizado sectores sociales y personas, para apegarnos a ellos y a sus ideas, sin asumir posiciones críticas transformadoras de nuestro pensamiento y acción. Y por ello, nos hemos equivocado.
Uno de los problemas serios que no hemos logrado resolver es el de identificar con claridad una estrategia que nos permita unificar a las fuerzas del cambio. No hemos logrado desentrañar la doble naturaleza de la oligarquía. Por ello construimos e incentivamos falsas ilusiones en supuestos comportamientos “democráticos”, “progresistas” y/o “nacionalistas” de parte de algunos sectores de las clases dominantes. Y esa idea nos ha dividido.
Hoy estamos en la antesala de un hecho histórico: la superación – así sea parcial – de un conflicto armado que nos ha consumido durante 69 años, si tomamos como referencia las primeras embestidas violentas de los “chulavitas”[1] contra los campesinos que en 1946 se expresaban organizadamente por el acceso y la distribución democrática de la tierra.
Lo especial del momento es que si no tenemos claro quiénes son sinceramente los amantes de la Paz y de la democracia, podremos repetir experiencias que en el pasado nos condujeron a enormes derrotas, basadas – fundamentalmente – en la división de los sectores populares. Comprender la naturaleza de la burguesía colombiana es vital para construir la unidad de las fuerzas democráticas y diseñar una política correcta para poder avanzar.
La naturaleza antinacional y antidemocrática de la burguesía colombiana
La burguesía colombiana nació en el seno de la oligarquía terrateniente. Es la hija menor del gran latifundio colombiano. Además, creció a la sombra del poder de los imperios. Primero, a la cola del imperio británico. Después, bajo la tutela del imperio estadounidense o gringo[2]. Por ello, no es una burguesía nacional. ¡Nunca lo será!
A diferencia de lo ocurrido en Brasil, Uruguay y Argentina, en donde durante el siglo XIX arribaron migrantes europeos que traían el espíritu emprendedor y la iniciativa creadora de una burguesía en ascenso, en los países andinos – Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia – las burguesías nativas heredaron el espíritu aristocrático y colonial,  las costumbres burocráticas y parasitarias, y el comportamiento clientelar de las elites españolas.  
Reconocer la naturaleza de esa clase capitalista, su condición dependiente, su carácter débil, su esencia cortesana, su ideología reaccionaria, su cobardía genética, es fundamental, determinante y decisorio para resolver el problema que tenemos entre manos: terminar el conflicto armado e iniciar la construcción de una verdadera Nación en democracia.
Esa burguesía – a pesar de los atisbos progresistas de algunos industriales antioqueños[3] – nunca fue capaz de enfrentar a sus primos mayores, los grandes terratenientes. Tímidamente planteó en 1936 y 1968, unas limitadas reformas agrarias que fueron frenadas sin mucho esfuerzo por la clase latifundista. Sólo a finales de los años 80s del siglo XX, la burguesía dio muestras de algún grado de dignidad y coherencia – a través de un solitario Luis Carlos Galán Sarmiento –, enfrentándose aisladamente al imperio y a la corrupta oligarquía en el terreno de la lucha contra las mafias narcotraficantes. Por eso lo mataron.
Las erradas lecturas de la izquierda
La izquierda colombiana durante el siglo XX se equivocó varias veces en esta materia. La primera, cuando el Partido Comunista en la década de los años 30, se puso a la cola de la “revolución en marcha” de Alfonso López Pumarejo siguiendo las orientaciones de construir los llamados “Frentes Populares contra el Fascismo”. Se creyó por entonces en la supuesta voluntad reformista de un sector de la burguesía. ¡Grave error!
La desgracia es que ese error fue continuado con acomodaticias interpretaciones  sobre la existencia de una burguesía democrática y otra reaccionaria. Ello se presentó debido a que durante el período del Frente Nacional (1958) se fortaleció una burguesía burocrática – en su mayor parte liberal – que utilizó el discurso de Gaitán para engañar al pueblo, con promesas de cambio social y el chantaje del fascismo conservador. Hernando Agudelo Villa fue el adalid teórico de esa corriente política que finalmente claudicó ante la burguesía trans-nacionalizada durante el gobierno de Ernesto Samper Pizano.    
Otra, cuando Francisco Mosquera, fundador y principal dirigente del MOIR interpretó dogmáticamente la estrategia de la Nueva Democracia de Mao Tsé Tung (válida para China donde efectivamente existía una burguesía nacionalista) y demostró equivocadamente – para sí mismo y para su partido –, la existencia de una “burguesía nacional”. Su demostración la hizo a partir de análisis eminentemente económicos que desconocieron en forma determinista los aspectos históricos, las influencias culturales coloniales, los amarres ideológicos conservadores y los entrelazamientos que siempre han existido entre burgueses y grandes latifundistas en nuestro país.
La burguesía colombiana ha tenido numerosas contradicciones y motivos para enfrentarse con el imperio estadounidense. Pero nunca lo hizo. Siempre agacharon la cabeza y llenaron sus bolsillos con pequeñas dádivas imperiales. Primero, cuando los estadounidenses segregaron a Panamá y nos pagaron una miserable compensación. Luego, cuando se apoderaron del petróleo a través de las ventajosas concesiones otorgadas por gobiernos entreguistas. Más adelante, cuando nos impusieron el paquete neoliberal iniciado con la apertura económica. Simultáneamente, cuando aprobaron la “guerra contra las drogas”. Y ahora, cuando a la sombra del Tratado de Libre Comercio imponen condiciones onerosas a la economía nacional que impiden cualquier desarrollo autónomo y llevan a la quiebra a numerosos sectores industriales y agrarios.
La naturaleza servil, parasitaria y entreguista de la burguesía colombiana siempre la condicionó para que después de algunas quejas lastimeras y pataleos efímeros – que al final demostraron que eran simples pantomimas para engañar al pueblo fingiendo actitudes nacionalistas – terminara negociando con el imperio y aceptando sus imposiciones. Es una realidad inocultable que ha sido demostrada por la historia.
“Pacho” Mosquera lo preveía y decía en 1978: “Esta burguesía le teme más al pueblo que al imperio”[4]. Pero posteriormente – en la década de los años 80s –, olvidó esa verdad. Fue así como concertó alianzas con sectores profundamente reaccionarios (Hernando Durán Dussán, J. M. Arias Carrizosa) que fueron los precursores de Uribe en su lucha, no contra el imperio estadounidense sino contra el “social-imperialismo soviético” y las FARC, consideradas por el teórico “moirista” como los principales enemigos de la humanidad y de la Nación colombiana. Así, de ésta manera, profundizó su error. 
¿Qué importancia tiene en este momento este tipo de análisis?
Mucha y grande. Las izquierdas en Colombia están divididas precisamente por las diversas interpretaciones que hay de ese problema.
El MOIR mantiene su posición de que existe una burguesía nacional y ha mostrado – después de la muerte de su fundador en 1994 – gran disposición a entablar alianzas sobre todo con la burguesía agraria con la consigna de la “defensa de la producción nacional”. En el pasado Paro Nacional Agrario de 2013, actuando a través de las “Dignidades Agropecuarias”, privilegió la unidad de acción con la burguesía agraria encabezada por Uribe, por encima de cualquier acuerdo con las organizaciones campesinas que luchaban por una reforma agraria democrática. Pero lo más grave, cedió ante los intereses de los grandes productores agrarios (cafeteros, especialmente) que privilegiaban la concertación con el gobierno de subsidios y otras prebendas económicas, renunciando a la lucha por la revisión del TLC en asuntos urgentes y graves para el sector agropecuario.
Por otro lado, los Progresistas, encabezados por Gustavo Petro, consideran a Juan Manuel Santos como un “burgués progresista” por el hecho de estar impulsando el llamado “proceso de Paz” con las FARC y porque se enfrentó a Álvaro Uribe Vélez. Esa teoría se construyó desde los tiempos de los acuerdos que el M19 realizó con Álvaro Gómez Hurtado en el marco de la Asamblea Nacional Constituyente, en donde se hablaba de una “burguesía decente” y otra “militarista y autoritaria”. Es así como Antonio Navarro, Camilo González Posso y Gustavo de Roux, – a nombre del AD-M19 y a la luz de esa teoría – integraron el gobierno de César Gaviria como Ministros de Salud y legitimaron la reforma neoliberal de la Salud denominada Ley 100 de 1993. Fue una verdadera traición.
Y finalmente, otros sectores de izquierda y demócratas, consideran que la “burguesía burocrática” que últimamente han encabezado políticamente el ex-presidente Ernesto Samper Pizano y Horacio Serpa Uribe, es potencialmente “revolucionaria” porque en sus discursos y planteamientos abogan por un Estado interventor, se han destacado por la “defensa de los derechos humanos”, la superación del conflicto por la vía política negociada y el respeto de los procesos de cambio que adelantan los pueblos vecinos. Pero esta “burguesía burocrática” nunca ha enfrentado con seriedad la política neoliberal. Fueron incluso blandos con Uribe. Serpa representó a ese gobierno ante la OEA y Samper ha dado muestras de enormes vacilaciones frente a las políticas antipopulares de Santos.  
¿Qué nos dice la experiencia de los países vecinos que tienen características similares a las nuestras? ¿Qué podemos aprender de ellos?
La experiencia de los países andinos
Las revoluciones democráticas en marcha en América Latina han mostrado el carácter de las burguesías locales y nos enseñan claramente qué camino seguir. En Venezuela, Ecuador y Bolivia, fueron los sectores populares los que se levantaron contra las oligarquías y desencadenaron los procesos revolucionarios, unos más profundos que otros, pero todos con la constante de que las burguesías de esos países se plegaron a los intereses de las oligarquías entreguistas y mostraron su naturaleza antinacional y antidemocrática.
En Venezuela sólo un sector minoritario de los liberales – encabezados por Luis Miquelena – se colocó del lado de Chávez pero rápidamente, en 2002, con ocasión del golpe de Estado, retroceden y se pasan al lado de la burguesía parasitaria y del imperio estadounidense. En ese país fue el núcleo popular apoyado por militares nacionalistas el principal eje social y político del proceso revolucionario triunfante y en desarrollo. 
En Bolivia, en donde se presenta el proceso de resistencia más avanzado contra el neoliberalismo, son las masas populares encabezadas por los habitantes de la ciudad de El Alto y de la provincia de Cochabamba, acompañadas por movimientos campesinos, mineros e indígenas, quienes derrocan al presidente Lozada y derrotan políticamente a la oligarquía boliviana. La burguesía boliviana, ubicada principalmente en el departamento de Santa Cruz, se opone a la revolución y solo 10 años después, ha concertado una especie de tregua con el gobierno de Evo Morales, pero su intención es frenar el proceso revolucionario y pactar nuevos acuerdos con el sub-imperialismo brasileño que tiene gran influencia en esa región.
En Ecuador la situación es similar. La “Revolución Ciudadana” tiene sus bases sociales entre campesinos, indígenas y población pobre y de clase media de las grandes ciudades, cansadas de la politiquería tradicional y de la entrega de los recursos naturales a las grandes transnacionales extranjeras. La burguesía siempre estuvo con la oligarquía y el imperio.
En Perú y Colombia la interferencia de la lucha armada – degradada por el imperio y por las posiciones militaristas de la insurgencia – han impedido que los sectores populares impongan su hegemonía social y política y arrastren a la izquierda hacia verdaderos y profundos procesos de cambio y transformación.
Otros sectores sociales potencialmente revolucionarios
Por otro lado, es importante destacar la existencia de tres sectores sociales que tienen en Colombia una importancia primordial. Uno es, el de los pequeños y medianos empresarios y productores industriales y agrarios. No son propiamente burgueses, son pequeños burgueses. Este sector se puede unir a las masas populares alrededor de un programa contra la corrupción, la politiquería, el clientelismo, la falta de transparencia y la ineficiencia político-administrativa de la casta política. Ya se han expresado de diferentes maneras pero la izquierda los asusta con sus posiciones nacionalistas estrechas y con sus predicamentos “estatistas”. Este sector social – en esencia pequeño-burgués – defiende el capitalismo y le teme a lo que fue el socialismo en el siglo XX en Rusia. Sin embargo, es una fuerza potencialmente revolucionaria y democrática.
Otro sector es el de los trabajadores del Estado (educación, salud y servicios). Estos trabajadores son los que mantienen – precariamente – al movimiento sindical. De ser vanguardia de las luchas populares durante las décadas de los años 70s y 80s del siglo pasado, hoy están a la defensiva ante la ofensiva privatizadora que ha desarrollado la burguesía trans-nacionalizada. Es el sector de clase más propicio a entablar alianzas con la “burguesía burocrática” con la que coincide en construir un Estado interventor, paternalista y asistencialista. Para que estos trabajadores retomen la iniciativa debe impulsarse una especie de reingeniería mental y política para involucrarlos en un proceso que rompa con la ilusión remota del “Estado de Bienestar” y los integre a las nuevas corrientes de cambio. En Ecuador y Bolivia están enfrentados con los gobiernos de Correa y Evo. 
Y finalmente están los “profesionales precariados”, la Nueva Clase Trabajadora, el “nuevo proletariado”, los “proletarios con título” y los “proletarios con emprendimiento”. Son millones de profesionales y técnicos que a pesar de su capacitación profesional están cada vez en condiciones similares o peores a la de los trabajadores asalariados. La mayoría no son propietarios de medios de producción o si los tienen – ej., un pequeño emprendimiento – están completamente subordinados y al servicio de las grandes transnacionales y de la burguesía financiera. En su mayoría dependen de un salario, trabajan con la mente, el conocimiento y la información, y sus ingresos se reducen año tras año. Sus condiciones laborales cada día se hacen más difíciles. La constante son los contratos temporales bajo la modalidad de “contratos de prestación de servicios”. Los que tienen una pequeña empresa trabajan 14 o 16 horas diarias, viven endeudados y pagan altos impuestos. Muchos se encuentran desempleados o hacen parte del subempleo estructural que existe en Colombia.
Estos tres sectores pueden jugar un papel importante en esta fase de la revolución colombiana pero se debe entender que los pequeños productores y los “profesionales precarizados” no son totalmente nacionalistas, al estilo de las revoluciones nacionalistas del siglo XX. Son conscientes de la globalización de la economía y de una u otra manera sobreviven en medio de ella, tienen una mentalidad cosmopolita y global, están desarrollando otra visión del desarrollo económico, empiezan a madurar nuevos métodos para romper el monopolio de las grandes transnacionales, aspiran a contar con la ayuda del Estado pero no en términos de expropiaciones y control estatal de la economía como ocurre en Venezuela. Ya empiezan a mostrar nuevas dinámicas económicas (pro-común colaborativo, economía de equivalencias, solidaridades transversales, prácticas de “bienes comunes”, manejos novedosos del internet y las comunicaciones) que requieren de nuevas miradas y concepciones políticas adecuadas por parte de los demócratas y la izquierda.[5]
La nueva estrategia y la coyuntura electoral de la Alcaldía de Bogotá
Los demócratas colombianos y particularmente la izquierda bogotana tienen la oportunidad de desarrollar una nueva estrategia política en la actual coyuntura electoral de 2015 para gobiernos locales y regionales.
Esa estrategia consiste en hacer los máximos esfuerzos por unificar a todos los sectores independientes, alternativos, socialdemócratas, liberales sociales, progresistas y de izquierda, alrededor de una candidatura políticamente viable.
En esta contienda la teoría del enemigo principal – Uribe –, no aplica. La contradicción principal está entre quienes quieren profundizar los cambios y transformaciones de tipo social y aquellos que desean regresar la rueda de la historia para colocar la administración capitalina al servicio de los partidos políticos corruptos aliados de todo tipo de monopolios y mafias. Poco a poco los que se lucran de la propiedad de la tierra, los dueños de los grandes negocios de la construcción, los que controlan el manejo y van por la privatización de las empresas de servicios públicos, los que impulsan un modelo de ciudad al servicio del gran capital, y en general, los que están jugados por derrotar la política de la “Bogotá Humana”, se están unificando, muestran su verdadero rostro y tratan de aprovechar algunas falencias gerenciales del actual alcalde Petro para derrotar a la Izquierda.
Por ello la prioridad para las fuerzas democráticas es la unidad entre el Polo Democrático Alternativo, los Progresistas-petristas, los Progresistas de Alianza Verde, la gente de la ASI y otros sectores ciudadanos organizados que recogen numerosos sectores de la población que luchan por conquistar espacios democráticos como las mujeres, los ambientalistas, los LGTBI, los animalistas, los ciclistas ecológicos, los trabajadores de la cultura, y en general la juventud capitalina. Hay mucho por explorar en esa unidad que no debe limitarse a los partidos políticos organizados. El potencial es enorme si se mira más allá de las estructuras tradicionales y se exploran las llamadas “nuevas ciudadanías”[6].
Rafael Pardo podrá presentarse como “progresista” pero siempre ha demostrado que está al servicio de las políticas neoliberales. Además está preso de las fuerzas más corruptas de la Unidad Nacional. Y por otro lado, así llegara a acuerdos con la izquierda, muchos de sus votantes van a preferir votar por un candidato de la derecha, así sea un uribista. Es mejor que Pardo canalice individualmente esos votos e impida que el “frente contra la izquierda” que empuja Enrique Peñalosa y Carlos Fernando Galán, se convierta en una realidad.
La unidad de las izquierdas y el centro-izquierda puede ser la antesala de un Gran Frente o Coalición Democrática para el 2018 que garantice el triunfo de las fuerzas democráticas.
¿Cómo hacerlo? Básicamente entendiendo la urgencia de la unidad y la pertinencia de llegar a acuerdos. Clara López debe entender que el proyecto político de la “Bogotá Humana” tiene elementos de máxima importancia que deben defenderse. Y Petro debe comprender que la única forma de darle continuidad y mejorar ese programa, es con la izquierda unida en su conjunto.
Descartar las ilusiones en los supuestos sectores “nacionalistas”, “progresistas” y o “democráticos” de la burguesía, es el aspecto principal. Derrotar los egos y las prevenciones, es parte de esa tarea. Precisar los contenidos de los programas para tener bases ciertas para los acuerdos es el paso siguiente e inmediato. Definir procedimientos, nombrar compromisarios de gran experiencia y credibilidad, y de frente a la población, reconocer los errores que se hayan cometido, son pasos fundamentales para retener la Alcaldía de Bogotá en cabeza de los sectores democráticos y de izquierda, en beneficio de la mayoría de los bogotanos.
Si lo hacemos de esa manera, daremos un paso importante en el camino de llegar al gobierno nacional en 2018.
Idea estratégica por desarrollar
Acceder al gobierno local, departamental y nacional no es suficiente para resolver los problemas que ha generado la política neoliberal y para enfrentar la crisis sistémica y ambiental que es el resultado catastrófico del modo de producción capitalista vigente. Se requiere paralelamente desarrollar un proceso de construcción de Democracia Directa. Álvaro García Linera habla de la “democracia de la calle”, de la “democracia plebeya” pero la reduce a una especie de ayudante de la democracia representativa, para garantizar una “nueva gobernabilidad”[7].
En Colombia se puede y debe construir una corriente anti-sistémica (anti-capitalista y post-capitalista) que haga parte del “movimiento democrático”, que actúe con “paciencia estratégica”[8], ayude a derrotar a los partidos tradicionales, construir verdadera Paz y desencadenar un proceso de democratización del país.
Ese será el tema de un próximo artículo: ¿Pueden y deben los revolucionarios anti-capitalistas hacer parte del “movimiento democrático”?    




[1] Chulavitas: fuerzas armadas – oficiales y paramilitares – que utilizó el gobierno conservador de Mariano Ospina Pérez contra los campesinos que luchaban por la tierra.  

[2] Gringo: Palabra utilizada por el pueblo mexicano ante la invasión estadounidense de su territorio. “Green-go”, o sea, “verdes váyanse”, era la frase utilizada durante la guerra de los EE.UU. contra México que despojó a éste último país de lo que hoy son los estados de California, Nuevo México, Arizona y Texas.

[3] La excepción de esos industriales fue Hernán Echevarría Olózaga, pero el conjunto de la burguesía antioqueña demostró ser profundamente reaccionaria.

[4] Francisco Mosquera. “Lecciones de táctica y de lucha interna”. 1978

[5] Jeremy Rifkin. “La sociedad de coste marginal cero. El Internet de las cosas, el procomún colaborativo y el eclipse del capitalismo”. Editorial PAIDÓS – Estado y Sociedad. Barcelona, España. 2014

[6] García Abello, Yezid. “Las nuevas ciudadanías”: https://yezidgarciaconcejal.wordpress.com/2015/03/26/las-nuevas-ciudadanias/

[7] Álvaro García Linera:  http://www.telam.com.ar/notas/201503/97925-garcia-linera-bolivia-america-latina.html  

[8] Fernando Dorado. “Paciencia estratégica”: http://alainet.org/es/active/79309

lunes, 9 de marzo de 2015

ACERCA DE LA MUERTE DE JORGE ELIÉCER GAITÁN

 Lunes, 02 Marzo 2015 

«El 9 de abril de 1948, a la una y diez minutos de la tarde, fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán Ayala, el caudillo, sin duda alguna el dirigente político más importante del siglo veinte en Colombia.»

Por Gabriel Ángel

Colombia es un país de frustraciones, por eso no tiene nada de extraño que quien mejor supo interpretar los anhelos de cambio y de justicia social arraigados en su pueblo, desapareciera de manera súbita cuando todo indicaba que sería el próximo Presidente de la República. Para entonces nuestro país se contorsionaba en un poderoso impulso transformador. Eran un hecho las formidables jornadas de la clase obrera pujando por el reconocimiento de sus derechos con un notable sentimiento antiimperialista, en tanto que en la Colombia rural, los campesinos libraban verdaderas batallas por la tierra contra el latifundio. Burgueses y terratenientes cerraban filas alrededor de sus dos partidos tradicionales, inyectando de visceral fanatismo a sus seguidores, en una puja por el control absoluto del poder del Estado. Los conservadores habían monopolizado el gobierno durante más de 40 años hasta 1.930. Y los liberales recién habían perdido el poder tras 16 años de sucesivos gobiernos.

El momento político era angustioso. Ospina Pérez presidía el ejecutivo para el partido conservador que no quería ceder esa posición. Los liberales la habían perdido porque una disidencia surgida en su seno posibilitó la victoria de su único contrincante. Ese disidente fue Gaitán, quien ahora, debido al triunfo arrollador de sus listas en las elecciones al Congreso en 1947, se había tomado la dirección oficial del partido y ganado el derecho a ser el candidato a la Presidencia. Gaitán tenía ideas que resultaban muy raras para la tradicional dirigencia burguesa del liberalismo. Y abiertamente escandalosas para la elite conservadora. Hablaba de la oligarquía liberal conservadora y decía que el hambre de los conservadores y liberales del pueblo no tenía color político, por lo que estos deberían unirse contra esa oligarquía. Se metía en las huelgas de los obreros para apoyarlos, aunque las dirigieran comunistas, y movía a la organización de los campesinos contra el latifundio.

Además Gaitán sentía una profunda aversión por la forma como las grandes compañías norteamericanas saqueaban las riquezas naturales de nuestro país, al tiempo que aplicaban condiciones de abierta explotación con la mano de obra colombiana. Sus denuncias en el Parlamento sobre la masacre de las bananeras no habían sido simples arrebatos juveniles. En sus últimos días tomó muy en serio la idea obrera de crear una empresa colombiana de petróleos en lugar de prorrogar la concesión a la Tropical Oil Company. El gobierno de los Estados Unidos se mostraba empeñado en adelantar una campaña anticomunista que impidiera la filtración de esas ideas en toda América. Por eso promovió la creación de la Organización de Estados Americanos, como una especie de pacto continental por el que los países de su interés inmediato se comprometieran a perseguir en su territorio a todos aquellos que resultaran sospechosos de tener inclinaciones marxistas. Ya se había puesto en marcha la aplicación de la doctrina de Seguridad Nacional. Recién habían sido fundados el Consejo Nacional de Seguridad y la Central de Inteligencia Americana, organismos encargados de cumplir esa tarea.

 El Partido Comunista Colombiano, por entonces una organización joven, había perdido el contacto con el Partido Comunista de la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial. Al igual que todos los partidos comunistas latinoamericanos, consultaba y recibía orientaciones del Partido Comunista de los Estados Unidos, encabezado por un señor Browder, quien originó una corriente reformista que se llamó browderismo. Fueron ellos quienes aconsejaron a los comunistas colombianos no apoyar a Gaitán en las elecciones presidenciales de 1946, cuando se lanzó como candidato disidente del liberalismo, en oposición a Gabriel Turbay, el candidato oficial. Este hecho representó quizás el error político más grande cometido por los comunistas colombianos en su historia. El Partido Comunista había nacido al calor de las luchas obreras y campesinas de los años treinta, contaba con muchas simpatías en esos sectores. Su respaldo a la candidatura de Gabriel Turbay resultó incomprensible para millares de campesinos y obreros que se decepcionaron por completo de él.

La oligarquía liberal conservadora odiaba a Jorge Eliécer Gaitán, lo consideraba además un intruso, un aparecido. No tenía origen ilustre ni riquezas, ni apellidos. Ni siquiera el color blanco en la piel. Tenía aspecto de indio. Por eso en sus editoriales en la prensa lo bautizaron como el Negro, el Indio, y le achacaron todos los vicios posibles, tanto a él como a sus seguidores. Decían que todos los delincuentes eran gaitanistas. Y lo acusaron de fascista, de demagogo, de comunista, de embaucador. Lo caricaturizaban de manera infamante. Gaitán decía que no era un hombre, que era un pueblo e hizo de ¡A la carga! su grito de combate. Gilberto Viera, dirigente comunista y patriarca del partido, fallecido no hace mucho tiempo, decía que el Partido Comunista había restablecido y mejorado sus relaciones con Gaitán poco antes de su muerte, luego de una remezón interna que cambió la dirección reformista influenciada por el browderismo. Al parecer la rectificación fue tardía.

Los gringos organizaron en Bogotá la Conferencia Panamericana, de donde surgiría la OEA, su instrumento anticomunista. El gobierno colombiano invitó a la conferencia a todas las personalidades del país, excepción hecha de Gaitán, jefe del liberalismo y virtual Presidente de la República. Una organización estudiantil latinoamericana con sede en Cuba pensó en organizar una cumbre estudiantil paralela al evento continental. Uno de sus representantes fue Fidel Castro, quien era apenas un muchacho de 23 años. Fidel y otros de sus compañeros se entrevistaron con Gaitán de manera breve y estaban citados en su oficina el 9 de abril a las dos de la tarde para conversar más largamente. Durante el gobierno de Mariano Ospina Pérez se desató una persecución violenta contra el pueblo liberal y comunista. En varios departamentos del país comenzaron los crímenes contra familias enteras, en los cuales aparecían involucrados siempre los jefes conservadores locales y la policía del régimen, conocida como la Chulavita.

Gaitán denuncia esta política de sangre y clama por la paz. Dos meses antes de su asesinato organiza la llamada Marcha del Silencio, cuando pronuncia su inmortal Oración por la Paz. Quien le disparó a Gaitán fue Juan Roa Sierra, linchado casi de inmediato por la multitud enardecida que estalló en forma espontánea tras el hecho. Lo que nunca determinaron los jueces e investigadores es quién estuvo realmente tras el crimen. El gobierno y la prensa se apresuraron a acusar a los comunistas. Todo con el fin de atizar la violencia contra ellos. El pueblo colombiano no necesitó pruebas para entender que el homicidio tuvo su origen en la oligarquía que combatió siempre Gaitán y en el Imperialismo que ponía en práctica su guerra preventiva. Dicen que el asesinato quedó impune. No es cierto, el pueblo entero se alzó, aunque no haya triunfado en su momento. Pero la lucha por que se haga justicia aún está vigente y cada día toma más fuerza. Las ideas del caudillo siguen vivas, el comandante en jefe de las FARC-EP fue uno de los miles de campesinos que se sumó a las guerrillas organizadas para enfrentar la violencia descarada del régimen tras la muerte de Gaitán. Y los millares de guerrilleros farianos disparan sus fusiles para hacer posible la Colombia Nueva, esa que no pudo ver Gaitán pero que verá sin duda su pueblo.

Casona, 9 de abril de 2004