Menos mal que los magistrados de la Corte Suprema de Justicia van a dar una lección de paciencia estratégica que impedirá que los planes neo y pro-fascistas de Uribe puedan hacerse realidad. Y muchos políticos colombianos deberán tomar nota de ello.
miércoles, 19 de agosto de 2020
URIBE: ENTRE LA IMPUNIDAD Y LA DERROTA POLÍTICA
Menos mal que los magistrados de la Corte Suprema de Justicia van a dar una lección de paciencia estratégica que impedirá que los planes neo y pro-fascistas de Uribe puedan hacerse realidad. Y muchos políticos colombianos deberán tomar nota de ello.
viernes, 7 de agosto de 2020
Uribe “preso”, los demócratas colombianos y la asamblea constituyente
martes, 28 de julio de 2020
NO QUEREMOS MÁS LIMOSNAS… ¡QUEREMOS TRABAJAR!
![]() |
| Pancarta de comunidades de barrios del norte de Popayán (Cauca-Colombia) |
Lo que debe quedar más claro todavía es que es necesario y urgente recuperar nuestra perspectiva anticapitalista y postcapitalista para orientar las luchas que se avizoran en el inmediato futuro.
miércoles, 22 de julio de 2020
La Covid-19, la medicina patriarcal-capitalista y el remedio ancestral
miércoles, 8 de julio de 2020
LA OLLA COMUNITARIA Y LA COVID-19
![]() |
| Olla comunitaria del barrio Canal La Florida |
LA OLLA COMUNITARIA Y LA COVID-19
Popayán, 7 de julio
de 2020
Organizar, sostener y mantener
una “Olla Comunitaria” en tiempos normales para apoyar una huelga obrera o una
movilización campesina, es una práctica en nuestras tradiciones normales de
lucha. Pero, otra cosa bien diferente es hacerlo en medio de una pandemia y un
confinamiento obligatorio (cuarentena) como el que vivimos.
En algunos barrios de Popayán
hemos podido sostener ese esfuerzo comunitario en el marco de impulsar una
estrategia de organización que responde a un momento excepcional y
extraordinario, a una emergencia sanitaria y humanitaria, y a una crisis
económica (desempleo) que se agudiza y hace prever la ocurrencia de alzamientos
y rebeliones populares en el próximo e inmediato futuro.
Mucha gente nos ha ayudado a
sostener nuestras Ollas Comunitarias. Desde amig@s y conocid@s que se
solidarizan con la causa popular hasta sindicatos, organizaciones sociales,
cooperativas campesinas, o personas del común que se sienten sensibilizados por
el momento que vivimos. Unos y otros nos han colaborado para mantener el
espíritu del fogón y la Olla Comunitaria en medio de esta crisis sanitaria. A
todos, a ellos y ellas, les agradecemos en el alma su aporte solidario y
humanitario.
La Olla
En Colombia el término “olla” se
utiliza de muchas maneras. “Estoy en la olla” quiere decir que está jodido. “Ese
barrio es una olla” se dice sobre un sector considerado de baja calaña. Es
posible que la utilización peyorativa del término “olla” tenga que ver con cierta
psicología “semi-lumpen” de los colombianos, alguna herencia de paisas
aficionados al tango y a lo arrabalero, que los lleva a identificar “lo
cocinado” con “algo ablandado”, “muy preparado”, “demasiado comible”, “posiblemente
digerible” o hasta “quemado”.
Pero claro, la olla es
indispensable en nuestra vida diaria. “Vamos a levantar para la olla”, “hay que
echarle algo a la olla”, son frases comunes entre nuestro pueblo. En los
barrios populares no falta la olla grande, el “fondo”, que también le llaman.
Allí se prepara el sancocho de gallina que es una forma de rebusque en muchas
partes y lugares, sobre todo los días domingos o en un festivo especial. En la
Costa Caribe se prepara el “trifásico”, y en cada región el plato típico que
ordena la tradición.
La olla es el elemento principal
de la cocina. En ella se concentra el fuego, el aire (vapor), el agua y la
tierra, convertida en productos comestibles. En la olla se materializa la obra
de arte que es la cocina humana. Para que funcione está el fogón que es la
esencia del lugar ancestral donde se reunía y dialogaba la familia (“la tulpa”).
A su alrededor aparece la mesa y el ambiente del comedor, así se coma en la
mano. En la olla se combinan todos los componentes del alimento, pero no solo
los materiales. Hay allí una verdadera comunión espiritual. Alguien decía que
los pueblos deben esforzarse por “comer sabroso” si en realidad quieren
proyectarse hacia altos niveles de existencia. En la comida está el vivir.
La Olla en comunidad
La Olla Comunitaria significa la
concreción de una unión que va más allá de la familia. Su práctica es una
tradición rural, no solo herencia indígena o negra sino también del Común
español. La gente aporta lo que puede, así sea un plátano o unas papas. La olla
comunitaria es un símbolo de Unidad, de trabajo colectivo y colaborativo, una
muestra de solidaridad y reciprocidad, un signo de que nos ayudamos y cuidamos
mutuamente. Y en donde hay una olla comunitaria llega –casi por derecho propio–
el desvalido, el hambriento, el abandonado, así no haya sido invitado. La Olla
lo atrae, lo acoge, lo protege y lo llena, lo sacia. 
Olla comunitaria en el sector de La Paz
La Olla Comunitaria es algo que
ataca al individualismo en su esencia. Los ricos y egoístas se sienten
incómodos frente a su presencia. Les atemoriza que el espíritu de la olla
comunitaria rebase los límites de un día o de una ocasión especial. Muchas
veces, van y regalan más de lo que deben dar, para tratar de apropiarse de ella
y quitarle el poder a la gente que la sostiene. La Olla Comunitaria es en sí
misma un símbolo de rebeldía popular, de autonomía compartida, de unión
transformadora.
Siempre lo hemos afirmado: Que en
plena pandemia unos “pobres” organicen una olla comunitaria para compartir un
poco de comida con otros más “pobres” que ellos, es una señal de esperanza, un
mensaje de que algo puede pasar después de esta prueba que la naturaleza le
está colocando a la humanidad. Es un aliciente colectivo.
Nuevas relaciones entre humanos
Pero además, un sancocho comunitario
tiene un significado mayor. Por algo Bateman[1]
en su momento hablaba y convocaba al “sancocho nacional”. Que cada cual aporte
de acuerdo a sus condiciones y necesidades es algo transformador. Es una
especie de trueque pero de mayor alcance y nivel. Que el aporte no tenga una
medida impuesta e igualitaria sino que sea indiscriminado, implica una nueva
forma de relación entre las personas. Sabemos que no somos iguales pero nos hacemos
pares alrededor de una comida en común. Es una acción que produce gran
satisfacción, no por lo que comemos sino porque lo compartimos.
Lo comunitario enfrenta de una
manera práctica al capitalismo deshumanizador e individualista. Lo hace de
hecho y sin necesidad de normas o de permisos. Sentir la felicidad de compartir
un sancocho comunitario con personas que por aparte estarían aguantando hambre
o comiendo mal, es un sentimiento que reconforta y anima. Y sobre todo, si allí
participan niños y adultos mayores que lo necesitan. Y al hacerlo nos
hermanamos, nos hacemos superiores, somos más humanos y más humildes.
En medio de la pandemia
En los barrios de Popayán en
donde hemos logrado sostener la Olla Comunitaria en medio de la pandemia, han
habido intentos de denunciarnos ante la policía porque supuestamente estamos
violando los protocolos de bioseguridad. En la mayoría de casos son barrios que
tienen una seguridad colectiva, se han organizado “retenes comunitarios” para
evitar contagios externos, pero es indudable que nos sometemos a un riesgo. Por
ello, debemos extremar cuidados, no relajarnos frente a la expansión del
coronavirus, pero ante todo, hay que seguir rescatando y reviviendo el espíritu
de la Olla Comunitaria para convertirlo en guía y soporte de nuestras
organizaciones y luchas futuras.
En la Olla Comunitaria está materializada la figura de la rebeldía popular: no dejarnos individualizar. No se trata tanto del fogón y de la olla, en sí mismos. Es la acción misma de juntarse en la olla comunitaria que es construir relaciones de colaboración y ayuda mutua alrededor de esos elementos, para construir y re-construir comunidad.
[1] Jaime Bateman Cayón fue un líder revolucionario colombiano, fundador del M19 en la década de los años 70s del siglo XX. Murió tempranamente en un accidente de aviación.
lunes, 22 de junio de 2020
PROSUMIDORES Y RECICLADORES NACIDOS EN LA PANDEMIA
PROSUMIDORES Y RECICLADORES NACIDOS EN LA PANDEMIA
Popayán, 22 de junio
de 2020
En los barrios del norte de
Popayán, Colombia, especialmente en barrios periféricos, ha surgido una
iniciativa de organización comunitaria para enfrentar tanto la emergencia
sanitaria y humanitaria como la crisis económica que evidenció y potenció la
pandemia Covid-19.
La población de esos barrios populares
está constituida en su gran mayoría por personas provenientes de áreas rurales
de municipios caucanos o departamentos vecinos. Unos pocos individuos son de la
ciudad o veredas cercanas. La gran mayoría son integrantes de familias
desplazadas por la violencia o por la pobreza extrema.
Antes de la pandemia y del
confinamiento obligatorio obtenían sus ingresos de la economía informal. Son
vendedores ambulantes, moto-taxistas, trabajadoras domésticas, obreros de la construcción
y otras actividades similares. Su nivel de vida es precario y su futuro
incierto.
Después de organizarse alrededor
de los “huertos comunitarios de emergencia” que sirvieron para llamar la
atención y obtener algunas ayudas solidarias, las familias integrantes de ese
esfuerzo colectivo aspiran a convertirse en productores de su propia comida y
en recicladores de residuos orgánicos. Es una apuesta por rehacer sus vidas y enfrentar
un mundo en crisis que les ofrece y amenaza con la esclavitud moderna y/o la
indigencia camuflada.
Han ideado un proyecto que
consiste en producir simultáneamente peces (tilapia roja) y hortalizas mediante
la técnica de aguaponía familiar y urbana, y se están organizando para transformar
los residuos orgánicos que genera la población en abonos para sus huertas
caseras. Ya están montado dos (2) pilotos del proyecto para generar un efecto
demostrativo y conformar una primera asociación con las primeras 90 familias.
![]() |
| Preparando otro Huerto Urbano Comunitario en Lame |
Lo llamativo del proceso es que
el liderazgo lo ha asumido un grupo de mujeres relativamente jóvenes. Ellas
quieren dejar de ser trabajadores dependientes y sueñan con convertirse en
“prosumidores” (Rifkin),
productores y consumidores a la vez. Su meta es construir una economía
relativamente autónoma, que cuente con sus propias fuentes de energía y se
apropie de la cadena productiva para eludir los intermediarios que son los que
finalmente se apropian del fruto de su trabajo.
Poco a poco, en la medida en que
el proceso se ensancha y fortalece van apareciendo conflictos de mayor
dimensión. La lucha contra los monopolios privados que se apoderaron desde los
años 90s del siglo pasado (XX) de los servicios públicos se les apareció de
frente. Las tarifas y costos de la energía eléctrica, agua potable, gas
domiciliario y aseo se han incrementado en medio de la pandemia y el
confinamiento, la inconformidad general crece y los grupos “en movimiento” se convierten
en referentes de coordinación y lucha.
También deben enfrentar las
condiciones de ilegalidad de la propiedad de los predios en donde se instalaron
estos barrios, surgidos de la acción de urbanizadores piratas que utilizan a
funcionarios corruptos para estafar a gente humilde que “invierte” sus escasos
ahorros en comprar un “lote” que es entregado con un falso título de propiedad.
De esa manera, la vida obliga a
esas comunidades a enfrentar otros problemas acumulados. La alianza que se
formó en Popayán desde hace 25 años entre los transportadores y terratenientes
sigue “ordenando” la ciudad en favor a sus intereses. Grandes proyectos inmobiliarios
en extensos “lotes de engorde” ubicados estratégicamente están en el eje de sus
planes. Por ello se niegan a “formalizar” los asentamientos de familias
humildes porque son un estorbo para sus negocios. Aspiran a desalojarlos con
cualquier excusa. Rechazan la reforma urbana del suelo y se niegan a
democratizar la propiedad de la tierra que es el paso necesario para poder
realizar programas de vivienda para arrendatarios y gentes de bajos ingresos.
![]() |
| Huerto en el barrio Canal La Florida |
En medio de la pandemia han surgido iniciativas para desmontar los símbolos del poder de la antigua aristocracia payanesa y caucana (pinturas y estatuas de conquistadores españoles y próceres criollos de la independencia) siguiendo el ejemplo de otros pueblos del mundo que están tumbando los íconos que representan el esclavismo, el racismo y la discriminación social. Los movimientos sociales locales empiezan a visualizar esas acciones simbólicas y la tarea está a la orden del día.
Este proceso de organización de
los barrios del norte de Popayán muestra los desafíos que los sectores
populares tienen en medio de la crisis sistémica que vive el mundo del capital,
que se manifiesta no solo en los centros metropolitanos sino en la periferia
colonial y dependiente.
El reto es grande. Ya algunas
mujeres representaron al movimiento de la “agricultura urbana” en una marcha de
protesta que se organizó el pasado 18 de junio en Popayán. Es la primera vez
que participan en una actividad de ese tipo y con disposición natural y
rebeldía a flor de piel se pusieron al lado de estudiantes, sindicalistas y
otros sectores sociales.
Orgullosas y valientes portaban una hermosa y vistosa pancarta
que decía: “No queremos más limosnas… ¡Queremos trabajar!”.
La idea que está naciendo es
desarrollar un fuerte “movimiento social”, con auto-gobierno, auto-gestión
económica y nuevo sentido cultural y político. ¡Recién empezamos!
Nota: Solicitamos formalmente a las organizaciones sociales y
personas solidarias cualquier tipo de apoyo que nos puedan hacer. Los gobiernos
local y departamental no están colaborando en nada. Esta semana tuvimos que
suspender una Olla Comunitaria por falta de dinero. La información sobre esta
experiencia comunitaria se puede obtener en: https://www.facebook.com/Agricultura-Urbana-Barrios-Norte-de-Popay%C3%A1n-La-Paz-y-otros-111398423888137/?modal=admin_todo_tour
jueves, 4 de junio de 2020
Una forma de lucha “simbólica” en medio de la pandemia Covid-19
Una forma de lucha “simbólica” en medio
de la pandemia Covid-19
Popayán, 4 de junio
de 2020
Un grupo de personas de los
barrios periféricos del norte de Popayán se organizaron para construir con sus
manos unos Huertos Urbanos y Comunitarios en predios o lotes públicos del
municipio o departamento como una forma de llamar la atención del Estado y de
la sociedad, y conseguir –en primera instancia– alimentos de emergencia
(“mercados”) para atender la crisis humanitaria que se está viviendo en
Colombia y en el mundo entero.
No fue fruto de un trabajo
organizativo anterior ni mucho menos. Contaron con el apoyo de unos jóvenes
profesionales del sector agropecuario pero en realidad fue una decisión
obligada por la necesidad de obtener alimento para sus hijos en medio de la
dramática situación de hambruna e incertidumbre. No obstante, poca a poco se
fue convirtiendo en una nueva forma de protesta. Claro, los acumulados de vida de
las personas que se juntaron han ido adquiriendo una nueva fisonomía a medida que
el proceso avanza y se fortalece.
Además, en el camino de unirse
para cultivar la tierra se están dando cuenta que habían vivido muy desunidos
en sus barrios y veredas. Antes, cada uno por separado solo podía esperar a que
el gobierno, un politiquero o un milagro de Dios los librara de aguantar hambre
con sus hijos. Ello porque la gran mayoría son trabajadores informales
(moto-taxistas, vendedores ambulantes, empleadas domésticas, obreros de
construcción, etc.) y en medio de la cuarentena no podían salir a la calle a
“rebuscarse el diario”. Estaban a la merced de la voluntad de otros.
Después de varios días de
labranza decidieron organizar la Olla Comunitaria. Fue algo casi inmediato
porque necesitaban alimentarse colectivamente. Y de pronto, fueron apareciendo
adultos mayores del sector que no tenían donde comer y arrimaban a saciar el
hambre con la ayuda de los agricultores urbanos. Ellos los acogieron como si
fueran sus padres o abuelos, situación que es algo especial. ¡Que un grupo de
“pobres” se organice para compartir su alimento con otros más pobres que ellos
es algo realmente extraordinario!
Ese proceso de organizarse para
retar al coronavirus (con todo el riesgo que ello implica) y desafiar las
ordenes de confinamiento general (arriesgándose en un principio a ser
multados), lo pudieron hacer acogiéndose a las normas que otorgan excepciones a
quienes trabajan con alimentos (decreto 531/2020), pero significó –en la práctica–
un gesto de rebeldía e insubordinación. Así para ellos fuera algo natural para poder
resolver una necesidad.
Y así lo dice uno de sus
integrantes de nombre Armando Escobar: “No podemos dejarnos encerrar por la
pandemia”. Y afirma, que al juntarse para cultivar su propia comida en medio de
esta situación, actúan como una comunidad en acción y perciben “una fuerza
interna” que antes no habían sentido. No solo se convierten en referente de una
forma simbólica de protesta sino que inician un camino permanente de
construcción de autonomía y de un futuro que está en sus propias manos; en
manos de la comunidad que construyen.
Es así como en sus barrios y
veredas han empezado a sentirse las consecuencias de ese primer paso. Las
gentes están rompiendo con las pequeñas rencillas y peleas que antes los dividían
y se van unificando y entendiendo entre ellos. El gobierno se ha visto obligado
a llegarles con mercados, que han sido bien recibidos y los alientan a
fortalecer su determinación y autonomía. Además, ese resultado lleva a que otros
individuos se animen a sumarse a la tarea para lograr los beneficios inmediatos
y los que proyecten en adelante.
Ya se han organizado cuatro (4)
Ollas Comunitarias en ese sector de la ciudad. En La Paz, Lame, Canal La
Florida y Las Guacas. Y sendos lotes están en proceso de siembra y cultivo. Y
poco a poco estos grupos comunitarios que están integrados por personas y
familias provenientes de municipios caucanos o de otros departamentos, han
empezado a entender que el objetivo no puede ser obtener solo un “mercado” sino
que si mantienen y consolidan su organización y no se dispersan, pueden
construir su “propia economía”.
Además de la enorme diversidad de
procedencia se observa entre los integrantes de estas comunidades un sentido de
no dejarse diferenciar y sectorizar como lo hace el Estado. Las mujeres están
al frente pero no con sentido feminista. Las víctimas y desplazados por el
conflicto armado saben que además son desplazados por la pobreza y la necesidad
de vivir dignamente. Aunque todos se saben de origen indígena, negro o mestizo,
no es una diferencia que se marque sino
que se reconoce como una riqueza a explotar hacia el futuro.
Sin embargo, las diferencias son
de otro tipo: unos, los más veteranos que fueron desplazados del campo a edad
madura, quieren tierra para cultivar; otros, los más jóvenes ya han construido
mentalidad citadina y “jornalera”; y los intermedios, sobre todo las mujeres,
quieren construir algo “propio”, no se sienten campesinas pero tampoco quieren
tener “patrón”.
Pero sigamos. De alguna manera
ese tipo de protesta simbólica empieza a adquirir un gran valor en medio de la
pandemia. Como es un riesgo salir a las calles a protestar porque puede ser
causa de contagio del virus, se empiezan a diseñar nuevas formas de hacer
visible su determinación de lucha. La “fuerza interna” se convierte en su mayor
ventaja; sentirse haciendo algo por su propia voluntad los llena de confianza y
los hace fuertes frente al resto de la sociedad y ante el Estado. La fuerza
moral y la acción misma de “sembrar”, se convierte en potencia por explorar.
Es posible que muchas personas que
han estado colaborando con ideas, iniciativas o con aportes económicos, sientan
que este grupo de personas que han tomado como símbolo a la Agricultura Urbana para
actuar colectivamente en medio de la pandemia, estén iniciando una nueva forma
de lucha. Es una modalidad adecuada al momento; tiene la ventaja de que al
Estado y sus agentes no los pueden provocar o infiltrar y llevarlos al terreno
de la violencia para desacreditarlos y aislarlos. Seguramente si mandan agentes
a labrar la tierra, serán bienvenidos y bien alimentados.
Pero además, los gobiernos no
pueden impedir que la gente siembre su propia comida en terrenos públicos que
no tienen ninguna utilidad en medio de la cuarentena. No pueden acusarlos de
invasores porque ellos han planteado que es una ocupación provisional mientras
dure la pandemia y la crisis económica que está en ciernes. No puede el
gobierno decir que es un grupo que desconoce la institucionalidad porque ya se
preparan para presentar ante el Estado sus propios proyectos que piensan
manejar desde esa “fuerza interna” que está en construcción.
Es interesante también hacer ver
que el gobierno ha planteado una serie de políticas para “reactivar la economía”.
Esa situación puede ser favorable para estas comunidades que a partir de su
autonomía –por primera vez en su vida– pueden construir su “propia economía”;
una economía basada en relaciones sociales de tipo colaborativo y comunitario
sin negar la necesidad de que cada persona o familia asuma con responsabilidad
y disciplina las tareas y proyectos que entre todos definan.
Claro, tendrán que hacerlo con su propia visión, objetivos, dirección y metodología. Será el gran reto que deberán asumir si no quieren que la “reactivación” que propone el gobierno solo le sirva a los bancos y a las poderosas transnacionales, y esas comunidades terminen envueltos y entrampadas en las garras del gran capital. Se requiere mucha sapiencia práctica y capacidad política para lograrlo. ¡Hay que ayudarles!
lunes, 1 de junio de 2020
SOROS: el hombre que alquiló a la Izquierda
![]() |
| George Soros |









