jueves, 14 de junio de 2018

“EL VOTO EN BLANCO ES UNA AUTODERROTA”: GUSTAVO PETRO


Entrevista con Gustavo Petro, candidato presidencia de la Colombia Humana…

“El voto en blanco es una autoderrota”: Gustavo Petro

Alfredo Molano Jimeno / Hugo García Segura

(Tomada de El Espectador, martes 12  de junio de 2018)

Sigue buscando apoyos. Ya logró el de Mockus y el de Claudia López y conversa ahora con Humberto de la Calle. Antes de esas movidas, el candidato de la Colombia Humana habló con El Espectador de Duque, Uribe, Fajardo, Robledo y de su proyecto político, que, dice, no tiene nada de populista.

A cinco días de las elecciones, ¿cómo ve el panorama? Porque las encuestas no lo favorecen…

Una encuesta es una foto, un momento. Sin discutir metodologías, las más recientes tienen que ver con los resultados de la primera vuelta y la fotografía muestra lo mismo que arrojaron las urnas: la mayoría no está con Duque. Ustedes dirán: tampoco con Petro, pero es claro que la mayoría es procambio, antimaquinaria y anticorrupción, con talantes diferentes. Esa mayoría es una sumatoria, en gran proporción, de Petro, y en menor proporción del blanco. Eso da opciones, posibilidades y problemas. Si un porcentaje importante de la población vota en blanco, gana Duque, y vamos a una dictadura. Si al contrario, Petro logra seducir a esta población, es el presidente. En otras palabras está de papayita. Ya no es el aguacate, es la papaya. Podemos mandar la corrupción a la caneca de la basura con una equis. Hace muchas décadas, casi desde Gaitán, no había una posibilidad de cambio en el Gobierno. Leí en un trino que Gaitán alcanzó en su última votación presidencial el 25 %. Lo mismo que yo alcancé ahora. Imagínese, llegar a este punto cuesta 70 años. Eso es un poco asustador para mí. Llegar a este momento histórico, con posibilidad de un cambio político, luego de siete décadas y miles de muertos.

Pero habla usted de problemas...

Mi miedo es que se pierda la oportunidad. Como dijo García Márquez: la segunda oportunidad de las estirpes condenadas a los cien años de soledad. Esa frase refleja este momento y se puede perder, no por la debilidad física o mental mía, sino por la manipulación del uribismo. Duque está rechazando el debate, le da miedo. Le teme a nuestra coherencia argumental, porque él no la tiene. Él se aprende el discurso de sus asesores, pero en un debate entre dos, ese aprendizaje empieza a hacer aguas, pues se necesita conocimiento integral, coherencia real.

¿Cómo seducir al electorado que hoy se inclina por el voto blanco?

Mi responsabilidad es que menos gente vote en blanco y me apoye. Obviamente, nos hace un gran daño quien estimula esa opción. Lo hacen con el propósito de dañar a Petro, no a Duque. Esa es su responsabilidad ante la historia; la mía es seducir ese voto en blanco. Lo estoy estudiando, porque, si las encuestas son serias, parte del fajardismo antioqueño, la zona cafetera y algo de Cali se pasa a Duque. Era previsible, porque hay un fajardismo que es más de derecha, pero el resto es progresista. Es un electorado que quiere cambio, acabar con la corrupción, quiere transformaciones, pero que creyó que Fajardo, por ser más tranquilo, lo podría hacer mejor que Petro, que tiene fama de echar pa’lante y de ser obstinado. Y no es mentira, eso es parte de mi carácter. Allí hay un gran campo de seducción, porque ese electorado, además de juvenil, es de estrato 3, mientras que el electorado de Petro se situó más en los estratos 1 y 2. El caso de Bogotá lo demuestra. El estrato 3 no es rico, es una clase media vulnerable, porque está con un pie en un lado y otro pie en el otro. El crecimiento del estrato 3 bogotano se debe a los gobiernos de izquierda, es nuestra producción, sacamos gente de la pobreza, pero no se nos reconoce. Y es que el centro de la política social de Bogotá fue la educación. Y en esa medida la ciudad tuvo una revolución inmensa; sus localidades pobres hoy son de clase media: Fontibón, Engativá, no son lo mismo que hace 10 o 12 años.

¿Usted siente que su administración en Bogotá no ha sido reconocida?

Pues en los medios no, pero entre la población sí, porque si no cómo se explica que haya obtenido 1’100.000, muchos más que cuando gané la Alcaldía. Eso no se da si la gente no hubiera reconocido un buen gobierno. Diferente sucede en Medellín: yo apostaba a que Fajardo ganaba allá y ganó Duque. Ni Fajardo y yo, sumados, podemos ganarle a Duque en Medellín. Es la única ciudad relativamente rica donde él gana. En Bogotá, Cali o Barranquilla ganamos Fajardo o yo. Duque es una expresión atrasada de la política y Fajardo demostró más capacidad de atraer el voto en estrato 3 que Petro, que se queda en el 1, el 2 y las juventudes. Por eso gano en departamentos pobres y en las zonas pobres de las grandes ciudades. Así que, desde el punto de vista sociológico, se queda con la Presidencia el que se gane el apoyo del estrato 3. Claro, sin contar con la maquinaria.

¿Qué lectura hace de la decisión de Fajardo, Robledo y De la Calle de votar en blanco?
Es una falta de responsabilidad con el país, no conmigo, porque yo les ofrecí la posibilidad de derrotarme en una consulta y, aun así, sólo por el miedo a que no sucediera, no aceptaron. El tema de Fajardo tiene que ver con el prejuicio de que no es bueno para el país alguien que tenga un origen de izquierda. En el mundo muchos gobernantes han sido de izquierda y han hecho transformaciones. No hubiera una España sin Franco si no hubiera un PSOE; no hubiera sido posible la salida de Pinochet en Chile sin el Partido Socialista, que también ha gobernado en los últimos años. En esos países ha habido alternancia y el mensaje es claro: no se puede construir democracia sin la voz de los excluidos. Y eso faltó en la mente de Fajardo. El caso de Robledo es diferente, pues se ubica en las viejas envidias y sectarismos de la izquierda, anacrónicos, pero igualmente irresponsables. Aquí se trataba de dar un paso, dado que la población decidió que el que pasaba era Petro. Si Fajardo hubiera pasado, en tres segundos yo lo hubiera apoyado, no lo hubiera pensado, lo tenía decidido. Obviamente, lo mismo hubiera sido si el que hubiera pasado fuera De la Calle, porque yo entiendo lo que significa una dictadura uribista. Eso se salda en muertos, en violencia, en destrucción democrática, en acumulados. Todo cálculo pensando en que en cuatro años sí se va a poder es carreta. Si ellos recuperan el Gobierno, que lo perdieron por una decisión de una corte, ya saben qué tienen que hacer: acabar con las cortes. Ponen a la justicia a su servicio, ponen al Congreso a su servicio, y eso lo saben hacer, sólo se trata de comprar congresistas. Eso se llama dictadura: concentración de poder. Quieren controlar las tres ramas y el efecto es que en cuatro años no va ser lo mismo que hoy. De ahí mi angustia: estamos ante una oportunidad histórica, de esas que sólo aparecen cada 70 o 100 años. La última fue cuando Gaitán iba ser presidente y lo mataron.

Pero de todas maneras deja un gran camino avanzado para 2022…

Esa es una manera fácil e ingenua de pensar. ¿Creen que el uribismo llega al poder y lo va soltar?

“Timochenko” dijo que la FARC respalda a quien apoye los acuerdos de paz y no plantee cambios. ¿No cree que ese pronunciamiento le hace daño?

Me parece lógico que alguien que firmó un Acuerdo de Paz vote por quien respalda lo pactado. Sería un tonto si no. Pero eso indica, no que la FARC me respalda, porque no lo ha hecho, sino que es una fuerza premoderna. Su único punto de acuerdo conmigo —y con la mayoría de los ciudadanos— es dejar la guerra. Hoy es una fuerza anacrónica la que quiere mantener la guerra y, en esa medida, la postura de Petro es impedir que surjan nuevas violencias. Eso ya no es el tema de un acuerdo con la FARC, es la paz de Colombia, que Santos no quiso acometer porque implica reformas sociales a profundidad en asuntos claves como educación, salud, tránsito a la economía productiva. Eso no estaba en los Acuerdos de La Habana, y no tiene que ver con la FARC. Eso tiene que estar en un gran acuerdo con la sociedad colombiana. Mi visión de la paz es más amplia que la que tuvieron el gobierno Santos y las Farc, pero eso no implica que mande al carajo el Acuerdo de La Habana. Ahora, de lo que sí estoy convencido es de que está gestándose una nueva guerra sobre Colombia y que sus primeros campos de batalla están en el litoral Pacífico, en el golfo de Urabá y Medellín.

¿Una guerra entre quiénes?

Son ejércitos del narcotráfico con mayor capacidad de fuego, a donde va a acudir por simple cooptación económica gente con experiencia militar: soldados, policías, agentes de seguridad privada, exguerrilleros, exparamilitares. Con una alta fuente de perversidad y salvajismo, porque es la primera vez que los factores y los actores de la guerra en Colombia se manejan desde el exterior: los carteles mexicanos, y la contraparte, la reacción, se da por el Ejército de Estados Unidos. Por eso el aeropuerto de Tumaco está lleno de aviones de la Fuerza Aérea estadounidense. No es por nacionalismo, es porque estamos perdiendo la soberanía. Es una táctica errónea que consiste en ver el narcotráfico como una guerra. El tal Guacho, que el uribismo ha utilizado para montar su estrategia “antifarc”, es una persona que renunció a la guerrilla un año antes de los acuerdos y hace parte de la nueva guerra, que es transnacional. Ya estamos en una estrategia continental del narcotráfico, y eso ya está en Medellín; sólo falta que mejoren sus armas los muchachos de las barridas y tendremos Siria. Al uribismo, que está jugando con fuego, le interesa que la sigan llamando Farc para mantener sus banderas, pero están desconociendo que es una nueva violencia que tiene un poder mucho mayor que el que hemos conocido en Colombia y que desactivar el Acuerdo con las Farc no lleva, como ellos creen, a que la guerrilla vuelva a la guerra y Uribe a la Presidencia. No. Lleva a desatar un proceso de fragmentación social y estatal del territorio colombiano de manera violenta, manejado por actores que no tienen intereses políticos sino económicos —el narcotráfico— y no son nacionales sino extranjeros. Esto lo desconoce Duque. Por eso creo que la solución es la desactivación de las violencias, que pasa por cambiar la política de drogas en Colombia. Ya no pasa por cómo se cambia el Acuerdo con las Farc. Un acuerdo que hay que respetar, porque un Estado que no respeta sus acuerdos no respeta a la ciudadanía y produce violencia.

¿Cuál es su idea de cambio de la política antidrogas?

Llevamos décadas de fracaso. Sería soberbio decir que tengo la certeza de que mi política va a ser más efectiva. Foucault dice que el poder nace de un control sobre la sociedad y, si vamos a la mafia, el poder de ella nace porque controla sociedad. Esa ha sido la única revolución que ha triunfado en Colombia y la muestra es lo que terminó llamándose parapolítica. Hay grupos de población que controla el narcotráfico: el campesino cultivador de coca y la juventud que consume en el barrio popular. No le interesa tanto el consumidor viejo, maduro y rico; quiere controlar al joven popular, porque lo organiza de manera armada, controla territorio y expande el mercado, y le interesa, a partir del lavado de activos, el crédito popular que abandonó la banca, que es el gota a gota. Ante el vacío de la banca pública y la ausencia de crédito legal, la mafia coopta este sector y controla a millones de personas. Peñalosa se equivoca de cabo a rabo cuando piensa que destruye el narcotráfico sacando a habitantes de calle del Bronx. Esa es una gran mentira. El narcotráfico controla el crédito en San Victorino. Entonces esto es así: yo le quito poder a la mafia si le quito esa población con tres grandes políticas: banca pública con crédito barato; el tema de la juventud consumidora en barrios populares, que es eliminar el procedimiento policial contra ellos, y poner el médico, al psicólogo, los centros regulados de consumo, y desatanizar el tema. Cada vez que un político ataca a esos jóvenes es porque está defendiendo el meganarcotráfico. Cada vez que un político habla de meter a la cárcel a los consumidores, en la noche se está abrazando con un narcotraficante. Lo que se necesita es quitarle el jíbaro al consumidor de drogas barrial, que es la cadena que permite armar y militarizar al joven. La inclusión social de la juventud, el arte, la educación gratuita, eso, que ya lo demostré, ataca este fenómeno. En el campo de los cultivadores de coca, donde no tenemos experiencia, creemos que una política de sustitución de tierras va a ser más efectiva que la sustitución de cultivos, porque en las tierras fértiles no hay cultivos ilícitos. Esos están en la frontera agraria, en las zonas selváticas, a donde expulsaron al campesinado por no hacer la reforma agraria. En el Pacífico, la sustitución de cultivos debe ser agroindustrial. La agroindustria permite crecer en ingresos, pero debe ser propiedad del campesino, y esto implica romperle un adoctrinamiento a nuestro técnicos y economistas que creen que la industria es separada de la agricultura. Y que la industria es para grandes capitales y la agricultura para pequeños campesinos. Así no se puede sustituir la hoja de coca. Con estas tres políticas le quitamos población a la mafia y pierde su poder. Son políticas sociales y no militares.

Usted ha dicho que su programa no es de izquierda ni socialista. ¿Qué es, entonces?

No es socialista. Y lo de izquierda depende de cómo ustedes conciban esa palabra. Desde Einstein, los puntos geográficos se han movido. Lo que hoy se llama el centro era la izquierda hace un siglo. Ese es el avance de las sociedades. Hannah Arendt, que no es propiamente de izquierda, decía que la nación se construye cuando los campesinos levantan la bandera nacional. ¿Y cuál es la bandera nacional? La tierra. Que se vuelva de clase media. Eso en los tiempos de la Revolución francesa era de izquierda, pero aquí dicen que es de extrema izquierda. No, eso es un principio de igualdad y humanidad.

¿Cree que el discurso antipetrista tiene origen en el clasismo?

Claro, pero no desde el punto de vista de clases sociales propias del capitalismo, pues si alguien debería apoyar mis programas son los capitalistas, porque les estoy abriendo el mercado. Cuando decimos: ponerle impuesto a la tierra fértil improductiva, lo que estamos haciendo es ingresando la tierra al mercado de tierras. Cuando no se logra eso estamos en el feudalismo. Colombia tiene mucho del feudalismo, somos la tercera sociedad más desigual del mundo, eso no responde al capitalismo sino a la premodernidad, y lo que se configura no son exactamente clases sociales sino castas. De hecho, los mayores productores de Colombia no son ricos, ni en la ciudad ni en el campo: un arrocero de 50 hectáreas no es un rico ni un cafetero, no son latifundistas. En general son pequeñas y medianas propiedades. En las ciudades como Bogotá o Bucaramanga, los puestos de trabajo productivos los tiene un señor que tiene un garaje, abre una industria en su casa, hace papas fritas. Lo que tenemos es un grupo de élite que se ha apropiado del poder a partir de la corrupción y la violencia, y su hilo unificador no es su postura ante los medios de producción sino su linaje, su color de piel, su apellido, su abolengo. Eso ni siquiera es clasismo, aparece en Game of Thrones, es la exclusión de una sociedad feudal.

¿Qué es eso del capitalismo democrático del que ha hablado?

La sociedad colombiana se parece a la italiana, más que a la española, en su capitalismo, que es incipiente. El capitalismo en Colombia no está en el poder político. Al contrario, sobrevive a trancas y mochas en medio de los TLC, de los impuestos. Ese mundo del capitalismo en Colombia no es democrático, porque es el del mundo cafetero, de los arroceros, de la producción agraria o de la pequeña industria bogotana o santanderana; ese es el mundo que queremos proteger y desarrollar. Por eso no soy populista. Queremos llevarlo al poder. Es ahí donde la mentira uribista ha hecho su mayor esfuerzo. El uribismo sabe que yo voy es por el latifundio, es decir, la base premoderna de su proyecto político, pero como los latifundistas son 11.000 y no ganan elecciones, entonces han utilizado la mentira de que yo soy socialista y les voy a quitar las empresas.

Usted habla de un acuerdo sobre lo fundamental, una expresión de Álvaro Gómez Hurtado, quien representa a un sector conservador que parece distante de sus ideas...

El M-19 fue heredero de un filón histórico que arranca con el general Rafael Uribe Uribe, por no mencionar al expresidente José María Melo y a Manuel Murillo Toro —los radicales liberales—, y que termina con Gaitán. Ahí hay una larga historia de luchas frustradas. Nosotros somos hijos de eso; la violencia interrumpe las reformas, las luchas toman distintos rumbos y terminamos nosotros, los jóvenes del M-19, derogando la Constitución de 1886. Logramos el triunfo que no pudo Uribe Uribe, ni López Pumarejo, ni Gaitán. Ese es nuestro filón. Si usted ve del otro lado, están las fuerzas que se amarraron a defender esa Constitución, los que mataron a Gaitán, a Rafael Uribe Uribe, los que desataron la violencia, y ahí estaba Álvaro Gómez, que representaba el llamado laureanismo. Hijos de eso son Ordóñez, Londoño Hoyos y la familia Gómez. Pero en el caso de Álvaro Gómez, era un hombre brillante y tiene mucha diferencia con Álvaro Uribe. El conservatismo de Gómez era de quilates políticos, intelectuales y sociales, no el que apoya hoy a Uribe, quien es simplemente el representante del narcotráfico en la política. ¿Qué tipo de sociedad sigue a un narcotraficante vuelto político? Eso no era Álvaro Gómez; a él lo seguía una fuerza conservadora, pero racional. Era un hombre valioso. A él lo secuestro el M-19 e inmediatamente entraron en comunicación con Pizarro y hubo un entendimiento. Ambos fueron asesinados por los mismos. Y la Constitución de 1991 se hizo gracias a un pacto entre Álvaro Gómez y el M-19. Juntos éramos la mayoría absoluta, mayoría que no se utilizó para perseguir a nadie, chuzar a los opositores, cerrar cortes. Ni con los militares, con quienes habíamos hecho la guerra, hubo irrespeto. Allí hubo un pacto fundamental, un acuerdo en términos democráticos con una derecha, que era Gómez, y con una izquierda, que era el M-19. Pero mataron a Gómez, al M-19 y hundieron al país en el paramilitarismo. Y ahora muchos conservadores que apoyaban a Gómez terminaron apoyando ese paramilitarismo, que hundió el pacto del 91. La Constitución ordena al Estado ponerse al servicio de la ciudadanía, pero lo que se hizo fue poner a la ciudadanía al servicio de la mafia. El pacto sobre lo fundamental no es más que la aplicación de la Constitución de 1991.

¿Y ahí cabe Álvaro Uribe?

Yo lo invitaría. Eso sí, teniendo claro que es el representante del latifundio improductivo. La invitación que le haría es a que modernicemos la tierra en Colombia sin matarnos.

¿Por qué se desmontó de la idea de una constituyente?

Porque no es necesaria. Lo que necesitamos es implementar la Constitución de 1991. En su momento pensé que debía ser una constituyente acotada a unos temas: salud, educación, justicia, política, etc., pero con el resultado del 11 de marzo, las ciudadanías dieron el primer campanazo, que fue que la bancada mayoritaria del Senado ya no era el uribismo ni los partidos tradicionales, sino la bancada alternativa. Eso da una opción de que las reformas que se necesitan se pueden impulsar en el Congreso.

¿Esos cambios también obedecen a las adhesiones que viene recibiendo?

Claro, en parte las alianzas entre sectores exigen un acercamiento de posiciones. Duque lo hizo en su estilo: atrajo a todas las maquinarias, no quedó ni una por fuera. Las asociaciones para delinquir de la política están con él. Y yo quise convocar a las fuerzas de la ciudadanía que se expresaron en las urnas. Ese es un pluralismo, una nueva forma de gobernar. La pregunta es: ¿cuál de los dos va a ganar: las ciudadanías o las maquinarias? Si las ciudadanías se abstienen, se autoderrotan. No es que las maquinarias sean capaces de derrotarnos, ya están perdidas, casi agónicas, están de papaya, pero las ciudadanías se pueden autoderrotar. El voto en blanco es una autoderrrota. La falta de confianza en Petro es la trampa para dividirnos. Si no podemos es sólo por una razón: que las ciudadanías voten en blanco o se abstengan.

¿No es lamentable que esta campaña gire en torno a “nos vamos para el castrochavismo o para una dictadura uribista”?

Pues el castrochavismo es falso, en cambio la dictadura uribista es cierta.

¿Qué les responde a los que lo califican de populista, mesiánico y caudillista?

Caudillista es un poco de celos, ¿no? Porque ellos mismos no son capaces de convocar y la política es convocar a la ciudadanía. Me lo dijo Pizarro una vez en uno de nuestros agarrones. Él me estaba indicando que el papel del liderazgo es convocar y yo convoco hoy multitudes. A veces me asusta. Pero eso no me hace caudillo, eso me hace un dirigente que tiene un peso específico en este momento de la historia, y lo hago valer. Claro, otros no tienen esa misma posibilidad, entonces les da celos y le dicen caudillo al que llena la plaza. Todos tenemos celos, pero dejarse ganar de eso es una manera pequeña de ver la política. Ahora, el tema del populismo tiene que ver con un esquema de ideas, porque puede haber un populista que no llena ni la cocina de su casa. Entonces, lo primero que hay que preguntarle a un ciudadano es qué entiende por populismo. Unos lo confunden con oratoria. Otros con demagogia, que es proponer lo irrealizable. Y todas las cosas que hemos propuesto nosotros son realizables. Incluso las que no pudimos cumplir en Bogotá son absolutamente realizables. Un metro subterráneo, ¿es que eso es irrealizable? Estaba el estudio, estaba la plata, estaba todo para iniciar la construcción. ¿Qué lo volvió irrealizable? Una decisión del Gobierno Nacional para que Petro no empezara por razones políticas. Y después, una decisión de la sociedad bogotana de elegir como alcalde al que iba a matar el metro subterráneo. Pero decir que un metro subterráneo no es realizable es no entender el manejo de los recursos públicos y de la movilidad de Bogotá. ¿Es realizable la universidad pública y gratuita? Otros países lo han hecho. El gran pacto después de la Segunda Guerra Mundial en Europa fue tener universidad pública y gratuita, hace 70 años. Y esa es una de sus grandes condiciones de avance social y económico. En América Latina existe la universidad pública y gratuita; en Argentina, por ejemplo. ¿O si no por qué tantos colombianos se van para Argentina si no es por eso? Lo podemos hacer, vale $14 billones. Reformando las pensiones, pasando al modelo de pilares, es decir, haciendo que los cotizantes hoy de cuentas de ahorro individual y coticen en Colpensiones en un porcentaje, liberamos $13 billones y financiamos la universidad pública y gratuita.

¿Acabando los fondos privados?

No acabándolos sino haciéndolos complementarios, no competitivos. Por eso se llama pilares. El primer pilar es el del reparto simple, es decir, lo de la cotización de ese primer pilar paga inmediatamente pensión, no va a una cuenta de ahorro individual. Pero adquiere el derecho a la pensión el que cotiza ahí, que no lo tiene la cuenta de ahorro individual. En la cuenta de ahorro individual no hay derecho a la pensión, sólo hay pensión si se ahorró tanto y eso depende del nivel de salario. La mayoría nunca va a tener pensiones en las cuentas de ahorro individual.

¿Y lo de mesiánico?

Eso apareció porque hablé en un discurso sobre el pasaje bíblico de Moisés y la partitura de las aguas. Y ya sabía yo que iban a decir eso. He traído varias frases de la Biblia. Primero, porque la leo, no soy ateo. Segundo, porque es parte de la historia de un pueblo y hay una sabiduría ahí expresada. Y, por ejemplo, “te ganarás el pan con el sudor de tu frente” es una frase que repito y es la base de la teoría económica moderna: el trabajo. Son cinco siglos de esclavitud, un pueblo que empieza a reconocerse y a pensar cómo liberarse de la esclavitud. Aparece Moisés, los convoca y se escapan, y terminan atrapados entre el mar y el faraón. Entonces Moisés divide las aguas y pasan a la tierra de la libertad. En mi discurso hablo de eso mismo y lo asimilo con el pueblo colombiano. Por eso digo que hay que partir las aguas de la historia y quien puede hacer eso es el pueblo. Ahí, simplemente poniendo cuidado a mi discurso, hubieran sabido que no soy mesiánico.

¿Le obsesiona ser presidente?

No, nunca pensé en eso. En toda la etapa de mi vida política apoyé a otros: a Navarro, a Pizarro, a Lucho Garzón, a Carlos Gaviria. Y terminé siendo por primera vez candidato presidencial en 2010. Cuatro años después voté por Santos.

¿Y se arrepiente?

No, porque voté para que hiciera la paz con las Farc y la hizo. Me guste o no, cumplió. Voté por Santos exclusivamente por eso. Y empezaron ahí los amigos de Robledo a decir “la mermelada, el ministerio”. ¿Cuál ministerio, cuál mermelada? Santos fue el que me destituyó. Ahora voto por mí.

Y en el ámbito de la financiación y donaciones de su campaña, ¿cómo le ha ido? En Cuentas Claras aparece que tiene un crédito de $12.000 millones y una donación de $4 millones...

Sí, la primera parte de la campaña fueron las firmas. En el pasado, en la lejanía, a uno se le va olvidando, pero nosotros no pudimos tener plata en las firmas. Y eso es parte de la debilidad de la campaña de hoy, porque nosotros arrancamos con cero, entonces yo abrí una opción tecnológica, crowdfunding. Logramos $30 millones y el banco nos cerró la cuenta en medio de la campaña. Claro, pudimos gastar los 30 en una recolección de firmas, pero fue un golpe bajo. No fuimos los grandes recogedores de firmas, pero fueron las más baratas. Casi las hicimos con cero pesos. Después saltamos a la primera vuelta, ahí ya están los mecanismos legales. ¿Qué nos pasó? No encontrábamos que nos dieran crédito, y nosotros viendo que la campaña nada que arrancaba y pensando en pasar a segunda vuelta. Al principio fue así y fuimos sintiendo el calor popular. Yo empecé caminando calles, como es mi estilo. Cuando llegamos un día a Valledupar y no pude avanzar cuatro meses de la cantidad de gente. Ahí empezaron las manifestaciones y comenzó una llenadera de plaza pública, un huracán. Ahí ya empezaron a ablandarse las fuentes del crédito y conseguimos uno por $12.000 millones. No me hubiera cogido ventaja Fajardo la última semana si hubiéramos tenido más dinero. Recogimos la mitad del tope y eso fue lo que gastamos. Y pasamos ahora a la segunda y en este momento estamos buscando el dinero.

¿Ya han tenido donantes particulares?

No hemos hecho énfasis en eso. Primero por el peligro. Hay gente que ha dicho “queremos donar”, pero yo prefiero la independencia, sobre todo al tratarse de un cargo como la Presidencia. El presidente debe ser independiente.

¿Por qué cree que le tienen tanto temor los empresarios?

No son los empresarios, son los magnates. Dividamos ese mundo en dos: el de los magnates, que son unos cinco y no me quieren porque las grandes fortunas en Colombia, esos grandísimos capitales, que los ponen entre los hombres más ricos del mundo, se han hecho sobre la base de ventajas sobre el Estado. ¿Quién perdió con la privatización de la banca, las pensiones y los servicios públicos? Esas son grandes fortunas amasadas no a partir del desarrollo tecnológico o el emprendimiento, sino a partir de ventajas sobre el Estado. Entonces no me quieren, no porque yo les vaya a expropiar ni nada de eso, sino porque voy a poner el Estado al servicio de la ciudadanía, y lo demostramos en Bogotá. Yo no puse la ciudad al servicio de esos cinco magnates. Ahora, el otro mundo es el de los empresarios de verdad, que es un mundo de pequeños, de estrato 3 y 4. No tienen el poder, no manejan el Estado. Sobreviven resistiendo. Es un capitalismo balbuceante que sobrevive, a duras penas, entre las mafias, la premodernidad y la corrupción. Ese mundo no es enemigo mío per se, y muchas veces ha votado por mí. Sino que hoy es el objeto de toda la campaña de mentiras del uribismo, el mismo estilo que utilizó en el No y el que aprendió con el DAS siendo gobernante Uribe. ¿Cómo un aparato estatal con mucho poder económico puede destruir la imagen de una persona? Ese aprendizaje lo reprodujeron en el plebiscito contra la paz y ahora lo hacen contra Petro: frases como “Petro es ateo y va a quemar 1.500 iglesias”, o que soy multimillonario, que tengo casas en Miami... Yo sólo tengo una casa, endeudada. La deuda es más por problemas de pago, falta de prevención. Las mentiras básicas sobre la expropiación. Entonces a un pequeño empresario le dicen: “es que Petro es como Chávez y le va a quitar la empresa”. Él no se acuerda que yo siendo alcalde no le quité la empresa —si es de Bogotá—. Al contrario, pusimos unas cosas que se llaman Zascas, que era vincular gente con saberes en Europa y Asia, pero eso causa miedo y el miedo lo lleva a no decir Petro, y al no decir Petro queda el país en manos de la corrupción.

¿Cómo serían en un gobierno suyo las relaciones con Venezuela y Estados Unidos?

De independencia. Eso se llama soberanía, que Colombia en su vida republicana nunca ha tenido. El eje de la política internacional de Colombia, si yo soy presidente, es la lucha contra el cambio climático. Eso nos separa tajantemente de quienes defienden la continuidad de la producción de la extracción de petróleo en el mundo, y ahí están Trump, Maduro y Putin. Los rusos ya no son comunistas, son capitalistas, y de la peor especie. Entonces nosotros no tenemos por qué escoger entre capitalismo ruso y el capitalismo gringo, nosotros tenemos que escoger es la vida. Y la vida lo que marca en el campo internacional es la lucha contra el cambio climático. Nuestros aliados son el papa y muchísimas fuerzas sociales y gobiernos que están en esa lucha en la que entraríamos nosotros. Eso nos pondría en una distancia respecto a Maduro, Trump y Putin.

¿Y cómo sería la relación con las Fuerzas Armadas?

Las Fuerzas Armadas de hoy son las que hicimos en la Constitución del 91. Su raíz y legitimidad están ahí. En toda la experiencia desde la Constitución del 91 no he tenido nada conflictivo o roces con ellas. Obviamente, no las he gobernado, pero goberné la Policía en Bogotá y, contrario a lo que la prensa trató de irradiar, que había una pelea permanente, todos los lunes nos reuníamos y luchábamos conjuntamente. Y hay generales de la Policía que dicen que aprendieron de la Bogotá Humana. Tengo amistades con muchos de esos generales. Así que yo no veo mayor fractura entre instituciones como las Fuerzas Armadas o la Policía en un gobierno de la Colombia Humana.

¿Todavía hay temor por riesgo de fraude?

El fraude es permanente en Colombia. Nada han resuelto que impida eso. Fraude siempre ha existido, la compra de votos es fraude. En el caso concreto del software, no tuvieron auditoría ni la van a tener. Se negó el registrador a hacerla, que era nuestra petición central. Y en la práctica, la gente misma evidenció, mirando los famosos formularios E-14, que hubo fraude. Y ahora el fiscal dice que sí lo hubo, pero no dice cómo ni por qué. Ahora, ¿cómo se controla el fraude? Con vigilancia ciudadana. ¿Qué tan capaz es la vigilancia ciudadana? Pues ya lo veremos. Ha aumentado su capacidad. Nosotros solos, como fuerza política, ya controlamos 50.000 mesas y detectamos 4.000 adulteraciones de formularios E-14. Ahora vamos a intentar que sea mejor. Depende de la vigilancia ciudadana.

¿Qué tanta gobernabilidad cree que tendría en el Congreso?

No, la gobernabilidad no es dominar el Congreso, es al contrario. Domina el Congreso quien lo compra, y eso sí es falta de gobernabilidad: se llama delincuencia, es un crimen, un delito. Nosotros hemos tenido un régimen delincuencial. Lo de nosotros es el juego libre. Ahora, en relación con la justicia, lo que propone Duque es cerrar cortes y poner una justicia elegida y nombrada por él, por el uribismo. Eso tiene una razón: evitar el juicio sobre el expresidente Uribe que se sigue en estos momentos en la Corte Suprema de Justicia. Que, aunque tiene su raíz en los temas que yo denuncié sobre él y sus haciendas, tiene que ver con que cometió, como senador, nuevos delitos, tratando de impedir los testimonios de sus propios empleados, que dicen que, efectivamente, jefes paramilitares asesinaron, que eran sus empleados. Duque, si es presidente, controla el Congreso, porque esas bancadas que estaban con la paz, que hacen la mayoría, se pasan inmediatamente a su gobierno. Eso controlaría el 70 % del Congreso. Yo controlaría el 50 % + 1 para unos temas fundamentales, porque esas bancadas que hicieron la paz podrían ser proclives a apoyar las reformas que yo propondría.

miércoles, 13 de junio de 2018

DE BATEMAN A PETRO


El desarrollo desigual y combinado en Colombia

DE BATEMAN A PETRO

Popayán, 14 de junio de 2018

“Toda revolución para avanzar necesita repetirse”.

1. Continuidad y saltos cualitativos en nuestras luchas

A muchos amigos –sobre todo del exterior– les sorprende lo que ocurre en Colombia con el avance de la Colombia Humana y la campaña de Gustavo Petro. Creo, pierden el hilo histórico de los hechos, la continuidad de las fuerzas sociales, económicas y culturales, y la evolución de los actores políticos que se juegan en coyunturas específicas pero que son resultados acumulados de energías y experiencias a lo largo de varias décadas. 

Lo que está sucediendo en este país es la consecuencia de lo ocurrido en 1991, que a su vez, era acumulación de procesos y luchas anteriores. En aquel momento, las fuerzas de avanzada fueron representadas por líderes improvisados porque tanto a la UP como al Nuevo Liberalismo y al M19, les habían asesinado o habían desaparecido sus principales dirigentes (Jaime Pardo Leal y Bernardo Jaramillo Ossa; Luis C. Galán Sarmiento; y Jaime Bateman y Carlos Pizarro).[1]

Es importante recordar que Colombia se adelantó a todos los países de Sudamérica con la Constitución de 1991, que recogió en sus contenidos muchas reivindicaciones democráticas, en descentralización, participación, diversidad cultural y autonomía étnica, que habían sido los ejes de esas luchas sociales y políticas. Pero, no había la capacidad para concretar los cambios reales.

La UP fue subordinada a la estrategia de las Farc que se convirtió en una interferencia armada del proceso de transformación que representaba esa nueva Carta Política. El Nuevo Liberalismo fue traicionado por César Gaviria quien fue ungido como presidente y su fuerza fue canalizada hacia la política neoliberal y al pacto con las mafias; y el M19, sin la conducción revolucionaria de la dirigencia auténtica, pactó parcialmente –en cabeza de Navarro– con López Michelsen y Gómez Hurtado una especie de transición insulsa que se diluyó y detuvo el empuje acumulado.    

Hoy en Colombia los herederos de ese proceso truncado están al frente de las fuerzas de la democracia. Por un lado, las nuevas generaciones del M19, representadas por Petro; por otro, la juventud del Nuevo Liberalismo personificada en Claudia López; y también, nuevos dirigentes sobrevivientes de la UP y sectores similares pero sin encontrar todavía sus esencias.

A partir de las elecciones de 2018 aparecieron las nuevas expresiones políticas que se van a disputar la hegemonía en el próximo futuro. Seguramente, en 10 o 20 años, en la siguiente etapa de luchas, después de liquidar a la vieja clase política, se enfrentarán un progresismo liberal del siglo XXI; las nuevas fuerzas políticas de derecha tipo Ciudadanos de España; y una izquierda moderna con visiones y prácticas post-capitalistas liberada de las tradiciones “estatistas”.

Es lo que mostró desde el 2 de octubre de 2016 esta larga y apasionante campaña electoral.

2. El eje central de la propuesta de Petro

Uno de los grandes méritos de Gustavo Petro en esta campaña electoral fue haber posicionado el tema de la necesidad de la industrialización de nuestras materias primas, la democratización pacífica de la propiedad de la tierra y la urgencia de cambiar el modelo energético con base en la promoción de energías limpias y renovables.

Esas propuestas son la base real y concreta para construir una economía fuerte e independiente sin necesidad de cerrar las fronteras (nacionalismos estrechos) sino enfrentando con nuevas herramientas la globalización económica que hoy todas las potencias imperiales (USA, Rusia, China, UE) quieren limitar y regular, impulsando nuevos y agresivos nacionalismos imperiales que ya crean nuevas fricciones entre ellas mismas (como lo ocurrido en Canadá con el G7).

Esa recomposición de la globalización neoliberal es la esencia de la “nueva” política de Trump pero también de todos los gobiernos de las demás potencias y es el fundamento principal de la actual “guerra absoluta” (Paye, 2018) que ya se desarrolla a nivel global en lo económico, militar, mediático e informático[2].

¿Quiénes son los sectores sociales y económicos que en Colombia están interesados en la industrialización de nuestras materias primas?

No son los grandes empresarios y, ahora menos, cuando sus amos estadounidenses impulsan políticas proteccionistas. Por ello no renuncian a seguir entregando nuestras riquezas al gran capital para que las exploten en favor de inversionistas transnacionales.

Solo hay dos sectores que necesitan con urgencia ese salto cualitativo en la economía y que están medianamente preparadas para hacerlo. Son:

1. Los pequeños y medianos productores agropecuarios y los pequeños y medianos emprendedores de las ciudades; y

2. Los jóvenes profesionales precariados, incluyendo tecnólogos y técnicos, que requieren del desarrollo de una agricultura y una industria con alto desarrollo tecnológico que genere empleo formal y de calidad.

Para hacerlo no basta con acceder y tener el control del gobierno (parte del Estado), aunque se requiere su apoyo. Lo principal es el empuje de los sectores sociales organizados para poder quebrar la resistencia de los poderosos monopolios globales y “nacionales” que no están interesados en compartir sus ganancias y temen perder el control de la economía.

Y de acuerdo a las experiencias (más fracasadas que exitosas) de los países vecinos, se necesita mucha creatividad de los pequeños y medianos productores para con base en la organización y asociación autónoma e independiente del Estado (“procomún colaborativo”), logren desarrollar y construir nuevas formas productivas que sean social, económica y ambientalmente sostenibles y rentables.

Sorprende que a lo largo de los últimos 20 años de lucha de los pequeños y medianos productores (cafeteros, paneleros, arroceros, lecheros, paperos, cacaoteros, fruticultores, etc.) no se haya levantado esa reivindicación y su lucha se haya limitado a proponer soluciones coyunturales y parciales, subsidios, incentivos, y otras medidas, que no tocan la esencia de los problemas. Hoy esa diferencia conceptual se hace más evidente en el terreno ideológico-político.

Gran mérito tiene Gustavo Petro en esa acción política y, por ello, y muchos más temas que ha posicionado en esta campaña electoral, merece todo el apoyo para ser elegido presidente el próximo 17 de junio.

E-mail: ferdorado@gmail.com / Twitter: @ferdorado



[1] UP: Unión Patriótica, fuerza política de orientación comunista desarrollada con el concurso de las FARC en la década de los años 80s del siglo pasado (XX); Nuevo Liberalismo: disidencia del partido liberal liderada por Luis Carlos Galán Sarmiento, contrario a cualquier pacto con los narcotraficantes;  M19: Movimiento político-militar y guerrilla semi-urbana de orientación nacionalista no alineada con ninguna corriente de la izquierda comunista.  

[2] Paye, Jean Claude (2018). “¿Guerra económica o «guerra absoluta»?”, en Red Voltaire. https://bit.ly/2JGxh24

¿COHERENCIA?


¿Coherencia?

Por Andrés H. Flórez  

Bogotá, 13 de junio de 2018

Como profesor de cursos de escritura académica reclamé siempre a mis estudiantes preservar la coherencia en sus textos, advirtiendo que así como en la vida, la coherencia es una virtud muy esquiva, en la escritura lo es mucho más. El asunto va mucho más allá que errores de ortografía, sintaxis o puntuación. Llamaba, por entonces, la atención sobre las visibles fracturas entre los párrafos, ausencia de consistencia en las ideas y, en fin, lo que en diferentes teorías de la producción textual llamamos coherencia.

Ahora, cuando se esgrime la coherencia para justificar la decisión de votar en blanco en la segunda vuelta presidencial, me pregunto si este atributo es comparable cuando se emplea en el ámbito de las decisiones éticas y no en el universo de las frases en un texto escrito.

Cuando escucho a los nuevos promotores del voto en blanco recuerdo los problemas más comunes que enfrentaban mis estudiantes al atender la solicitud de coherencia que hacía a sus borradores en aras de que lograran un texto lo más coherente posible. Enumero en seguida los problemas más frecuentes en la eterna búsqueda de coherencia textual que coinciden con la búsqueda de coherencia en materia electoral.

1. Apariencia de Coherencia.

Muchos estudiantes resolvían este problema con soluciones formales o técnicas y lograban apenas una apariencia de coherencia pero, en el fondo, al menos desde mi punto de vista como profesor, carecían de consistencia.

La coherencia es un atributo implícito de los textos, es poco frecuente que un escrito haga alardes de su coherencia; en cambio, la coherencia a la que invitaba a mis estudiantes, es una cualidad que atribuye el lector al texto cuando infiere  y goza en él de esa cohesión. En el ámbito electoral vemos a muchos líderes proclamando a los cuatro vientos su coherencia como la razón principal de su decisión, olvidando que la coherencia es el resultado de una sucesión de decisiones en el tiempo y no la causa de las mismas.

2. Decir lo mismo en todo el texto

Otro error muy común entre mis estudiantes era la repetición. Para evitar caer en posibles incoherencias repetían las misas ideas a lo largo del texto. Algunos se decidían por una copia burda de las mismas palabras en el párrafo inicial y en el final, cayendo en el peor de los plagios posible, plagiarse a uno mismo. Otros maquillaban esta monotonía con la ayuda de un diccionario de sinónimos y antónimos. Mi retroalimentación para esos estudiantes era sencilla: ser coherente no se trata de decir siempre lo mismo. Muchos promotores del voto en blanco se basan en la estrategia de la repetición, es decir, como “antes dije que no votaría ni por uno ni por otro, ahora hago y digo lo mismo”. Aferrarse a una posición personal desde el inicio a pesar del cambio de circunstancias externas, o evitando toda discusión teórica, es otra forma de incoherencia.

3. Asumir la postura de indiferencia

Una decisión  muy frecuente de algunos estudiantes, sobre todo provenientes de disciplinas o ciencias que llaman exactas, era mantener una idea de coherencia en un contexto de blanco y negro, en mundos sin matices, en donde abundaban las simplificaciones, las reducciones, los lugares comunes, las clasificaciones fáciles. Para muchos promotores del voto blanco resultan iguales o equivalentes, las opciones en disputa, se escuchan afirmaciones como son igual de malos, son dos caminos equivocados, son dos extremos, etc., etc. Esas afirmaciones no resisten un mínimo análisis de evidencias historiográficas, sin embargo, para estos promotores de la pureza y la “incontaminación”, las dos opciones son igualmente nocivas.

4. No decir nada

Los estudiantes que más me preocupaban eran aquellos que sucumbían ante la hoja en blanco y terminaban escribiendo textos llenos de citas y referencias pero que estaban huecos por dentro. Esto no sólo era señal de una incoherencia mayor sino de una preocupante ausencia de posiciones y una indiferencia impuesta por las circunstancias, o sea, una indiferencia de derrota, resultado de la impotencia.

En materia electoral, este cuarto caso no sólo atañe a los líderes “coherentes” sino a todos los electores, sobre todo los jóvenes. Estas elecciones, por sus características, revisten de unas peculiaridades que reclaman todo menos su indiferencia. Son las primeras elecciones sin las Farc como factor electoral; es la primera vez que a cada lado de la disyuntiva se ubican dos visiones del mundo y del futuro; es la primera vez que superado el sofisma de la guerra contra el terrorismo, se confrontan dos proyectos de Colombia.

Lo más coherente sería entonces tomar una postura. ¡Es una obligación!

lunes, 11 de junio de 2018

ENTRE LAS CIUDADANÍAS LIBRES Y LA TRADICIÓN COLONIAL


Las elecciones presidenciales del 17 de junio en Colombia…

ENTRE LAS CIUDADANÍAS LIBRES Y LA TRADICIÓN COLONIAL

Popayán, 10 de junio de 2018

Faltando 7 días para la segunda vuelta (definitiva) de las elecciones presidenciales de Colombia, en donde se escogerá presidente de la república entre el candidato del Centro Democrático, Iván Duque, y Gustavo Petro de la Colombia Humana, este país suramericano está en la mira del mundo entero, especialmente de los mandatarios y fuerzas políticas de la región sudamericana.

Esas elecciones son atractivas y preocupantes para muchas personas porque –por primera vez en más de medio siglo– un candidato que enfrenta a las clases dominantes tiene alguna opción de ganar. Es un fenómeno similar a lo que ocurre en México con Andrés Manuel López Obrador AMLO. Si las fuerzas alternativas logran su objetivo, será una bocanada de aire fresco frente a los vientos de restauración neoliberal y pro-estadounidense que soplan en la región.   

Petro fue militante del Movimiento 19 de abril (M19) en su juventud, una particular guerrilla nacionalista de los años 70s del siglo XX que mediante formas espectaculares de acción bélica, simbólica y principalmente urbana, emuló a los Montoneros del Uruguay bajo el liderazgo de Jaime Bateman Cayón. Fue una insurgencia más política que guerrista; muy diferente a las Farc.

Es importante recordar que Colombia es el tercer país más desigual del mundo en el que un ínfimo número de familias es poseedor de más del 90% de las tierras cultivables y propietario de poderosos bancos y empresas transnacionales en una nación que ya es la tercera economía más grande de la región latinoamericana después de Brasil y México. Desde los años 80s del siglo pasado se apropian de buena parte de los recursos del narcotráfico a través del sector financiero. 

Es pertinente mencionar que en este país domina una élite de grandes latifundistas que desde la época de la independencia de España (1819) creó un régimen de gobierno que combina una débil democracia clientelar (con fórmula presidencial y separación formal de poderes) con la represión más brutal hacia cualquier tipo de proyecto político o líder que ponga en peligro los privilegios de una casta oligárquica que no tiene comparación en parte alguna del mundo.

Ello explica que durante la segunda mitad del siglo XIX, todo el XX y lo que va del siglo XXI, Colombia haya sido desgarrada y desangrada por toda clase de insurrecciones, alzamientos armados, violencias y guerras de diverso tipo. La última fue generada por el asesinato del caudillo popular Jorge Eliécer Gaitán en 1948, siendo uno de los conflictos armados más largos del mundo moderno solo comparable con lo ocurrido en Irlanda, Sudáfrica o Sri Lanka.

Hace 27 años, el M19 a la cabeza de fuerzas democráticas y populares de este país consiguió derogar la Constitución de 1886 e inauguró una Nueva Carta Política (Constitución de 1991) que es la base de un Estado social de Derecho. Ese parcial triunfo político lo obtuvo después de sufrir el asesinato de 4 candidatos presidenciales entre ellos Luis Carlos Galán Sarmiento (liberal) y de Carlos Pizarro, principal dirigente de ese movimiento insurgente que se integró a la vida civil mediante un acuerdo de paz en 1990 en el que participaron otros grupos armados.

No obstante, la mayor parte de los derechos fundamentales aprobados en esa Constitución fueron reducidos a simple letra en el papel y la casta dominante logró sobreaguar ese instante de crisis. Tuvo la colaboración involuntaria e inconsciente de la guerrilla de las Farc que se mantuvo en rebeldía armada, convirtiéndose en la excusa perfecta para cerrar los espacios de reforma y acusar a los demócratas-liberales de ser extremistas comunistas y enemigos de la democracia.

Lo más interesante del momento que vive Colombia consiste en que apenas pasado un año y medio de haber firmado la paz con las guerrillas farianas –casi en forma automática– un importante sector del pueblo se manifestó masiva y mayoritariamente en contra de la clase política tradicional y apoyó en la primera vuelta (mayo/27) a los candidatos (Petro y Fajardo) que levantaron la consigna de la lucha contra la corrupción y por la continuidad del proceso de paz[1].

Buena parte de esa población, sobre todo la que habita en zonas rurales, ha luchado durante décadas por la superación negociada del conflicto armado, por derechos laborales plenos, contra la entrega de las riquezas al capital extranjero y transnacional, contra los mega-proyectos energéticos y mineros depredadores de la naturaleza, y contra las políticas neoliberales que se implementaron a la sombra de la Constitución de 1991, pero sus luchas han sido fuertemente reprimidas a manos de grupos paramilitares apoyados o protegidos por el ejército estatal.

De acuerdo a los resultados electorales de la primera vuelta realizada hace 15 días, la suma de los votos de los candidatos alternativos sería suficiente para derrotar al candidato de las derechas y de los partidos tradicionales que se han juntado detrás del proyecto del ex-presidente Uribe, el partido político Centro Democrático, que aglutina a políticos y personas vinculadas a la práctica paramilitar-mafiosa y a todos los políticos corruptos que defienden la institucionalidad existente.

Sin embargo, el panorama es más complejo. Varios factores juegan en contra del candidato de la Colombia Humana. Algunas propuestas de su programa de gobierno, su pasado guerrillero y cierto perfil “izquierdista”, han sido utilizadas para posicionar una imagen negativa entre amplios sectores de la sociedad colombiana. Incluso, el candidato Sergio Fajardo de la Coalición Colombia, con el apoyo del Polo Democrático y de Alianza Verde, remontó en la lucha electoral y obtuvo el tercer lugar con base en calificar a Petro de populista, “castro-chavista” y mesiánico.

Además, la situación social, económica y política de Venezuela se convierte en una razón para rechazar cualquier viraje hacia la izquierda. El país vecino vive una verdadera crisis a todos los niveles que se ve materializada en la enorme migración de personas, muchos colombianos residentes en ese país que regresan o cientos de miles venezolanos que huyen cansados de la escasez de alimentos y medicamentos, crisis económica, inflación, carestía, deterioro del empleo, pérdida de capacidad adquisitiva y problemas de violencia e inseguridad urbana.

Colombia no es ningún paraíso terrenal frente a Venezuela pero la realidad del país hermano, semi-bloqueado por los EE.UU. y con problemas graves de gobernabilidad, corrupción política y debilitamiento del proceso de cambio, convierten ese tema en un referente ideal para debilitar al candidato Petro que es acusado de ser socio de Maduro y seguidor del ex–presidente Chávez.

A pesar de lo que pueda concluir un observador lejano, se puede afirmar que una parte de la población colombiana ha dado un inmenso paso hacia la democracia, la paz y el cambio. La labor realizada por el candidato Petro ha sido extraordinaria; ha sido un trabajo increíble de pedagogía política y de conexión con la gente y con la juventud en concentraciones masivas en más de 90 plazas de ciudades y pueblos; ha sido un aprendizaje colectivo de historia política y de conocimiento y denuncia de las causas estructurales de los problemas que vive este país, situación que no se vivía desde los tiempos de Gaitán.

Ese es un enorme avance y un capital político más importante que cualquier otra cosa. Ha logrado posicionar ideas que hasta hace poco eran impensables en el ámbito latinoamericano. El cambio de un modelo productivo basado en la extracción de materias primas (petróleo, carbón, oro) hacia la modernización de la agricultura y el desarrollo de una industria con tecnologías de punta, apoyándose y tomando como base social a los pequeños y medianos productores, es una propuesta que se conecta con la necesidad de una nueva matriz energética que cambie los combustibles fósiles por fuentes de energía limpias y renovables. Igual, sus propuestas de democratizar y mejorar la calidad de la educación y los servicios de salud, han calado entre el grueso de la sociedad.  

Independientemente de los resultados que se obtengan el próximo 17 de junio se puede decir que Colombia no será la misma después de esta larga campaña electoral. Los partidos políticos en general han quedado fuertemente fraccionados y las “ciudadanías libres” se han expresado por el cambio, la transparencia y la paz. Falta ver que el miedo sea derrotado con el pasar de los años y que con la acción política de la juventud y de nuevos sectores sociales, Colombia deje de ser el “Israel latinoamericano” y se reencuentre con sus esencias amerindias, africanas y mestizas.   

E-mail: ferdorado@gmail.com / Twitter: @ferdorado
         

[1] El pasado domingo 27 de mayo se realizó la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia. Son los primeros comicios para escoger primer mandatario después de la desmovilización de las Farc. En un ambiente de relativa tranquilidad solo afectada por la amenaza de catástrofe del Proyecto de Hidroituango, aumentó la participación ciudadana y se redujo la abstención al 46,6%. Las “ciudadanías libres” (dixit Petro) se expresaron con cierta fuerza. Duque obtuvo el 39,1%; Petro, 25,1%; Fajardo, 23,7%; Vargas, 7,3% y De la Calle, 2%. El mapa político cambió. Se confirmó con mayor nitidez lo ocurrido el pasado 11 de marzo en cuanto al avance de las fuerzas democráticas y alternativas. Son 9.840.130 votos los obtenidos por Petro, Fajardo y De la Calle mientras que las fuerzas tradicionales (Duque y Vargas) lograron 8.977.533 votos. Es realmente algo histórico pero las fuerzas alternativas no pueden cantar victoria para la segunda vuelta (balotaje) si se tienen en cuenta las complejidades de este país y la vulnerabilidad del sistema electoral. (Nota del Autor).                            

domingo, 10 de junio de 2018

LA TORMENTA (II)


La tormenta (II)

Por William Ospina

(Tomada de El Espectador)

Tan grave como decir “no he visto el mar” o “no he visto el sol” sería tener que decir “no he visto el mundo”. Y yo creo que, de verdad, no lo hemos visto.

Tal vez porque nuestras mitologías y sobre todo nuestras teologías nos enseñaron que éramos una especie distinta y superior, venida del cielo, que no se parecía a la tierra, que estaba aquí por poco tiempo y que después volvía a su patria eterna, aprendimos a comportarnos como visitantes, llamados a utilizarlo todo, a dominarlo todo, a saquear el mundo y a no agradecer por nada.

Ha sido muy lento el proceso de descubrimiento de que somos hijos de este mundo, diseñados por él, condicionados por él; que todo en nosotros depende de las dimensiones del planeta, de su gravedad, de su clima, de sus especies, de su diversidad, de su equilibrio. Que todo daño que hacemos al entorno lo pagaremos con asfixia, con peste y con llagas, porque o somos parte de la salud del planeta o fatalmente seremos parte de su enfermedad y de su agonía.

Alguna vez Macedonio Fernández declaró que nunca se había sentido tan interesado en el tema de la respiración como una vez en que estuvo a punto de ahogarse. Es duro pensar que sólo empezamos a ver realmente el mundo a partir del momento en que sentimos que el mundo nos falta. Cuando estemos a punto de perderlo descubriremos que estábamos en el paraíso. Ahora, viendo los bosques arrasados, los ríos contaminados, los glaciares derretidos, los polinizadores diezmados, las bandadas extraviadas, los cardúmenes sin rumbo, el mar infestado por un continente de basura, las epidemias potenciadas, ahora que no podemos cantar “Vamos a la playa, calienta el sol”, sin preguntar enseguida con angustia si llevamos el bloqueador solar adecuado, comprendemos que la inmensa morada terrestre puede tratarnos como cosa ajena, que tanto jugamos a no ser de aquí que el mundo podría empezar a tratarnos como extranjeros.

Y también es posible que no hayamos visto a la humanidad. Hemos pasado la historia de tal manera divididos en razas, en lenguas, en religiones, en tribus, en naciones, de tal manera trenzados en guerras y conflictos, que nos resultó siempre difícil vernos como miembros de una misma especie y como partes de un proyecto común.

Ahora tenemos urgentes tareas compartidas que nos ayudarán a sentirnos parte de un proyecto solidario, gotas del mismo río, hojas del mismo bosque y caras de un mismo sueño. La tarea urgente de sustitución de fuentes de energía marca poderosamente la agenda planetaria. Ya Alemania y Dinamarca han emprendido incluso la tarea de cerrar sus centrales nucleares y de depender en un ciento por ciento de energías limpias. Es algo que pueden hacer los Estados, pero qué alivio histórico saber que cada quien puede conseguir un par de paneles solares y empezar por asegurar energía limpia para su propia casa, recortando de paso la factura mensual. Qué bueno conectarse directamente con el sol, como los girasoles, y no alimentar los circuitos del poder o de la corrupción.

Hace poco Jeremy Rifkin ha dicho que está terminando la edad de los combustibles fósiles, que ya comienza su sustitución por energía solar y eólica, que esa energía ilimitada en el futuro será gratuita, que está comenzando la tercera revolución industrial “basada en las energías sostenibles y las consecuencias de internet como la economía colaborativa”, que “el 90 % de los automóviles va a desaparecer y que la inmensa mayoría de los que queden serán eléctricos y sin conductor”, que llegó la edad de las reforestaciones masivas y de la energía limpia, que ya “Copenhague quiere convertirse en la ciudad más verde del mundo”.

Paradójicamente nada resulta más favorable para la expansión de los bosques que la sobreabundancia de dióxido de carbono en la atmósfera, de modo que lo que hoy se requiere es inteligencia y voluntad. Pero la manera misma del proyecto industrial tendrá que ser examinada a fondo, porque aunque lográramos un 100 % de energía limpia, ilimitada y gratuita, igual podría hacer colapsar el mundo un modelo de saqueo irrespetuoso y depredador, que ve en la naturaleza sólo una fría bodega de recursos, en la humanidad un mero rebaño de operadores y consumidores, y en el mundo apenas un escenario desangelado para los designios de una acumulación ciega y sórdida.

La idea del desarrollo concebido como mera multiplicación de mercancías y aumento de la rentabilidad parece una variación ya sin poesía del viejo desvelo de los alquimistas por convertir todas las cosas en oro, y contiene en su almendra una alarmante negación de la vida como diversidad, como contención, como profusión y como equilibrio. Porque de todas las cosas que caracterizan al mundo ninguna es más evidente, y a la vez más alarmante para los designios del gran capital, que su gratuidad. Originalmente, todo en este mundo es gratuito, y fue Chesterton quien dijo que “ni siquiera podemos saber qué tan ricos o pobres somos, porque todo es regalo”.

Es la iniciativa múltiple y autónoma de los ciudadanos lo único que puede detener la degradación de las democracias en todo el planeta. Son urgentes los planes masivos de reforestación aliados con el conocimiento necesario para proteger la biodiversidad amenazada. Es urgente salvar las cuencas, proteger los ríos y curar los manantiales. Y también es urgente un cambio de estilo de vida que libere de la excesiva presión al cuerpo y al mundo: sinceramente, yo creo que empieza a ser urgente al mismo tiempo desconectarse de los mecanismos y encenderse en términos creativos.

Necesitamos una revolución del afecto, una relectura de la historia para superar la idea absurda de que hay seres importantes y seres no importantes, seres con historia y seres sin historia. Hay que leer el hermoso libro Vidas minúsculas de Pierre Michon, o el libro Europa y la gente sin historia, para comprender cuán equivocados hemos estado en la mirada sobre el papel que jugamos en el mundo. 

No hay ser humano que no sea una síntesis de su época. La democracia es de verdad una necesidad, pero la democracia no puede ser una oscura tiranía de burócratas ni una manipulación de castas ni algo gobernado por el poder del dinero. Más que un sistema de derechos y de responsabilidades, la democracia tiene que ser un seguro de equilibrio en el que sólo si cada quien tiene lo elemental, tiene valor y dignidad, puede haber paz y convivencia verdadera.

Hay un relato de Ray Bradbury donde alguien grita que viene la tormenta. Cuando los otros, alarmados, le preguntan: “Dónde, dónde viene?”, él responde: “Nosotros, la tormenta somos nosotros”.

Los jóvenes, que por definición aman el riesgo y la aventura, tienen que saber que su deber es ser los protectores de los jaguares y los médicos de los manantiales. Es la voz de la tierra la que viene a decirnos que sólo bajo esos signos tal vez salvaremos esta aventura hoy en peligro, porque el mundo es tan grande que ya sólo se lo puede salvar en cada sitio, en la raíz de cada árbol, en la fuente de cada río.

Si viene la tormenta, que la tormenta seamos nosotros, o, como acabo de leer en alguna parte, según la sentencia del pueblo hopi, “nosotros somos aquellos a los que estábamos esperando”.

Fragmento de Solidaridad y futuro, un ensayo del nuevo libro “El taller, el templo y el hogar”.

lunes, 4 de junio de 2018

LA TRAICIÓN


LA TRAICIÓN

Popayán, 4 de junio de 2018

“La única verdad es la realidad”

Aristóteles 

La realidad del 27-M envía un mensaje de verdad. Si nos limitamos al análisis de los resultados en cifras y a las declaraciones de los actores políticos no encontraremos ni a la una ni a la otra. Sólo si reconstruimos el hilo histórico y nos sintonizamos con la continuidad de los hechos podremos entender el momento y orientar nuestra acción política. 

Las derechas (Duque y Vargas) obtuvieron el 46,42% de los votos válidos; los demócratas (Petro, Fajardo y De la Calle) consiguieron el 50,87%. Pasaron a la segunda vuelta (balotaje) Duque y Petro. Los análisis basados en sumas mecánicas plantean que ganó el voto por la paz y contra la corrupción. Se especula con el voto de las “ciudadanías libres” pero, la decisión de De la Calle (cabeza de la lucha por la paz) y de Fajardo (líder de la lucha contra la corrupción) de votar en blanco en la segunda vuelta nos muestra que el asunto es más complejo.

Para avanzar es importante reiterar una idea antes planteada. La elección presidencial en Colombia se inició con el Plebiscito de 2016. El 11 de marzo de 2018 con las consultas interpartidistas se llevó a cabo “de hecho” la primera vuelta que definió los candidatos en disputa: Duque y Petro. Ello obligó a unos candidatos a jugarse en la primera vuelta como si estuvieran en la segunda, es decir, a renunciar a su programa y llamar a votar en contra de otro.    

Así, las elecciones del 27 de mayo fueron una especie de segunda vuelta de todos contra Petro. La meta fue aplastar a la Colombia Humana e impedir que Petro pasara a la segunda vuelta. El “toconpetro” se hizo realidad  y verdad. El rechazo al populismo, castro-chavismo, mesianismo y caudillismo de Petro era la canción de moda que resonó en todos los escenarios. Los medios de comunicación y algunos intelectuales se sumaron al coro. Pero no pudieron. Petro pasó.

En realidad… ¿qué pasó? ¿Qué ocurrió con la lucha por la paz y contra la corrupción?

Ya en las elecciones del 11 de marzo las Farc, que eran uno de los símbolos de la “paz”, habían quedado fuera de combate. En las elecciones de mayo 27, el otro símbolo de la paz que era Humberto De la Calle Lombana, fue sacrificado por los políticos liberales que supuestamente se la habían jugado por la paz. El símbolo “negativo” había caído en marzo, el símbolo “positivo” cayó en mayo. La verdad es que los que concebían la paz solo como el desarme de las Farc ya habían abandonado ese barco desde hace mucho rato.

Ahora que apareció la Colombia Humana que fundió la lucha por la paz con la justicia social (“paz grande” la llama Petro), la “paz pura y simple” ya no tenía razón de ser. Les da miedo.

Igual ocurrió con la lucha contra la corrupción; fue traicionada por sus principales promotores. El 18 de abril en el congreso de la república (senado) pactaron entre las bancadas verde y uribista darle un entierro de segunda a la consulta contra la corrupción convirtiéndola en una pantomima parlamentaria. Se volvió inane y no tendrá futuro. La lucha contra la verdadera corrupción que es la que enfrenta a la corrupción criminal y mafiosa de Uribe, a la de los grandes grupos económicos, a la de la justicia y la fiscalía, la que va más allá de lo planteado en “La consulta”, también encarnó en la Colombia Humana. Como ya no les servía, la engavetaron.

La conclusión es que a algunos “dirigentes” e “intelectuales” les genera más miedo lo que supuestamente va a hacer Petro que lo que ya hizo Uribe. Algunos conciben la reconciliación como un perdón sin verdad y sin reparación, y un borrón y cuenta nueva para corruptos y guerreristas. Pero creo que el grueso de la gente tiene en mente la continuidad de un verdadero proceso de paz y la derrota plena de todos los corruptos que hoy están juntos y en la mira.

Tal vez el “Acuerdo sobre lo Fundamental” ya está en la mente de millones de personas capaces de derrotar a todos los que se juntaron detrás del miedo a Petro, que no es tanto el miedo a él como persona sino el terror que les genera un pueblo que empieza a reencontrar el camino que dejó trazado Gaitán. Y lo que hace falta es empujar con mayor fuerza en la dirección desbrozada.

Hay que ganar o perder avanzando y no retrocediendo.

Nota: En las regiones las bases de los partidos tradicionales se están sumando a la Colombia Humana en forma creciente. Las bases liberales votaron el 27-M pero ahora son conservadores, gente que votó por Vargas y hasta por Duque los que se adhieren. Hay que oficializar los “acuerdos sobre lo fundamental” realizando asamblea amplias e incluyentes en cada municipio y departamento de Colombia.     

E-mail: ferdorado@gmail.com / Twitter: @ferdorado


domingo, 3 de junio de 2018

LA TORMENTA (I)


La tormenta (I)

Por: William Ospina

(tomada de El Espectador, 3.06.2018)

Si alguien quisiera dictar una charla surrealista, podría empezar diciendo que llevamos mucho tiempo viviendo de la sangre de los dinosaurios. Que la sangre de los dinosaurios terminará haciendo que el mar hierva y que el cielo se apague.

Pero no, no es surrealismo: es la sencilla realidad. En todas partes estamos carbonizando el mundo, no en el sentido de estarlo quemando, pero sí en el sentido de estarlo llenando de carbono. Hace meses, ante los ojos asombrados de los viajeros, se blanqueó la barrera coralina de Australia, una de las maravillas del mundo. Y ese podría ser un bello espectáculo, si somos capaces de pensar que la muerte es un bello espectáculo. Para que toda una barrera de corales se muera y se afantasme, basta que aumente un par de grados la temperatura del mar.

¿Por qué nos preocupa en Colombia que se mueran los corales de Australia? Por la misma razón por la que puede preocupar a los australianos que cada año se pierdan miles de kilómetros cuadrados de la selva amazónica. Hasta ayer vivíamos, o creíamos vivir en países, ahora todos vivimos en el mundo, y no en un mundo apacible, sino en un mundo donde se sienten crecer las catástrofes.

Hay un hermoso poema de León de Greiff, muy musical y un poco irónico, en donde él afirma que no ha visto el mar: “No he visto el mar,/ Mis ojos, vigías horadantes, fantásticas luciérnagas,/ Mis ojos avizores entre la noche, dueños/ De la estrellada comba, de los astrales mundos,/ Mis ojos errabundos, ojos cogitabundos,/ Familiares del hórrido vértigo del abismo,/ No han visto el mar mis ojos,/ No he visto el mar”.

Digo que es irónico porque evidentemente cuesta trabajo no ver el mar. No ver una hormiga es fácil, pero es difícil no ver el océano. El poema podría significar apenas que el poeta, un caballero antioqueño de 30 o de 40 años, no ha hecho el viaje a Turbo o a Coveñas, y no ha podido conocer personalmente el mar. Pero creo que el poema no habla sólo del poeta: habla de cada uno de nosotros, y por eso nos gusta a todos. Más bien significa que nosotros, los colombianos, o que tal vez los latinoamericanos, como también lo sugiere Ignacio Padilla, en su hermoso libro “La isla de las tribus perdidas”, no hemos visto el mar.

Y ese no haberlo visto no parece un problema óptico. Yo diría que significa que no lo hemos advertido, que no lo hemos conocido, que no hemos entrado en contacto con él. Podría significar: no somos griegos, no somos árabes, no somos ingleses, no somos estadounidenses. No hemos sido Ulises, ni Simbad, ni el bucanero ciego de la Isla del tesoro, ni el capitán loco que buscaba a la ballena blanca. Uno puede vivir por siglos junto al mar y, en el sentido más profundo del término, no haberlo visto.

Creo que lo mismo puede decirse del sol. El sol es un poco más difícil de ver: es tan deslumbrante, tan cegador, que verlo es peligroso. Sabemos que no hay que mirarlo, que nos conviene no verlo, que más nos conviene no haberlo visto. Pero también en la expresión “no he visto el sol” podría estar encerrada una verdad más profunda. Es posible que los seres humanos hayamos estado por miles de años en la tierra, y sin embargo no hayamos visto el sol, que es nuestro padre, la fuente de nuestra vida.

A partir de cierto momento los seres humanos empezamos a consumir mucha más energía de la que éramos capaces de procesar con nuestra alimentación. Hace dos siglos, a comienzos de la revolución industrial, cada ser humano todavía consumía las 2.500 calorías que fueron nuestro gasto diario desde el comienzo de la historia. Ahora no sólo hemos pasado de 500 millones a 7.500 millones de personas, sino que cada uno ha pasado de 2.500 al equivalente de 250.000 calorías.

Somos monstruos devoradores de energía: viajamos por tierra a 80 kilómetros por hora, por aire a 850 kilómetros por hora, hemos iluminado la noche, hemos abandonado el silencio, oímos radio, vemos televisión, tenemos encendido todo el día nuestro ordenador, y en los últimos segundos del tiempo cósmico nuestra única preocupación es tener cargado el teléfono celular.

Alguien hace poco escribió en Twitter: “Estoy saliendo de mi casa sin el cargador, y con una carga en el celular del 75 %. Que sea lo que Dios quiera”. Anoche, en el ascensor de un centro comercial, me di cuenta de que una muchacha consideraba necesario llamar a su hermano o su novio para preguntarle: “Nacieron los tres dragones. ¿Ahí se acaba todo?”. El gasto de energía es tan descomunal que no basta que todos los ríos del mundo hagan girar las turbinas generadoras de electricidad, que todos los yacimientos de carbón surtan sin fin la fuente de la energía térmica, sino que hace dos siglos la revolución industrial y hace un siglo en señor Henry Ford pusieron a la humanidad a consumir petróleo, combustibles fósiles que encienden la noche y acompasan nuestra velocidad y alimentan las fábricas, de modo que llevamos mucho tiempo, como decía, viviendo de la sangre de los dinosaurios, y estamos liberando a la atmósfera de manera creciente todo el carbono que estaba guardado en las profundidades de la tierra. La temperatura global está aumentando aceleradamente, ha subido varios grados la temperatura del mar hasta blanquear la barrera coralina de Australia, y en los términos más sencillos estamos carbonizando el mundo, es decir, aumentando sin control el nivel de carbono en la atmósfera.

Pero es bueno recordar que hace poco más de dos siglos el poeta Friedrich Holderlin escribió en su poema Patmos: “Allí donde crece el peligro crece también lo que nos salva”. Hace ya varios años la humanidad se pregunta con angustia cómo vamos a sostener este ritmo descomunal de gasto de energía, si todo el carbón y todo el petróleo que consumimos están dejando en la atmósfera, en los océanos, en las pieles y en los pulmones un rastro mortal. Ya no tenemos décadas para corregir ese problema, ahora es evidente que a lo sumo tenemos años. Y es el momento en que el ser humano, acosado por la necesidad y por el peligro, descubre, como decían en la antigüedad, que hay un sol en el cielo, y puede decirse, en un sentido muy profundo, “no he visto el sol”.

Ahora sabemos que el sol y el viento son la gran solución a las demandas de energía de la humanidad, que la energía solar y la energía eólica son las energías limpias e inagotables que necesita, no sólo el futuro, sino desesperadamente el presente. Nos volvemos de pronto a mirar esa fuente desmesurada de energía, y comprendemos que si lo hacemos bien y a tiempo tendremos energía limpia y abundante para todas las necesidades de la civilización en los próximos diez millones de años. ¿Por qué no lo habíamos visto antes? Tal vez porque la historia no nos había formulado el desafío.

Claro que no hay que cantar victoria: porque ya hemos alterado seriamente el equilibrio del mundo y porque de la teoría de la sustitución energética al cambio real del modelo todavía queda mucho trecho y muchos intereses que vencer, y mientras tanto el mundo ya está empezando a tratarnos como a una plaga dañina. Tenemos que dejar de pesar nocivamente sobre el mundo, y eso requiere un largo proceso de recuperación del equilibrio perdido.

(Fragmento de Solidaridad y futuro, un ensayo del nuevo libro “El taller, el templo y el hogar”.)