martes, 14 de junio de 2016

ENTRE EL POPULISMO DE DERECHA Y LA DERECHA NEOLIBERAL

Análisis prospectivo hacia 2018…

ENTRE EL POPULISMO DE DERECHA Y LA DERECHA NEOLIBERAL

Popayán, 14 de junio de 2016

Dentro de dos (2) años en Colombia estaremos eligiendo presidente de la república para el periodo 2018-2022. Lo más seguro es que habrá segunda vuelta ante la dispersión de las fuerzas políticas. ¿Volveremos al escenario recurrente de tener que escoger entre lo malo y lo peor? ¿Entre la derecha neoliberal y el populismo de derecha? ¿Entre la derecha “pacifista” y la extremo-derecha guerrerista? ¿Entre los agentes de Santos y los de Uribe?

Acaba de ocurrir en Perú. En el país vecino los demócratas y la izquierda se vieron obligados (igual que en Colombia en 2014) a apoyar un candidato neoliberal para impedir el triunfo del “fujimorismo”. Raúl Zibechi plantea que todo indica que “el fujimorismo está sólidamente asentado en la sociedad peruana, en particular en los sectores populares”, que “mantendrá una fuerza considerable” y que su “crecimiento en el quinquenio lo muestra como una fuerza avasallante” (http://bit.ly/1Q1qz4R). ¿Aquí el “uribismo” seguirá vigente? No lo creo.

En Colombia no se repetirá ese escenario. La polarización entre Santos y Uribe tiene cansada a la gente. Esa confrontación –casi personal– ha generado un enorme desgaste entre las fuerzas que se la han jugado por la “paz”, ya sea a favor o en contra. Tanto Uribe como Santos muestran un deterioro político creciente. El escepticismo y la incredulidad sobre el proceso de paz empiezan a transferirse hacia sus principales actores. Es lo que se percibe como constante entre la mayoría de la población. Y la izquierda también sufre ese desgaste tanto por la división interna como por su identificación con la guerrilla.

Es absolutamente previsible, casi inevitable, que aparezca en Colombia un movimiento que logre unificar a amplios sectores sociales que rechazan esa polarización. Dichos sectores ya se han deslindado del populismo autoritario y corrupto del expresidente Uribe, del “reformismo” enmermelado de Santos, y del asistencialismo paternalista que representa la izquierda. Esos sectores sociales rechazan la disyuntiva entre derecha-izquierda. Sin embargo, quienes quieran encarnarlo, tendrán que elaborar propuestas creíbles frente a la paz, a la lucha contra la corrupción y a la protección del medio ambiente. Todo está servido.

Identificar esa aspiración política que se va forjando en la mente y en el sentir de amplios sectores de la población colombiana es clave para jugar con acierto hacia el futuro. Además, al interior de ese “movimiento ciudadano” puede incubarse un Nuevo Proyecto Político que logre entusiasmar a la juventud citadina que rechaza la “política” pero quiere actuar frente a tanta corrupción, injusticia, indignidad, caos institucional y ausencia de alternativas viables.

Es evidente que los liderazgos de izquierda –cualquiera sea la tendencia o grupo– no están en condiciones de liderar ese movimiento ciudadano. Gustavo Petro que se proyectaba como un líder de izquierda alejado y hasta contrario a las FARC y, como un consecuente luchador contra la corrupción, perdió esa aura. En medio de su entusiasmo por la paz y de las afujías por mantenerse en el cargo de alcalde, debilitó ese perfil que había construido tiempo atrás.

Por ello el campo le queda abierto a personalidades como Sergio Fajardo, Claudia López o algún “outsider” que cumpla con los requisitos mínimos y que levante un programa político que recoja ese sentir creciente de “renovación” que se empieza a respirar entre un buen sector de la población colombiana. Su meta deberá ser unificar a todas las fuerzas susceptibles de ser unidas y, por lo menos, obtener el segundo lugar en la primera vuelta presidencial de 2018. Luego, obtener el triunfo en la segunda.

Un movimiento de ese tipo tiene todas las posibilidades de crecer y competir con éxito. Puede comprometerse a cumplir con firmeza e integridad los acuerdos de paz que se firmen con las FARC y tratar de ampliarlos a las demás fuerzas insurgentes. Y lo puede hacer porque no carga con las limitaciones y taras ideológicas que pesan sobre los hombros y atormentan el alma de quienes han vivido con parcial intensidad el conflicto armado. Son fuerzas y personas renovadoras. Portan en sus genes un nuevo código y en su espíritu un nuevo aliento.

Pueden incluso ofrecer no sólo un período de gobierno sino un proyecto de largo aliento para construir la verdadera paz. Sin la corrupción autoritaria y mafiosa de Uribe pero sin la podredumbre clientelista de Santos; sin el espíritu vengativo del primero pero sin la debilidad complaciente del segundo; con la mano dura de Uribe pero dentro de la legalidad jurídica que ha respetado Santos; sin permitir impunidad pero sin caer en un leguleyismo desgastante; sin el espejo retrovisor revanchista pero sin la ilusión mentirosa de quien idealiza la “paz precaria” para quedar inscrito en la historia. Sin el odio compulsivo del uno y con la moderación prudente del otro.

Todos sabemos que se requiere tanto del esfuerzo disciplinado, juicioso y firme de varios gobiernos como del trabajo sacrificado y entusiasta de la sociedad y el pueblo para construir la paz en Colombia. Dicha labor tendrá que ser acompañada de la actitud responsable y seria de un proyecto político que sea modelo ejecutante de una transformación democrática de nuestro país. Solo haciendo pedagogía con el ejemplo se consolidará la convivencia pacífica. Prevemos que los conflictos sociales se incrementarán pero su resolución deberá ser el motivo y el escenario de la participación y no el de la exclusión o de la represión estatal.

Si amplios sectores democráticos, progresistas y de izquierda entienden el momento, comprenden la necesidad de un período de transición pacífica y tienen paciencia estratégica, podrán contribuir con modestia y sin protagonismos a derrotar plena y paralelamente a los dos compadres (Santos-Uribe) que ante ese escenario se unirán irremediablemente alrededor de Vargas Lleras, en la eventualidad de que –como se prevé– sea el candidato de todas las derechas-derechas.

Así, se irá despejando el panorama en Colombia. Con paciencia democrática.    


E-mail: ferdorado@gmail.com / Twitter: @ferdorado

lunes, 13 de junio de 2016

LUCHAS MANIPULADAS, DOMESTICADAS Y CONTROLADAS

LUCHAS MANIPULADAS, DOMESTICADAS Y CONTROLADAS

Popayán, 13 de junio de 2016

¿Por qué en Colombia las luchas populares no se unifican?

Porque cada cúpula de "dirigentes" tiene su negocio por aparte y les interesa mantener la dinámica funcional al sistema.

De vez en cuando deben organizar "luchas" que tienen causas reales y justas pero sus "conductores" no tienen ningún interés en enfrentar las causas estructurales.

Temen ir más allá... el negocio puede dañarse.

Las "luchas sociales" se han convertido en una forma de vida para los "dirigentes-directivos". Y, en verdad, son una estafa para las bases sociales.

No hay verdaderos liderazgos. Los "dirigentes" no pasan de ser directivos. No dirigen, conducen. Y a la vez, ellos son conducidos.

Las organizaciones sociales funcionan como ONGs. Lo importante no es tanto los puntos de lucha, lo que se tiene que garantizar es la imagen de luchadores sociales.

Garantizar los recursos económicos para los "proyectos" que son gestionados y ejecutados por sus fundaciones y ONGs. Recursos nacionales y extranjeros.

Es lo que llaman ahora "participar en el post-conflicto".

La gran conclusión del Ministro del Interior al finalizar la "Minga Agraria" es "Vamos a fortalecer a la Guardia Indígena para el post-conflicto".

Luchas funcionales, domesticadas, controladas, a favor del sistema y el régimen.


El Gran Capital logró instrumentalizar el conflicto armado... ahora instrumentaliza la "paz".

jueves, 9 de junio de 2016

LA “AFRICANIZACIÓN” DE COLOMBIA Y LA ILUSIÓN DE LA PAZ

LA “AFRICANIZACIÓN” DE COLOMBIA Y LA ILUSIÓN DE LA PAZ

Popayán, 9 de junio de 2016

La malograda frase del presidente Santos de comparar la región del Catatumbo con el llamado “Bronx” bogotano, deja ver la incapacidad del Estado colombiano para controlar el territorio. La causa no es otra que la refinada estrategia imperial que se viene aplicando en el mundo. Se trata de convertir a los Estados de los países periféricos y naciones ricas en materias primas en Estados “fallidos”, inestables, corruptos, militarizados, encargados de mantener una democracia de papel especializada en controlar y reprimir a la población. Y paralelamente, intervenir y explotar los mercados cautivos de las grandes ciudades y otras áreas productivas como el turismo, la biodiversidad y las tierras cultivables.  

En América Latina han conseguido avanzar en ese propósito en México, Colombia, Venezuela, Brasil y gran parte de Centroamérica (Honduras, Salvador y Guatemala). El conflicto armado, la economía del narcotráfico, el crimen organizado, la delincuencia común, la corrupción político-administrativa y la conflictividad política, han sido los instrumentos escogidos para lograrlo. Los Estados “fallidos” son cascarones de burocracia sostenidos por una policía cada vez más militarizada como los ESMAD y los ejércitos oficiales, paramilitares e ilegales.  

En Colombia el Estado no controla casi nada. Si en una ciudad como Bogotá prosperó a menos de 8 cuadras de la casa presidencial, de la sede del Congreso de la República y del Palacio de Justicia, un centro de delincuencia y descomposición social como el Bronx, que hace parte de una zona más amplia que va desde la calle 26 hasta la 4ª y de las carreras 13 a la 18, en donde prosperan toda clase de negocios de prostitución, tráfico de drogas y crimen… ¿qué se podrá decir de otras regiones en donde los grupos armados ilegales imponen su ley?

El Estado colombiano es fallido. Depende de la economía del narcotráfico y otras economías ilegales para mantener su “estabilidad” económica. La oligarquía y el imperio saben que si acaban con esas economías no sólo van a tener problemas macro-económicos sino que las decenas de miles de familias que dependen de esas actividades se van a convertir en una carga y en un problema incontrolable. Los negocios que se mueven en torno a la siembra de coca, procesamiento de cocaína, transporte, producción y comercialización de insumos como gasolina, cemento, químicos, alimentos y otros productos que se llevan a esas regiones para el consumo de la mano de obra, dejarían de mover los dineros que genera e irriga esa economía ilícita. El Estado actual no está en condiciones de asimilar el impacto negativo que ese hecho generaría en la economía formal, el sector financiero y los ingresos del gobierno.

Pero además, toda esta situación es planificada. En muchas regiones y zonas específicas existen verdaderos “Estados paralelos” o de hecho, controlados por el Gran Capital. No importa que los grupos armados ilegales que actúan en esas regiones sean de izquierda o de derecha, guerrilleros o paramilitares, con discurso ideológico o con prácticas delincuenciales, eso no es importante para los grandes inversionistas en explotación de petróleo, carbón, oro, coltán, agro-negocios, mega-proyectos energéticos, etc. Poco a poco, con sobornos, impuestos o “vacunas” y prebendas de diverso tipo, los han convertido en fuerzas armadas funcionales a sus intereses. El secuestro de la periodista Salud Hernández en el Catatumbo sacó a relucir esa realidad que se trata de ocultar pero que todos conocen.

En el Catatumbo al lado de los cultivos de coca se extrae petróleo, se producen agro-combustibles y cultivos forestales, se practica el contrabando con Venezuela, se “progresa”, en medio de alianzas tácitas o no declaradas entre toda clase de grupos armados, a la vista y con el consentimiento comprado de la “fuerza pública” de ambos países fronterizos de esa enorme región. Pero esa realidad no sólo se presenta allí. Es una situación generalizada. Igual o peores fenómenos se viven en Buenaventura, en amplias zonas del Chocó, en la cordillera occidental y en la Costa Pacífica del Cauca y Nariño, en el Urabá antioqueño, en el Putumayo y Caquetá, en diversas regiones del Meta, Guaviare y demás zonas de los Llanos Orientales, y en numerosas y conflictivas zonas de muchas ciudades colombianas.

El gobierno nacional, las gobernaciones y alcaldías, las corporaciones ambientales, y en general todas las instituciones han sido cooptadas y puestas al servicio del gran capital. Por ejemplo, en el Cauca la corporación ambiental es subordinada y comprada por Smurfit Kappa y por las empresas minero-energéticas. Todavía no es un proceso total en el ámbito nacional pero está en marcha la segunda fase de ofensiva neoliberal que profundizará ese proceso. La venta de Isagen, el desmantelamiento de Ecopetrol, y la aprobación de la Ley Zidres, inauguran la aplicación de ese segundo paquete neoliberal. El Estado fallido está al servicio de esa estrategia. Es una especie de “balcanización” en cabeza de empresas transnacionales, con la asimilación funcional de todos los actores armados, legales e ilegales, que son un factor de desorden controlado, descomposición social y caos a todo nivel. Podríamos decir que más que balcanización la palabra precisa es la “africanización” de Colombia.

Como hemos dicho, no es un fenómeno que suceda sólo en Colombia. Es una realidad mundial. Brasil lo siente en sus selvas y en las favelas de las grandes urbes. Venezuela lo vive en las ciudades con la corrupción, delincuencia y descomposición social. México ha sido arrasado con la economía del narcotráfico y todo tipo de violencias. Y los países petroleros del Norte de África y el Medio Oriente con las guerras de intervención imperial.

Colombia se entusiasma con la terminación del conflicto armado. Es bueno que una fuerza armada ilegal que terminó siendo funcional a la estrategia imperial se salga de esa dinámica. Pero no es bueno que bajemos la guardia y nos ilusionemos con lo que no va a ocurrir. No va a haber ni una “simple paz”, ni una “paz imperfecta”, ni siquiera una “paz precaria” o “perrata”. Será un nuevo tipo de guerra como la que ya vivimos: una guerra contra el pueblo y la naturaleza. Una guerra no reconocida, invisible, subterránea, manipulada y manejada por el gran capital. El Estado fallido sólo es un distractor, una apariencia, un embeleco.

E-mail: ferdorado@gmail.com / Twitter: @ferdorado            


miércoles, 8 de junio de 2016

BREVE HISTORIA DE LOS BLOQUEOS DE LA CARRETERA PANAMERICANA EN EL CAUCA

Breve historia de los bloqueos de la carretera Panamericana en el Cauca

Popayán, 8 de junio de 2016

En el departamento del Cauca, hasta principios de los años 80s del siglo XX, la principal forma de lucha era entrar a las haciendas de los terratenientes, picar, sembrar e ir recuperando predios, hasta obligar al gobierno a entregar la tierra a sus legítimos dueños: indígenas y campesinos.

Después, con ocasión de la Marcha de la Salvajina (1986) se iniciaron los bloqueos de la carretera panamericana, aprendiendo de las luchas del pueblo boliviano. Las más importantes fueron la de Rosas (1991), la de 1999 (Galindez y El Cairo), y a lo largo de estos 30 años se ha bloqueado la Panamericana por lo menos en 40 ocasiones.

Los bloqueos de la carretera los empezaron a utilizar los indígenas y campesinos porque con la aparición de la alianza entre grandes terratenientes y los paramilitares, la recuperación directa de la tierra ya no era posible como lo demostró la masacre de El Nilo (Caloto) en el año 1991, en donde fueron asesinados 21 comuneros.

Además, una vez recuperada gran parte del territorio se necesitaba obligar al Gobierno Central a invertir en infraestructura vial, eléctrica, acueductos, educación, salud, etc., y la única forma de obligarlo a negociar era con los bloqueos. La Gobernación y las alcaldías, y las ETIS, nunca han manejado recursos importantes para construir obras importantes y el gobierno sólo hace inversiones significativas cuando hay intereses del Gran Capital.

Es importante entender que los campesinos e indígenas no tienen la capacidad que tienen los trabajadores de paralizar la producción cuando declaran una huelga o un paro. Si no bloquean vías, nadie les para bolas.

Sin embargo, los tiempos han pasado y las formas de lucha se van agotando y deben cambiar. Hoy las luchas sectoriales (por pequeñas partidas o proyectos) deben superarse. La experiencia demuestra que son formas de lucha desgastantes porque enfrentan a unas minorías organizadas con las mayorías desmovilizadas.

Las luchas populares dieron un salto cualitativo a finales del siglo XX y principios del XXI en América Latina. Las movilizaciones campesinas e indígenas de Ecuador y Bolivia mostraron un nuevo camino. Ya no se planteaban pequeños proyectos sino cambiar el régimen y tumbar gobiernos.

Al plantearse un conjunto de reivindicaciones de gran impacto, especialmente la nacionalización de los recursos naturales y la renegociación de los contratos con las grandes transnacionales que explotan nuestros recursos naturales (petróleo, gas, carbón, oro, etc.), los pueblos de América Latina dieron un paso gigantesco para derrotar a las oligarquías vendepatrias.

En el Cauca y en Colombia no se ha entendido la necesidad de dar ese paso. El espíritu cortesano, la práctica o dinámica de ONGs, y el grupismo y división de la izquierda, les ha permitido a pequeñas cúpulas de dirigentes impedir que los movimientos y organizaciones sociales de este país se unifiquen y convoquen a toda la sociedad a luchar por metas grandes y transformadoras.

Preferimos "negociar" pequeños proyectos con el gobierno oligárquico a pensar en serio en cambiar el régimen.


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jueves, 2 de junio de 2016

EL ESPÍRITU CORTESANO Y LAS CONEXIONES OCULTAS (Primera parte)

EL ESPÍRITU CORTESANO Y LAS CONEXIONES OCULTAS (Primera parte)

Popayán, 2 de junio de 2016

El rico le tira al pobre;
al indio que vale menos,
ricos y pobres le tiran
a partirlo medio a medio.

(Romancero popular colombiano del siglo XVIII)

El pensamiento complejo insiste en ver la “totalidad” de la vida. Para lograrlo se deben identificar las “relaciones” que son las interconexiones que explican la interdependencia dinámica entre los “componentes” o contenidos del fenómeno que estudiemos. Intentaremos aplicar esas recomendaciones al caso colombiano.

La totalidad del fenómeno colombiano

Colombia es un proyecto de país –que se quedó a mitad de camino–, por efecto, fundamentalmente, de la intervención colonial e imperial de potencias extranjeras y por la inexistencia de una clase burguesa que en el siglo XIX y XX tuviera la capacidad de unificar a las regiones y poblaciones dominadas y divididas por un poder terrateniente atrasado, clerical, reaccionario y anti-nacional. Colombia es, entonces, un país a medio hacer.

Para entender el momento actual de Colombia se deben identificar las fuerzas que utilizan la precaria hegemonía social y política de carácter oligárquico que usa la violencia, el miedo, la discriminación y la falta de democracia para sostenerse. Por ello, el poder real hoy en nuestro país está en manos del capital transnacional. Formalmente, en lo interno, encabezan esa dominación grupos económicos que acumularon las migajas que les cedía el gran capital estadounidense, y que a partir de los años 70s del siglo XX, logró canalizar los recursos que irrigaba la economía del narcotráfico (cocaína, amapola y marihuana). Sin embargo, quien efectivamente manda es el imperio. Es quien planifica, ordena y comanda. Eso hay que reafirmarlo.  

Fueron los estrategas del imperio los que planificaron convertir a Colombia, desde los años 40s y 50s del siglo pasado, en una inestable y débil colonia estadounidense. Valoraron sus grandes ventajas estratégicas, ubicación regional ideal, dos océanos, inmensas riquezas naturales, disgregación regional histórica, enorme diversidad étnica y cultural heredada desde tiempos pre-colombinos, y como lo comprobaron con la separación de Panamá, una clase dominante totalmente frágil, siempre temerosa de insurrecciones populares y profundamente corrupta y criminal.

Para entender la “totalidad compleja” hay que conocer las “relaciones”. La principal relación social en Colombia es la cortesanía. Fue una relación social construida con ciertos sectores indígenas y mestizos, especialmente de origen muisca y “yanaconas”, traídos del Ecuador y Perú, con los que establecieron los dos principales ejes de poder colonial. En Bogotá (centro del país) y Popayán (occidente). No hay que olvidar que la gobernación del Cauca controlaba casi medio país hasta principios del siglo XX, con un territorio que iba desde Antioquia hasta la Amazonía pasando por el Chocó, Valle, Cauca y Nariño. Esos pueblos indígenas, por su estructura social “imperial”, dividida en castas, tenían predisposición a ese tipo de relacionamiento. Se dio también en México (Nueva España) y en Lima (Nueva Castilla).   

Esa cortesanía consistía en una relación de dominación basada en el establecimiento de una clientela social y cultural basada en el compadrazgo entre élites europeas y mandos medios indios y mestizos (incluso, en algunas zonas también con negros), que se convertían en los mayordomos, capataces y grupos medios de la población que se encargaban de controlar a los indios y mestizos rebeldes y a los negros cimarrones. Así se formó un campesinado controlado ideológicamente que servía de colchón de amortiguamiento frente a los libertos y “vagabundos” que fueron surgiendo y a los pueblos indígenas en resistencia. Ese “compadrazgo” implicaba el mestizaje entre hombres blancos europeos y mujeres indias, negras y mestizas. 

Ese modelo de dominación tuvo su continuidad durante toda la Colonia. La Independencia a principios del siglo XIX sólo significó el reemplazo de la élite ibérica –que ya sólo era la administradora del aparato de Estado virreinal– por una casta oligárquica criolla que era la que tenía el poder económico efectivo. Posteriormente, el sistema basado en la cortesanía se aplicó durante el siglo XX de una forma magistral y planificada, una vez fue apareciendo el campesinado cafetero en Antioquia, el Eje Cafetero y el centro del país, mediante la creación de la Federación Nacional de Cafeteros (1927). Fue una forma de control corporativo, en donde los grandes empresarios del café (a la vez grandes terratenientes), promovían la producción del café en manos de campesinos pobres, medios y ricos, pero controlaban y se enriquecían con la compra interna del grano, la venta de insumos agrícolas y la exportación del café excelso. (Dicho sistema fue destruido por la política neoliberal en los años 90s).

Era un negocio redondo que le dio a la burguesía colombiana –heredera de los grandes latifundistas reaccionarios y clericales– un poder inmenso y el control sobre grandes empresas “seudo-estatales” (Flota Mercante Gran Colombiana, Avianca, Banco Cafetero y muchas otras) que vendieron y privatizaron en la década de los años 90s del siglo XX, durante la primera fase neoliberal y de orgía aperturista, y que fue una verdadera expropiación a los casi 500.000 caficultores que eran los verdaderos dueños de esa riqueza.

Entonces, el dominio imperial y de esa clase burgués-terrateniente de carácter atrasado, débil, entreguista, anti-nacional y antipopular, se basaba en una relación de “dominación concertada” con sus dominados, que contaba con un soporte ideológico y cultural que llamo el “espíritu cortesano”. Es una especie de carácter doméstico, arribista, acomplejado, subordinado, sometido, que todavía perdura en la identidad de una buena parte de la población colombiana. Como ejemplo de ello se pueden identificar hasta los años 80s del siglo XX, las regiones dominadas por el partido conservador o por terratenientes “liberales”.   

Sólo en áreas históricamente delimitadas podemos encontrar ejes de rebeldía popular, en las que cíclica y periódicamente explotaban rebeliones entre pobladores que habían heredado tradiciones de resistencia: la indígena, especialmente alrededor del Volcán del Huila, La Guajira, la Sierra Nevada de Santa Marta y el Catatumbo; la del Común, en los Santanderes; y la de la influencia “realista” en el sur del Cauca y Nariño. Así mismo, de las migraciones y otros fenómenos surgieron rebeliones en los Llanos Orientales y otras zonas puntuales. No obstante, los principales ejes productivos estaban controlados por la hegemonía oligárquica.

Hasta aquí entonces podemos concluir lo siguiente: Colombia desde siempre ha sido una verdadera colonia estadounidense administrada por una élite oligárquica reaccionaria y criminal. Se presentaron resistencias y luchas controladas durante toda su existencia. Las cúpulas dirigentes de las clases subalternas eran fácilmente cooptadas, predominando el espíritu cortesano construido durante siglos como herramienta ideológica. La más grande amenaza que encabezó el caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán fue liquidada mediante el asesinato y utilizada para desencadenar un conflicto armado que el imperio y sus mandaderos han usado en su favor a lo largo de más de 6 décadas.   

La “totalidad colonial” colombiana y el conflicto armado

La pregunta que surge frente al conflicto armado es la siguiente: ¿La insurrección parcial de campesinos armados y organizados como guerrillas izquierdistas consiguieron quebrar o siquiera resquebrajar, la “totalidad” del poder imperial y oligárquico en Colombia? ¿Estuvo realmente en peligro esa hegemonía social, política, económica y cultural? ¿Las guerrillas y el pueblo estuvieron a punto de tomar el poder político mediante una insurrección popular armada? ¿Cómo se explica la permanencia de un conflicto tan largo y a la vez la consolidación durante ese período de una burguesía transnacionalizada que maneja ahora lo que se considera la tercera economía de América Latina?  

La respuesta lógica es que el conflicto armado en Colombia fue enteramente manejado, controlado, programado e instrumentalizado por el gran capital internacional y específicamente por el Departamento de Estado, el Pentágono, y el Ejército de los EE.UU. A partir de principios de los años 80s del siglo XX, cuando la guerrilla de las FARC considera que existen condiciones para una insurrección popular, con base en una evaluación equivocada del paro cívico nacional de 1977 y del auge político-militar del M19, y que decide expandirse por todo el territorio nacional acudiendo al secuestro, la extorsión y los impuestos al narcotráfico para financiar su crecimiento y ofensiva, el imperio aplica sus mejores conocimientos de “teoría de juegos”, complejidad, guerras de contención y conflictos de baja intensidad para convertir a Colombia en un enorme laboratorio de construcción de un “estado fallido” para ampliar su control geopolítico en la más estratégica región de Sudamérica. 

A partir de ese momento (1980), cuando estaban en auge las principales inversiones que se han realizado en el país en proyectos minero-energéticos (níquel de Cerromatoso, carbón en El Cerrejón y Jagua de Ibirica-Drummont), mega-proyectos hidroeléctricos (Chivor, Chingaza, San Carlos, Betania, Salvajina, y numerosas plantas termoeléctricas en Zipaquirá, Paipa, Cartagena, Chinú, Barranquilla, Zulia, etc.) durante el gobierno de Turbay Ayala, y que se iniciaban los proyectos de explotación petrolera en los Llanos Orientales (Occidental, Cusiana, Caño Limón, etc.), se desencadena la estrategia de la “guerra” paramilitar-guerrillera que, en realidad, fue un juego de movimientos para expandir las zonas productoras de cultivos de uso ilícito de norte a sur y de oriente a occidente, y viceversa,  despejando territorios de comunidades (indígenas, mestizos y negros), desplazando y despojando de sus tierras a millones de campesinos colombianos hoy arrumados en las ciudades.

Dicha estrategia hacia parte de un plan global de traslado de cultivos de plantas narcóticas del Sudeste Asiático y de Afganistán donde los EE.UU. habían sido derrotados, hacia América Latina y otras regiones del mundo. La burguesía estadounidense siempre ha entendido que las economías ilegales y criminales son un punto de apoyo para el desarrollo del capitalismo, en donde campesinos de países periféricos producen la materia prima (coca, pasta de coca y clorhidrato de cocaína) y las mafias norteamericanas las comercializan en los centros metropolitanos donde se produce la ganancia que se irriga por múltiples vasos comunicantes y llega a sus bancos y entidades financieras. La red se complementa con la producción y tráfico de armas, insumos químicos, trata de personas, contrabando, juego, etc.

Los intentos del imperio por “balcanizar” a Colombia

De esa forma se mataban dos pájaros de un tiro. Se mantenía y expandían los cultivos de coca, y a la vez, se despojaba de tierras a las comunidades nativas, descomponiendo sus economías propias y locales, integrando al modelo capitalista a millones de personas que iban a ser presas de sus políticas asistencialistas convirtiéndolas en clientes regulares y dóciles de un régimen gubernamental totalmente sometido por las prácticas neoliberales. De esa manera extensas áreas del territorio quedaron a expensas de la nueva fase neoliberal que está centrada en la compra de tierras y en los agro-negocios de exportación.

No significa lo anterior que las FARC se hayan convertido en un “factor voluntariamente manipulado". No es la idea. Obraron de buena fe creyendo que al pasar de ser una resistencia campesina armada localizada en un área permanente (hasta 1963) y de ser una guerrilla móvil pero ligada a bases de campesinos colonos que se apoyaban mutuamente (hasta 1983), a la de expandirse por todo el territorio nacional, podrían acumular fuerza para derrotar al ejército oficial. Sin embargo, al renunciar a principios básicos de una guerrilla revolucionaria se metieron en la trampa del imperio: cambiaron calidad por cantidad. Y eso es grave. El imperio ya contaba con la experiencia de Kosovo que sirvió para acabar de disgregar y dividir la antigua Yugoeslavia y siempre ha aspirado a “balcanizar” a Colombia como lo viene intentando con Venezuela usando a la burguesía parasitaria de Zulia y Táchira, o a la Guayaquil en Ecuador, o la de Santacruz en Bolivia, o usando intereses étnicos que contribuyan con la desmembración de estas precarias naciones.    

Es indudable que dicha estrategia le permitió a las FARC crecer y convertirse en un verdadero ejército que se alcanzó a ilusionar con la “guerra de movimientos” encabezada por el Mono Jojoy. Vino el proceso de diálogos del Caguán en donde banqueros e inversionistas estadounidenses llegaron a los sitios de conversaciones para plantearle negocios importantes a la guerrilla. Era tal la debilidad en que los EE.UU. habían postrado al gobierno de Samper, primero, y de Pastrana, después, que se plantearon fórmulas (secretas) de co-gobierno en las áreas más importantes de control guerrillero, como las zonas del Caguán y el Pie de Monte Llanero, en donde existen importantes, extensas y ricas reservas de petróleo y gas natural. 

La guerrilla no había entendido que su poder militar había sido construido como parte de la estrategia norteamericana y que en realidad esa fuerza militar no se correspondía con una consistente fuerza política. Amplios sectores de la población se habían convertido en víctimas de sus erradas acciones, que en gran medida eran resultado de estrategias de degradación planificadas por el imperio y realizadas con la complicidad de fuerzas militares del Estado y grupos paramilitares entrenados y financiados por el gobierno de los EE.UU., a través de sus agencias como la CIA o la DEA, o por medio de empresas transnacionales (Drummont, Chiquita Brands, Coca Cola, etc.).

Sin embargo los capitalistas norteamericanos estaban dispuestos a llegar a acuerdos con las FARC porque ellos los veían –ya desde ese tiempo– como expresión de una nueva Burguesía Emergente que para ese momento (1998) empezaba a sacar la cabeza, e incluso los motivaban a constituir un “Estado campesino paralelo” que pudiera darle mejores garantías al imperio que el corrupto Estado nacional oligárquico. Las FARC entendieron que políticamente esa negociación sería un grave error, y decidieron mantener su estrategia militar para tomarse el poder en toda Colombia. Así, es como los EE.UU. negocian con el gobierno oficial y financian el Plan Colombia (que se querían ahorrar), no sin antes obligar al gobierno de Pastrana a pactar una serie de acuerdos económicos como el del Cerrejón, que como lo afirma el profesor e ingeniero Oscar Vanegas, está catalogado como el cuarto peor negocio del mundo, totalmente benéfico para el capital estadounidense. Se pactó en el año 2000 un precio de 383 millones de dólares por el 50% de participación de la nación en una mina que hoy tiene un valor superior a los 45.000 millones de dólares (http://bit.ly/1VoG6g9). Es decir, por derechas y con inmensas ganancias se cobraron lo que invirtieron en el Plan Colombia.

La aparición del “nacionalismo cortesano paisa”: Álvaro Uribe Vélez

De allí en adelante la tarea era debilitar militarmente a las FARC para obligarlas a negociar. A los EE.UU. se les atraviesa en dicho objetivo Álvaro Uribe Vélez, quien en medio de su visión que incluía la venganza contra las FARC y contra la oligarquía bogotana, alcanzó a avizorar un golpe doble (exterminar la guerrilla y refundar el Estado creando el “estado comunitario”) con base al poder que logró construir en cuatro frentes: las fuerzas militares infiltradas de mafias y completamente corruptas que tenían un gran negocio con la guerra; las fuerzas paramilitares y mafias narcotraficantes que aspiraban entrar por la vía legal en las grandes ligas de los negocios y contratos estatales; los políticos corruptos muy entrelazados con grandes terratenientes que habían despojado a millones de campesinos; y, las bases campesinas y habitantes de barrios pobres que lo veían como el gran libertador contrainsurgente y un padre putativo que les aprobó y entregó los subsidios denominados “familias en acción” y otros programas sociales, compitiendo de tú a tú con los gobiernos “progresistas” de la región que también asumieron esa estrategia que tenía como base conceptual y legal la política neoliberal del Banco Mundial denominada “transferencias condicionadas a las comunidades en dinero en efectivo”.  

El fenómeno “uribista” hace parte de la “totalidad” y se explica en la misma relación de cortesanía. Al interior de la “nación antioqueña o paisa” se fue incubando una rebelión contra el espíritu cortesano de la clase dominante antioqueña que primero se rebeló contra la aristocracia caucana pero que después se alió desde principios de siglo con la oligarquía bogotana. Esa “rebelión cortesana” paisa tenía un alto contenido regionalista y se apoyó durante la década de los años 90s del siglo XX en la exigencia de la descentralización política.  De esa manera apareció en cabeza de Álvaro Uribe Vélez una especie de “seudo-fascismo tropical” que se manifestaba como un “nacionalismo cortesano”: rebelde frente a la perfumada oligarquía bogotana y arrodillada ante el imperio estadounidense. A ese proyecto se sumaron los grandes terratenientes que tenían en mente el exterminio de la guerrilla. 

Acudo a una cita del escrito “Desentrañando el proyecto uribista”: “En 1994 en una población de Antioquia se reúnen representantes de la elite intelectual, económica y política “paisa” para diseñar un proyecto político de largo aliento. Más adelante se integran intelectuales surgidos de un proceso de involución de un sector de la izquierda “maoísta” radicalmente enemiga de las FARC. Así se configura la ideología y el programa fundacional del proyecto “uribista”. Los puntos básicos eran: la identificación de las FARC como enemigo principal de la sociedad colombiana, la adaptación de las ideas modernizadoras aplicadas en China por Teng Siao Ping a la realidad colombiana, y la creencia absoluta en el papel predestinado de la dirigencia antioqueña para salvar y refundar a Colombia. De allí surgió la tesis del “Estado comunitario”. Esa fue su semilla ideológica.” (http://bit.ly/1XiD363).

Las limitaciones de las clases subalternas y el papel de la burguesía emergente

En Colombia nunca se logró consolidar un verdadero movimiento obrero clasista. Por un lado, la industria nunca logró niveles importantes de desarrollo y el nivel de organización fue bastante reducido. El auge de su crecimiento fue la fase de sustitución de importaciones y el surgimiento de la industria del petróleo y la siderurgia. Sin embargo, las organizaciones sindicales que eran la expresión del movimiento obrero –a pesar que habían surgido con independencia de clase en los años 20s del siglo XX–, fue puesta a la cola de la incipiente burguesía industrial en la década de los años 30s. El Partido Comunista fue la herramienta.

Posteriormente, a partir de la década de los años 60s, numerosos grupos impulsaron un movimiento obrero clasista, entre sectores de trabajadores de Medellín, Cali, Bogotá, Barrancabermeja, Cartagena y otras ciudades y áreas, pero ese proceso no alcanzó a madurar, por un lado, por la enorme dispersión de esos esfuerzos que fueron divididos por las corrientes comunistas y socialistas internacionales, por la presencia del “espíritu cortesano” entre las cúpulas de dirigentes de las centrales obreras, y a partir de finales de los años 70s, por el desmantelamiento de las grandes factorías y la deslocalización de los procesos productivos que significó el traslado de empresas multinacionales a otros países, todo ello fruto de la “re-estructuración post-fordista”. El movimiento obrero y sindical quedó destruido, limitado a los trabajadores del Estado (Ecopetrol, Acerías Paz del Río, maestros, trabajadores de la salud y los servicios, etc.). El paro cívico nacional de 1977 fue el último acto masivo de protesta “dirigido” o motivado por la clase obrera, y a la vez, su acta de defunción. Ello explica por qué desde esa fecha ese tipo de acción quedó como un mito y ha sido imposible de emular. Quedó en la memoria histórica como un símbolo de lucha proletaria y popular.

Las demás clases subalternas nunca lograron constituirse en un sujeto social de lucha de carácter nacional. Los campesinos tuvieron su acercamiento a esa meta con la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos ANUC (1966-74), pero el papel de los grupos de izquierda fue un torpedo contra la unidad y contra una acción efectivamente política. A partir de la constitución de la Unidad Cafetera (1994), el Movimiento de Salvación Agropecuaria (1997) y ahora, las Dignidades Agropecuarias, los pequeños y medianos productores agropecuarios han iniciado un proceso de organización que tiene características nacionales, pero la dirección política ha estado conducida por la burguesía agraria, tanto en su expresión de derecha (Uribe) como en su expresión de izquierda (MOIR).

También se aprecia el esfuerzo de los indígenas colombianos por organizarse a nivel nacional con independencia y autonomía. Los pueblos guambianos y nasas del Cauca inician ese proceso en los años 80s pero también se dividen por la influencia malsana de la izquierda. El CRIC logra desarrollar la ONIC, que hoy representa a la mayoría de los pueblos originarios, y el Cabildo Mayor Guambiano construye AISO y AICO, que ha terminado siendo una agencia política de venta de avales electorales. Sin embargo, la dirección política de los fundadores del CRIC, de unidad estrecha con los campesinos y el resto del pueblo colombiano, fue desconocida a partir de 1991 y cambiada por una orientación estrechamente indigenista y autonomista. Los pueblos de origen afrodescendientes hacen también sus esfuerzos de organización autónoma pero son limitados por su enorme dispersión e intereses de la burguesía emergente que se aprovecha de esos intentos para negociar pequeñas canonjías con la clase dominante. 

Ello explica –muy sucintamente– no sólo la enorme dispersión, división y debilidad del movimiento popular colombiano, sino que dichas clases subalternas hayan incubado en su seno la aparición de una burguesía emergente que poco a poco ha sacado la cara. Las economías agrarias, del narcotráfico, la minería ilegal, el comercio de insumos, y múltiples expresiones económicas han sido caldo de cultivo para que –como tiene que ser– aparezca esta clase social. Lo problemático es que ante la ausencia del movimiento obrero y de una dirección política correspondiente, es la burguesía emergente la que impone su dirección y sus intereses, conduciendo las luchas populares hacia el fracaso y la cooptación. En últimas, es otra expresión de la “relación de cortesanía” existente en nuestra identidad, ahora “reforzada” por los cambios económicos y sociales que se han presentado.

El Nuevo Proletariado, surgido en el mundo por efecto de los cambios post-fordistas y el desarrollo de la tercera revolución tecnológica, todavía no aparece con fuerza en Colombia. Se ha mostrado políticamente con formas no autónomas, al lado de la “ola verde” de Antanas Mockus en 2010, en solidaridad con el paro agrario en agosto de 2013, y este año con la convocatoria de un “paro nacional” en enero de 2016 por parte de jóvenes citadinos, pero es todavía un proceso incipiente y débil, pero alentador. Los “profesionales precariados” inevitablemente van a engrosar las filas proletarias como ha ocurrido en Europa, Brasil, Turquía y otros países, y la lucha por construir su identidad política de clase ya es una tarea urgente.

La burguesía emergente surgida desde abajo, desde comunidades campesinas, pequeños y medianos productores, economía del narcotráfico y la minería ilegal, que tuvo expresión financiera en las captadoras ilegales de dinero (DMG y DRFE), de origen mestizo, indígena y negra, ha aparecido y juega en todas las latitudes. No toda es mafiosa y corrupta. No obstante, mantiene y reproduce el carácter cortesano. No es para nada revolucionaria ni nacionalista. Es arribista, acomodaticia y oportunista. Se infiltra en todo proyecto político y aspira a participar de contratos y grandes negocios. En otros países vecinos ha logrado controlar y poner a su servicio a gobiernos “progresistas”. La gran burguesía transnacionalizada y el imperio la aceptan, negocian con ella y la controlan. Es sí, un factor corruptor y debilitante para cualquier tipo de proyecto revolucionario que se plantee cambios estructurales.

El entorno mundial y la burguesía financiera global

Hoy para poder reorientar las luchas de los trabajadores y de los pueblos oprimidos, y para volver a retomar las tradiciones verdaderamente proletarias debemos revisar –así sea someramente– lo que sucede en el marco internacional. Siguiendo con la mirada “total” de la sociedad global, podemos plantear que existe una Gran Burguesía Global, completamente interconectada, interrelacionada, indisoluble, que domina la economía mundial. La contradicción principal ya no es entre bloques geo-estratégicos (EE.UU., Rusia, China, etc.). Seguir atado a esa concepción desconociendo el análisis de clase es un grave error de la izquierda mundial. Se explica por las erradas lecturas de Marx y del folleto de Lenin sobre el imperialismo. Lenin insiste en ese problema y en la lucha entre potencias imperialistas porque estaba frente a la guerra imperialista, pero no descuida su propio análisis de clase. Después, los asesores de Stalin colocaron en primer lugar la lucha nacionalista de Rusia (el chovinismo gran-ruso que Lenin siempre tanto denunció) y la lucha internacionalista del proletariado quedó a un lado, fue traicionada. Desde allí perdimos el norte.

En la actualidad la burguesía transnacionalizada y global, aunque tiene contradicciones “nacionales” no antagónicas (no son antagónicas porque ellos no pueden poner en riesgo la “estabilidad” económica mundial), usa esas contradicciones para poder enfrentar la contradicción principal que es la creciente consciencia de los pueblos y trabajadores del mundo entero sobre el poder depredador y dañino de esa burguesía financiera global. Usa sus conflictos –que en realidad son calculados y controlados– para distraer a sus propios pueblos con falsos nacionalismos. Necesitan enemigos externos para someter ideológicamente a sus propios pueblos, como lo hace la oligarquía colombiana usando antes a Cuba, ahora a Venezuela y Nicaragua. Si no entendemos esa situación o no la hacemos evidente por no “perder votos”, entramos en la dinámica nacionalista que nos impide elaborar cualquier tipo de orientación correcta.

Por ello, reducir nuestros análisis al manejo geo-político, no sólo es hacerle el juego a esa burguesía globalizada sino lo que es más grave, es negarse a educar con una visión internacionalista a los millones de jóvenes que hoy esperan una orientación verdaderamente revolucionaria, proletaria y que oriente la lucha por un “cambio o salto” de tipo civilizatorio que supere la cultura y economía crematística que es la base del capitalismo y del actual caos en que vive la humanidad. Colombia es una ficha menor en ese juego internacional y la endeble oligarquía colombiana ha sido presa de esos juegos geopolíticos (guerra del Perú, guerra de Corea, etc.) mientras nuestra izquierda no sólo ha sido absolutamente cortesana sino que ha caído en la trampa y provocaciones orquestadas por gobiernos “progresistas” que también juegan con ese discurso “chovinista” y supuestamente “anti-imperialista”. 

Condiciones para superar el “espíritu cortesano”

Simón Bolívar tuvo el genio y la convicción para lograr casi lo imposible. Se apoyó en el espíritu insumiso de la población de algunas regiones colombianas que habían heredado el ímpetu y la inspiración de la Revolución Comunera (1781) y constituyó el núcleo del ejército libertador de las 5 naciones. Sin embargo, su obra quedó a mitad de camino porque las castas dominantes impusieron su “hegemonía cortesana”. Las oligarquías terratenientes regionales se apoderaron del proyecto y se postraron ante el imperio inglés. Los recientes intentos independentistas de Hugo Rafael Chávez Frías, hoy se encuentran bloqueados por los intereses de las burguesías latinoamericanas que “más le temen al pueblo que al imperio”[1].

Esa experiencia histórica latinoamericana –sumada a los esfuerzos proletarios de principios de siglo XX realizados en Rusia– nos demuestran, una vez más, que la lucha por la emancipación social deben ir mucho más allá de la simple revolución política, del derrocamiento (pacífico o violento) de las clases dominantes, y que se requiere una estrategia y una acción de más largo aliento. Que para lograrlo deben contemplarse todos los factores que influyen en la situación de los trabajadores y pueblos oprimidos del mundo, deben identificarse todos los vasos comunicantes que sostienen el poder del capital financiero global, y deben visualizarse también las fuerzas económicas, sociales, políticas y culturales que de una u otra manera luchan contra ese poder depredador y destructivo.   

Para superar el espíritu cortesano y avanzar hacia metas superiores se requieren tres condiciones que empiezan a manifestarse en Colombia, fruto de los saltos cualitativos que ocasionalmente da la vida:

-       Urbanización creciente de la población, rompimiento gradual de las relaciones sociales que sostenían la cortesanía, crisis del Estado colonial-capitalista, crisis de todos los partidos políticos, superación del conflicto armado que impedía la aparición plena de las expresiones nítidamente populares, y la aparición de un sector de clase en crecimiento (los profesionales precariados) que está engrosando las filas proletarias.   

-       La aparición de una dirigencia joven en las ciudades con espíritu revolucionario, con sentido social, cansada de los esquemas caudillistas y “estatistas” de la izquierda y el “progresismo”, con visión globalizada del mundo, que ya ha tenido experiencias políticas con la derecha uribista (marchas contra las FARC) y con el “centro” (“ola verde” de Antanas Mockus, pero que gira rápidamente hacia “lo social”. Esa dirigencia representa a un sector del Nuevo Proletariado en formación (profesionales precariados) pero busca intensamente ligarse a las demás clases subalternas.

-       Ser consciente de que lo que está fracasando en América Latina es la estrategia –explícita o no, reconocida o no– de entregar la dirección política de la lucha independentista y nacionalista a la burguesía. En Brasil, Argentina y Uruguay se le entregó la dirección a la burguesía tradicional; y en Venezuela, Ecuador y Bolivia a la burguesía “emergente”, lo que se ha constituido en una traición para los sectores sociales y movimientos populares que fueron el sostén de los “procesos de cambio” y en la causa principal de los recientes fracasos políticos (que se manifiestan por ahora en derrotas electorales). Sólo una dirección proletaria en manos de los trabajadores y de los sectores populares es garantía de triunfo y continuidad hacia tareas anti y post-capitalistas.  

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[1] Frase célebre de Francisco Mosquera, fundador del MOIR. 

lunes, 30 de mayo de 2016

UN MOVIMIENTO CIUDADANO PARA EVITAR QUE TODO SIGA IGUAL O PEOR

UN MOVIMIENTO CIUDADANO PARA EVITAR QUE TODO SIGA IGUAL O PEOR

Popayán, 31 de mayo de 2016

Colombia es un proyecto de país –que se quedó a media marcha–, por efecto de la intervención colonial e imperial de potencias extranjeras y por la inexistencia de una clase burguesa que en el siglo XIX y XX tuviera la capacidad de unificar a las regiones y poblaciones dominadas y divididas por un poder terrateniente atrasado, clerical, reaccionario y anti-nacional.

Hoy el imperio estadounidense actúa con cálculo milimétrico para que todo siga igual. La paz "perrata" que se concierta sólo será la continuidad del estado fallido que tenemos. La violencia "política" será reemplazada por la "violencia delincuencial". Pero la segunda fase de neoliberalismo -más agresiva que la primera-, tendrá el territorio despejado.

Inmediatamente se firmen los acuerdos con las FARC (que ojalá se firmen rápido), y se realice el plebiscito refrendatorio (que va a pasar "raspando") se alinearán las fuerzas políticas de la siguiente forma, como ya lo muestran las tendencias:

-     El "santismo" (liberales, la U, un sector de conservadores y un sector de la izquierda) que se unificarán para administrar los recursos del "post-conflicto" y recibir las migajas de las grandes inversiones que prepara el Gran Capital Transnacional.

-     El "uribismo" (al cual se arrimará Vargas Lleras si al gobierno le va muy mal en el plebiscito) que peleará la presidencia en 2018 con idénticos propósitos (no se enfrentarán con el Imperio y tendrán que cumplir a regañadientes los acuerdos que se firmen).

-     Los partidos, grupos y "movimientos" de la izquierda que no se le sumen a Santos, pero profundamente divididos y dispersos.

-     Un Movimiento Ciudadano en construcción que debe plantearse cuatro puntos vitales para potenciarse como alternativa real:

1. Ser garantía de no robarse los recursos del "post-conflicto".

2. Cumplir con seriedad pero firmeza los acuerdos de paz.

3. Legalizar la producción de coca como única alternativa para acabar con la economía del narcotráfico y quitarle bases económicas a todo tipo de violencias.

4. Revisar la política minero-energética-petrolera para ajustar en forma absoluta las condiciones de contratación, inversión y operación de los proyectos extractivistas, a fin de proteger los ecosistemas naturales, defender a las comunidades locales y recaudar importantes recursos para fortalecer y diversificar nuestro aparato productivo para generar empleo digno y formal.


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lunes, 23 de mayo de 2016

EL FIN DEL CICLO NO SOLO ES POLÍTICO… TAMBIÉN ES ECONÓMICO Y SOCIAL

EL FIN DEL CICLO NO SOLO ES POLÍTICO… TAMBIÉN ES ECONÓMICO Y SOCIAL

Popayán, 23 de mayo de 2016

“La burguesía financiera nos lleva a los trabajadores 100 años de ventaja en la aplicación del pensamiento sistémico-complejo a la lucha política. Por eso, a pesar de la crisis profunda del capitalismo, nos divide y nos derrota cuando quiere.”

No podemos ser ciegos ni tímidos. Hay que decir las cosas como son, mostrar la realidad que está ante nuestros ojos e intentar ayudar a construir nuevos caminos. El imperio y las oligarquías regionales nos están derrotando de diversas formas. En elecciones locales, regionales, parlamentarias, presidenciales y referendos. Igualmente, con “golpes blandos” usando la institucionalidad del Estado heredado que nosotros sostuvimos durante estos 16 años. Pero, estamos seguros que también utilizarán golpes duros y cruentos si los llegan a necesitar. Y nos incluimos porque, de una u otra manera, apoyamos los procesos y gobiernos “progresistas”, aunque siempre –y sin ser escuchados– planteando alertas críticas. 

Hasta antes del golpe contra Dilma la mayoría de analistas se resistían a ver la realidad. Otros acusaban a quienes hablamos de “declive” como catastrofistas o a veces como enemigos. Se rechazaba también la definición de “fin de ciclo”. Algunos más sólo aceptaban la existencia de errores puntuales, fallas en los cálculos o alianzas electorales, problemas de momento. Otros más, buscaban la explicación exclusivamente en el papel de los medios de comunicación. Diversos analistas reconocían que era obra de una ofensiva imperial contra los pueblos de América Latina pero sin reconocer nuestra propia responsabilidad.

Hoy ya aparecen aquellos que en verdad quieren encontrar las causas de esta verdadera hecatombe política que estamos viviendo los pueblos de la región. Sin embargo, todavía perduran los análisis planos de quienes no se involucraron en los proyectos independentistas, nacionalistas y democráticos, y ahora con facilismo dicen… ¡Se lo dijimos!, pero no pueden hacer nada más que hacerse a un lado porque por su actitud “purista”, hoy tampoco tienen la más mínima influencia para poder plantear salidas, replanteamientos, nuevas miradas, otros caminos.

Lo que sí es claro es que hay que reconocer que no es un problema coyuntural. La crisis es profunda, sistémica y estructural. No es un problema menor el que estamos viviendo. Algunos proponen asimilar lo ocurrido con el Chile de 1971 (guerra económica, golpe militar e intervención imperial) o con la Nicaragua de 1990 (derrota electoral de los Sandinistas frente a Violeta Chamorro y recuperación inmediata del gobierno en las siguientes elecciones). Pero, si hacemos bien la comparación nos daremos cuenta que son situaciones bien diferentes.

En Nicaragua la revolución triunfante fue obra de una insurrección popular armada contra una dictadura pro-imperialista. Las fuerzas revolucionarias derrotaron plenamente a las oligarquías, construyeron un nuevo ejército y consolidaron una Hegemonía Social y Política que podía implementar formas democráticas representativas para neutralizar al imperio y a la “contra”, ganando para el régimen sandinista a las grandes mayorías nacionales. El triunfo de Violeta Chamorro no fue un triunfo de la derecha extrema y fue asimilado tranquilamente por la revolución sandinista para corregir ciertas políticas y comportamientos desacertados. Se mostró flexibilidad y capacidad de retroalimentación. (Hoy no vemos eso).

En el Chile de Salvador Allende la situación era totalmente diferente. Era la primera vez que una coalición popular encabezada por un líder decididamente de izquierda llegaba por medios electorales a la presidencia de una nación latinoamericana en medio de un ambiente anticomunista liderado por el gobierno de los EE.UU. Además, se vivía la tensión de la “guerra fría” entre la URSS y USA. El imperio y las oligarquías regionales tenían toda la capacidad para aplastar por la fuerza todo intento independentista y con visos socialistas. Es el aspecto principal. Seguramente se cometieron errores, pero allí no hubo margen de acción.  

Hoy estamos sufriendo una seguidilla de derrotas después de haber “manejado” el Estado heredado por más de 16 años, administrado una relativa bonanza extractivista que no supimos “sembrar” y haber debilitado sistemáticamente (seguro, inconscientemente) el movimiento social sobre el cual se llegó a los gobiernos. Y aquí estamos… casi sin capacidad de reacción, sin posibilidades de diseñar un viraje estratégico. Si acaso… más de lo mismo[1].

La derrota es de todos y no sólo de los “progresistas”

En la izquierda y otros movimientos sociales "no progresistas" creen que las derrotas que nos están propinando las oligarquías y el imperio en América Latina no los toca a ellos. Se equivocan de cabo a rabo. Las derrotas electorales en Bogotá, Argentina, Venezuela, Bolivia y el "golpe blando" contra Dilma, Lula y el PT en Brasil, son parte de una derrota política e histórica de los trabajadores y del movimiento popular de toda la región.

Por eso no es sólo el fracaso de las corrientes “progresistas”, como algunos creen. Es de toda la izquierda. No fuimos capaces de ayudar a conducir las valerosas luchas y rebeliones populares anti-neoliberales para avanzar por caminos certeros y pensando en grande. Las propuestas anti-sistémicas y las iniciativas post-capitalistas no las teníamos listas. La derrota histórica del “socialismo del siglo XX” no la habíamos asimilado y los nuevos retos nos cogieron despistados. Y nos ilusionamos con el “Estado heredado”.

Por ello la actitud correcta debe ser la de afirmar con honradez: “Lo intentamos y nos derrotaron. Por lo menos lo intentamos… ahora hay que evaluar, aprender y avanzar.”

Un aspecto para tener en cuenta en los balances: el papel de la burguesía emergente      

La burguesía emergente en América Latina hoy es un actor social, económico y político presente en todos nuestros países, más visible en los países andinos pero que está camuflado en las demás naciones. Se expresa políticamente en forma diversa, ya sea dentro de los partidos de la nueva derecha populista, en los partidos tradicionales o en las expresiones “progresistas” y de la “izquierda tradicional”. Es un factor a tener en cuenta en los balances que realicemos en adelante. Apareció paulatinamente copando áreas económicas no cubiertas o no controladas por las burguesías tradicionales y las trans-nacionalizadas y, se fortalece políticamente ante la ausencia de las expresiones nítidas del proletariado revolucionario.   

Esa burguesía emergente surge de las elites económicas de los pequeños y medianos productores rurales y urbanos, campesinos ricos y medios (sean indígenas, mestizos o afros), y en algunos casos también ha aparecido pegada a los procesos de burocratización “estatista” de las cúpulas de los movimientos sociales surgidos en las décadas de los años 80s y 90s. Parte de esa burguesía emergente se ha alimentado de capitalizar dineros y recursos ligados a economías ilegales (tráfico de drogas, armas, insumos, personas, contrabando, minería ilegal, juego, pornografía, crédito agiotista y otras). Una mínima parte de los “profesionales precariados” también logra saltar la cerca y convertirse en “nuevos empresarios”.

Esta burguesía emergente se introduce en los “procesos de cambio”, se camufla en los proyectos progresistas y de izquierda, usa ONGs y empresas contratistas para captar recursos estatales y logra cooptar a muchos dirigentes de las organizaciones sociales, que venían de procesos organizativos sueltos, que rechazaban las ideas revolucionarias y “marxistas”, totalmente desarmados ideológicamente por las teorías de los “nuevos movimientos sociales”, con fuertes prevenciones anti-partidarias y rechazo total al “obrerismo” o a lo que oliera a proletariado.

Y claro, la “ortodoxia leninista o trotskista” de los grupos o partidos de izquierda existentes, sus verticalismos y centralismos anti-democráticos, su esquematismo mesiánico, su doctrinarismo dogmático, su lenguaje acartonado y sus propuestas fundamentalistas y estrategistas, contribuyeron también para que esa nueva dirigencia social quedara a expensas de la influencia de la burguesía tradicional, del imperio a través de poderosísimas ONGs internacionales o de las prebendas de la burguesía emergente.

Por ello es necesario que seamos conscientes que estamos frente al final de un ciclo no sólo en lo político sino en lo económico y social. Las ilusiones en las posibilidades transformadoras y anti-capitalistas de las “clases subalternas”, especialmente campesinas, sean indígenas, mestizas o afros, deben ser desechadas. Las bases pobres y medias de estos sectores sociales, que fueron las dinamizadoras de las luchas del anterior ciclo de luchas anti-neoliberales, han quedado enganchadas al capitalismo “andino” o “comunitario” que en su proceso de surgimiento se alimentó de los recursos que dejó el extractivismo y la economía del narcotráfico en la región.

Pero además, éste es un capitalismo muy endeble, totalmente subordinado a la economía parasitaria que se ha fortalecido y ensanchado en el campo de los servicios y del comercio, pero que no ha construido cimientos consistentes en la industria de la transformación para poder siquiera competir con cierta autonomía en el marco de la economía globalizada. Es un precario capitalismo incipiente que depende totalmente de los paquetes tecnológicos cibernéticos del mundo híper-desarrollado, del “software” informático de las potencias económicas y del poder especulador de la burguesía financiera global.

Conclusión

Hemos venido insistiendo en la necesidad de un replanteamiento. De volver a Marx para revolucionar a Marx y adecuarlo a nuestras realidades actuales. El pensamiento de Marx fue petrificado, reducido a una doctrina y a un recetario dogmático, mecanicista, reduccionista, economista, estrecho, y por eso, ello ha impedido que los grandes avances de las ciencias que le han dado vida al “pensamiento sistémico-complejo no lineal” no hayan sido integrados a la lucha revolucionaria de los trabajadores.

Las enormes lecciones que debemos elaborar de estas experiencias deben ser obra de una gran corriente de pensamiento crítico que debe surgir del seno de los trabajadores y de la intelectualidad revolucionaria. Lo importante es que reconozcamos nuestras limitaciones y errores y desarrollemos un gran debate al interior de los partidos políticos y de las organizaciones sociales. Nuevos sujetos sociales (el Nuevo Proletariado Precariado) está apareciendo y van a requerir de ese nuevo pensamiento crítico para conducir sus luchas.

E-mail: ferdorado@gmail.com / Twitter: @ferdorado  



[1] En Brasil, Bolivia y Argentina, la dependencia de las figuras políticas es absoluta. La esperanza es que Lula pueda ser nuevamente candidato en 2018, al igual que Evo en 2019, y lo mismo Cristina en Argentina. ¡Más de lo mismo!

sábado, 21 de mayo de 2016

NOTAS SOBRE NUESTRA IDENTIDAD Y EL SANCOCHO NACIONAL

NOTAS SOBRE NUESTRA IDENTIDAD Y EL SANCOCHO NACIONAL

Popayán, 21 de mayo de 2016

Pensando en voz alta...con ocasión del día de la afro-colombianidad.

La necesidad de construir nuevos referentes de identidad

Un problema en Colombia –muy visible en la construcción de nuestra identidad nacional–, es que no tenemos grandes héroes o heroínas que unifiquen...

Venezuela tiene a Bolívar; Cuba a Martí; Ecuador a Alfaro; México a Juárez, Villa y Zapata...
Colombia no lo tiene...

José Antonio Galán, el comunero, pero su memoria como la de Jorge Eliécer Gaitán, ha sido planificada y calculadamente borrada.

José María Carbonell sólo figura en la historia bogotana.

La Gaitana, Juan Tama y Manuel Quintín Lame son héroes para los pueblos indígenas.

Benkos Biohó o Biojó sólo es conocido y reivindicado entre los afrodescendientes.

La Pola (Policarpa Salavarrieta) es de las pocas mujeres reivindicadas.

Antonio Nariño, el precursor, es casi el principal referente.

De resto, Santander y demás leguleyos al servicio de los terratenientes, son construcciones de las clases dominantes.

Camilo, Bateman, Mosquera, Pardo Leal, Jaramillo, Pizarro, Marulanda, etc.... sólo son referentes para la izquierda.

Estamos huérfanos de héroes realmente nacionales y populares.

(Sin embargo, me hacen caer en cuenta que puede tener ventajas... ¿cuáles serán?)

A nuestro sancocho nacional y latinoamericano le falta un hervor

A nuestro "sancocho" colombiano y latinoamericano todavía le falta un buen hervor. Hace falta que el maíz y la yuca indo-americana y el ñame y el fríjol africano se cocinen más y le entreguen más sus esencias a esa sopa que todavía tiene mucho "gourmet" europeo.

Y ello se refleja en nuestra política caucana y colombiana. El Estado heredado (de origen europeo) como las alcaldías y gobernaciones, concejos, asambleas y parlamento, se han vuelto más importantes para los dirigentes indígenas y afros que los Cabildos y los Consejos Comunitarios.

E igual sucede en Bolivia, Ecuador y demás países. Las organizaciones sociales y formas de Estado "propias", que deben funcionar con base en la Asamblea y la Democracia Directa, ahora son monopolizadas por las burocracias, y los dirigentes las usan de trampolín para trepar por la escalera "social" del arribismo y la cortesanía.

Un nuevo fogón "desde abajo" se requiere para hacer hervir con fuerza ese sancocho. Hay que impedir que los contratos del "post-conflicto" se conviertan en herramientas para seguir cooptando al movimiento social.

(Cómo ocurrió en Bogotá y en toda Sudamérica, que es una de las causas de nuestras actuales derrotas).


E-mail: ferdorado@gmai.com / Twitter: @ferdorado