martes, 20 de julio de 2021

La potencia está allí y debe desplegarse

Tomada de Alainet

La potencia está allí y debe desplegarse

Popayán, 20 de julio de 2021

¡Cuánta potencia rebelde y capacidad creativa ha demostrado el pueblo colombiano! Teníamos represada esa energía por el miedo que nos habían inculcado a lo largo de tanto tiempo de guerra. Y por fin, se supera el temor y salen a relucir inimaginables formas de acción colectiva.

Para algunos lo máximo es la acción de los jóvenes de la “primera línea”. Es lo más nuevo, visible y representativo de estas jornadas. Pero, sin la “cocina” de atrás solo sería “llamarada de hojalata”.  A lo largo y ancho del país se destaca la acción organizada de millones de personas que son los anónimos de siempre. Es la fuerza contundente y silenciosa de los que no se ven pero son y están. 

Destaco la acción callada de cientos de miles de pequeños y medianos productores del campo que se movilizaron durante las primeras semanas pero se contuvieron para evitar un baño de sangre más grande. Al igual que la mayoría de trabajadores “precariados” de las ciudades: ¡No se dejaron entrampar! Son el grueso de quienes con su trabajo creativo sostienen este país.

Así mismo, hay que resaltar la acción de cientos de miles de pobladores del Valle y Norte del Cauca (herederos del antiguo proletariado cañero) que protagonizaron una gesta maravillosa de movilizaciones y bloqueos de vías. Paralizaron la producción de los ingenios azucareros e industrias de la región  (monopolios y enclaves  depredadores de la vida) y obligaron a empresarios a negociar en condiciones de fuerza popular. El pueblo negro (afro) mostró un nuevo sentir y hacer.

Y así podríamos detallar miles de acciones desarrolladas a lo largo y ancho del país, que mostraron la potencia de un pueblo que nunca -en realidad- ha sido derrotado, y que ha aprendido de la experiencia. Por ello, hubo contención, “refrenamiento”, control de la fuerza. El gobierno no logró “entrampar” al grueso de nuestra gente que detectó la provocación para generar nuevas guerras fratricidas y desgastantes.

Algunos sectores de nuestra juventud necesitada de desahogar tanta frustración e inconformidad, han mantenido la “tensión”. Se han echado la carga de dinamizar la lucha y aunque unos pocos se dejan llevar a la aventura, el grueso de la muchachada ha sabido mantener el movimiento. Crean símbolos de resistencia, se encuentran y debaten entre ellos, ridiculizan a diario a la casta dominante que pareciera temerle más a jóvenes “armados” de cascos y escudos que a las guerrillas del anterior período, y así, van construyendo su propia experiencia de lucha popular en las calles.

Ahora bien, en el nuevo momento en que hemos entrado (“pos-estallido”) se trata de convertir la potencia en verdadera fuerza transformadora. De la resistencia hay que pasar a la potencia del cambio. No podemos desgastarnos en la protesta sin fin y sin objetivos claros. Ya existen demasiadas evidencias de que se requiere una nueva estrategia para canalizar la fuerza demostrada y convertirla en logros de mayor alcance para nuestro pueblo.    

El gobierno y quienes están detrás de él (grandes poderes económicos, banqueros, terratenientes y mafiosos) provocaron la violencia y ocasionaron muertes para desacreditar a las fuerzas políticas que le respiran en la nuca desde hace algunos años. Ellos saben que en Colombia el aparato de gobierno  (presidencia y congreso) son importantes en esta falsa democracia y quieren debilitar de cara a las elecciones de 2022 a los sectores políticos que consideran -con toda razón- sus enemigos.

Y, mostraron durante estas semanas que están dispuestos a todo. Son criminales y cínicos. Usaron a la policía como cuerpos de choque, infiltraron las marchas, provocaron saqueos e incendios, mataron a decenas de jóvenes, diseñaron y ejecutaron autoatentados, criminalizaron la protesta social, usaron mentiras para hacer creer que detrás del estallido social no estaba la pobreza, la desigualdad y la dignidad de un pueblo, sino que intentaron culpar a Gustavo Petro (Colombia Humana) como el perpetrador de la violencia y el “vandalismo”. Y en parte, gobiernos locales como el de la alcaldesa “verde” de Bogotá les hacen el juego y se prestan a la maniobra.

Hoy tenemos dos tareas muy importantes. Una, fortalecer la organización popular, despacio y con  buena letra; la otra, desplazar a los criminales del poder gubernamental, que es la más urgente. Hay que quitarles a los asesinos las armas oficiales porque, si no, con ellas van a generar una nueva guerra y a ensangrentar de nuevo al país. Pero hay que hacerlo dentro de la institucionalidad, ganando a las mayorías, con inteligencia y paciencia estratégica.  

La enorme creatividad demostrada durante el estallido social debe ser desarrollada para generar un estallido político-electoral. Para hacerlo hay que “mapear” de nuevo el comportamiento de nuestra gente, tanto en la protesta como en la acción electoral. Comprender que la diversidad, multiplicidad y complejidad que se manifestó durante el “estallido”, puede manifestarse en la tarea electoral.

Para motivar el debate sobre ese tema me atrevo a plantear el siguiente interrogante…

Una pregunta “indiscreta”

¿Podría el Pacto Histórico (planteado e impulsado por Gustavo Petro y la Colombia Humana) organizar y presentar dos (2) listas al Senado para las elecciones legislativas de marzo de 2022?

Una, del tipo que ha planteado Margarita Rosa de Francisco, cerrada, tipo “cremallera”, con candidatas (os) de origen social, artístico-cultural, científico-intelectual, productivo-ecológico, etc. Esta lista podría ser respaldada por firmas para reiterar su origen y espíritu “independiente”.

Y la otra, recogiendo a las fuerzas políticas que confluyan, abierta y con voto preferente, con candidatas (os) de ColHuman, PDA, MAIS, UP,  algun@s “verdes”, y otras fuerzas que se sumen.

Ambas listas pueden y deben ser construidas con métodos y formas democráticas y participativas, con liderazgos consolidados, con los más amplios consensos y consultas de diverso tipo.

El estallido social ha mostrado que los partidos y grupos políticos existentes (así se digan “alternativos”) no son capaces de canalizar la amplitud, diversidad y complejidad de los sectores sociales que manifestaron su inconformidad y rebeldía durante estos meses.

Además, es evidente que están surgiendo nuevas formas de acción política (en medio de la pandemia) y que la gente quiere ver caras nuevas en la política (sean jóvenes o adultos). Los medios digitales y redes sociales serán claves en esas elecciones.

Pienso que hay potencial para ambas listas. Sé que no toda la izquierda le votaría a una lista encabezada por candidatos del tipo de Margarita Rosa (si ella finalmente aceptara) y que muchos de los electores de ese carácter tampoco lo harían por un dirigente de izquierda. Entonces, hay que idear formas de jalonar y entusiasmar a toda clase de gentes y potenciales electores.

Recordemos cómo bajo la dirección del “zorro” López Michelsen, los liberales usaron la operación “avispa” para colocar mayorías en la ANC  (1991 ). Acá no sería avispa, sino algo así como 2 bueyes de diferente clase jalando para el mismo lado.

Pienso que si se diseñara un ejercicio de ese tipo, con generosidad, flexibilidad e inteligencia, la participación en la Consulta Presidencial del Pacto Histórico en marzo/22 sería mucho más amplia y poderosa, de frente a la primera vuelta en mayo/22. ¡Necesitamos la creatividad al frente!

jueves, 15 de julio de 2021

Estallidos, levantamientos y nuevas estrategias

Fotografía tomada de http://loquesomos.org/

                            Estallidos, levantamientos y nuevas estrategias

Popayán, 15 de julio de 2021

Héctor León Moncayo en su texto “No es el último round”, publicado en Desdeabajo, plantea que para comprender la naturaleza de la masiva movilización social que ocurrió en Colombia hay que ubicarla en el marco del debilitamiento del régimen oligárquico y del modelo neoliberal. Cuestiona el concepto de “estallido” y habla de levantamiento popular.

Precisar esos conceptos es importante. Hemos planteado que un estallido social puede convertirse en un “levantamiento” y hasta en una verdadera revolución política. Eso depende de diversas variables. Dos de las más importantes son: una, el grado de debilidad del régimen, y dos, la capacidad de las fuerzas sociales y políticas interesadas en convertir el estallido en revolución.

También hemos expuesto que la forma como se desarrolló en Colombia esta particular explosión de rebelión popular se explica, por un lado, por la diversidad y multiplicidad de fuerzas que mostraron una potencia inusitada; y por el otro, por la falta de coordinación, dirección y objetivos claros. Alcanzó a meterle miedo a la oligarquía y sorprendió a propios y extraños.

Fue un  estallido porque no fue preparado, programado o direccionado. Sin embargo, es indiscutible que fue resultado de un acumulado histórico. Y claro, si hubiera existido una organización preparada para canalizar las energías y formas de organización que surgieron, seguramente se hubiera neutralizado la estrategia del gobierno y logrado mayores conquistas políticas.

Precisamente, porque no fue un levantamiento revolucionario, no generó en lo inmediato algún tipo de transformación en la estructura de dominación (Estado, poder). ¡Por ahora!

Tener claro lo anterior, comprender en detalle que la potencia mostrada -de alguna manera- está allí acumulada, es fundamental para entender que no se necesitan “nuevos rounds” de la misma naturaleza de los que se han presentado, sino que las fuerzas que aspiran a generar verdaderas transformaciones en la sociedad, deben cambiar su estrategia. ¡No dejarse entrampar!

Veamos el ejemplo de Chile. La vida demostró que el debilitamiento del régimen pinochetista y del modelo neoliberal era más profundo en ese país. Allá el estallido fue más fuerte y contundente. Podríamos decir que alcanzó a ser un “levantamiento” aunque no tuviera una “conducción formal”. El régimen sufrió un golpe y se produjo una fisura. Así Piñera se haya mantenido en el gobierno.

Pensamos que en Colombia los intentos frustrados de “conducir” el estallido por parte de diversos sectores (y viejas vanguardias) hacia un levantamiento popular o hacia negociaciones sectoriales, impidieron que el movimiento desarrollara toda su potencia y le facilitaron al bloque dominante la implementación de su estrategia de violencia, de muerte y de neutralización de la lucha.

Son paradojas que debemos dilucidar con base en la reflexión y el debate. Y aprender.     

Porque era claro que a la mayoría de los llamados jóvenes o a la mayoría de la gente no le interesaba derrocar o tumbar a Duque o al Régimen. No solo porque es evidente que no hay una organización revolucionaria para hacerlo sino porque la gran mayoría de la gente sabe que proponerse esa tarea en este momento nos llevaría a una nueva guerra. Esa es una de las diferencias con Chile.

Y nadie en Colombia -con suficiente razón e inteligencia- quiere otro conflicto armado.

Especialmente porque sería la oligarquía y el imperio (y las mafias de todo tipo) quienes la ganarían, ya que están preparados y hasta les conviene. Es posible que sea lo que busquen. Ello explicaría -entre otras cosas- las acciones criminales de la policía, los autoatentados en la frontera con Venezuela (base militar, vuelo en helicóptero de Duque, etc.) y los esfuerzos mediáticos que hacen por agrandar la presencia y las fuerzas del Eln y de las disidencias de las Farc.

Por todo lo anterior y lo planteado en anteriores artículos, podemos afirmar que gran parte de nuestro pueblo ha madurado con base en la experiencia, sabe que no hay que forzar las cosas, que ese tipo de aventuras solo favorecen a la oligarquía, y por ello, en muchas regiones “controlaron” el estallido, lo aprovecharon para forzar “negociaciones” locales de nuevo tipo, y realizaron otras formas de protesta y de organización que están por ser desarrolladas y consolidadas.

Durante los primeros días en muchos municipios los alcaldes sintieron la presión  popular y fueron obligados a colocarse al lado de la movilización. En  el caso del norte del Cauca las comunidades forzaron a las grandes empresas -que son un  verdadero “enclave industrial”- a comprometerse con reivindicaciones históricas relacionadas con el empleo de personas de la región y hacer aportes económicos a la infraestructura local. ¡Remplazaron al Estado por unos instantes!

Relacionado con ello, Moncayo (quien es un querido amigo) aborda la crítica al “legalismo” de las negociaciones y cómo esa dinámica le entrega la iniciativa al gobierno. Dice que le abre espacio al gobierno “hasta para que diseñe la forma de nuestras protestas”. Tiene toda la razón. Detrás de ese tema están los intereses sectoriales que predominan tanto en las organizaciones del CNP como en la Minga y otros sectores. Pero además, los jóvenes de las barricadas también están influidos por esa visión como se demostró en Cali, y, en parte, en Bogotá.

En ese aspecto podríamos decir que una cosa es negociar con el Estado en “su terreno” y con “sus tiempos”, y otra, es obligarlo a negociar cuando nos conviene y contamos con la suficiente fuerza.

Los nuevos retos

A diferencia de Moncayo me atrevo a pronosticar que no habrá “último round” (claro, la lucha continúa). Pueda que se presenten algunas escaramuzas posteriores pero serán marginales; fuera del “ring”. Ello, porque el CNP liderado por fuerzas de “centro”, decidió “institucionalizar” el “paro” presentando proyectos de ley a partir del próximo 20 de julio. Esa acción coloca al movimiento de protesta a la cola del Congreso y lo condiciona a los tiempos y formas legislativas.

Allí Petro quedó un poco “out” porque si insiste demasiado en ser el “campeón de la protesta”, va a complicar su esfuerzo y campaña electoral. Además, Duque -emulando a Piñera- intenta ahora apropiarse de las conquistas del “paro”. Va a presentar al Parlamento una reforma tributaria que “por primera vez va a ser pagada por los empresarios” y otras políticas “sociales” que hacían parte de los pliegos de exigencias.

En Chile, Piñera quiso hacer lo mismo, el pueblo “le cogió la caña” y se avanzó políticamente.

Oponerse a esas iniciativas del gobierno llevaría a las fuerzas democráticas, progresistas y de izquierda a aislarse del conjunto de la sociedad que, en lo fundamental, quiere trabajar y superar la pandemia en forma “tranquila”. Ya vendrán nuevos escenarios y momentos.

Eso lleva a pensar que a partir del 20 de julio, así se realice una gran movilización popular (que ojalá sea así), las fuerzas sociales y políticas que luchan por democracia, paz y por cambios de modelo (y ojalá anti y post capitalistas) deben cambiar de estrategia.

¿Cómo sería? Será tema de un próximo artículo.

jueves, 8 de julio de 2021

¿Qué nos mostró el estallido social en Colombia?

 

¿Qué nos mostró el estallido social en Colombia?

Popayán, 8 de julio de 2021

Hemos entrado en lo que llamo la “cuarta fase” del estallido social. Es la etapa que enfrenta a los diversos sectores sociales y políticos, a la sociedad y al Estado, a gobernados y gobernantes, en torno a aprovechar política (y electoralmente) esos acontecimientos inéditos.

Para los sectores más obtusos del gobierno, lo ocurrido fue un ataque sistemático y violento de grupos armados coordinados por “enemigos internacionales” del país y de la democracia que aprovecharon la protesta social para intentar desestabilizar a la nación e imponer una dictadura.

Para los sectores más fundamentalistas de la oposición al gobierno, fue un ataque sistemático y violento de grupos armados coordinados por “enemigos internos” de la paz y la democracia que aprovecharon la protesta social para desestabilizar a la nación e imponer una dictadura.

Para el gobierno (y el “uribismo”), el supuesto atentado contra la vida del presidente Duque hace parte de ese intento. Para la oposición (y el “petrismo”), el asesinato de líderes sociales y de más de 70 participantes en la protesta fueron parte de esa estrategia del gobierno y Uribe.

Para la “derecha extrema”, Gustavo Petro es la cabeza principal de ese complot, lo que -según  ellos- demuestra que sus aspiraciones políticas son peligrosas para la sociedad colombiana porque es un “dictador en potencia”. Para la “izquierda extrema”, Duque ya es dictador.

Quien se atreva a hacer la más mínima separación entre el conjunto de lo que fue la protesta social y los fenómenos particulares que condujeron a algunos sectores sociales hacia la violencia abierta o directa, puede ser señalado por ambas posiciones de traidor o de “tibio”.

Hasta el informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos CIDH se queda corto para ellos. Para unos, faltó señalar la sistematicidad de la acción represiva y asesina del Estado; para otros, no se identifican las fuerzas oscuras que sistemáticamente actuaban contra el país.

No obstante, a pesar de esas interpretaciones, la realidad es menos plana y simple. Hay que intentar ir más allá para comprender el estallido social y lo que sacó a relucir sobre lo que realmente somos. Si no lo hacemos podemos terminar como Haití, aunque en gran medida ya lo parecemos.

Algunas pistas para entender el estallido social

En anteriores escritos se describieron algunos hechos comprobables que nos ayudan a ver la complejidad de la vida y de nuestra sociedad. Se presentan aquí en forma resumida:

-       El estallido social se produjo en gran parte del país y se realizó básicamente en forma pacífica.

-       Durante los primeros días fue una acción masiva y contundente que arrinconó al gobierno.

-       Con el paso del tiempo y la vinculación de sectores sociales y organizaciones específicas (indígenas, transportadores, maestros, etc.), la naturaleza del estallido se fue transformando.

-       De ser un estallido general se lo trató de conducir hacia intereses sectoriales y parciales. El estallido quiso ser paro, huelga, minga y/o insurrección pero, tampoco lo logró. Se fue disipando y cambiando de acuerdo a la región, ciudad o sector social. No hubo control ni dirección.

-       Rápidamente el gobierno reaccionó con violencia premeditada, infiltró el movimiento con grupos de provocadores y logró incidir en la pronta generación de violencia. El antecedente de ese comportamiento ocurrió en Bogotá en septiembre de 2020. Asonadas a alcaldías (Yumbo, Jamundí, La Plata, Tuluá) y saqueos de centros comerciales, fueron algunas de esas acciones orquestadas desde el gobierno. Los civiles armados en Cali que disparan contra integrantes de la Minga contando con la protección de la policía, es uno de los hechos más grotescos.

-       De igual manera, grupos armados ilegales de diferente naturaleza (“disidencias”, ex-Farc, Eln, mafias, narcos y delincuentes) penetran e infiltran la protesta en algunas ciudades y sectores, y “embarcan” a grupos juveniles en una confrontación inútil y desgastante con la policía (Esmad).

-       En algunas regiones en donde predominan los intereses de pequeños productores agrarios como Boyacá, Cundinamarca, Santander, Eje Cafetero, Nariño, y parcialmente en Huila y Cauca, y en donde se presenta cierto entrelazamiento con los gremios de transportadores, esas fuerzas sociales logran controlar el estallido, se moderan los bloqueos y poco después son suspendidos, y el grueso de la población se muestra expectante frente al desarrollo del movimiento.

-       En otras zonas como el Suroccidente colombiano, especialmente en el Valle del Cauca y el Norte del Cauca, el estallido evoluciona en forma diferente. Fuertes y beligerantes bloqueos de carreteras expresan la frustración y oposición de amplios sectores de la población contra el poder de los grandes ingenios azucareros y otras agroindustrias, que antes generaban empleo y riqueza social mientras en la actualidad son verdaderos oligopolios completamente deshumanizados que expolian el poco trabajo que generan y los recursos naturales de la región (tierra, agua). Además, en antiguos centros urbanos donde existía industria (Cali, Yumbo, Palmira, Buenaventura, etc.) el desempleo y la descomposición social hoy es estructural y escandalosa. Las mafias y grupos armados han encontrado allí un caldo de cultivo para construir poderes delincuenciales que juegan con el mejor postor y que son una verdadera amenaza para cualquier democracia.   

-       En el Cauca el llamado “paro nacional” es encabezado por el movimiento indígena (los Nasas con el cierre de ruta de la carretera panamericana y los Misak con actos simbólicos y movilizaciones masivas hacia Popayán) y se suman sectores de afrodescendientes, campesinos, y productores de coca de la cordillera occidental (Argelia, Huisitó-El Tambo). Algunas organizaciones de productores agrarios (cafeteros), campesinos y otros sectores sociales, intentaron convencer a la Minga de flexibilizar el bloqueo de la vía central por los efectos negativos que generaba para las mayorías de la región. No lo logran pero expresan su posición.    

-       En las principales ciudades donde se moviliza la juventud vale la pena diferenciar a dos sectores notorios y visibles. Los profesionales precariados (que algunos analistas identifican con “clases medias”) se movilizan en los primeros días pacífica y masivamente con arte y cultura. Luego, lo hacen periódicamente pero se van deslindando del movimiento. El otro sector de la juventud más beligerante en la forma de actuar, que utiliza las barricadas y bloqueos del transporte para hacerse visible y enfrentarse con la policía, tiene un  origen social más popular, la mayoría son influenciados por estudiantes ideologizados, y expresan una enorme frustración con lo que la sociedad y el sistema les ofrece. A lo largo del proceso terminaron “cargando” con la responsabilidad de mantener el movimiento (“el paro no para”), haciendo intentos por articularse entre ellos, organizarse y mantener algún tipo de dinámica identitaria (“jóvenes rebeldes”). Al final, en parte, cayeron en la trampa del gobierno de enfrentarlos con el Comité Nacional de Paro CNP.

-       El movimiento de protesta ha sido reconocido por casi todos los sectores políticos. Tirios y troyanos, derechas e izquierdas, y medios de comunicación, han justificado las causas económicas y sociales de ese acontecimiento. Sólo el uribismo más estrecho y torpe, desconoce esas causas y continúa achacando el origen de la protesta a la acción de fuerzas desestabilizadoras (“castro-chavistas”). La gran mayoría de la población apoyó la protesta y solo se desencantó y deslindó parcialmente por efecto de los actos de violencia y los bloqueos de vías que generaron graves problema en desabastecimiento de alimentos, medicinas y obstáculos totales para la movilidad. La protesta logró construir una agenda social para el futuro y hacer visibles la enorme desigualdad y pobreza existentes en nuestro país.  

Diversidad, complejidad, no linealidad y atractores extraños

Se puede afirmar que la protesta se manifestó en todo el territorio nacional, con ocurrencia especial en las grandes ciudades, y regiones particulares. Dice el informe de la CIDH que “el gobierno reportó que entre el 28 de abril y el 4 de junio, en el marco del paro nacional, se realizaron 12.478 protestas en 862 municipios de los 32 departamentos, que incluyen 6.328          concentraciones, 2.300 marchas, 3.190 bloqueos, 632 movilizaciones y 28 asambleas. El 89% de las protestas, esto es 11.060, se desarrollaron sin registrar hechos  de violencia” (párrafo 25).

Mientras en la Costa Caribe el “paro” se expresó con alguna fuerza en Cartagena y Barranquilla, en el resto de la región fue relativamente débil. En el Suroccidente Colombiano y el Catatumbo (Norte de Santander) se concentraron las acciones más “visibles” y “explotables” por el gobierno y las fuerzas políticas que necesitaban una mayor exacerbación del conflicto social.

Por otro lado, como ya lo hemos reiterado, la participación más organizada y masiva estuvo localizada en los departamentos del centro del país. En las grandes ciudades estuvo a cargo de los profesionales precariados, que se habían mostrado en noviembre de 2019, con sus movilizaciones festivas y su consigna central: “No se trata de tumbar al gobierno, queremos cambiar la sociedad”.

Es importante anotar en ese aparte que la diversidad social y regional de nuestro país parece todavía mantenerse a pesar de la gran movilidad social y la migración interna y externa que ha impactado a la sociedad colombiana en  las últimas siete décadas. Varias regiones superpuestas contribuyen con la enorme complejidad de nuestro pueblo; el desarrollo económico y social “no-lineal” nos sorprende a cada rato con variantes insólitas, vueltas y revueltas, que desconciertan hasta al más conocedor de nuestra realidad. Una sociedad cada vez más abigarrada parece estarse formando.

Esa diversidad abigarrada se puede observar en nuestras regiones. El suroccidente colombiano con su orígenes yanaconas, negros e indígenas nativos (nasa, misak); la región bio-pacífica principalmente afrodescendiente; el eje cafetero con su tradición blanca española y su marginal mestizaje afro-indígena; la planicie cundi-boyacense con su pasado muisca (chibcha) y la gran migración de todo el país hacia Bogotá; la región caribe en lo fundamental mestiza pero con gran tradición afro-indígena diversa, y su núcleos coloniales (Cartagena, Santa Marta, Mompós, etc.) pero con  una de las ciudades más modernas del país (Barranquilla); y los Santanderes blanco-españoles con herencias del Común rebelde traído de España. Y nos quedan los Llanos y el Tolima Grande con pasados de resistencia y las migraciones paisas que han marcado su destino.

A todo lo anterior debemos sumarle la evolución de la población citadina y urbana. Hoy Colombia está más abierto al mundo. Bogotá con su área metropolitana con más de 10 millones de habitantes es otro país dentro de la nación colombiana, muy cosmopolita y globalizado. Quienes han heredado la tradición insurreccional del pasado rural de este país se equivocan al creer que la juventud de esas grandes ciudades van a jalarle a una nueva guerra. Igualmente yerran las fuerzas conservadoras y guerreristas que aprovecharon en el pasado las aventuras armadas para inocularle al pueblo colombiano un  miedo alienante al cambio, después de haber asesinado a Jorge Eliécer Gaitán.

Es indudable que durante el reciente estallido social actuaron “atractores extraños”, que incidieron en la evolución del movimiento. Dichos atractores han surgido en Colombia en el seno de las mafias de todos los pelambres. Mafias del narcotráfico y mafias vinculadas a la gran propiedad terrateniente (algunas “legales” y otras “ilegales”). Los grandes terratenientes devenidos en capitalistas agroindustriales que no han superado la mentalidad colonial-esclavista son uno de esos  “atractores”, y los principales financiadores del proyecto político extremista y criminal vigente.

Ellos se han encontrado con las mafias de narcotraficantes que -a su vez- han construido a lo largo de cuatro décadas una identidad narco-violenta, vinculada a la tierra, a la especulación financiera y a la cultura del despojo brutal. Todas son fuerzas reaccionarias, patriarcales, clericales, racistas y pro capitalistas salvajes . Se identifican con los neoconservadores de EE.UU. u otros países como España, Brasil, México, Perú, Chile y Venezuela y se conciertan para impedir las transformaciones estructurales que requieren nuestros pueblos. Son fuerzas atadas al pasado de inestabilidad, guerra fratricida, entrega de nuestra soberanía a imperios extranjeros y clericalismo religioso a todo nivel.

Un cambio en las relaciones de producción en el campo

La oligarquía colombiana, heredera de las peores tradiciones coloniales de Europa (España), que se entroncó desde principios del siglo XX con el imperio estadounidense, siempre ha sabido jugar la carta de la división de los sectores populares para seguir dominando.

Esa oligarquía construyó durante el siglo XX una base social de campesinos medios y ricos (principalmente cafeteros) mediante una estrategia corporativa, que tuvo como eje central el Eje Cafetero y Antioquia. La iglesia católica siempre estuvo presente ese “pacto social” entre empresarios exportadores y medianos productores. Ese  acuerdo les permitió garantizarle a los productores la compra subsidiada del grano y que se sintieran como un  sector privilegiado. La oligarquía siempre los concibió como aliados frente a la amenaza de los campesinos sin tierra.   

A finales de la década de los años 80s, con la caída del Acuerdo Internacional del Café, ese control corporativo empezó a tambalear. Aunque los antiguos caficultores se movilizaron y presionaron al gobierno y a los grandes exportadores de café por mejores subsidios y otras reclamaciones, su visión y práctica estrechamente reivindicativa, no cuestionaba el poder corporativo y oligárquico. Y en paralelo, la burda estrategia de las Farc centrada en acosar a los campesinos medios y ricos, sirvió de cobertura para que la oligarquía colombiana mantuviera su control paternalista.

Lo que cambió esa situación fue un  fenómeno que la oligarquía no podía impedir. La caficultura colombiana, por efecto de la crisis de precios internacionales empezó a trasladarse de región. Del Eje Cafetero pasó a departamentos como Huila, Cauca, Nariño, Tolima, etc. en donde los pequeños y medianos productores (campesinos pobres) podían subsidiar los costos de producción con prácticas no ortodoxas y economía familiar, que los cafeteros paisas no podían emular.

De esa forma también se ensanchó a lo largo de los últimos 40 años una economía de pequeños y medianos productores más allá del café. Al lado de ellos han surgido decenas de miles de paneleros, pequeños ganaderos de doble propósito (leche y carne), arroceros, paperos, yuqueros, plataneros, cebolleros, fruticultores, cacaoteros, piscicultores, etc., que se han ido liberando del control corporativo de la oligarquía terrateniente y que, aunque se relacionan con la oligarquía financiera, no la ven como aliada. Es en gran medida su verdadero explotador y enemigo.

En la actualidad, esos pequeños y medianos productores están pidiendo pista para pasar a una economía que les permita industrializar sus materias primas y exportarlas directamente hacia los países industrializados, pasando por encima de las empresas transnacionales y otros intermediarios. Para hacerlo necesitan resolver tres temas centrales: a) democratizar la propiedad de la tierra; b) democratizar y abaratar el crédito productivo; y c) asociarse colaborativamente y aliarse con los profesionales precariados para tecnificar y mejorar su aparato productivo.

Ellos saben que la oligarquía terrateniente y financiera no puede enfrentarse o traicionar a los grandes emporios capitalistas de carácter corporativo que controlan el territorio y el mercado. Por ello, paulatina y pacientemente se han ido liberando de ese dominio y buscan alternativas políticas que los apoyen pero sin que ello signifique la estatización de la economía o un rompimiento total con la economía capitalista global. No les interesan experiencias como las de Cuba o Venezuela porque saben que el bloqueo del imperio sería la alternativa insalvable.

El eterno dilema colombiano

Es en ese marco de transformaciones socioeconómicas es donde debe ubicarse la estrategia de la oligarquía terrateniente y financiera durante el estallido social. Ellos temen perder el control de amplios sectores sociales que hasta ahora han sido su soporte de dominación. Haber perdido alcaldías claves como las de Bogotá, Medellín, Cali o Santa Marta, y departamentos como Boyacá, Magdalena y otros, a manos de nuevos sectores políticos, es un verdadero problema para quienes han monopolizado por siempre el poder presidencial en Colombia. Quieren meter miedo.

Es por lo anterior que las fuerzas políticas que empujan los cambios en nuestro país deben hacer el máximo esfuerzo por sintonizarse con esos sectores sociales, con sus anhelos y esperanzas, sin dejarse llevar a posiciones y -sobre todo- a formas de actuar que puedan ser manipuladas por quienes aprovechan los más mínimos errores para acusar de “comunistas” y “extremo-izquierdistas” a quienes vienen demostrando que aspiran a fortalecer la democracia y avanzar dentro del marco de la institucionalidad existente.

Mostrarse como los “campeones de la protesta” por encima de intereses reales y concretos de sectores productivos, como son los pequeños productores del campo y los profesionales precariados de las ciudades, es hacerse un harakiri. Es un verdadero suicidio. Es indudable que el estallido social colocó un punto alto en cuanto a propuestas de carácter social que han sido lideradas por Gustavo Petro, pero de allí a sentirse como un seguro triunfador hay mucho trecho.

El informe presentado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos CIDH colocó un punto de referencia importante frente a los retos que tienen las fuerzas políticas para canalizar los resultados y efectos del estallido social. Recién entramos en esa cuarta fase y hay que poner “cable a tierra” para  no errar. Los sueños insurreccionales deben dejarse definitivamente en el pasado y se deben asumir las principales tareas que quedaron planteadas por el movimiento real:

- Organizar y articular las fuerzas democráticas a fin de desalojar del aparato de gobierno a las fuerzas recalcitrantes de la oligarquía terrateniente y financiera; y,

- Desarrollar nuevas formas de organización popular “desde abajo” para no depender exclusivamente de la acción de los políticos profesionales y del Estado “heredado”.

Son tareas posibles y urgentes que no se contraponen a miradas y acciones de largo plazo. Todo a su tiempo.   

miércoles, 30 de junio de 2021

¿Cómo canalizar políticamente el estallido social?


¿Cómo canalizar políticamente el estallido social?

Popayán, 30 de junio de 2021

En anterior artículo se plantearon algunas ideas sobre la caracterización de la protesta que se manifestó en Colombia como un estallido social. En otro texto, se detallaron los principales actores sociales, se presentó una periodización, se describieron las actitudes políticas y las propuestas para la juventud rebelde, y surgió la pregunta sobre quién podrá canalizar la fuerza desplegada.

Estamos ahora viviendo la 4ª etapa planteada en la periodización. El gobierno y las derechas (algunas vergonzantes disfrazadas de “centro”) se aprovechan de las escaramuzas que quedan después de un estallido de ese tipo. Provocan y permiten que jóvenes “radicalizados” protagonicen situaciones de degradación y desgaste para desprestigiar la lucha y descalificar a las fuerzas políticas que han apoyado decididamente la protesta.

Como lo hemos planteado anteriormente, el carácter diverso de esta lucha y la confluencia caótica de fuerzas e intereses, genera condiciones para que la energía vital y masiva del movimiento se agote en un momento dado. Mantener artificialmente el “estallido” solo lleva a hacerle el juego a quienes desde un principio lo infiltraron para generar violencia y tratar de deslegitimar la lucha popular ante los ojos de la mayoría de la población.

Por ello, las fuerzas democráticas, progresistas y de izquierda que han apoyado el movimiento de protesta deben convencer a algunos sectores de la juventud rebelde que hay que “parar y respirar”. No solo se trata de reflexionar, evaluar, organizar y preparar nuevas batallas sino que efectivamente hay que reaccionar frente a la pandemia. La Covid-19, con sus variantes incluidas, está disparada y nos obliga a pausar la lucha y a cambiar de estrategia.

En el artículo de referencia quedó -más o menos- planteada la idea de que en lo inmediato debemos actuar en dos niveles: a) Fortalecer la organización popular y ciudadana mediante el impulso de asambleas populares con visión de autogobierno, poder paralelo o contrapoder; y b) Consolidar la organización política para disputar la dirección del Estado heredado, cuidándonos de caer en ilusiones vanas, de convertirnos en “administradores” del gran capital y en “desmovilizadores” y “domesticadores” de la lucha popular.

Las siguientes ideas van en esa dirección e inauguran lo que podríamos denominar como aportes a la estrategia y al programa. Está claro que seguir “atados” a la dinámica del “estallido” solo servirá para que nuestras fuerzas se desgasten inútilmente.

¿Cómo ser anti-post-capitalistas dentro del capitalismo?

La única estrategia revolucionaria que es posible impulsar en este instante en Colombia consiste en apoyarse en los dos sectores sociales que están interesados en desarrollar una política de transformación del aparato productivo tanto con visión de industrialización de nuestras materias primas como de romper con el modelo energético dependiente de los combustibles fósiles.

Esos dos sectores son los pequeños y medianos productores agropecuarios (cafeteros, paneleros, arroceros, paperos, lecheros, cacaoteros, fruticultores, yuqueros, plataneros, piscicultores, etc.) y el precariado profesional, sobre todo el que puede aplicar sus conocimientos técnicos en esas actividades productivas transformadoras.

La estrategia revolucionaria consiste en impulsar una política “desde abajo” y “por arriba”. O sea, desde las organizaciones sociales y paralelamente desde el Estado (si se logra acceder al aparato de gobierno). Así, se pueden aprobar nuevos tipos de incentivos a la industrialización, toda clase de estímulos a la asociatividad colaborativa con criterios empresariales, rediseñando los subsidios gubernamentales y la inversión social rompiendo con enfoques asistencialistas y paternalistas.

Uno de los puntos del Pliego de Emergencia planteado por el Comité Nacional de Paro como es la “renta básica”, permite clarificar nuestra posición. Dicha iniciativa tiene un carácter asistencialista y hasta populista (por eso hasta Uribe la apoya a su manera). Es posible que en un país de Europa dicha política cuente con las fuentes fiscales para sostenerla, pero la economía colombiana no tiene la capacidad competitiva a nivel global para financiar un gasto de ese tipo.

Claro, estamos hablando dentro del marco del capitalismo que es donde estamos parados y lo estaremos todavía durante mucho tiempo. Y por ello podemos afirmar que la prioridad a todo nivel es invertir en transformar el aparato productivo, industrializar nuestras materias primas, construir una matriz energética “limpia” basada en recursos renovables, y generar una economía apoyada -principalmente- en asociaciones de los pequeños y medianos productores.  

Esto lo vienen entendiendo los dirigentes progresistas de países como Bolivia y Ecuador. Saben que ahora no cuentan con los recursos que generaba la bonanza de los precios de las materias primas, especialmente del petróleo y gas, que sirvieron para financiar una serie de subsidios que crearon la ilusión de que millones de personas salían de la pobreza o ascendían a ser clase media, y que por ello, deben impulsar políticas de mediano plazo para transformar sus aparatos productivos.

Por otro lado, es importante hacer notar que en Colombia contamos con una pequeña y mediana producción de alimentos y otras materias primas que nos ofrece una gran oportunidad. Ese factor productivo ha sido comprobado ahora durante la pandemia, en donde el sector agropecuario colombiano, especialmente el de los pequeños y medianos productores, ha sido uno de los que mejor ha enfrentado la situación de emergencia sanitaria y crisis económica en América Latina.

Es por ello que las organizaciones de base que se deben potenciar son las que agrupan a los sectores sociales mencionados. Existen gran cantidad de asociaciones de pequeños y medianos productores agrarios, que defienden los territorios y los recursos naturales, y, aunque es muy difícil organizar al “precariado profesional”, si se impulsan efectivas y prácticas estrategias, planes, programas y proyectos productivos, culturales, educativos y de innovación tecnológica adecuada a la realidad de nuestro país y el mundo, se pueden organizar cientos de miles de profesionales y tecnólogos. 

En el caso de las organizaciones tradicionales hay que generar un debate amplio y profundo sobre su carácter estrecho, puramente reivindicativo, que se limita a dinámicas de presión al gobierno, con concepciones asistencialistas y dependientes. Estamos en mora de abordar ese tema a fondo que salió a relucir durante el Paro. Casi todas sus acciones se reducen a representar intereses sectoriales que los aíslan del conjunto de la sociedad, mostrando una escasa actitud transformadora frente a su trabajo en concreto (incluyendo al magisterio y a FECODE).

Y ese debate debe incluir a las organizaciones políticas que aunque tienen vínculos con los movimientos sociales no logran relacionar y fundir su acción con políticas de transformación estructural. Por un lado hacen “sindicalerismo” y “gremialismo”, y por el otro, reducen la lucha política al “electorelismo”, situación que los lleva al “cretinismo parlamentario” (lo que explica que el Comité Nacional de Paro terminó convirtiéndose en una especie de ayudante de los parlamentarios de “oposición”, transformando los pliegos de exigencias en “proyectos de ley”).   

Esa dinámica “dicotómica” o binaria, lleva a los dirigentes “políticos” a convertirse en “aspirantes a burócratas”. Por ello, su perfil en su mayoría es de abogados, politólogos y contratistas de ONGs, expertos en DD.HH. y en la “paz”, pero desligados de las necesidades productivas y materiales de las gentes.  Por otro lado, los economistas, contadores públicos, ingenieros, tecnólogos, etc., son formados con la mentalidad y lógica del Gran Capital, al servicio de conglomerados transnacionales y del mismo “Estado heredado”. Este debate debe desarrollarse al interior de los movimientos sociales y de las universidades públicas y privadas.

La experiencia de países como Ecuador y Bolivia nos muestra las limitaciones de llegar al  gobierno sin desarrollar una estrategia “desde abajo”. En Colombia tenemos una oportunidad con ocasión del estallido social de 2021, su impacto político y las lecciones que elaboremos sobre la marcha. 

jueves, 24 de junio de 2021

¿Qué nos queda del estallido social?

 

En Colombia: respirar, evaluar, aprender y avanzar  

¿Qué nos queda del estallido social?

Popayán, 24 de junio de 2021

Es cierto que muy pocas personas esperaban que el estallido social que explotó en Colombia se presentara con la fuerza y amplitud con que se desplegó. No obstante, algunos centros de estudio y analistas de prensa de variada orientación lo habían previsto y pronosticado.

Ahora, que la protesta masiva que arrancó el 28 de abril entró en una fase de agotamiento a pesar que se mantuvo entre altas y bajas a lo largo de casi dos meses, es necesario respirar, reflexionar, evaluar y sacar lecciones, a fin de fortalecer y avanzar con la lucha popular.

Analizar un evento tan  complejo como el llamado Paro Nacional es una tarea bien difícil. No solo porque aún está en desarrollo sino porque al participar múltiples fuerzas y sectores -que están en juego, algunos ocultos o camuflados- se pueden mal interpretar ciertas afirmaciones. De todas formas, hay que atreverse, como ya se hizo cuando abordamos el tema de los bloqueos.

Es importante hacer notar que este tipo de estallidos sociales no son exclusivos de Colombia. Acontecimientos similares los vienen protagonizando los pueblos y los trabajadores desde 2011 con la “Primavera Árabe”, el 15M de España, el “Occupy WS” en USA, los “chalecos amarillos” en Francia, lo sucedido en Ucrania, Nicaragua, Hong Kong, El Líbano, Chile y muchos otros países.

Claro, hay que identificar y profundizar sobre las causas inmediatas que detonaron esos movimientos y precisar cuáles fueron las fuerzas sociales y políticas que finalmente los canalizaron, pero es indudable que la juventud rebelde del siglo XXI ha sido la protagonista central y principal.

Los principales actores sociales

Han sido muy variadas las fuerzas sociales que desplegaron su fuerza a lo largo de estos meses en Colombia, que son -en verdad- continuidad del 28N de 2019. Veamos:

El primer y principal actor social es el grueso de la población que rechazó la reforma tributaria propuesta por Duque y su ministro de Hacienda. Esa gran mayoría que ha sido medida por diversas encuestadoras de opinión ha apoyado decididamente la protesta pero -en general- no está de acuerdo con los “bloqueos” de vías y carreteras como formas de lucha.

Un segundo protagonista son las organizaciones sociales de trabajadores estatales, maestros, transportadores, indígenas, campesinos, cocaleros, estudiantes, etc. que aunque contribuyen con su fuerza movilizada al desarrollo del “paro”, al priorizar intereses sectoriales y formas  de lucha tradicionales, a la larga y en el fondo, debilitan el carácter político del movimiento.

En tercer lugar, se destaca el “precariado citadino técnico-profesional” que se movilizó masivamente desde noviembre/2019 en las grandes ciudades, mediante concentraciones y marchas periódicas. Es un importante sector de los trabajadores que poco a poco está desarrollando una visión, un programa y una acción alrededor de temas como la defensa de la vida, la profundización de la democracia a todo nivel, la consolidación de la paz, la defensa del medio ambiente, la lucha de género e identidades, etc. Es pertinente tener en cuenta que ese precariado no puede “parar” (o paralizar la producción) al estilo del proletariado tradicional, dado que muchos de ellos son trabajadores asalariados de empresas o del Estado o pequeños emprendedores que laboran en condiciones de extremada precariedad laboral.  

Y en cuarto lugar, están los contingentes de la juventud más beligerante que provienen de sectores populares, estudiantes radicalizados, barras bravas de equipos de fútbol y otros grupos que podríamos caracterizar como “el precariado informalizado”. Son jóvenes desempleados o en edad de estudiar que no lo pueden hacer porque no cuentan con los recursos económicos para hacerlo. Ellos necesitaban liberarse del confinamiento obligado por la pandemia, encontrarse con  sus pares en la lucha -principalmente- contra la policía y visibilizarse mediante concentraciones y barricadas en “puntos de resistencia”. También se habían mostrado en noviembre de 2019 pero lo hicieron con más contundencia a partir del 20 de septiembre de 2020 durante el levantamiento en Bogotá contra la policía y los CAIs[1].

Cada sector ha colaborado con esta lucha a su manera, cada uno tiene su propio balance, incluyendo algunos sectores que aparecían de nombre en el Comité Nacional de Paro CNP pero que no desplegaron toda su fuerza en esta ocasión (cafeteros, paneleros, arroceros, etc.).

Periodización del proceso de lucha

La movilización social que denominamos “estallido” se inicia el 28 de abril ante la convocatoria del Comité Nacional de Paro que en noviembre de 2019 y mayo de 2020, había presentado pliegos de exigencias al gobierno. La respuesta a la convocatoria fue masiva y beligerante. El motivo inmediato fue el rechazo generalizado a la reforma tributaria presentado al Congreso por el presidente Duque y su ministro de Hacienda.

A partir de ese momento se pueden observar tres fases en el movimiento. Una, desde el 28 de abril hasta el 3 de mayo, día en que se integran La Minga Indígena y los gremios de los transportadores especialmente en Cundinamarca, Boyacá, Nariño, Huila, Santander y el Eje Cafetero, que impulsan cierres de vías generalizados en coordinación con pequeños y medianos productores agrarios. Paralelamente el movimiento en las ciudades se generalizaba frente a la represión brutal y criminal por parte del gobierno. 

Una segunda fase va desde el 4 de mayo hasta el 25 y 26 de mayo en que el gobierno obliga al Alcalde y al Arzobispo de Buenaventura y a delegados de los manifestantes de esa ciudad a firmar un acuerdo para empezar a despejar las vías mediante “cordones humanitarios” para facilitar el abastecimiento de alimentos, medicinas y combustibles. A la sombra de ese acuerdo firmado con presencia del presidente Duque, que luego fue desconocido por el mismo gobierno, se inicia la ofensiva de las fuerzas retrógradas y oscurantistas.

A la madrugada del mismo día, Duque aprueba el decreto de “Asistencia Militar” que lanza desde Cali para acabar con los bloqueos que persistían en el suroccidente del país, convoca “marchas del silencio” en varias ciudades (que les fracasan), e inician la contraofensiva contra el movimiento popular utilizando “civiles” armados (paramilitares) no solo para atacar a los manifestantes (entre ellos La Minga en Cali) sino para realizar toda clase de asonadas contra alcaldías en La Plata (Huila), Jamundí, Yumbo y Tuluá (Valle), en donde provocan incendios y toda clase de desmanes para desprestigiar la protesta popular.

A partir de esos días de finales de mayo se entra en la fase de lo que podría llamarse como “desescalamiento” del movimiento, que desafortunadamente se dejó llevar al terreno de mantener o despejar los “bloqueos” o cierres de vías, cuando las grandes movilizaciones y concentraciones pacíficas habían demostrado su eficacia.

Durante este período el gobierno jugó a las llamadas “negociaciones” que solo han sido una maniobra de distracción mientras utilizaba fuerzas de choque, unas infiltradas en las protestas y otras del lado de la policía, para justificar el trato de guerra que le dio al llamado “terrorismo vandálico” promovido y orquestado por el mismo Estado.

A partir de ese momento los muchachos de Cali y de otras regiones son los que mantienen la iniciativa de la protesta mientras que el Comité Nacional de Paro, por la falta de reacción frente a la estrategia de violencia y terror que desarrolla el gobierno, se fue quedando a la deriva de los acontecimientos.

Y a pesar que las grandes mayorías han valorado y apoyado enormemente el movimiento de protesta y sus logros[2], el gobierno y los medios de comunicación tratan infructuosamente de posicionar la idea de que el “paro fracasó” o de que terminó “desgastado”, o que fue obra de políticos “oportunistas” y “pirómanos” que quieren “incendiar al país” y desestabilizarlo motivados por intereses electorales.

Esta sería la cuarta fase del “estallido”, o sea, la de la lucha política por valorar (negativa o positivamente) lo ocurrido a lo largo de estos casi 60 días.

Las respuestas a la “rebelión juvenil”

Cómo el gobierno y la derecha uribista no han logrado imponer su lectura de que el “estallido social” fue obra del “castro-chavismo internacional”, se ha tratado de “sectorizar” la protesta y de llevarla a ofrecer soluciones a los jóvenes rebeldes, que según esa visión lo que exigen se reduce a estudio y empleo.

Frente a ese tema se han expresado más o menos 4 tipos de respuestas que corresponden a actitudes políticas y a lecturas filosóficas, algunas de las cuales -pienso- no se excluyen totalmente:

1. La asistencialista burguesa, que le llaman de responsabilidad social corporativa, que les ofrece  a los jóvenes programas de “educación, empleo, recreación, cultura, etc.”, para “mejorar” las condiciones de explotación y dominación  sin tocar para nada la estructura capitalista y menos impulsa transformaciones de carácter civilizatorio frente a la dominación patriarcal, la economía crematística, la cultura del progreso, el consumismo, etc.;

2. La asistencialista progresista, que les ofrece casi lo mismo pero ejecutada desde y por el Estado, por medio de gobiernos “democráticos”, aunque en el discurso pueda que prometan “cambios estructurales” pero impulsadas desde la institucionalidad existente (le llamo, el modelo progresista de la gestión del “Estado heredado”);

3. La insurreccional del tipo de “revolución proletaria-bolchevique”, que es la fórmula clásica de las revoluciones del siglo XX para transformar el mundo (“si derrocamos a la oligarquía financiera podremos imponer o construir -desde el poder- el socialismo y/o comunismo”);

4. La “autonómica”, que propone fortalecer los procesos de organización popular (“asambleas populares auto-convocadas”, cabildos indígenas, consejos comunitarios, etc.), aprovechar el estallido social para canalizar la energía desatada hacia la construcción paciente y sistemática de “auto-gobiernos”, “contra-poderes”, “poder paralelo desde-abajo”, para acumular verdadera fuerza popular y socavar el sistema capitalista (y patriarcal, depredador, etc.), construyendo desde ahora y en la práctica nuevas relaciones sociales colaborativas que rompan con la lógica del capital.

De acuerdo a lo observado hasta ahora, en las actuales condiciones políticas y organizativas de los sectores populares de Colombia, las respuestas o lecturas 1 y 2, van a confluir y/o coincidir en ofrecer soluciones “viables”, “posibles”, que ya se están orquestando por medio de los “diálogos y conversaciones” locales y regionales entre los gobiernos y los jóvenes declarados en rebeldía.

Es posible que en el año 2022, una fórmula política progresista logre acceder al gobierno y se convierta en el instrumento temporal para ofrecer e implementar ese tipo de “soluciones”, con todas las limitaciones del caso y su papel desmovilizador.

La respuesta-lectura 3, posiblemente entusiasme a los jóvenes más emocionales, inmediatistas y cortoplacistas, pero no pasarán de ser minorías al estilo de las que entre 1960 y 1990 se lanzaron al “monte” para dirigir la insurrección y hacer la revolución armada.

Y la 4, puede captar a algunos dirigentes juveniles (y a algunos más maduros) que deberán conectarse en su praxis (práctica-teórica) con otros procesos de organización y de construcción de pensamiento crítico a nivel latinoamericano y global, para consolidar ese camino.

No obstante, la profunda crisis del sistema capitalista y de la civilización del “crecimiento material ilimitado”, será el fuego que alimentará nuevos estallidos sociales que necesariamente se irán convirtiendo en verdaderos levantamientos, que harán confluir -de una manera nueva y totalmente revolucionaria- a todas estas respuestas-lecturas y miradas descritas para diseñar y construir verdaderas soluciones.

Todo depende de qué lectura se imponga en los balances y conclusiones que se elaboren en el inmediato futuro.

Sobre el “estallido social”

Decíamos en texto anterior que este movimiento de protesta era a la vez un “paro, huelga, estallido, minga, insurrección y fiesta popular”. No obstante, pienso que el carácter principal es el de un “estallido social”. Es indudable que se produjo una “explosión”; la inconformidad y el miedo fueron superados por la indignación y la rebeldía. Durante unos días se alcanzó a desplegar una fuerza telúrica que movilizó a millones de personas en cientos de municipios, y que además, conmovió a todo un país y el mundo.   

El paro y la huelga fueron parte del acontecimiento pero fueron relativamente débiles. Sólo algunos sectores de los docentes y otros trabajadores del Estado hicieron huelga. El “paro” en algunos sectores de la producción fue obligado por los bloqueos de diverso tipo que se realizaron en algunas regiones. La Minga se hizo ver en las calles de Cali en apoyo a los jóvenes rebeldes pero terminó en un bloqueo de carretera. La insurrección fue parcial y localizada, sin dirección ni objetivo. La fiesta popular fue una realidad de arte y creatividad pero fue manchada de sangre y muerte por parte de un Estado criminal.

Tres posiciones políticas (que vienen de atrás y tienen su historia y prácticas concretas) se manifestaron durante el transcurso de estos días de protesta popular en Colombia.  

La que trató de convertir el estallido en “levantamiento popular” para tumbar a Duque. Es la visión insurreccional que intenta que todo levantamiento se convierta en una “revolución clásica”, en donde cada grupo que impulsa esa posición tiene sus propias expectativas, que van desde una revolución democrática a una socialista o comunista. Dichos sectores o grupos demostraron que no tenían ni la fuerza ni la organización para lograrlo.

La que pretendía canalizar el estallido social hacia las elecciones del año 2022. Tampoco demostró tener la capacidad para conducir el movimiento y evitar que la estrategia gubernamental de infiltración, provocación, violencia asesina y falsa negociación lograra, de alguna manera, sus propósitos de desgaste y debilitamiento del movimiento.

La que plantea como principal tarea promover el encuentro entre los diversos sectores que han venido participando en el “paro”, para iniciar un proceso de organización masiva y superar la visión inmediatista y coyunturalista que lleva a colocar como prioridad la negociación con el Estado. Esta última posición ha logrado algunos avances con la propuesta de construir las Asambleas Populares, pero todavía está en una fase inicial.

La pregunta que queda planteada es: ¿Quién o quienes canalizarán el estallido social?  Sólo el tiempo permitirá responderla.



[1] CAI: Centro de Atención Inmediato de la policía nacional.

[2] Los logros concretos del movimiento son evidentes: el gobierno retiró la reforma tributaria y la reforma de la salud fue derrotada en el Congreso; renunciaron por efecto del “paro” los ministros de Hacienda, Relaciones Exteriores y el Embajador en EE.UU.; se posicionó una agenda social en educación, ayudas a pequeños y medianos productores durante la pandemia, planes y programas de empleo para jóvenes, y otras iniciativas que el gobierno pretende liderar. Y por sobre todo, se ha hecho evidente la enorme desigualdad e inequidad que existe en Colombia y el gobierno de Duque está completamente desprestigiado a nivel interno y externo. (Nota del Autor).  


jueves, 10 de junio de 2021

Algunos logros del estallido social en Colombia

 

Algunos logros del estallido social en Colombia

Popayán, 10 de junio de 2021

Hemos caracterizado la formidable movilización social que está en desarrollo en Colombia desde el 28 de abril del corriente año (2021) como un estallido social. Son más de 42 días de marchas, plantones, concentraciones, bloqueos de vías y carreteras de diversa naturaleza e impacto, en donde la constante ha sido la represión violenta y criminal por parte del Estado, y en donde el apoyo de la población ha sido mayoritario y visible.

A pesar que el Comité Nacional de Paro (CNP) conformado por las centrales obreras, sindicatos y otras organizaciones sociales no ha suspendido el movimiento, que La Minga Indígena con sectores campesinos y cocaleros agrupados en torno al “Pacto Social”, y los Jóvenes Rebeldes en proceso de articulación en la Unión de Resistencias, han decido mantener activa la movilización callejera, es evidente que la protesta entró en una fase de agotamiento que no sabemos si en el corto plazo pueda reactivarse o vuelva a brotar más adelante.

Antes de avanzar sobre una evaluación que permita construir algunas lecciones, es necesario reiterar varios aspectos importantes sobre los logros de esta estupenda y entusiasmadora experiencia de lucha social, política y cultural que han protagonizado millones de colombianos, a fin de realizar un análisis que debe ir más allá de los balances puntuales y coyunturales.

Tal evaluación queda pendiente para futuros escritos y debe contener como mínimo una periodización del proceso de lucha con sus antecedentes, la descripción de los actores sociales y políticos protagonistas, el análisis de las actitudes desarrolladas por las fuerzas más organizadas, una caracterización más detallada de lo que llamamos “estallido social”, un balance de las estrategias impulsadas por las organizaciones políticas que influyen en el movimiento social colombiano frente a la estrategia del Estado (y de los diferentes sectores de las castas dominantes), y unas lecciones que sirvan para preparar las fuerzas populares para los nuevos retos que están encima. Todo para alimentar el necesario y fraternal debate.

Los logros

Hay que decir que el estallido social mismo es un gran logro en una sociedad que por vivir en medio de la violencia había caído en una especie de inercia y letargo. El impacto y la duración del movimiento sólo se pueden explicar por el amplio y masivo apoyo que ha tenido de gran parte de la sociedad, aún de aquellos sectores que rechazan algunas formas de lucha como los bloqueos o cierres de vías o carreteras, pero que son conscientes de las causas estructurales que han generado tal grado de inconformidad y protesta.  

Se destacan las expresiones artísticas de la juventud que están en el centro de las protestas, que en realidad son verdaderos performances y obras de arte en donde se involucran miles de personas, especialmente jóvenes y mujeres. Ha sido un fenomenal y creativo proceso de encuentro entre diferentes sectores sociales que poco a poco se está profundizando a medida que la solidaridad y apoyo ha requerido de acciones más visibles y decididas.

La forma como los logros políticos y reivindicativos han sido arrancados al gobierno sin necesidad de negociar formalmente -al mejor estilo de lo ocurrido recientemente en Chile- son aspectos a señalar y analizar, por cuanto se corresponden con la potencia del movimiento y con la diversidad y complejidad de los actores comprometidos. Es más, el estallido social alcanzó a acorralar al gobierno y colocarlo en “estado de renuncia”, pero en realidad el grueso de las personas que apoyaban la protesta no estaban interesadas en aventuras insurreccionales.

La reacción violenta del gobierno que ha incluido la acción asesina de la policía y la utilización de civiles armados (paramilitares) y que produjo más de medio centenar de jóvenes protestantes asesinados, no sólo generó una profunda crisis de gobernabilidad en el país hasta el punto de que las castas dominantes recurrieron a la militarización de las regiones y ciudades más movilizadas, sino que, trajo como consecuencia el desenmascaramiento del gobierno a nivel internacional. Ha quedado claro que este gobierno hace parte de un régimen antidemocrático y violador de los derechos humanos.

El mayor logro hasta ahora alcanzado es la conciencia adquirida en el proceso del despliegue de la fuerza popular y algunas nuevas formas de organización que están en pleno surgimiento, como son las Asambleas Populares que están proceso de construcción y organización, y que de lograr consolidarse y hacerse permanentes, podrán constituirse en los gérmenes de un verdadero poder paralelo, expresiones de una efectiva autonomía e independencia política, y en órganos de poder popular que rompan con el control institucional que ha predominado y limitado al movimiento social y político de nuestro país. 

Un recorderis pertinente

Este proceso de movilización social y política ha centrado su lucha en enfrentar al Gobierno de Duque (Uribe). No obstante, es necesario entender que estamos frente a un  Régimen criminal y mafioso. Dicho régimen debe ser caracterizado y entendido para poderlo derrotar. Por ello es necesario clarificar las diferencias entre régimen y gobierno.

El régimen político tiene que ver con el carácter del ESTADO que en Colombia es “colonial-capitalista-oligárquico”. El actual gobierno de Uribe-Duque hace parte de ese régimen pero tiene sus particularidades. Ejemplo, tiene diferencias con el gobierno de Santos, así sean mínimas.

A Duque lo controla una alianza mafiosa-terrateniente mientras que el gobierno de Santos era liderado por la oligarquía-capitalista transnacional que acepta a las mafias pero no las quiere al frente del poder político, no por pruritos o valores morales sino por intereses geopolíticos.

Es decir, el régimen político es una formación de tipo estructural-sistémico mientras los gobiernos son grupos de personas que representan clases y sectores de clase (partidos) que gestionan sus intereses desde el aparato de gobierno (responden a intereses particulares y a momentos coyunturales).

Estos aspectos de la naturaleza del Estado debemos estudiarlos más al detalle para no caer en idealismos que frustren más adelante nuestras expectativas. Es necesario, por tanto, entender que, aún si el progresismo colombiano accede al gobierno tendrá que diseñar una estrategia para convivir dentro de ese Régimen Político. Es decir, deberá desarrollar formas de socavarlo y superarlo, o de lo contrario terminaremos en un callejón sin salida.

Ese es el problema que los gobiernos progresistas y de izquierda de América Latina (y Grecia y parcialmente España) se han encontrado y no han podido enfrentar ni resolver. Es un tema a profundizar si no queremos terminar “adornando” el régimen colonial-capitalista-oligárquico con algunas flores progresistas y limitarnos a gestionar el “Estado Heredado” sin hacerle un solo rasguño al Gran Capital (dentro del cual está el capital de las mafias).

La iniciativa que el estallido social acaba de dejar sobre el escenario de lucha es que el pueblo y los jóvenes movilizados deben construir Asambleas Populares (permanentes), o sea, “poderes paralelos” (desde abajo), gobiernos autónomos, formas de organización independiente de la institucionalidad existente, para poder avanzar hacia cambios verdaderamente estructurales.

Es un  asunto que debe debatirse con toda seriedad.