lunes, 29 de junio de 2015

EL QUE PERSISTA TORPEMENTE EN EL CONFLICTO… ¡PIERDE!

EL QUE PERSISTA TORPEMENTE EN EL CONFLICTO… ¡PIERDE!

Bogotá, 29 de junio de 2015

Desde el punto de vista sociológico (dirían los académicos) el conflicto armado en Colombia se explica por la confluencia o encuentro de dos sectores de la población profundamente lastimados, heridos, discriminados, humillados y despojados de sus derechos que – al tener grandes resentimientos heredados –, fueron fácil presa de la manipulación oligárquica e imperial.

Un sector es el conformado por los “hijos bastardos de la familia paisa”, expulsados de las grandes haciendas antioqueñas, arriados a la aventura y a la colonización más allá del Viejo Caldas. Ellos se van encontrando en la región central de Colombia, (en las tierras aledañas a los nevados del Tolima y Huila), con pueblos indios nunca vencidos (pijaos, yalcones y nasas). Allí, se constituyeron en el núcleo central de la lucha armada insurgente.

Pedro Antonio Marín (Manuel Marulanda Vélez, alias “Tirofijo”), recoge como el que más, el espíritu de Quintín Lame y lo convierte en resistencia armada.   

Pero las grandes mayorías colombianas no participan directamente en esa lucha. La soportan y sufren. Los negros afrodescendientes son pacíficos en su gran mayoría. Los mestizos de las diferentes regiones (nariñenses, caucanos, cundi-boyacenses, caribeños, etc.) son mansos y hasta “cortesanos” y siempre buscan conciliar. 

El problema es que después (entre 1974-1982) el imperio y la oligarquía – usando la economía del narcotráfico – instrumentalizan el conflicto armado y la convierten en herramienta de intervención territorial.

Y allí estamos. Entrampados.

Ahora, que se trabaja la memoria histórica buscando el fin del conflicto armado se debe señalar que la violencia siempre vino primero de “los de arriba”. Desde la conquista.

Hoy se nos ha vuelto un grave problema, sobre todo para “los de abajo”.

Pero la historia es la historia y por eso es tan difícil superar este conflicto.

Hay que entenderlo para superarlo, sin idealizar a nadie pero reconociendo las causas sociológicas, económicas y hasta culturales de ese problema… que es de todos.

Si no entendemos lo que ha sucedido... ¿cómo perdonar? Si no comprendemos las razones del alzamiento armado y su posterior degradación... ¿cómo podremos convivir hacia el futuro los herederos de guerrilleros, paramilitares y militares comprometidos en graves crímenes?

Ahora, hay que reiterar una vez más que una cosa era la auténtica resistencia campesina y otra, muy diferente, en lo que degeneró, principalmente debido a la política usada por los estrategas gringos para los llamados “conflictos de baja intensidad”: la guerra sucia (teoría y práctica de las guerras de 4a generación).

La gran falla de la dirigencia de las FARC es no haber caído en cuenta – a tiempo – en la trampa que se metían.

Pero bueno, de eso se trata la salida negociada. Allí estamos todos, de una u otra forma, tratando de avanzar. Y… ¡avanzaremos!


Es inevitable. Ya no hay excusas. El que persista torpemente en el conflicto… ¡pierde! 

viernes, 26 de junio de 2015

AISLAR Y DERROTAR A LA “ROSCA POLITIQUERA Y CORRUPTA”

AISLAR Y DERROTAR A LA “ROSCA POLITIQUERA Y CORRUPTA”

Bogotá, 26 de junio de 2015

En Colombia estamos frente a una situación particular y compleja que requiere nuevas soluciones, nuevos sujetos sociales y nuevos actores políticos.

El denominado “proceso de paz” ha entrado en una fase de estancamiento. La correlación de fuerzas así lo determina. Ni el gobierno ni la guerrilla se van a parar de la mesa de negociaciones de La Habana pero los avances en ella serán mínimos. Además, la gente quiere la terminación del conflicto armado pero tiene grandes desconfianzas en ese proceso de diálogo.  

El pulso que se está jugando es por el cese de fuegos bilateral. La insurgencia pretende obtenerlo sin mayores condiciones; el gobierno sólo lo acepta después de firmar el acuerdo definitivo; el uribismo, hábilmente, recoge la propuesta de la guerrilla pero exige la concentración de los combatientes en sitios especiales y verificación internacional.

Podrán pasar varios años de lentas negociaciones sin que se llegue a feliz término. La guerrilla no va a aceptar una justicia transicional que incluya penas de cárcel para sus comandantes y tampoco va a entregar las armas. El gobierno de Santos tendrá que negociar con el uribismo – como ya lo viene haciendo – para fortalecer su posición. El “chico” va para largo.

Lo que es real es que la correlación de fuerzas no va a cambiar a corto plazo. El pueblo no se va a movilizar en las calles y carreteras en forma contundente contra el régimen neoliberal, aunque, esporádicamente, se expresen algunas fuerzas sectoriales – especialmente rurales – en contra de políticas específicas pero sin ir más allá de sus reivindicaciones parciales. El mismo conflicto armado bloquea el desarrollo de un fuerte, masivo y decisivo movimiento popular.  

Lo interesante del momento es que, a pesar de esa situación – en el terreno eminentemente político y electoral –, se empieza a conformar un Movimiento Democrático Civilista, deslindado totalmente del establecimiento oligárquico y también de la insurgencia.

Ese movimiento democrático civilista ha ido adquiriendo forma debido a dos causas: la primera, la incapacidad de Santos para desligarse del uribismo. El actual proceso de re-unificación entre Santos y Uribe alrededor de una estrategia de paz que coloca el énfasis en la fuerza militar y minimiza las concesiones políticas a la guerrilla, echó por tierra las ilusiones en Santos.

La segunda, es la conciencia de que para acceder al gobierno nacional debe deslindarse de las posiciones de la insurgencia, especialmente de su militarismo y de su incapacidad para entender que los crímenes cometidos por ella contra la población civil – fruto de haberse dejado degradar moralmente –, los ha convertido en una fuerza negativa a los ojos del pueblo, o sea, en un actor identificado con la guerra y no con la paz.

Los sectores sociales que apoyan ese movimiento democrático civilista están compuestos por las llamadas clases medias de las ciudades, entre ellas, los “profesionales precariados y precarizados”, en su mayoría jóvenes, que no están dispuestos a cargar con resentimientos heredados ni con venganzas históricas. Ellos quieren “pasar la página”, están cansados de la polarización entre violentos y buscan en el verdadero perdón la base espiritual de una reconciliación depuradora y sincera.

A nivel político el movimiento democrático civilista está compuesto por tres grandes vertientes: las fuerzas políticas surgidas del proceso de desmovilización del M19, EPL, PRT y Quintín Lame, hoy encabezadas por su líder indiscutible, Gustavo Petro; un sector de militantes comunistas y liberales sociales que evaluaron a fondo la inconveniencia de la estrategia de la “combinación de las formas de lucha” que hoy se identifican con Clara López; y las fuerzas políticas que nunca estuvieron de acuerdo con el tipo de lucha armada que se desarrolló en Colombia que se expresan como MOIR-Polo y PTC-Progresistas, que lideran el senador Jorge Enrique Robledo y el actual alcalde de Magangué, Marcelo Torres, en compañía del Concejal de Bogotá, Yezid García Abello.

Ese movimiento democrático civilista y pacifista está en condiciones de disputarle el gobierno a las fuerzas del establecimiento en el año 2018. Todo depende de la claridad que tenga y de su verdadera unificación táctica y estratégica.

Las ilusiones que tenían algunos de estos sectores políticos en una supuesta burguesía “democrática” encabezada por Santos, se han diluido. Así mismo, las expectativas que tenían otros sectores de izquierda en una “burguesía nacional”, también se han ido deshaciendo. Se entiende ahora que el sector dinámico son los pequeños y medianos productores del campo y la ciudad (algunos de ellos empresarios pero no grandes burgueses), y que los grandes industriales y/o burgueses agrarios no van a enfrentar decididamente la política imperial y oligárquica.

De esa manera la prioridad va a ser la lucha por la democracia. Así sea la democracia burguesa, que en Colombia nunca ha tenido concreción real. El tema de la paz será tratado en forma general: se apoya la salida política negociada del conflicto armado pero los detalles se les dejan a los actores armados. Se rechazan las acciones terroristas de la insurgencia pero también los crímenes de Estado y la violación de los derechos humanos.

El principal detalle a saldar entre estas fuerzas es la evaluación del proceso constituyente de 1991. Todo ese balance es necesario de cara a lo que se viene con el nuevo proceso de paz.

Las fuerzas del M19 deben reconocer que sobrevaloraron los logros constitucionales y legales plasmados en los derechos fundamentales, sociales, económicos y culturales, sin tener en cuenta que la esencia económica neoliberal de la Constitución de 1991 y la hegemonía oligárquica neoliberal en el poder, iban a impedir que esos derechos tuvieran materialización y desarrollo real. Por eso la Acción de Tutela terminó siendo el único instrumento para hacer respetar los derechos fundamentales, con el contraproducente efecto de la “judicialización” de los derechos sociales, económicos y culturales (http://bit.ly/1e7yw6H) y la “individualización” de la lucha y resistencia popular.

Las otras fuerzas políticas tendrán que reflexionar sobre su papel en esa coyuntura. De lo que se trata ahora es de impedir la utilización oportunista de la “conquista de la paz” para vendernos la idea de una supuesta “apertura democrática” que en realidad quiere ser utilizada como cobertura para implementar una segunda oleada de neoliberalismo.

También hay que combatir la idea de que del proceso de negociaciones se podría obtener una “paz con justicia social”. Esa idea es una ilusión voluntarista. La correlación de fuerzas escasamente da para que se hagan concesiones a los pobladores de las zonas de colonización y a otros sectores puntuales, afectados por la economía del narcotráfico, por el conflicto armado y la desposesión forzada de la tierra y/o su territorio. La verdadera justicia social sólo podrá construirse después de derrotar en civilidad, primero, a la “Rosca” politiquera y corrupta que nos gobierna; después, al régimen neoliberal en pleno; y posteriormente, al capitalismo criminal y depredador. Ese logro estructural anti-capitalista sólo podrá ser fruto de un largo proceso de luchas nacionales, regionales y globales encabezadas por los trabajadores y demás sectores sociales “subalternos”.

La principal tarea del momento en Colombia es construir la unidad de las fuerzas democráticas alternativas para derrotar a los partidos y políticos que hacen parte de la “Rosca politiquera y corrupta” en las elecciones locales y regionales de octubre de 2015. Un avance o triunfos parciales y relativos en este terreno, crearán condiciones favorables para el año 2018. Por ello, las fuerzas alternativas, democráticas y de izquierda deben visibilizarse con independencia y autonomía y – ojalá – con unidad, en esas jornadas eleccionarias.   


E-mail: ferdorado@gmail.com – Twitter: @ferdorado

martes, 23 de junio de 2015

AVANZA LA UNIFICACIÓN DE SANTOS Y URIBE

A pesar de la beligerancia del Procurador…

AVANZA LA UNIFICACIÓN DE SANTOS Y URIBE

Bogotá, 23 de junio de 2015

El cese unilateral de fuegos declarado por las FARC a finales del 2014 fue una acción política de enorme dimensión. Era un punto de acercamiento a la población y mostraba una relativa y creciente voluntad de paz, a pesar de la campaña mediática desarrollada para desvirtuarla.

Esa acción de paz como parte de la desactivación del conflicto armado era incómoda para el establecimiento oligárquico. Debía ser desprestigiada y derrotada.

Inicialmente el presidente Santos avanza hacia el desescalamiento del conflicto armado con la suspensión de los bombardeos aéreos. El proceso de paz se fortalecía.

La lectura de los estrategas imperiales, de los generales uribistas y de gran parte del bloque dominante era que se le estaban dando grandes ventajas a la guerrilla. No se admitía la renuncia a los bombardeos aéreos ya que hoy es la principal y más efectiva herramienta bélica del Estado.

La orden imperial de fortalecer la gobernabilidad de Santos buscando acuerdos con Uribe requería una nueva fase de agudización de la guerra.

Es así como se suman tres debilidades del régimen dominante: La frágil gobernabilidad de Santos, la precaria condición judicial de Uribe (sus grandes amigos y cómplices están en la cárcel o de huida en el exterior) y la inminente (y ocultada) crisis económica que ahora ya se reconoce como recesión y apretón fiscal (http://bit.ly/1Lz854W).

El gobierno estaba esperando un “papayaso” para revertir sus concesiones en el terreno bélico. Lo ocurrido en abril de 2015 en Buenos Aires (Cauca) sirvió de motivo para desacreditar el cese de fuegos unilateral declarado por las FARC.

De esa manera se entra en la fase actual de agudización del conflicto armado. La guerrilla no tiene más que acudir a su capacidad de daño, incluyendo actos terroristas (que ellos califican como “actos de guerra”). Entran al terreno de enfrentarse con la población civil.

La consigna “uribista” de cese bilateral de fuegos con concentración de las guerrillas con verificación internacional ganará fuerza en la medida en que la guerrilla produzca más actos de guerra, en especial los atentados contra la infraestructura eléctrica y productiva.

Las órdenes de Santos a su nuevo ministro de Defensa, Luis Carlos Villegas, son que hay que mantener la ofensiva militar mientras se dialoga en La Habana y garantizar el cumplimiento de la ley en todo el territorio nacional. Esa es su orientación.

Las conversaciones secretas y acercamientos públicos entre Uribe y Santos van en la dirección de fortalecer la gobernabilidad de Santos e insertar prudente y sutilmente al uribismo al proceso de paz.

Los tuits del Procurador a Timochenko (http://bit.ly/1LyXhnk), de hoy martes 23 de junio, a pesar de su aparente beligerancia y contundencia, muestran la orientación de sumarse al proceso de paz con actitud “propositiva” como lo viene haciendo Uribe.

El cese unilateral de fuegos de las FARC quedó atrás. Será muy difícil que lo vuelvan a utilizar.

El pulso de los próximos meses, mientras poco se avanza en la mesa de negociación y la guerra se acrecienta en los territorios, será por las condiciones de un posible cese de fuegos bilateral.

El gobierno ante la presión de la guerrilla tendrá que echar mano de la propuesta de Uribe (http://bit.ly/1FyOUD8).

Es evidente que el bloque de poder oligárquico continuará unificándose para conseguir su “paz neoliberal”.

La “paz” y la coyuntura electoral

En la coyuntura electoral los partidos del establecimiento neoliberal hacen fuerza porque los candidatos/as democráticos y de izquierda se alineen con las propuestas de las FARC (cese de fuegos bilateral y Asamblea Nacional Constituyente).

Su objetivo es desprestigiar a las fuerzas alternativas identificándolas con la insurgencia para derrotarlas en las elecciones de octubre de 2015. En el caso de Bogotá es evidente que ellos no tienen propuestas sociales que beneficien a la población.

No se debe caer en la trampa. La prioridad de los gobiernos locales y regionales no es el tema de la paz y la guerra. Ese es un tema nacional y hasta internacional.

Por ello los candidatos a Alcaldías y Gobernaciones deben centrarse en los problemas concretos de la población que son el desempleo, salud, educación, servicios públicos, defensa del medio ambiente, movilidad, seguridad, impacto de la mega-minería y del plan de desarrollo en los territorios.

A las políticas sociales que en el caso de Bogotá se han centrado en la inclusión social, la adecuación de la ciudad al cambio climático y la defensa de lo público, hay que agregarle acciones contundentes y efectivas para resolver los problemas de movilidad que se han acumulado durante las últimas décadas debido al crecimiento descomunal de la población bogotana, pero también es importante avanzar en propuestas productivas para enfrentar el desempleo que ha crecido por efecto de la crisis económica, además de profundizar la Democracia Ciudadana como herramienta para democratizar las Alcaldías Locales, derrotar la corrupción y atacar el burocratismo existente en el Distrito Capital.


La principal tarea del momento es construir la unidad de las fuerzas democráticas alternativas para derrotar a los partidos que aglutinan la “Rosca Neoliberal” en las elecciones locales y regionales. No podemos dejarnos enredar con el tema de la “paz” como base para construir esa unidad. No se puede caer en ese embeleco. 

lunes, 15 de junio de 2015

LA “PAZ” ES UNA HERRAMIENTA PARA DERROTAR LA POLÍTICA IMPERIAL EN COLOMBIA

Un debate público necesario pero al interior del pueblo…

LA “PAZ” ES UNA HERRAMIENTA PARA DERROTAR LA POLÍTICA IMPERIAL EN COLOMBIA

Bogotá, 15 de junio de 2015

Hemos planteado reiteradamente que la “paz neoliberal” (limitada, imperfecta, recortada, “perrrata”, como le llamo) es la única que se puede conseguir de acuerdo a la correlación de fuerzas que existe en el momento en Colombia. No es un problema de voluntad ni que uno lo desee así. Es un problema real que no va a cambiar en el inmediato futuro.

La sociedad colombiana no se va a mover por la “paz con justicia social” en el corto plazo. Ella está confundida y la insurgencia ha contribuido con esa confusión. Creen las mayorías colombianas que luchar por esa consigna sería como apoyar a la guerrilla. Entonces, esperar que ocurra ese milagro para poder “pactar el fin del conflicto armado” es “alargar el chico”, es perder tiempo, es “dar papaya”, o sea permitir que las fuerzas guerristas aprovechen nuestras vacilaciones para fortalecer su posición.

Es así como hemos publicado una serie de artículos cuestionando el enfoque militarista que se impuso en la insurgencia. Se señala su falta de visión política. En la práctica es un debate ideológico con la dirigencia de las FARC. Su objetivo no es otro que tratar de convencerlos que esa “paz” (con las reivindicaciones que ya se han logrado y algunas no tan difíciles que se pueden conseguir para pactar la desmovilización) es una herramienta, un método, un medio, para derrotar al imperio y a las clases dominantes colombianas.

Hay quienes no se atreven a dar el debate ideológico a la dirigencia guerrillera. Unos porque consideran que plantear ese debate es “auto-flagelarnos”, darle ventaja al enemigo. Otros no lo hacen por temor. Ese miedo puede tener dos variantes. Uno, porque si alguien le plantea una discusión sincera a la comandancia insurgente, de alguna manera es porque se identifica con “su causa”, o por lo menos, con los objetivos que se plantearon cuando se alzaron en armas. Y dos, porque puede generar desconfianza llevarle la contraria a quienes están armados.   

Entonces, si le damos el debate ideológico a la insurgencia es porque tenemos claro que – a pesar de sus graves errores – todavía están del lado popular. Por el contrario, no me dedico a debatir con la burguesía ni a “quejarme” de sus acciones criminales porque a la larga termino justificando las acciones bárbaras de los “nuestros”. Esa “quejadera” gran parte de las veces termina cayendo en el círculo vicioso de siempre. Es más, podría decir que cuestiono a la insurgencia no tanto por sus “acciones en sí” que son parte de la guerra, sino por su ineficacia política, porque le hacen el juego a la estrategia del imperio que instrumentalizó el conflicto y también, puso a su servicio la acción de la misma insurgencia (así ellos no lo quieran y no sean conscientes de esa tragedia).

Entender que la “paz” es una herramienta del pueblo para derrotar al imperio y a la oligarquía es clave en el momento actual. Es fundamental entenderlo para poder salir de la trampa en que estamos. Entonces, igualar el debate ideológico que se le debe dar a la insurgencia con la denuncia de los crímenes de la burguesía (que es por esencia criminal!!), nos enreda y no nos deja avanzar. La insurgencia ya se ha auto-derrotado políticamente por su torpeza, se trata de que entiendan que si se sacrifican a fondo por la paz van a crecer políticamente ante el pueblo y despejarán el terreno para que las fuerzas civilistas avancen hacia la conquista y construcción de una nueva Colombia.

Paralelamente es importante ubicarnos en el contexto internacional. Los triunfos políticos conseguidos por los pueblos de Grecia con Syriza y en España con Podemos y con otra serie de convergencias políticas y sociales que han surgido en diversas regiones y municipalidades después de las revoluciones árabes y del movimiento de los “indignados”, (en lo que ayudó en forma significativa la desmovilización de ETA), es una muestra de que la estrategia desarrollada por los pueblos de Sudamérica – Venezuela, Ecuador, Bolivia, Brasil, Uruguay, Argentina, entre otros – de utilizar las elecciones para acceder a los gobiernos y derrotar a las oligarquías, en civilidad y paz, es la forma, el método acertado para el momento actual.

Pero esos triunfos electorales que nos permiten llegar a administrar un “Estado colonial heredado” no nos deben confundir. En el editorial del periódico de “Lucha Internacionalista” de la UIT-CI (http://on.fb.me/1GmiuzB), haciendo un balance de los resultados de las elecciones españolas del 24M, se dice que “el giro a la izquierda que se da, queda mediado por la teoría de que desde el gobierno – a través de las elecciones – se resolverán los problemas”.

Hay que decir que ello no es cierto. La gente de Podemos y de otras fuerzas locales y regionales que se han expresado en este proceso de cambio que se vive en España, y sobre todo los sectores más avanzados de esas fuerzas incluyendo la recién elegida alcaldesa de Barcelona Ada Colau, nunca han planteado esa idea.

Ellos proponen combinar la acción desde los gobiernos como una necesidad táctica para romper la resistencia de los partidos del establecimiento y el poder de la burguesía financiera pero, a la vez, impulsar la construcción de nuevas formas de democracia para poder realizar verdaderas transformaciones estructurales.

Se trata de transformar la “democracia representativa” en una forma efectiva y verdadera. Esa representación debe actuar cumpliendo el eslogan zapatista de “mandar obedeciendo”. Esa acción debe combinarse con la construcción de espacios y formas de democracia directa.  Hay que estimular la democracia deliberativa y potenciar la democracia ciudadana en todas sus expresiones con consultas masivas, plebiscitos, control ciudadano, transparencia administrativa, democratizar los medios de comunicación, etc.

Además, mientras se van construyendo esos procesos de participación y decisión democrática de amplios sectores sociales se deben implementar cambios concretos como disminuir los sueldos de los altos funcionarios públicos, aprobar la revocatoria de su mandato en caso de que no cumplan con sus compromisos, impedir la eternización de los políticos en funciones públicas y/o legislativas, organizar el control social, exigir la rendición de cuentas con veeduría ciudadana, y muchas más transformaciones dirigidas a impedir que el funcionario “delegado” termine imponiendo su voluntad sobre quienes le dan el poder de representarlos.

Hoy en Colombia están dadas las condiciones para avanzar por ese camino civilista y pacífico. En Bogotá la unidad de todos los partidos de la democracia y de la izquierda, sumados a diversas expresiones sociales que existen en barrios y localidades (ambientalistas, animalistas, actores sociales en lucha por la igualdad de género y de respeto a la diversidad sexual, trabajadores de la cultura, jóvenes raperos y del hip hop, etc.), van a disputar con los partidos del establecimiento neoliberal la continuidad de los gobiernos sociales, y de no cometer graves errores, lo van a conseguir.

Esa tarea puede replicarse en todo el país y obtener triunfos parciales de cara a las elecciones de 2018. Y para lograrlo necesitamos de esa “paz relativa”. ¡Es urgente!   

Larga Postdata: El gobierno de Santos fue una continuidad parcial del gobierno de Uribe. Como Uribe quería seguir mandando con sus mafias y delitos desembozados, la burguesía transnacional y el imperio tuvieron que forzar un cambio “parcial”, más cosmético que efectivo. Pero en verdad, implementaron algunos cambios reales para poder engañar como el diálogo de paz y el viraje en la política internacional con los países vecinos. Ahora, en el borde del fin del conflicto tienen que reenganchar a Uribe para no sacrificar a ninguno de los suyos y no darle un triunfo político al sector democrático, popular y a la misma guerrilla. La agudización actual del conflicto hace parte de ese re-engranaje entre las fuerzas uribistas y santistas. Es posible que una fase de ese re-enganche pase por una levantada del gobierno de la Mesa de La Habana, pero sin romper totalmente los diálogos. Ello, posiblemente sea una acción que estén contemplando para consolidar ese  re-enganche. Así, el proceso de paz entraría en una nueva etapa – con mayor gobernabilidad de Santos – y el establecimiento unificado se jugaría dos cartas: o se concentran las guerrillas en sitios especiales para poder decretar el cese de fuegos bilateral, o se aceleran las negociaciones. Allí la guerrilla tendrá que ceder o romper los diálogos definitivamente. Así, el “proceso de paz” ha entrado en un momento muy delicado y difícil.


E-mail: ferdorado@gmail.com / twitter: @ferdorado

sábado, 13 de junio de 2015

EL CONFLICTO ARMADO UTILIZADO COMO "VACUNA"

EL CONFLICTO ARMADO UTILIZADO COMO "VACUNA"


(Recogiendo el debate planteado...)

El problema - desde mi perspectiva - es no entender en que momento tu enemigo "instrumentaliza" tu acción. Allí está el quid del asunto.
En ninguna "democracia", así sea la más restringuida, ha triunfado una rebelión armada.
El auge político de la rebelión armada se vivió entre 1980 y 1988. Después de esa fecha el gran capital logró instrumentalizar la guerra, ponerla a su servicio, utilizarla incluso como "vacuna".
El "mal atenuado", "la enfermedad en pequeñas dosis", le han servido al sistema para generar sus defensas - en este caso - "auto-defensas".
Así, el "paramilitarismo" tuvo en Colombia apoyo real - político y logístico - de una parte de nuestro pueblo.
Si no se entiende eso no podemos explicarnos la actual situación.



miércoles, 10 de junio de 2015

PROCESO DE-CONSTITUYENTE Y CONSTITUYENTE

Para poder construir hay que de-construir…

PROCESO “DE-CONSTITUYENTE” Y CONSTITUYENTE

Esta semana el saliente “súper-ministro” de la Presidencia Néstor Humberto Martínez alebrestó el cotarro político nacional al plantear que “una asamblea constituyente era inevitable dada la coyuntura por la que atraviesa el proceso de paz” (http://bit.ly/1HrWXaT).

Esa iniciativa – que de acuerdo con el jefe de los negociadores en La Habana, Humberto de La Calle Lombana es una opinión personal – coincide con la exigencia que vienen haciendo las FARC en el sentido que la refrendación de los acuerdos de paz que se firmen en La Habana, deben aprobarse mediante ese mecanismo o procedimiento constituyente.

Aunque la insurgencia armada no lo ha planteado en forma precisa, sus pronunciamientos al respecto están en la dirección de proponer formas directas de elección de delegados o circunscripciones especiales para comunidades campesinas, indígenas, afrodescendientes, desplazados y otros sectores sociales. Esta propuesta claramente tiene la intención de asegurar una representación suficiente para poder impulsar sus propuestas y forcejear en mejores condiciones con las fuerzas tradicionales que sean elegidas en ese cuerpo colegiado.

Es evidente que el gobierno no va a aceptar esa propuesta. A lo sumo le concederán unos cupos específicos para los guerrilleros desmovilizados, pero el grueso de la representación, si se llegara a concertar tal mecanismo, sería elegida por el voto universal y secreto. Es más, si este asunto se llevara a una consulta popular lo más seguro es que las grandes mayorías no estarían de acuerdo con ese tipo de representación exclusiva.

Pero a pesar de la importancia que puedan tener los mecanismos y cupos de representación, el problema de fondo es otro. Para poder impulsar y desarrollar un efectivo y transformador “proceso constituyente”, la sociedad colombiana en su conjunto, necesita un espacio y un tiempo “de-constituyente”. ¿Qué significa este término o categoría?

Sería una fase o etapa de la vida colombiana en donde la sociedad sacara toda la “suciedad” y basura a la puerta de la casa. Todo lo caduco y casi muerto debe ser develado y cambiado. Lo podrido y corrompido, que huele a leguas a descomposición, debe ser desechado. Lo atrasado, falso, aparente y artificial que hay dentro de unas instituciones hechas con base en el molde liberal europeo pero que en la realidad se convirtieron en unos adefesios institucionales de tipo colonial, deben ser barridos y reemplazados por organismos verdaderamente democráticos, surgidos de nuestra historia y tradición popular, inventados para nuestra particularidad especial, con nuestra greda y sabor.

Es claro que un proceso de ese tipo requiere un ambiente de convivencia pacífica para que la sociedad pueda reconocerse a sí misma. Para que pueda desenmarañar y descubrir las trampas y timos que tiene el Estado para mantener su poder colonial, patriarcal, anti-democrático, excluyente, discriminatorio, manipulado absolutamente por los intereses privados de los grandes capitalistas transnacionales, al servicio de los poderosos latifundistas, y cooptado por las mafias de diverso tipo que existen en Bogotá y en todo el país.

En ese tramo de tiempo y en ese ambiente “de-constituyente”, la sociedad colombiana se puede reconocer en su diversidad geográfica e histórica, étnica y cultural, de género y de diversas clases sociales, empezando a valorar lo que realmente debe servir para “reconstituir” la Nación, a partir del esfuerzo de millones de personas que son las que producen la riqueza, defienden el medio ambiente, garantizan el suministro de comida y prestan innumerables servicios a la sociedad.

Precisamente para eso es que necesitamos la “paz”, así sea imperfecta, limitada, “perrata” como la he llamado, es decir, un clima de convivencia con una reglas mínimas de respeto y consideración por las múltiples expresiones sociales y políticas que deberán surgir – y ya están apareciendo – para intervenir con plenitud y exuberancia en el diseño institucional del “nuevo país”.

Claro que no se van a acabar las confrontaciones. Por el contrario, saldrán a luz nuevos conflictos que han estado reprimidos y represados por efecto de la conflagración armada. Pero tendremos que crear las condiciones para resolverlos por la vía pacífica, con acuerdos, consensos o recurriendo a elecciones y otros tipos de decisiones consultadas y aprobadas por las mayorías.

Aspirar a la convocatoria inmediata de una Asamblea Nacional Constituyente para refrendar los acuerdos de paz es completamente errado e inoportuno. Se requiere pasar de la “de-constitución” a la “constitución”. En los países vecinos el proceso “de-constituyente” se realizó durante más de una década, en donde el pueblo se manifestó con inmensas y poderosas movilizaciones populares que derrocaron y expulsaron presidentes neoliberales.

En Colombia eso no ha podido suceder por la existencia de un conflicto armado instrumentalizado por el gran capital. Por algo, en medio de la guerra las empresas transnacionales han fortalecido su presencia y dominio, y la economía “colombiana” – que está en sus manos monopólicas – ha pasado a ser la tercera de la región. A pesar de que se han desarrollado heroicos levantamientos sociales, éstos han sido muy parciales y limitados, tanto en la fuerza como en su contenido, dado que se han reducido a reivindicaciones sectoriales, sin que se haya puesto en jaque la esencia de la política del régimen neoliberal.

Por ello las fuerzas democráticas y populares llegarían con una baja representación a esa asamblea constituyente, frustrándose cualquier posibilidad de cambio. Sería un tremendo aborto, algo parecido o similar a lo ocurrido en 1991. Del afán solo queda el cansancio.

Las fuerzas democráticas colombianas están en mora de discutir francamente esa propuesta de la insurgencia armada. Vemos cómo hábilmente algunos sectores de derecha la recogen – como Néstor Humberto Martínez –, porque saben que pueden fortalecer su capacidad política para implementar la segunda fase de neoliberalismo que tanto necesitan.

Vuelve y se equivoca la guerrilla. Vuelve a confundir sus deseos con la realidad. Vuelve a creer que las grandes mayorías les van a dar su apoyo constituyente. No sabemos cómo o de qué información sacan esas conclusiones. Parecieran estar en una especie de autismo cuando la realidad es totalmente contraria a sus deseos.

O claro, puede ser que se fíen de la opinión de una serie de intelectuales, profesores universitarios y antiguos militantes de izquierda que, – desde sus escritorios, cátedras y delirios – sueñan con un levantamiento popular por “justicia social” que cambiaría de un momento para otro, por obra del espíritu santo o de algún otro milagro, la correlación de fuerzas en Colombia a favor del pueblo.


Así, según ellos, en vez de concretarse un proceso de paz, lo que puede ocurrir es que la insurgencia llegue directo al Palacio de Nariño al estilo de lo que hicieron los bolcheviques en el Palacio de Invierno. ¡Claro, soñar no cuesta nada!                  

viernes, 5 de junio de 2015

SE NOS ACABA EL TIEMPO Y LA DERROTA IDEO-POLÍTICA DE LA INSURGENCIA

Juan Carlos Monedero con un grupo de jóvenes en el Centro de Memoria Paz y Reconciliación

SE NOS ACABA EL TIEMPO Y LA DERROTA IDEO-POLÍTICA DE LA INSURGENCIA

Bogotá, 5 de junio de 2015

El miedo – como dice Monedero – ha cambiado de bando y ya empieza a aparecer en la cara de la “casta” politiquera y de la burguesía financiera.

A algunos se nos acaba el tiempo

Una generación que heredó la visión y concepción – tal vez deformada – del pensamiento de Marx, está muriendo. Desgraciadamente, la mayoría de sus componentes se apega egoístamente a sus viejas ideas y, por tanto, no se compromete con generosidad a ayudar a construir lo nuevo. El nacionalismo estrecho y el “estatismo” planificante y absorbente, hace profunda crisis. Y no se observan esfuerzos por trabajar con una visión y práctica de nuevo tipo. La derrota ideológica y política de la insurgencia colombiana hace parte de ese proceso histórico.

Un encuentro con Juan Carlos Monedero, es-secretario general de PODEMOS en el Centro de Memoria Paz y Reconciliación en Bogotá, nos ratifica en esa idea que se elaboró desde que se hizo el balance (http://bit.ly/1BOJkMw) de las rebeliones y revoluciones democráticas árabes, del movimiento de los “indignados españoles y de la acción colectiva “Ocupa Wall Street” que ocurrió en EE.UU. y todo el mundo durante el año 2011.

A nivel mundial nuevas ideas y prácticas están apareciendo por doquier. Todavía no se integran plenamente con fuertes movimientos sociales y políticos aunque ya hay expresiones incipientes como Podemos y Syriza, que son parte de esa dinámica. Muchas de esas ideas han retomado a otro nivel las ideas de Marx, Braudel, Foucault, Morín y otros teóricos sociales, y han recreado las categorías del Procomún Colaborativo, el Gobierno de los Bienes Comunes, la economía de equivalencias, las ciencias de la complejidad, las teorías de decrecimiento, el urbanismo ecológico y muchas más.

Ese cambio generacional hace parte de un fenómeno social que los partidos socialistas tradicionales y de “izquierda” no han percibido con la suficiente claridad. El antiguo proletariado “centralizado” (de factoría) está desapareciendo. Un Nuevo Proletariado, muy diverso, disperso y complejo ha hecho su aparición al unísono con las transformaciones post-fordistas y la tercera revolución tecnológica. A pesar de ello, ese proletariado del siglo XXI tiene características comunes con el antiguo proletariado de los siglo anteriores (XIX y XX): es, en lo fundamental asalariado; tiene un lugar subordinado en la estructura del proceso productivo; y, cuenta con un acceso muy limitado a la riqueza social. Son trabajadores precarizados, precariados e informalizados, siendo una parte muy importante el “cognitariado” que es la fusión del trabajador intelectual y el proletario. Hoy este Nuevo Proletariado es la gran mayoría de la población mundial.

Además, podemos constatar que nuevos problemas preocupan a la gente: el cambio climático y el medio ambiente, el consumismo desaforado y la crisis del modelo del “progreso”, el desequilibrio emocional que genera más enfermedades, la delincuencia estructural vinculada a mundos caóticos, drogas, prostitución, pornografía, etc. Los problemas de seguridad, movilidad y libertad están en la cabeza de la gente y exigen soluciones coyunturales pero también estructurales.

La lucha por la Democracia se está colocando en primer lugar. La democracia representativa se ha agotado y la democracia directa empieza a ser tenida en cuenta nuevamente. El gran poder centralizado de la burguesía financiera está quedando en evidencia. La FIFA es un ejemplo de cómo funciona la economía del mundo dirigida por una burguesía financiera absolutamente corrupta y descompuesta. La intervención del imperio estadounidense en esa entidad global, pintada de moralista y justiciera, sólo es una jugada geopolítica para apoderarse del negocio y controlar el poder de esa mafia mundial.

En Colombia muy poca gente está trabajando la política con visión estratégica. Casi todos los cuadros políticos de la democracia y la izquierda, se ahogan en problemas cotidianos. La lucha electoral sin renovar métodos y con graves tendencias gamonalistas les quita la mayor parte de su energía y tiempo. La lucha sindical, social y reivindicativa con una visión defensiva, sectorial y estrecha, les impide pensar en luchar por ser gobierno y construir verdadero Poder Popular. El tema de la paz los lleva a centrarse en un pequeño sector de las víctimas, además de que no se atreven a deslindarse seriamente de una “insurgencia” conservadora e instrumentalizada por el gran capital, por temor a ser señalados de “uribistas”.

En fin, una serie de prácticas conservadoras, nada revolucionarias ni creadoras, atosigan a los dirigentes, militantes y activistas de la democracia y de la izquierda, e imposibilitan que lo nuevo surja con mayor fuerza y contundencia. Gustavo Petro que, era el más innovador, arriesgado y sintonizado con las nuevas realidades, está entrampado y no ha podido construir un verdadero movimiento, y menos, una teoría o pensamiento político que lo guie y oriente.

Por ello es urgente que, sin desligarnos de las tareas y urgencias de cada cual, se realice un esfuerzo conjunto o colectivo por repensar la línea estratégica de la acción política. Así, la vieja generación, que ya estamos de salida, podríamos ayudar a que una serie de jóvenes avancen por nuevos caminos, armados con teorías surgidas al calor del balance de la experiencia acumulada pero alimentada con nuevos conocimientos y paradigmas del siglo XXI.

Los jóvenes y las jóvenes que YA están haciendo ese esfuerzo de “rompimiento teórico e ideológico” deben valorar al máximo esa intención y sostenerse en esa tarea sin dejarse atosigar de las urgencias ni de los miedos de aquellos que se aferran al pasado. En esa tarea ya se avizoran tres características básicas: nuevo armazón teórico (claridad), desechar resentimientos heredados (derrotar los miedos), y nuevos lenguajes comunicacionales (espíritu festivo y alegre). El miedo – como dice Monedero – ha cambiado de bando y ya empieza a aparecer en la cara de la “casta” politiquera y de la burguesía financiera.

Sobre la auto-derrota ideológica y política de la insurgencia colombiana

La insurgencia colombiana, especialmente las FARC, se auto-derrotaron ideológica y políticamente en la década de los años 80. En forma sintética señalo las principales causas y factores:

- Interpretaron – equivocada e ilusamente – el paro cívico de 1978 como la fase inicial de una insurrección popular;

- Creyeron – desatinadamente – que podrían canalizar el auge de “nacionalismo popular” que logró desencadenar el M19 hacia una insurrección popular armada;

- Inmolaron – consciente y calculadamente – a miles de cuadros y militantes comunistas de la UP y el PC, creyendo erradamente que ese sacrificio sería un insumo para desencadenar la insurrección popular armada;

- No percibieron el cambio sustancial (claramente apreciado por Fidel Castro) que se dio en el mundo cuando cayó el muro de Berlín y se autodestruyó el bloque de países socialistas de Europa Oriental, que le permitiría al imperio estadounidense impedir el triunfo de cualquier guerra de liberación nacional que se desarrollara en su espacio de control geo-estratégico (especialmente América Latina, Filipinas y otras regiones).

- No hicieron parte del proceso de paz de 1990 y no participaron de lleno en la Asamblea Nacional Constituyente de 1991.

- En medio de todas esas decisiones erradas fincaron su desarrollo, crecimiento y expansión en aspectos puramente económico-militares, olvidándose de la verdadera acción política e ideológica con las comunidades, apoyándose exclusivamente en los impuestos a la economía del narcotráfico, los secuestros y la extorsión.

- Interpretaron su crecimiento y fortalecimiento militar como parte de ese proceso insurreccional cuando en la realidad se habían convertido (esa es la esencia de su auto-derrota) en un cuerpo armado desligado de las fuerzas sociales potencialmente revolucionarias, al estilo de un ejército de ocupación. Los sectores más sensibles y organizados, como los indígenas del Cauca, entendieron esa situación e incluso organizaron el Grupo Armado Quintín Lame para defenderse de la agresión paramilitar pero también de la guerrillera.

- Lo que ocurre en el Caguán sólo es la oficialización de todo ese proceso. Todos  los errores de interpretación sesgada y de acción militarista anteriores se suman y la oligarquía – muy bien asesorada por los gringos – traza la estrategia para derrotarlos políticamente, acción que es canalizada oportuna y oportunistamente por Álvaro Uribe Vélez.

- Finalmente, después de todo este proceso, las FARC han terminado representando – en lo fundamental – a los intereses de una burguesía emergente que ha ido surgiendo en el seno de las zonas de colonización. Dicha burguesía en proceso de acumulación originaria posee importantes áreas de tierra (fincas y haciendas ganaderas) y capitales invertidos en varios campos productivos, incluyendo la minería ilegal.

Por todos los anteriores elementos, podemos concluir que las FARC no representan los intereses democráticos generales del pueblo y la sociedad colombiana. Así en su retórica y planteamientos lo digan y ellos lo deseen. Uno no es lo que dice ser, es lo que ES. Esa agrupación político-militar (más militar que política) se dejó llevar al terreno de la instrumentalización de la guerra por parte del imperio y la oligarquía y, fue así como, entró en un proceso de desnaturalización de su proyecto revolucionario. Perdió en gran medida su norte político y eso lo percibió el pueblo.

Por eso es la importancia de llamar a las cosas por su nombre. Lo que se está concertando en La Habana es una “PAZ NEOLIBERAL”. No es problema de voluntad, es el resultado de una correlación de fuerzas que corresponde a los aciertos estratégicos del imperio y errores políticos de la guerrilla, de las fuerzas democráticas y de la izquierda.

Lo grave de todo este proceso es que las fuerzas democráticas crean – también ilusamente – que esa “paz neoliberal” es parte de un proceso de democratización del país y por tanto, la oligarquía y el imperio logren reeditar un proceso similar al de 1991, en donde a la sombra de un paquete de derechos escritos en el papel nos inocularon – “casi sin dolor” – todo el paquete neoliberal que hemos sufrido durante estos 24 años.

Por ello, lo mejor es que guerrilla y gobierno concierten lo más pronto “su paz”, que no puede ser más que “neoliberal” porque la guerrilla al no tener el apoyo popular no puede ir más allá, y que se facilite a la sociedad un clima de distensión y relativa tranquilidad para asumir los procesos de cambio que requiere nuestro país.

Sabemos y estamos seguros que la terminación del conflicto armado va a generar – a corto y  mediano plazo – condiciones para un verdadero auge democrático que deberá dar como resultado la aparición de nuevos sujetos sociales y de Nuevos Proyectos Políticos, que se liberen de las “cargas insurreccionales y armadas” del pasado. Para ello debemos prepararnos y desarrollar el cambio generacional que ya está en marcha.


ferdorado@gmail.com / @ferdorado

domingo, 31 de mayo de 2015

SOBRE EL CESE DE FUEGOS BILATERAL EN COLOMBIA

SOBRE EL CESE DE FUEGOS BILATERAL EN COLOMBIA

Bogotá, 31 de mayo de 2015

Los países garantes del proceso de paz piden cese al fuego bilateral y definitivo. Les preocupa - con toda razón - que el escalamiento de la guerra ponga en peligro la continuación de los diálogos en La Habana.

Algunas organizaciones políticas, sociales y personalidades políticas respaldan esa petición y se pronuncian de diferentes formas (comunicados, plantones, marchas) para presionar esa decisión.

Sin embargo el problema no es tan simple. Existen antecedentes que complican el asunto. Veamos:

Existe el temor de que como ocurrió en El Caguán, la guerrilla utilice la tregua para fortalecerse militarmente. Y esa opinión no sólo la tienen los llamados "enemigos de la paz" sino que es una opinión bastante generalizada.

Para evitarlo, quienes así piensan, proponen la concentración de las fuerzas guerrilleras en sitios específicos, los cuales tendrían que tener vigilancia de un actor neutral (ONU) y verificación internacional.

Para la guerrilla eso sería como oficializar su derrota ya que detrás de la vigilancia y verificación internacional estarían las fuerzas del ejército para, en caso de romperse la tregua, arremeter contra ellos. Además, con toda la tecnología que existe y la capacidad de infiltración de las fuerzas oficiales, ello significaría un riesgo muy grande. 

Si se tiene en cuenta que la guerrilla tiene como ventaja comparativa su enorme dispersión en el territorio y su capacidad de camuflarse entre las comunidades, además de que su mantenimiento depende de ese contacto, es casi ilusorio que vayan a admitir grandes concentraciones en unos pocos sitios.

Si realmente hubiera capacidad organizativa - como la que muestran los indígenas del Cauca - se podrían organizar "barreras humanitarias por la Paz" - que rodearan grandes zonas para garantizar un cese de fuegos. Sin embargo eso no parece viable, el gobierno argumentaría que es "gente presionada" por la guerrilla y que no es garantía de que la guerrilla no continúe fortaleciéndose militar y hasta políticamente.

La única salida es desescalar voluntariamente la confrontación y acelerar los diálogos de paz. Los acercamientos y coincidencias entre Santos y Uribe (que ya acepta las negociaciones y forcejea para conseguir su impunidad), que el comandante Timoleón Jiménez (Timochenko) considera equivocadamente como un "debilitamiento del gobierno de Santos" (http://bit.ly/1Fj1NkT), pueden al contrario convertirse en un factor positivo para que el panorama se aclare y las negociaciones se aceleren.

Es bueno anotar finalmente que, a regañadientes, Uribe ha empezado a alinearse al lado de la "paz neoliberal" que ofrece Santos, porque recibió desde Panamá la orden del imperio de apoyar ese proceso. La experiencia de procesos de paz como los de Centroamérica indican que un gobierno débil no es capaz de sacar adelante un proceso de ese tipo, y los gringos, duchos en eso, están presionando para que el "bloque de poder hegemónico dominante" se unifique para lograr su objetivo: "paz neoliberal" con pequeñas concesiones "democráticas".


Por otro lado, las fuerzas democráticas y civilistas necesitamos la terminación del conflicto armado para avanzar. Es mejor una "paz neoliberal" que una "guerra instrumentalizada por el gran capital". Al menos en “paz” podremos organizarnos, expresarnos masivamente y avanzar por el camino de transformaciones que nos señalan la mayoría de pueblos sudamericanos.    

miércoles, 27 de mayo de 2015

DERECHA Y “ULTRA-DERECHA”… CADA VEZ MÁS CERCA

DERECHA Y “ULTRA-DERECHA”… CADA VEZ MÁS CERCA

Bogotá, 29 de mayo de 2015

Los últimos acontecimientos ocurridos en Colombia nos obligan a hacer un resumen de nuestros últimos artículos y a fundamentar con mayor precisión una serie de conceptos que son esenciales para entender la dinámica de la lucha social, política e ideológica que está en pleno desarrollo en el país.

Esperamos contribuir con el debate que existe al interior del movimiento democrático. Que este aporte ojalá sirva para ayudar a desenredar el ovillo teórico-político que nos impide tomar la iniciativa frente a un régimen que sólo puede ofrecer una “paz neoliberal” pero que intenta – demagógicamente – adornarla con “reformas democráticas”.

El deslindamiento entre Santos y Uribe representó en su momento la diferencia entre diversos intereses de clase o sectores de clase. Uribe, representa al gran latifundismo y a la gran burguesía agraria, y Santos a la burguesía trans-nacional. La clave del asunto es entender por qué se diferenciaron entonces (hace ya 4 años) y por qué se vuelven a unificar ahora.

Parte de las dificultades de la izquierda consisten, por un lado, en no percibir las diferencias y no saberlas aprovechar, y por el otro, en creer que las diferencias son antagónicas y crearse falsas ilusiones en supuestos sectores progresistas de la burguesía. Ese será uno de los temas a tratar.   

Introducción a partir de la coyuntura

Juan Manuel Santos no sabe cómo volver a diferenciarse de Uribe. Ataca a diario – con desespero y pose mediática – lo que él llama “ultraderecha”. Su imagen de “reformista” y “progresista” ha sido diezmada por los últimos acontecimientos. Él sabe que la diferenciación con Uribe le servía para engañar a algunos sectores de la sociedad. Claro, no quiere quedar en evidencia de una forma tan cruda, torpe y rotunda.

La careta finalmente cayó y su acercamiento e identificación con el “uribismo” es cada vez más visible. No sólo en el terreno de la política económica y social sino también en su apuesta por la paz. Esa política hoy tiene más de pacificación que de cualquier otra cosa. Y esa situación tiene importantes consecuencias políticas.  

Las FARC también han dicho que “Santos se dejó presionar por la ultraderecha enemiga de la paz.”[1] ¿Será que ellos también creían que Santos podía avanzar más? ¿Que sería capaz de concertar “una paz con justicia social”?  Si así lo creían, es una grave equivocación estratégica y conceptual. Significa que no han entendido a qué juega la burguesía transnacional y el imperio.

Es importante reconocer que Santos trazó en su momento una línea diferente a la de Uribe. El desprestigio alcanzado a nivel internacional por el gobierno uribista por los crímenes cometidos y por la cooptación del Estado a manos de diversas mafias, obligó a la burguesía a realizar una serie de cambios. Por ello Santos se atrevió a dar un viraje en las relaciones internacionales e iniciar los diálogos de paz. Impulsó aparentes reformas en restitución de tierras y reparación de víctimas. Se deslindó temporal y parcialmente de su antecesor. Pero no podía ir más allá. Su “paz” siempre ha sido neoliberal y su cordón umbilical con Uribe lo frenaba.  

Aunque las fuerzas democráticas lo empujáramos a “ir más allá”, tendríamos que haber sabido que él no podría “sacrificar totalmente a Uribe”. Deberíamos tener claro que en algún momento limarían sus diferencias. El uno (Uribe) presionado por la justicia, y el otro (Santos),  por su anterior complicidad con Uribe. No podían tensionar la cuerda más allá de cierto límite. Sus intereses estratégicos (oligárquicos) estaban en juego. El imperio finalmente les ha llamado la atención y les ha impuesto orden y disciplina.

La orientación imperial parte de aprovechar al máximo los graves errores cometidos por la insurgencia. Lograr una “paz neoliberal” con limitadas concesiones “democráticas” es su meta. Saben que el ataque en Buenos Aires (Cauca), en abril pasado, que violó el cese de fuegos declarado unilateralmente por las FARC, forzó un punto de quiebre que obligó a Santos a reversar decisiones tan importantes como la de suspender los bombardeos aéreos. Ello le permitió a Uribe “treparse en el carro de la paz” (Ver: http://bit.ly/1Lpyceb) y hoy ser “su principal copiloto” (Ver: http://bit.ly/1SBf6XV).  

La nueva política diseñada por Washington en el marco de su obligada “distensión” con América Latina (Cuba y Venezuela, al frente), le ofrecerá a Uribe ciertos niveles de perdón e impunidad para él, sus cómplices y los militares comprometidos en crímenes, a cambio de flexibilizar sus posiciones frente a las concesiones que la burguesía transnacional está dispuesta a hacerle a la guerrilla con tal de conseguir condiciones óptimas para garantizar una fluida y permanente inversión capitalista que el régimen necesita con urgencia. 

Uribe y Santos van a seguir aparentando diferencias pero en lo fundamental se van  a poner de acuerdo (Ver: http://bit.ly/1Ax5Gab). La crisis fiscal y económica latente e incubándose, y los avances del movimiento democrático y de izquierda, los obliga a anteponer intereses sectoriales y a trazar una acción que combine lo “mejor” de los métodos uribistas (presión y acoso militar, mañas mediáticas, infiltración y provocación ilegal, etc.) y lo más cualificado de los procedimientos santistas (apariencias reformistas, engaños diplomáticos, “buenas maneras”, respeto formal a la legalidad, etc.).           

De nuestro lado, del campo democrático y  popular, nos faltó ser más finos y sagaces para aprovechar las fisuras al interior del bloque dominante. Además de empujar a Santos hacia la Paz y hacia un rompimiento definitivo con Uribe, deberíamos estar preparados para mostrar las razones que impedían a Santos ir más allá. Estar atentos para desenmascararlo con claridad, firmeza y oportunidad ante el conjunto de la población y la comunidad internacional. Sus fisuras y contradicciones – que no son antagónicas – pudieron ser mucho más aprovechadas. Esa es parte de nuestras deficiencias políticas, no saber explotar hasta las más mínimas diferencias existentes entre nuestros contradictores. Es la esencia de la política. 

Incluso en este momento un sector de la izquierda no reconoce o no entiende la importancia de las diferencias que en su momento separaron a Santos de Uribe. E igualmente, el otro sector de esa izquierda, todavía no acepta la nueva fase de acercamiento entre el principal representante del latifundismo reaccionario y el primer mandatario. Por un lado, los esquemas “estrategistas” y la incapacidad para responder tácticamente a la coyuntura, impidieron apreciar la importancia de esas contradicciones y, por el otro, las ilusiones puestas en Santos no le permiten a estos otros sectores políticos reaccionar con eficacia ante la evidencia de los hechos que están en desarrollo.

Por ello es importante y necesario reiterar una serie de conceptos que se olvidan o que no se quieren aceptar. Y hay que hacerlo para poder salir de un conflicto que no le genera beneficios a la sociedad colombiana y que impide el desarrollo del movimiento democrático y el fortalecimiento de las luchas sociales y populares.

Desarrollaremos a continuación – un poco en extenso – algunos de esos planteamientos y afirmaciones, que básicamente son:

1.    El conflicto armado fue instrumentalizado por el imperio y la oligarquía colombiana.

2.    La causa principal de esa instrumentalización fueron las concepciones militaristas predominantes al interior de la insurgencia (compartidas por un sector de la izquierda).

3.    La “paz neoliberal” es un hecho irreversible pero a pesar de todo es aprovechable por el movimiento democrático.

1.    La instrumentalización del conflicto armado por el gran capital

El conflicto armado fue instrumentalizado por el imperio y por las clases dominantes colombianas. Fue puesto al servicio de una estrategia de intervención territorial, de despoblamiento del campo, de despojo de las tierras campesinas, de apropiación de los recursos naturales – principalmente petroleros, mineros y los mismos territorios –, y de una política de destrucción, debilitamiento y/o exterminio de las organizaciones populares.

Y ello se puede comprobar haciéndole seguimiento a la forma como se ha desarrollado la guerra en Colombia. Los ejes y énfasis que la oligarquía le ha puesto a la guerra han estado ligados a necesidades estratégicas del gran capital. Ya tienen un formato estandarizado: al principio dejan que la economía del narcotráfico o de la minería ilegal, hagan su trabajo de descomposición social, de destrucción de economías locales y de debilitamiento del tejido social. Saben que es un caldo de cultivo y centro de atracción para grupos armados ilegales: guerrilla y paramilitares.

Después viene la guerra en toda su crudeza y horror con la intervención de ejército y policía. Es lo que hoy sucede en el Cauca y Nariño. No les interesa tanto destruir o aniquilar a las fuerzas insurgentes. Su objetivo es desplazar a la población. “Limpiar” o despejar el campo. Importantes recursos naturales estratégicos están en la mira, ya sean tierras, biodiversidad, minas de oro o carbón, y sobre todo, petróleo. Y de esa forma han ido desplazando de un lado para otro a la guerrilla. Jugando al gato y al ratón. Usándola para su estrategia de expansión territorial y de expulsión de la población nativa, campesina mestiza, indígena y afrodescendiente.  

Así, primero fue el Magdalena Medio, después Urabá. Allí destruyeron la organización de los trabajadores agrícolas más importante que ha existido en Colombia: Sintrainagro. Más adelante pasaron al Caquetá, Putumayo, Guaviare, Meta, la Orinoquía. Luego el Norte del Valle del Cauca y Chocó se pusieron en la mira. Hoy son el Cauca y Nariño (Costa Pacífica). Así desplazaron entre 4,5 y 5,9 millones de personas convirtiendo a Colombia en el país con más desplazados del mundo (Ver: http://bit.ly/1zml4EX) y se despojaron cerca de 6,6 millones de hectáreas (Ver: http://bit.ly/1HLf0XT) entre 1980 y 2010. 

En el Cauca se cumplen dos objetivos: uno, desplazar a miles de familias afrodescendientes que en la Costa Pacífica y en municipios como Suárez y Buenos Aires son un obstáculo para que las grandes transnacionales mineras entren a operar con técnicas de explotación a “cielo abierto”. Y en el Norte del Cauca se busca quebrantar la resistencia indígena nasa, que es una amenaza real para los grandes empresarios de los ingenios productores de azúcar y etanol.       

Este proceso de instrumentalización de la lucha armada insurgente en Colombia no fue fruto de una decisión única ni resultado de un momento de inspiración táctica. Se fue dando en el camino. Fue consecuencia de un proceso en el que la guerrilla colombiana se fue convirtiendo – claro, inconscientemente – en un “conejillo de indias”. Fue parte de un aprendizaje para los estrategas imperiales que les ha servido para desarrollar y perfeccionar  sus “guerras de 4ª generación”.

¿Por qué y cómo se dio ese proceso de instrumentalización del conflicto armado?  

2.    El factor decisivo: la concepción militarista de la lucha insurgente

La guerrilla comunista colombiana (FARC, ELN, EPL) surgió – con diferentes variantes – de la resistencia campesina liberal que se fue acumulando desde los años 30s del siglo XX y que tuvo su mayor desarrollo después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Su fundamento principal fue la lucha “por la tierra para el que la trabaja” pero tenía implícita la democratización del país.

Eso es un hecho que no se puede desconocer. Por ello quienes rechazan ahistóricamente la lucha armada como instrumento para hacer política en Colombia no pueden olvidar que efectivamente la oligarquía liberal-conservadora, después de lo ocurrido con Gaitán, cerró violentamente los mínimos espacios democráticos que existían y diseñó una estrategia para liquidar cualquier tipo de movimiento gaitanista y revolucionario que tuviera vínculos serios con el pueblo. Obligarlos a “enmontarse” y aislarlos del conjunto de la población fue el método utilizado.

Sin embargo las guerrillas comunistas no progresaron después de la desmovilización de los guerrilleros liberales. Se ubicaron en focos de resistencia en zonas marginales y no consiguieron conectarse políticamente con la lucha por la tierra que los campesinos encabezados por la ANUC desarrollaron  entre 1966 y 1974. Como ya existía una decisión de insurrección armada contra el Estado, la lucha “legal” se convirtió únicamente en una herramienta para reclutar dirigentes y activistas para vincularlos a la lucha guerrillera. La política quedó en un segundo nivel.

Esa situación fue superada – relativamente – por la dinámica encabezada y desarrollada por el M19. Dicha guerrilla generó un movimiento político que entendió que la tarea central era luchar por Paz y Democracia. Sin embargo, a pesar de los aciertos del M19, el conjunto de las guerrillas existentes entran en la lógica diseñada por el imperio de “ensuciar” las guerras de liberación nacional y se ven arrastradas hacia una dinámica que las desnaturalizó y las aisló del conjunto de la sociedad. Lastimosamente perdieron su norte ideológico en medio de la confrontación armada.

La economía del narcotráfico; la organización de grupos paramilitares financiados por la mafia, por grandes terratenientes y campesinos ricos, y por empresarios nacionales y extranjeros; la provocación; el asesinato selectivo; la contra-información y la infiltración de las guerrillas; fueron las herramientas utilizadas para degradar la guerra y DEGRADAR a las fuerzas revolucionarias que estaban comprometidas con la lucha armada. Poco a poco las diferentes guerrillas se fueron involucrando en prácticas degradantes y contrarias al espíritu de cambio y transformación que el momento exigía.

Graves errores se cometieron como la toma del Palacio de Justicia (1985). Los capos del narcotráfico jugaron de distractores de la lucha social y revolucionaria, el dinero fácil también tocó y corrompió a muchos cuadros revolucionarios, y finalmente, pasamos de protagonizar una confrontación de amplias dimensiones políticas a la dinámica de un enfrentamiento estrecho, aislado y desgastante entre grupos armados por el control de territorios y economías ilegales.

En 1990, el M19, Quintín Lame, PRT y una parte del EPL se desmovilizaron, pero las FARC y el ELN se mantuvieron en la lucha armada. Ya desde finales de la década de los años 80s las FARC habían acelerado su proceso de crecimiento militar y de expansión territorial apoyándose en la inyección de importantes recursos provenientes de los impuestos con que gravaban la economía del narcotráfico.

Las FARC trataron de aprovechar el ambiente de auge democrático popular creado por el M19 en esa década pero no revisaron ni revaluaron sus concepciones militaristas que tenían – y aún tienen – elementos ideológicos autoritarios y anti-democráticos. Jaime Bateman había desarrollado nuevas ideas políticas que Jacobo Arenas nunca compartió y no pudo asimilar.       

Por tanto, el salto de ser una guerrilla de autodefensa (hasta 1980) para convertirse en un “ejército del pueblo” (a partir de 1983) se hace colocando el accionar armado sobre el político. El auge nacionalista y democrático abierto por el M19 es interpretado por las FARC de una forma mecanicista y el crecimiento de allí en adelante se hace sobre la base de la logística, las finanzas, y el fortalecimiento militar, aprobándose métodos como el secuestro y la extorsión, justificados como “decretos revolucionarios al servicio de la guerra de liberación”.

La participación electoral de la Unión Patriótica fue un instrumento subordinado al accionar militar. Así fue como se sacrificaron conscientemente – sin que ello sirva para exculpar la criminalidad oligárquica – miles de militantes comunistas por cuanto la mirada y el objetivo se tenían puesto en la toma del poder por una guerrilla triunfante que, acompañada por un pueblo insurrecto, derrocaría a la oligarquía reaccionaria.

La línea militarista dentro de la guerrilla se afirmó mucho más después del asesinato de Jaime Pardo Leal (1987). No había más salida que el triunfo militar. Y es así como se entra en la dinámica impuesta por el imperio. La guerra se agudiza entre grupos armados. Más adelante se aprueba el Plan Colombia, la guerra contra las drogas se convierte abiertamente en una guerra contra-insurgente, y la instrumentalización del conflicto armado en Colombia se había logrado perfeccionar. Los años siguientes son una demostración de esa estrategia del gran capital.

Es indudable que una visión militarista de la lucha política revolucionaria, provocada y alimentada por la estrategia del imperio y de la oligarquía, se convirtió en el factor decisivo para que la guerrilla – poco a poco – fuera perdiendo, a los ojos del pueblo, su carácter revolucionario, idealista, político, transformador y acaso, espiritual. De ser una guerrilla alimentada por la resistencia campesina se pasó a ser un simple “grupo armado ilegal”.

De allí a ser calificado de “terrorista”  y “narco-terrorista” sólo fue un paso. Y lo más grave fue que la sociedad empezó a verlos como tales. Eso ocurrió porque la misma guerrilla contribuyó con esa percepción cuando decidieron – en una especie de delirio guerrerista y revolucionario “bien intencionado” –, realizar ataques indiscriminados contra pueblos enteros, utilizar atentados con explosivos y carros bombas en las ciudades, implementar las llamadas  “pescas milagrosas”, acudir a la extorsión y el secuestro generalizado contra campesinos ricos y medios, comerciantes y empresarios medianos, e incluso contra negociantes menores en sus áreas de influencia.

De ser una guerrilla política con objetivos liberadores, especialmente las FARC, se fue convirtiendo en un instrumento de sus enemigos. La instrumentalización del conflicto armado había sido lograda y esa experiencia fue convertida en “doctrina” por el imperio. Dicha estrategia ha sido aplicada en todo el mundo con mucho éxito.    

3. La situación actual: el principal objetivo del “proceso de Paz”

Hoy ese proceso ya está en lo fundamental terminado. Los estrategas imperiales saben que existen zonas donde la guerrilla tiene unas “bases de apoyo” que históricamente construyeron en áreas de colonización, en donde los campesinos todavía los respetan como una especie de “Estado paralelo o alterno”. Sin embargo, ellos no los ven como expresiones de un poder revolucionario que ponga en peligro su institucionalidad burguesa y capitalista. Por el contrario, dichas fuerzas podrían convertirse en instrumentos de orden y disciplina, en zonas donde el Estado no tiene herramientas reales para ejercer su control. Eso es lo que no entienden los “uribistas” que amplifican artificialmente el poder de la guerrilla y los pintan como un poder subversivo de amplio espectro y potencia.

Lo que el establecimiento burgués conoce es que en esas regiones han surgido gérmenes de una nueva burguesía agraria que acumuló capitales provenientes de la economía del narcotráfico. Esa burguesía emergente requiere de vías de penetración y ayuda del Estado para vincular sus procesos productivos (principalmente ganadería y minería) al mercado nacional. Y a eso le jala el gran capital: hay que formalizar esos capitales como hicieron con los inmensos capitales que temporalmente fueron canalizados por las “pirámides para-financieras”, como lo fueron DRFE y DMG. Esos campesinos ricos – que son los que proveen de jornaleros del campo (raspachines) a las marchas y movilizaciones “agrarias” – impulsan las zonas de reserva campesina como una forma de impedir que el gran capital transnacional o los grandes latifundistas se apoderen en el futuro de sus tierras. Y tienen razón. Además, es posible hacerlo en esas áreas.

Hasta allí está dispuesta la burguesía trans-nacionalizada y el imperio a transigir con la insurgencia. Es lo que ya está concertado en los dos primeros puntos de los acuerdos, con algunas salvedades y precisiones por acordar. En esas zonas la insurgencia o sus dirigentes podrán hacerse elegir para corporaciones públicas o para cargos ejecutivos. Poco a poco la gran burguesía transnacionalizada ha ido convenciendo a los latifundistas y a los sectores más reaccionarios de la burguesía agraria que esas concesiones son viables y posibles. Son necesarias para poder pacificar al país y poder impulsar la segunda generación de neoliberalismo en amplias regiones del territorio nacional. Para esas regiones los grandes inversionistas nacionales y extranjeros preparan sus chequeras para participar de la construcción de grandes obras de infraestructura e importantes proyectos agroindustriales y minero-energéticos.

Ese es el centro nodal de los acuerdos. Debe ser complementado por el tratamiento de las víctimas y las garantías que exigen los insurgentes para insertarse en la vida civil. Estamos actualmente en ese forcejeo. No está en cuestionamiento el modelo económico ni la estructura burgués-capitalista del Estado. Eso está claro. El problema central de la pugna consiste en que cada cual desea obtener el máximo nivel de beneficios políticos a la hora de la firma e implementación de la terminación del conflicto armado. El establecimiento no podía darse el lujo de entregar la cabeza de Uribe o de los militares comprometidos en crímenes y la insurgencia tampoco está dispuesta a aceptar cárcel para sus dirigentes y comandantes, lo que significaría una verdadera derrota moral. En esos tires y aflojes juegan los ceses unilaterales de fuegos, el desescalamiento de la confrontación, los gestos humanitarios y también, los combates bélicos en medio de la negociación. Pero todos saben que es cuestión de tiempo, de formas y maneras y que no hay marcha a atrás.   

Las ilusiones insurgentes y… ¿“vuelve la mula al trigo”?

El problema principal consiste en que los comandantes guerrilleros no son conscientes del grado a que llegó la instrumentalización del conflicto por parte del imperio y la oligarquía, o si lo son, no lo pueden aceptar porque ello sería reconocer sus graves errores políticos de tipo estratégico. Tratan de justificar – limitadamente – el proceso de degradación de sus fuerzas, pero le achacan toda la responsabilidad al Estado y a sus enemigos. Falta espíritu auto-crítico.

Y esa situación, desgraciadamente, les impide entender que la principal tarea del momento es salir lo más pronto posible del conflicto armado para dejarle el protagonismo a las fuerzas políticas y sociales que en civilidad han venido luchando por democracia y por derrotar las políticas neoliberales impuestas por el gran capital.

Por ello, en sus expresiones retóricas, comunicados, artículos publicados en diferentes medios y en sus actuaciones dejan ver que todavía continúan haciendo lecturas políticas similares a las que tenían en 1983 en Casa Verde o en 1998 en el Caguán. Y ello, le permite a la oligarquía y al imperio, seguir instrumentalizando el conflicto y mantener la iniciativa frente a la paz.

Pareciera que la ilusión insurreccional está allí latente. La lectura que hacían de las movilizaciones agrarias de 2013, así lo indican. Están a la espera de un gran levantamiento popular – ahora alimentado supuestamente por la crisis fiscal y económica – que sirva de cobertura para conseguir lo que denominan “Paz con justicia social”.

Sueñan con comandar el “movimiento democrático” y con ponerse a la cabeza de un levantamiento social que les pudiera significar una salida por la “puerta grande” del conflicto armado. Eso explica su planteamiento de convocar una Asamblea Nacional Constituyente.

Pero la verdad es que el “bloque de poder hegemónico dominante ” tiene por ahora el control. La gran mayoría de la población colombiana rechaza a las FARC por todo lo que ha sucedido. Eso hay que decirlo con crudeza, no para descalificar a las guerrillas ni para ocultar los crímenes de Estado y de los paramilitares, sino porque es necesario y urgente ser realistas, estar conectados con la realidad y así poder actuar con coherencia. Es necesario recordar que Uribe construyó su fuerza política con base en esa resistencia – y aún odio – que se acumuló entre gran parte de la población colombiana contra la guerrilla. Y eso es un hecho, es verificable.

Si se avanza en la comprensión de la historia vivida, si se ubican los errores, si se entiende la complejidad del momento actual, la insurgencia podría dar un salto cualitativo, salirse de las dinámicas conocidas y previstas por sus enemigos, y harían una contribución enorme para que los movimientos sociales y los partidos políticos democráticos y de izquierda puedan desarrollar en paz todo su potencial acumulado en el pasado. Sería una contribución enorme e histórica.  

Las consecuencias del acercamiento y unificación entre Santos y Uribe

Hay que entender que, a pesar de las apariencias, es Uribe el que termina cediendo en lo fundamental. La burguesía transnacionalizada y el imperio han impuesto su política de “paz”. Uribe patalea pero ya acepta la necesidad del diálogo, las negociaciones y la salida política. Negociar su impunidad va allí de por medio, es parte del forcejeo que genera sombras y bulla, pero es lo normal en un proceso tan complejo.

Lo que podemos prever es un mayor apretón en el terreno militar. Y en el terreno político Santos ha renunciado a ganarse “por las buenas” a los 3 millones de votantes del “movimiento democrático”. Tratará de mantener sus propias fuerzas clientelistas y se reconciliará con las fuerzas de uribistas. Ya lo hace. Es la única forma que tiene de lograr “gobernabilidad”.

Ello significa un viraje fundamental en su política frente a las fuerzas democráticas y de izquierda. Aunque haga esfuerzos de última hora por ganarse a Gustavo Petro con los anuncios demagógicos sobre la financiación del Metro de Bogotá, que no pasan de ser un saludo a la bandera, promesas de endeudarse a futuro, papeles y más papeles (cheque simbólico) para engañar a la tribuna, la verdad es que Santos ya se casó con la “ultraderecha”. Por algo compulsiva y nerviosamente la ataca como a un fantasma cuando en la práctica ya duerme con ella.  

Pero – en medio del nuevo escalamiento y agudización de la guerra –, no van a demorar mucho tiempo en tratar de relacionar, ligar e identificar a la izquierda legal con las guerrillas. Será una nueva fase de “uribismo moderado”, garrote y zanahoria en nuevas dosis y combinaciones. Ya lo veremos en la campaña para la Alcaldía de Bogotá. Hay que estar alerta y preparados para ese tratamiento, que ya fue utilizado por Santos contra el senador Robledo en el paro agrario.  

Así, el eje de la dinámica democrática y  popular – sin abandonar la presión para que avancen los acuerdos en La Habana – debe centrarse en la lucha por conquistar la democracia, derrotar a los corruptos, y enfrentar las políticas neoliberales en el terreno concreto de las conquistas sociales y económicas. El reto por conseguir empleo digno, la defensa del medio ambiente, la lucha por soberanía nacional frente a la arremetida de las transnacionales, la consigna de impulsar la industrialización de nuestras materias primas, la renegociación de la deuda pública, y demás tareas democráticas, deben ponerse a la orden del día en medio de la unificación de las fuerzas democráticas y de izquierda que ya se está produciendo tanto en el campo social como en el político.

Así, la táctica de aliarse con “santistas” para derrotar al “uribismo” es cosa del pasado. Si algunos sectores políticos mantienen esa práctica sólo será futo de las malas costumbres adquiridas en tiempos pasados que consiste en tragarse unos “sapos” para poder comer “mermelada”.  


[1] Declaraciones de Ricardo Téllez, “alias” Rodrigo Granda, 22-04-2015.